Las campanas de la capital
La ciudad despertó antes que el sol.
Primero fueron los cascos de una mula sobre la piedra húmeda.
Después, el chirrido de una rueda mal engrasada, el murmullo de una mujer que arrastraba un cántaro, el canto terco de un gallo perdido entre azoteas y, por último, las campanas.
No sonaron alegres. Aquella mañana, en la capital de Nueva España, incluso el bronce parecía tener frío.
Desde los altos campanarios, el tañido descendió sobre la ciudad como una sábana grave.
Rozó los tejados, entró por los patios, pasó sobre los balcones con rejas de hierro y se derramó por las calles donde los aguadores empezaban a pregonar su oficio.
A esa hora, cuando la luz apenas era una promesa blanca detrás de los montes, México olía a cera apagada, a humedad antigua, a maíz caliente y a humo de carbón.
En la casa de don Gaspar de Luján, sin embargo, no olía a mañana.
Olía a miedo.
La mansión se alzaba en una calle de vecinos principales, con fachada sobria, portón claveteado y escudo de piedra sobre el dintel, más comprado por vanidad que ganado por sangre.
Al otro lado del zaguán se abría un patio cuadrado, con arcadas de cantera, macetas de albahaca y una fuente en el centro, donde el agua seguía cayendo con una inocencia casi ofensiva.
Cada gota parecía repetir que el mundo continuaba, aunque un hombre yaciera muerto a pocos pasos.
Don Gaspar de Luján estaba tendido junto a la galería oriental, medio vuelto sobre un costado, con la mano derecha cerrada como si hubiera querido retener algo que ya no estaba allí.
Vestía casaca de paño oscuro, medias claras y zapatos con hebilla.
El cuello de la camisa se le había abierto durante la agonía, dejando ver una línea amoratada bajo la piel.
No había sangre abundante. Solo una mancha seca en la comisura de la boca y otra, más discreta, en el pañuelo de encaje que alguien había tenido el pudor de ponerle cerca de la mano.
Los criados no se atrevían a mirarlo.
Permanecían reunidos junto a la entrada de la cocina, apretados unos contra otros, como si la proximidad de los cuerpos pudiera defenderlos de la muerte.
Una muchacha mestiza, de no más de dieciséis años, lloraba sin ruido.
Un criado viejo rezaba entre dientes, moviendo los labios con una velocidad que parecía más superstición que devoción.
La cocinera, gruesa y severa, sostenía un rosario en una mano y un trapo en la otra, sin saber cuál de los dos debía usar primero.
—No toquen nada —ordenó el alguacil.
Lo dijo con voz de quien sabe que llega tarde, pero no desea que se note.
Se llamaba don Raimundo Paredes y era hombre de bigote tieso, barriga contenida por disciplina y ojos pequeños, siempre ocupados en parecer más agudos de lo que eran.
Llevaba media hora en la casa, suficiente para haber preguntado muchas cosas y entendido pocas.
A su lado, un escribano tomaba notas sobre una tablilla, mojando la pluma con excesiva frecuencia en el tintero portátil.
—¿Quién encontró el cuerpo? —preguntó el alguacil.
La muchacha mestiza levantó apenas la cabeza.
—Yo, señor.
—Habla más alto.
—Yo, señor —repitió ella, tragando saliva—. Vine a barrer el patio antes de que despertara la casa.
—¿Y estaba así?
—Sí, señor.
—¿No moviste nada?
La muchacha miró al muerto, luego al rosario de la cocinera y finalmente al suelo.
—Grité.
—No te pregunto si gritaste.
—No moví nada, señor.
El alguacil se volvió hacia el escribano.
—Ponga que la criada dice no haber tocado el cuerpo.
El escribano escribió la frase con gesto solemne, como si aquella línea pudiera contener la verdad entera.
Desde la escalera principal llegó entonces un crujido de seda.
Doña Elvira Luján, viuda desde hacía menos de una hora sin que nadie se lo hubiera dicho con esas palabras, descendía apoyada en el brazo de su hermano.
Era una mujer de rostro estrecho, piel muy pálida y ojos hundidos por una noche sin sueño.
No lloraba. En ciertas familias, el llanto se consideraba casi una forma de desorden.
—Señora —dijo el alguacil, inclinándose.
Doña Elvira no respondió. Miró el cuerpo de su marido con una expresión tan rígida que por un instante pareció una imagen de iglesia. Solo sus dedos la traicionaban: temblaban sobre el abanico cerrado.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó.
El alguacil se aclaró la garganta.
—Aún es pronto para saberlo.
—Mi marido no era un cualquiera.
—Nadie lo ha dicho, señora.
—Lo dirán si no encuentran al culpable.
El hermano de doña Elvira, don Esteban de Arriaga, dio un paso adelante. Era ancho de hombros, de barba cuidada y voz de comerciante acostumbrado a ganar discusiones antes de empezarlas.
—Don Raimundo, esta casa exige diligencia. Mi cuñado era hombre conocido en la ciudad. Tenía tratos con las principales familias, vínculos con casas de comercio, cuentas abiertas, tierras en administración y amistades que no consentirán un atropello semejante.
—Comprendo su inquietud.
—No. No la comprende —replicó don Esteban—. Si un hombre como Gaspar de Luján puede aparecer muerto en su propio patio, ¿qué seguridad queda para los demás?
El alguacil se irguió un poco.
—La justicia hará su oficio.
