Capítulo 32 Retorno del Infierno
Benítez
E l hangar es un cadáver en llamas.
El fuego crepita, devorando lo que queda de la estructura, iluminando todo con un resplandor anaranjado. El humo denso se alza hacia el cielo como si el infierno mismo estuviera reclamando su pago.
Mi respiración es un gruñido áspero, mis músculos laten con el cansancio acumulado de una batalla que me ha costado más de lo que estoy dispuesto a admitir. Cada herida, cada corte, cada golpe recibido me pesa más en los huesos, aunque menos en el alma. No me detengo: Valeria.
Mis piernas avanzan entre los escombros, sorteando los cuerpos caídos, el metal retorcido y los restos de la explosión. La sangre resbala por mi costado, empapando mi ropa, pero la ignoro. Solo hay un pensamiento en mi mente: encontrarla.
Y entonces la veo.
Tirada en el suelo junto al jeep, apenas se mueve. Tiene la piel pálida, su cabello desordenado cae sobre su rostro. Por un momento, el miedo me paraliza. Pero cuando su pecho se alza con un suspiro entrecortado, la desesperación me empuja hacia ella.
Pero ese segundo de incertidumbre pesa como una losa.
Y si no respira lo suficiente. Y si... La idea de perderla me golpea con tanta brutalidad que mis piernas flaquean por primera vez.
Me dejo caer de rodillas a su lado, mis dedos temblorosos buscan su pulso en su cuello.
Un segundo. Dos. La angustia me aprieta la garganta hasta que siento un latido débil, irregular.
El alivio me golpea con tanta fuerza que me dejo caer hacia adelante, mi frente tocando la suya por un instante. Está viva. Apenas, pero lo está.
—Plomo… —susurro, sosteniéndola con cuidado.
Sus ojos parpadean con esfuerzo y una sonrisa apenas perceptible se dibuja en sus labios.
—Tardaste mucho… — su voz es un hilo frágil, un susurro que apenas puedo escuchar por encima del rugido del fuego.
La aprieto contra mí, sintiendo el calor de su cuerpo.
—No volveré a llegar tarde —prometo.
Ella se aferra a mi camisa con la poca fuerza que le queda, su respiración débil pero constante. Sé que tengo que sacarla de aquí, y rápido.
Entonces, a lo lejos, el sonido de hélices rompiendo el aire me obliga a levantar la vista. Es lo único que podría hacer que despegue mis ojos de ella: ayuda. La ayuda ha llegado justo a tiempo.
La radio crepita en mi bolsillo y, con una mano temblorosa, la llevo a mi oído.
—Benítez, ¿sigues respirando o tengo que bajar a recoger tu puto cuerpo en descomposición? —La voz de Sight es un alivio que se cuela en mi pecho como oxígeno puro.
—Dame cinco minutos más, Sight, y podré responderte con certeza.
—Tenemos visual del hangar. Joder, Benítez, ¿qué coño hiciste ahí? Parece que hubieras volado media ciudad.
«Por ella hubiera arrasado con todo el país».
—Limpieza profunda. Necesito una extracción, dos personas.
—Recibido. Mantente en posición. Vamos por ti.
—Por cierto, ¿qué coño haces aquí?
—Me pillaba de paso —responde su voz al otro lado—, no tiene ni idea de cuánto me alegro.
Las luces del helicóptero atraviesan el humo, acercándose como un ángel en medio del infierno.
—Valeria, aguanta. Solo un poco más. Ya casi estamos.
Ella cierra los ojos, su mano aún aferrada a mi camisa. No sé si me ha escuchado, pero sé que sigue aquí. Eso es suficiente.
—¿Has vengado a mi hermano? —interroga tan bajito que apenas la escucho.
—Sí.
—¿Cómo?
—No creo que necesites saberlo —. alza la mirada, no dice nada, pero no es necesario, esbozo una media sonrisa cansada, la chispa brilla en el fondo de sus ojos, ella sigue ahí—. Un disparo en la cabeza, por Rodrigo, otro en el corazón, por ti…
Asiente, cierra los ojos y deja que el cansancio, la fiebre y el dolor la venzan. Con el poco aliento que me queda, la levanto en brazos y camino hacia nuestra salida.
Cuando el helicóptero desciende lo suficiente, veo la silueta de Sight saltar antes de que el aparato toque el suelo. Llega con el rifle en la mano, sus ojos escanean la escena. Cuando me ve cargando con Valeria entre mis brazos, sus ojos se abren.
—Mierda, Benítez —murmura, su voz por un segundo sin la burla habitual—. ¿Otra vez salvando damiselas en apuros?
—Ni es una damisela, ni está en apuros… nunca lo ha estado… —gruño, aunque no tengo ni una pizca de energía para discutir.
Sight deja escapar una risa breve antes de inclinarse para ayudarnos.
—Joder, tío… pareces un puto cadáver andante. No tengo claro si evacuarte o cavar tu tumba.
—No es para tanto, solo necesito un trago y un cigarro.
—Claro, pero primero voy a sacarte de esta mierda. ¿Vas a poder subir por tu cuenta o tengo que cargarte como a una princesita de cuento?
—Aunque no lo creas, todavía tengo la fuerza suficiente para darte una paliza —amenazo. Él estalla en una carcajada que me hace esbozar otra.
Cuando el helicóptero comienza a elevarse, veo cómo el hangar se convierte en un simple punto en el infierno que dejamos atrás.
El fuego sigue ardiendo, las cenizas flotan en la oscuridad como restos de una guerra que ha cobrado demasiadas vidas.
Cierro los ojos un instante, sintiendo el peso de todo lo que hemos perdido.
Pero cuando abro los ojos y veo a Valeria respirando a mi lado, sé que aún nos queda algo por lo que luchar.
He pasado toda mi vida persiguiendo sombras y huyendo de ellas. Tal vez sea hora de aprender a vivir. Después de todo, la guerra no ha terminado, pero hemos sobrevivido al infierno.