Las campanas de la capital #2
La fuente continuaba murmurando en el centro del patio. Un rayo de sol cayó por fin sobre las baldosas y alcanzó la punta de uno de los zapatos del muerto. La hebilla brilló con una elegancia inútil.
Don Raimundo se acercó al cadáver y observó la mano cerrada.
—Ábranla.
El médico se arrodilló otra vez. Le costó separar los dedos, ya endurecidos. Al hacerlo, apareció un pequeño fragmento de papel arrugado. No era una carta. Apenas un trozo, como arrancado de algo mayor. El alguacil lo tomó con cuidado.
Había dos palabras escritas.
Una estaba incompleta. La otra era clara.
“…llaclara.”
El patio entero pareció contener el aliento.
—Villaclara —murmuró el escribano, con inoportuna satisfacción.
Doña Elvira dejó escapar entonces un sonido breve, no del todo llanto, no del todo gemido.
Don Esteban apretó la mandíbula.
—Dios mío.
El alguacil dobló el papel.
—Busquen a don Alonso.
Nadie se movió durante un instante. Después, el patio recuperó el movimiento de golpe: un criado salió corriendo hacia la calle, otro cruzó la galería, la cocinera hizo la señal de la cruz tres veces y la muchacha mestiza volvió a llorar. Las campanas, a lo lejos, empezaron a llamar a otra misa.
Pero para don Gaspar de Luján ya no había misa temprana ni tardía que pudiera alcanzarlo.
A media mañana, la noticia había atravesado la ciudad con más rapidez que un decreto.
En los portales se hablaba bajo. En las tiendas se hablaba menos bajo.
En las casas principales se hablaba con las puertas cerradas, que era la forma más peligrosa de hablar.
El nombre de don Alonso de Villaclara pasó de boca en boca acompañado por sus deudas, sus noches de juego, su orgullo de español arruinado y aquella frase que, repetida por diez lenguas, ya parecía una confesión.
“No volverá a reírse de un Villaclara.”
En la casa de doña Mariana de Velasco, una viuda rica de ojos claros y luto impecable, se reunió un pequeño grupo antes de la hora del chocolate. Nadie lo llamó reunión. Las personas respetables rara vez se reunían para murmurar; preferían decir que coincidían.
Doña Mariana recibió a sus visitas en un salón fresco, con cortinas pesadas, muebles de madera oscura y un crucifijo de plata sobre la pared principal.
Sobre una mesa baja aguardaban jícaras de chocolate espeso, pan dulce y una bandeja de frutas confitadas.
La cortesía seguía su curso aunque la muerte anduviera cerca.
Quizá por eso existía la cortesía: para que el miedo no entrara descalzo en las habitaciones.
—No me sorprende —dijo don Baltasar Ochoa, removiendo el chocolate con gesto nervioso—. Ese hombre estaba acabado.
—La ruina no convierte a todos los hombres en asesinos —respondió doña Mariana.
—No a todos. A los orgullosos, sí.
—Qué curioso, don Baltasar. Siempre he creído que el orgullo mata más a quien lo padece que a quienes lo rodean.
Don Baltasar sonrió sin ganas. Era un hombre de cuello corto, frente sudorosa y dedos llenos de sortijas. Había ganado dinero donde otros perdían propiedades, y poseía esa clase de respetabilidad que necesita ser defendida a diario.
El capitán Rodrigo Salvatierra permanecía de pie junto a la ventana. Vestía uniforme con pulcritud severa. Su rostro, marcado por una antigua cicatriz cerca del pómulo, parecía tallado para desaprobar el mundo.
—Villaclara amenazó a Luján —dijo—. Luján aparece muerto. El nombre de Villaclara aparece en la mano del cadáver. Hay casos que no requieren filosofía.
—La justicia siempre requiere algo más que prisa, capitán —dijo doña Mariana.
—La prisa evita nuevos muertos.
—O fabrica culpables.
El capitán la miró con frialdad.
—¿Lo defiende?
—No. Desconfío de las soluciones que llegan demasiado limpias.
Don Baltasar dejó la jícara sobre el plato.
—Habla vuestra merced como si esto fuera una comedia de enredos. Don Gaspar está muerto.
—Precisamente por eso no conviene pensar como vivos asustados.
En un sillón cercano, fray Anselmo de la Cruz escuchaba con las manos ocultas en las mangas del hábito. Era un franciscano de edad incierta, rostro delgado y mirada baja. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía las conversaciones solían detenerse.
—La muerte descubre lo que la vida disimula —dijo.
Doña Mariana ladeó apenas la cabeza.
—¿Sabe algo, padre?
Fray Anselmo miró la cruz de plata de la pared.
—Todos sabemos algo de alguien. Esa es la desgracia de vivir en sociedad.
—No es respuesta.
—Es la única que puedo dar.
Don Baltasar soltó un resoplido.
—Los curas siempre hablan como si llevaran un secreto cosido al hábito.
El fraile no se ofendió.
—Algunos secretos no están cosidos, don Baltasar. Están clavados.
La frase dejó un silencio incómodo. El capitán Salvatierra apartó la cortina y miró hacia la calle. Dos hombres conversaban junto al portal. Uno de ellos gesticulaba con vehemencia.
—Esto se extenderá —dijo—. Y no me refiero solo al rumor.
Doña Mariana comprendió.
—La gente tendrá miedo.
—La gente principal tendrá miedo —corrigió don Baltasar—. Que es peor.
Fray Anselmo alzó la mirada por primera vez.
