Epílogo Despertar en el Infierno
Benítez
D espierto con la certeza de que estoy muerto.
Todo mi cuerpo es dolor, un peso insoportable que me mantiene clavado a la cama.
El aire es cálido, seco, con un aroma extraño a desinfectante y un aroma muy familiar a árida tierra.
No hay ruido de balas, ni explosiones. Solo el lejano murmullo de voces y el pitido incesante de una máquina cercana.
Parpadeo. El techo es blanco, agrietado en las esquinas. Una luz mortecina entra por una ventana con cortinas ajadas. Hospital. Estoy en un hospital.
Intento moverme y un tirón feroz en el costado me deja sin aire. Joder.
Mi brazo izquierdo pesa como el puto hormigón. Bajo la vista y veo la férula que lo inmoviliza, vendajes gruesos cubriendo la piel. Unos puntos oscuros sobresalen de mi costado, donde el dolor es más intenso. ¿Cuánta sangre habré perdido esta vez?
Giro la cabeza con esfuerzo y veo una figura en la puerta.
—Si intentas moverte otra vez, te sedo hasta la próxima semana. —La voz de Elena es firme, con ese tono de médico harto de ver soldados haciendo estupideces con su cuerpo.
—¿Elena…? —mi voz es un desastre, áspera como papel de lija.
Elena suspira y se acerca, revisando la máquina a mi lado.
—Estás en África, en el hospital. Gracias a la brillante idea de Sight, que decidió que la mejor forma de salvarte era cruzar medio maldito continente con dos personas desangrándose en un helicóptero.
Parpadeo, intentando procesar.
—¿África?
—Sí. —Me lanza una mirada seca—. ¿Y sabes lo peor? Que no fue una idea tan mala. Si te hubieras quedado en la frontera, habrías muerto en menos de seis horas.
Respiro hondo, sintiendo el dolor latir con fuerza en cada costilla.
—¿Cuánto…?
—Tres cirugías. Una para arreglar el desastre de tu costado. Otra para detener la hemorragia interna que nadie notó hasta que llegaste aquí. Y la tercera para remendarte la pierna, la tenías hecha una mierda.
Cierro los ojos, procesando.
—¿Valeria?
Elena se cruza de brazos.
—Sigue viva —. La tensión abandona mis músculos por un segundo—.
De milagro, no está mejor que tú —continúa—.
Su fiebre ha bajado, pero la infección la dejó hecha polvo.
No sé en qué mierda de condiciones habéis estado sobreviviendo, pero tenía el brazo hecho un desastre y las costillas golpeadas como si hubiera pasado por una trituradora.
Cada palabra me retuerce por dentro. Sé exactamente por qué está así. Porque me siguió. Porque se quedó.
—Quiero verla.
Elena suspira.
—Benítez…
—Quiero verla —digo con un tono más firme—. Lo necesito, por favor —termino con una súplica que no me molesto en ocultar.
Nos quedamos en silencio, ninguno dispuesto a ceder. Ella es la doctora, pero yo soy demasiado terco para aceptar un no por respuesta. Finalmente, resopla.
—Tienes cinco minutos. Si te desplomas, te arrastro de vuelta.
Me cuesta moverme. Cada paso es un puto calvario, pero no me detengo. Me aferro a la pared, avanzando con respiraciones forzadas hasta llegar a la habitación contigua.
Empujo la puerta con el hombro y entro.
Valeria está en la cama, con el rostro más pálido de lo que jamás la he visto. Su brazo está vendado y protegido por un cabestrillo, hay un gotero conectado a su muñeca y su respiración es tranquila, aunque débil.
Por un momento, solo me quedo allí. Mirándola.
—Me ha mandado para vigilarte —la voz de Lara, tan familiar, se cuela por mi cabeza. No digo nada, solo asiento—. Tengo que obedecer, ella manda —afirma con una sonrisa en su cara que, aunque no vea, se percibe—. Es importante para ti, ¿no?
—Pensé que la perdería —susurro sin más. ¿Es importante para mí? No me lo había preguntado hasta ahora, pero esto que siento en el pecho tiene que ser que sí.
