Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La confesión del inglés #4
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La confesión del inglés #4

La lámpara de la catedral había sido idea de don Julián, reforzada por la lógica de Blackthorne: si el golpe salía bien, el virrey quedaría herido o humillado; si fallaba, las proclamas producirían escándalo. En cualquier caso, la confianza caería.

Casi todo encajaba.

Y lo que no encajaba, al menos dejaba de mentir.

Al final del día, Edward Blackthorne fue trasladado al palacio virreinal bajo custodia formal.

Ya no como colaborador.

Ya no como comerciante útil.

Ya no como extranjero incómodo.

Como espía y conspirador.

La palabra asesino quedaba repartida: don Julián había matado a don Gaspar; Ramiro, a Sebastián; el veneno de Baltasar se había administrado por manos compradas, bajo impulso de la red.

Pero Blackthorne era el hombre que había medido la ciudad, sembrado la idea, reunido codicias, proporcionado rutas, usado secretos y aceptado que la sangre escribiera mejor que la tinta.

Padre Mateo lo vio antes de que cerraran la puerta de su celda provisional.

El inglés estaba de pie, sin sombrero, sin guantes. Conservaba el anillo.

—Padre.

—Mister Blackthorne.

—¿Está satisfecho?

—No.

—Ha descubierto la verdad.

—Una parte. Y la verdad rara vez satisface cuando llega rodeada de muertos.

Blackthorne miró hacia el pequeño ventanuco.

—Usted cree haber salvado la ciudad.

—No. He impedido que la usaran hoy. La ciudad seguirá perteneciendo a sus pecados mañana.

—Entonces entiende más de lo que parece.

—Y usted menos de lo que cree.

El inglés sonrió débilmente.

—España lo necesitará más veces.

—Dios nos libre.

—No lo hará.

Padre Mateo guardó silencio.

Blackthorne se acercó a los barrotes.

—Dígale al virrey que otros vendrán. Ingleses, franceses, criollos, españoles. Con mapas mejores, menos vanidad y más paciencia. Yo he fracasado porque quise ver mi obra reconocida. El siguiente no será tan cortés.

—Entonces procuraremos echar de menos su cortesía lo menos posible.

—No se burle. Es advertencia sincera.

Padre Mateo lo miró.

—Lo sé. Por eso me preocupa.

Blackthorne bajó la voz.

—Padre Mateo, usted y yo no somos tan distintos. Ambos miramos grietas. Ambos escuchamos lo que otros callan. Ambos usamos la verdad de los hombres contra sus mentiras.

—Con una diferencia.

—¿Cuál?

—Yo no elijo quién debe morir para que la frase sea más clara.

El inglés no respondió.

Padre Mateo dio un paso atrás.

—Rece, si sabe.

—No creo.

—Eso nunca ha impedido a Dios escuchar.

—¿Rezará usted por mí?

—Sí.

Blackthorne pareció sorprendido por primera vez de manera casi humana.

—¿Por qué?

—Porque lo necesitará más que Sebastián, y eso ya es mucho decir.

El inglés apartó la mirada.

Padre Mateo hizo una señal al guardia.

La puerta se cerró.

El sonido del cerrojo fue seco, pequeño, insuficiente para tanto mal.

Cuando Padre Mateo salió al patio del palacio, la noche había caído sobre México.

Revillagigedo lo esperaba junto a una fuente.

La misma agua que durante el día parecía decorativa, de noche sonaba como conciencia.

El virrey llevaba horas dictando órdenes: arrestos, registros, custodia de documentos, protección de testigos, contención de rumores, comunicación reservada a Madrid, vigilancia de barcos, aviso a Veracruz.

—Don Julián ha confesado parte —dijo.

—Lo sé.

—Ramiro también.

—Sí.

—Blackthorne ha admitido ser agente extranjero y haber dirigido la operación política, aunque no orden directa de asesinatos.

—Eso intentará sostener.

—Madrid decidirá mucho.

—Madrid siempre decide mucho cuando ya ha ocurrido demasiado.

El virrey no respondió enseguida.

—Padre, ¿hemos evitado la traición?

—No. Hemos evitado una de sus formas.

—¿Y los hombres de aquí?

—Algunos son culpables. Otros cobardes. Otros vanidosos. Otros estúpidos. Procure castigarlos en ese orden, no al revés.

Revillagigedo casi sonrió.

—No es fácil gobernar con esa clasificación.

—No es fácil vivir sin ella.

El virrey miró el agua.

—La ciudad sabrá algo.

—Sí.

—No todo.

—No debe saber todo ahora.

—¿Me reprocha el secreto?

—No si protege la verdad. Sí si la entierra.

Revillagigedo aceptó la distinción con un gesto.

—Se hará justicia.

—Haga también memoria.

—¿Memoria?

—De Sebastián Mier. Que no desaparezca detrás de nombres grandes.

El virrey lo miró con gravedad.

—No desaparecerá.

Padre Mateo quiso creerlo.

A veces la justicia de los poderosos empezaba con una promesa sincera y terminaba bajo papeles urgentes. Pero Revillagigedo no parecía hombre de olvidar por comodidad. Eso, en un gobernante, era virtud rara.

—¿Y usted? —preguntó el virrey.

—Yo dormiré, si Dios concede ese lujo.

—Se lo ha ganado.

—No lo diga alto. Dios podría oírlo y enviarme otra carta.

El virrey soltó una risa breve, cansada.

—Todavía queda cerrar el asunto.

—Sí.

—Don Alonso, doña Isabel, doña Elvira, doña Mariana, los comerciantes…

—Los vivos siempre dan más trabajo que los muertos.

—Mañana hablaremos.

—Mañana.

Padre Mateo se volvió para retirarse.

Antes de salir del patio, miró hacia las ventanas iluminadas del palacio.

En una celda, Blackthorne estaría quizá repasando sus errores.

En otra, don Julián buscaría una frase elegante para una cobardía sucia.

Ramiro maldeciría a todos. Tomás Yáñez rezaría por su familia.

De la Serna calcularía qué parte de su alma podía salvar firmando papeles.

Doña Mariana esperaría noticias sin mostrar impaciencia.

Doña Isabel quizá descubriría que la verdad no devolvía la inocencia, pero sí una forma nueva de estar en pie.

Y Sebastián Mier seguiría muerto.

Eso era lo que impedía cualquier satisfacción.

Padre Mateo alzó la vista hacia el cielo oscuro de Nueva España.

—Señor —murmuró—, si la justicia llega tarde, al menos concededle no llegar vanidosa.

La fuente siguió manando.

Por primera vez desde su llegada, la ciudad pareció respirar sin esconder del todo el miedo.

No era paz.

Pero era un principio.