—¿Peor para quién?
Nadie contestó.
Porque todos sabían la respuesta.
Cuando los pobres tenían miedo, rezaban, huían o callaban. Cuando los poderosos tenían miedo, escribían cartas, exigían castigos, movían dinero y convertían su temor en asunto de gobierno.
Don Alonso de Villaclara fue encontrado cerca del mediodía, en una casa de juego que a esas horas fingía ser otra cosa.
El local ocupaba la parte trasera de una vivienda discreta, con entrada por un callejón y ventanas siempre entornadas.
Allí se jugaba de noche, se prestaba de madrugada y se mentía a cualquier hora.
Cuando los hombres del alguacil entraron, hallaron a don Alonso sentado ante una mesa vacía, con una copa sin tocar y la mirada clavada en un punto de la pared.
No parecía sorprendido.
Era alto, delgado, de rostro noble y gastado.
Tenía la barba mal afeitada, los ojos oscuros y la ropa limpia pero envejecida, como si cada prenda recordara una fortuna que ya no podía sostenerla.
Sobre la mesa descansaban unos naipes doblados por las esquinas.
A su lado, una bolsa de cuero casi vacía.
—Don Alonso de Villaclara —dijo el alguacil.
—Depende de quién pregunte.
—La justicia.
—Entonces sí. Soy yo.
Don Raimundo observó la copa.
—¿Bebe tan temprano?
—Estoy considerando si empezar.
—Quizá convenga que conserve la cabeza clara.
Don Alonso sonrió con cansancio.
—La he conservado demasiados años. No me ha servido de mucho.
—Don Gaspar de Luján ha muerto.
No hubo grito ni gesto teatral. Solo un leve cierre de los párpados.
—Ya.
—¿Lo sabía?
—En esta ciudad los muertos viajan más deprisa que los vivos.
—Anoche discutió con él.
—Anoche don Gaspar discutió con su propia mala crianza. Yo solo estuve cerca.
—Lo amenazó hace cuatro noches.
—He amenazado a muchos hombres en casas como esta.
—Eso no mejora su posición.
—Mi posición no tiene arreglo desde hace años.
El alguacil apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Dónde estuvo después de abandonar la casa de Luján?
Don Alonso miró la copa. Durante un instante pareció que iba a responder. Luego se encogió de hombros.
—Caminé.
—¿Por dónde?
—Por calles.
—No juegue conmigo.
—Ya no juego con nadie. No tengo crédito.
—¿Puede alguien confirmar dónde estuvo?
Don Alonso levantó la vista.
—No.
—¿Nadie?
—Nadie que yo vaya a nombrar.
El alguacil entrecerró los ojos.
—Eso es casi una confesión.
—No. Es una negativa.
—Se encontró un papel en la mano del muerto. Llevaba escrito parte de su nombre.
Por primera vez, algo se movió en el rostro de don Alonso. No miedo. Más bien sorpresa, seguida de una sombra de desprecio.
—Qué conveniente.
—¿Conveniente?
—Para quien quiera verme colgado.
Don Raimundo hizo una señal a sus hombres.
—Queda detenido por sospecha de asesinato.
Don Alonso no se levantó enseguida. Miró la bolsa vacía, los naipes, la copa intacta.
—¿Sabe qué es lo peor de perderlo todo, alguacil?
—Levántese.
—Que cuando llega una acusación injusta, nadie se molesta en distinguirla de las merecidas.
—He dicho que se levante.
Don Alonso obedeció. Al pasar junto al alguacil, habló en voz baja:
—Yo no maté a Gaspar de Luján.
—Entonces empiece a decir la verdad.
La sonrisa de don Alonso fue amarga.
—La verdad, don Raimundo, a veces cuesta más que una hacienda.
Por la tarde, el palacio virreinal parecía respirar con dificultad.
Las salas mantenían su orden habitual: funcionarios que entraban y salían con papeles, criados que cruzaban sin hacer ruido, guardias firmes en sus puestos, escribanos inclinados sobre mesas donde la tinta gobernaba más vidas que la espada.
Pero bajo aquella disciplina se percibía una inquietud nueva.
La muerte de don Gaspar no era solo un crimen. Era una grieta.
Y las grietas, en los edificios del poder, siempre se miran con temor.
El virrey, don Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, conde de Revillagigedo, recibió el informe al caer la tarde. No lo leyó de inmediato. Primero escuchó.
Tenía la presencia contenida de los hombres acostumbrados al mando: mirada firme, gesto sobrio, palabra medida. No necesitaba levantar la voz para imponer silencio. En su despacho, bajo retratos reales y mapas de territorios inmensos, la autoridad no era un adorno sino una carga.
Frente a él estaban don Raimundo Paredes, el secretario Pedro de la Lastra y don Esteban de Arriaga, que había conseguido ser recibido con una rapidez reservada a los ricos, los urgentes y los peligrosos.
—¿Don Alonso de Villaclara está preso? —preguntó el virrey.
—Sí, excelencia —respondió el alguacil—. No ofrece coartada y el indicio hallado en la mano del difunto lo compromete.
—Los indicios comprometen. Las pruebas condenan.
Don Raimundo bajó la cabeza.
—Desde luego, excelencia.
Don Esteban intervino con cuidado:
—Nadie desea precipitación. Pero la ciudad mira a vuestra excelencia. Mi cuñado no era solo un particular. Su muerte ha causado alarma entre muchas familias.
El virrey lo miró sin dureza, pero sin concesión.