—Hubiera arrasado Afganistán hasta los cimientos por ella, responde eso a tu pregunta —.
—Por supuesto, es lo mismo que siento yo por Elena.
No decimos nada por un momento, tan solo estamos uno al lado del otro. Él me deja claro que siempre podré confiar en él y eso llena un poquito este vacío que la muerte de Rodrigo ha dejado en mi pecho.
—Tenía unos documentos…
—Enviamos una copia a los altos mandos, ya están al tanto de todo.
Giro la cabeza y asiento, agradecido. No tengo claro haber podido gestionar toda esa puta burocracia yo mismo.
—Te dejo un rato a solas con ella —dice antes de marcharse y cerrar la puerta tras de sí.
Me arrastro, porque no se puede decir que ande, hasta su lado, tomo una silla y me siento en silencio. Su respiración me hipnotiza y pierdo la noción del tiempo, no sé cuánto llevo aquí hasta que sus ojos se abren poco a poco, con esfuerzo.
Su mirada encuentra la mía, al principio su expresión muestra que está tan perdida como lo he estado yo, pero poco a poco se enfoca solo en mí. Y sonríe.
—¿Sigues vivo? Qué decepción…
Una carcajada baja me sacude el pecho, pero me duele demasiado para reírme en serio. Me acerco con esfuerzo y me dejo caer junto a su cama.
—Joder, plomo, ni muriéndote puedes dejar de tocarme los huevos.
Su sonrisa se ensancha apenas.
—Tienes cara de mierda.
—Gracias. Tú tampoco ganas ningún concurso de belleza ahora mismo.
Ella suelta un leve suspiro y cierra los ojos un segundo.
—Entonces… lo logramos.
No es una pregunta.
Asiento.
—Sí. Se acabó.
No dice nada por un momento, pero su mano, con suavidad, busca la mía sobre la sábana. La cubro con la mía sin pensarlo.
Su piel sigue caliente.
Su respiración sigue aquí.
Yo sigo aquí.
Me inclino un poco hacia ella, bajando la voz.
—No vuelvas a hacerme pasar por esto, Valeria.
—Ni tú tampoco.
Una sonrisa se cruza entre ambos, pequeña, cansada, pero real.
Silencio.
Entonces, su pulgar se mueve, trazando un pequeño círculo en mi mano.
—¿Benítez…?
—¿Qué?
Sus pestañas tiemblan antes de que sus labios se curven en una media sonrisa traviesa.
—Cuando salgamos de aquí…, ¿vas a invitarme a bailar?
Suelto una risa ronca, inclinando la cabeza hacia atrás.
—¿Bailar?
—Me dijeron que estamos en África, quiero verte mover la cadera con un ritmo africano, y también quiero una copa, ¡joder! —se queja.
—Eres increíble.
Ella entreabre un ojo, con una chispa de diversión.
—Eres lento, mira que has tardado en darte cuenta…
—No he tardado en darme cuenta, solo en reconocerlo —me defiendo.
—¿Y ahora?
—Ahora…, esperaremos a ver qué viene.
—¿Juntos?
—Juntos.
—Tenía que haberte advertido.
—¿De qué?
—De que soy adictiva —. La risa llega a mi boca de nuevo, pero la sacudida me provoca un terrible dolor en la zona de las costillas.
—Lo eres, soy un adicto empedernido, ahora no podrás deshacerte de mí.
—Trato hecho —contesta con rapidez y eso hace que mi corazón se acelere.
—¿Así, sin más?
—Solo hay una condición.
—¿Solo una? —interrogo levantando una ceja.
—Si dejas que te maten, te revivo y te mato de nuevo.
De nuevo la risa llega fácil, eso parece haberle costado un esfuerzo titánico, cierra los ojos, su respiración se suaviza de nuevo y puedo ver cómo se deja vencer por el cansancio que tira de ella con fuerza.
La observo en silencio un largo rato.
Sé que esto no es el final.
El camino que tenemos por delante es incierto, y no me importa. No estoy solo. Y eso lo cambia todo.
Cuidaré de ella, Rodrigo. Lo juro.
FIN