Don Esteban miró el cuerpo.
—Eso espero. Por el bien de todos.
El tono de aquellas últimas palabras no era el de un pariente dolido, sino el de un hombre que acababa de calcular las consecuencias del cadáver. En Nueva España, la muerte de un pobre podía ser una desgracia; la de un rico, un problema de gobierno.
El patio comenzó a llenarse de pasos contenidos.
Llegaron dos vecinos principales, luego un médico, después otro escribano, más tarde un criado enviado por una casa amiga.
La noticia corría ya por la ciudad con la rapidez de las cosas que nadie debe contar.
Antes de que el sol alcanzara los balcones, tres familias respetables sabían que don Gaspar había muerto.
Antes de que terminara la primera misa, lo sabrían veinte.
El médico se arrodilló junto al cuerpo. Era un hombre seco, de manos largas y uñas limpias. Separó el pañuelo, observó la boca del difunto, le abrió un párpado, le palpó el cuello y aproximó la nariz a los labios amoratados.
—¿Y bien? —preguntó el alguacil.
—Muerto.
Don Raimundo contuvo un gesto de impaciencia.
—Eso lo habíamos deducido todos, doctor.
—Entonces todos han progresado mucho en medicina esta mañana.
Algunos criados bajaron la vista para ocultar una mueca nerviosa.
El médico se puso en pie con lentitud.
—No puedo afirmar la causa sin examinarlo mejor. Hay señales de ahogo, quizá violencia en el cuello. También podría haber ingerido algo que le cerrara la respiración.
—¿Veneno?
—He dicho “algo”, no veneno. La palabra veneno excita mucho a las viudas y poco a los cadáveres.
Doña Elvira cerró los ojos.
—Doctor.
—Perdone vuestra merced. Mi oficio me ha vuelto torpe con los vivos.
El alguacil se inclinó hacia el cuerpo. Le molestaba la idea del veneno porque el veneno abría demasiadas puertas.
Cualquiera podía haberlo administrado: un criado, una visita, una mano amiga, una mujer, un socio.
La violencia, en cambio, era más cómoda.
La violencia necesitaba fuerza, oportunidad y odio visible.
—¿Anoche hubo reunión? —preguntó.
Don Esteban respondió antes que la viuda.
—Una cena discreta. Pocas personas.
—Nómbrelas.
El comerciante dudó un instante. Aquel instante fue pequeño, pero no invisible.
—Mi hermana y yo, desde luego. Doña Mariana de Velasco. Don Baltasar Ochoa. El capitán Rodrigo Salvatierra. Un sacerdote de San Francisco pasó brevemente, fray Anselmo de la Cruz. También estuvo don Alonso de Villaclara.
Al oír ese nombre, uno de los criados levantó la cabeza. La cocinera apretó el rosario.
El alguacil lo notó.
—¿Don Alonso de Villaclara?
Don Esteban hizo un gesto de desagrado.
—Un español venido a menos. Antiguamente tuvo tierras y apellido limpio. Ahora conserva solo el apellido, y aun eso lo lleva gastado.
—¿Qué hacía aquí?
—Mi cuñado lo invitó por cortesía. O por burla. En Gaspar a veces ambas cosas se parecían.
—¿Tenían algún pleito?
—Don Alonso tenía pleitos con medio mundo y deudas con la otra mitad.
—Pregunto con don Gaspar.
Don Esteban se ajustó el puño de la camisa.
—Hace unos meses, don Alonso se vio obligado a vender unas tierras. Mi cuñado intervino en la operación.
—¿Intervino o se aprovechó?
La viuda abrió los ojos.
—Don Raimundo.
El alguacil inclinó la cabeza.
—Pregunto lo necesario.
Don Esteban habló con sequedad.
—Las tierras se vendieron. El precio fue bajo, pero las deudas eran altas. Nadie obligó a don Alonso a sentarse a jugar hasta perder lo que sus mayores habían conservado durante generaciones.
—¿Amenazó a don Gaspar?
El silencio del patio cambió de peso.
La muchacha mestiza dejó de llorar.
—Conteste, don Esteban.
—Sí.
La pluma del escribano se detuvo un instante antes de correr sobre el papel.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro noches. En una casa de juego. O en la salida de ella. No estaba presente, pero lo han contado varios.
—¿Qué dijo?
Don Esteban miró a su hermana, como si quisiera ahorrarle una vulgaridad.
—Que don Gaspar no volvería a reírse de un Villaclara.
El alguacil no necesitó fingir interés. Aquella frase tenía la forma exacta de una acusación.
—¿A qué hora se marchó anoche don Alonso?
—Después de los demás.
—¿Solo?
—Creo que sí.
—¿Discutió con el difunto?
Doña Elvira bajó la mirada.
Don Esteban respiró hondo.
—Hubo palabras.
—Las palabras tienen muchas familias. ¿De cuáles hablamos?
—Don Gaspar bebió más de la cuenta. Hizo una observación sobre las tierras de Villaclara. Don Alonso se levantó. Durante un momento pensé que iba a golpearlo.
—¿Y lo hizo?
—No. Se contuvo.
—¿Qué ocurrió después?
—Don Alonso salió al patio. Mi cuñado fue tras él. Luego ambos regresaron. La cena terminó poco después.
—¿Y nadie sabe dónde estuvo don Alonso más tarde?
—Pregúnteselo a él.
El alguacil miró al escribano.
—Lo haremos.