Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 31 La Última Batalla
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Capítulo 31 La Última Batalla

Benítez

E l humo todavía se alza en el aire, esparciendo cenizas y polvo en todas direcciones.

La detonación ha dejado el hangar tambaleándose, con vigas de metal retorciéndose y chispas cayendo como un infierno en plena tierra.

La explosiva entrada que preparé ha servido para que Valeria tenga la oportunidad de escapar, pero también ha reducido mi margen de maniobra.

Marcus sigue en pie, con una sonrisa torcida, impasible ante el desastre a su alrededor. En la penumbra de las llamas, su silueta parece la de un demonio al que ni el fuego del infierno podría consumir.

—Siempre supe que acabaríamos así, Ares —dice, sacando un cuchillo de combate de su funda—. Dos soldados. Un solo desenlace.

Suelto una risa seca, mi mano firme sobre el arma, pero no disparo. No todavía.

—Si es así, date por muerto.

Marcus sonríe aún más. Un depredador midiendo a su presa.

—Vaya, vaya, Ares… Veo que todavía te quedan cojones. Pensé que los habías dejado dentro de esa fulana que apenas se tiene en pie.

Su voz retumba en mi cabeza, cargada de burla. Siento el peso del arma en mi mano, mi dedo apretando el gatillo por instinto, pero algo me dice que esto no terminará con un simple disparo.

—No hay dónde correr, Marcus. —Mi voz es un gruñido bajo, el rugido de un predador que por fin ha acorralado a su presa.

—No voy a correr, muchacho. Nunca lo he hecho.

Antes de que pueda disparar, algo silba en el aire.

Marcus se mueve rápido, más de lo que esperaba.

Un cuchillo brilla en la penumbra antes de clavarse en mi brazo izquierdo.

Un dolor ardiente me atraviesa la carne.

Aprieto los dientes, pero no me permito soltar un solo quejido.

Este cabrón no se va a dar el gusto de verme tambalearme.

—Vamos, Ares —su voz es un susurro venenoso mientras se acerca—, demuestra que sigues siendo el soldado letal que fuiste en F-14. Ese al que no le importó matar niños…

Mi sangre se hiela. Ese número maldito.

F-14. La misión que lo jodió todo. La razón por la que Rodrigo está muerto. La razón por la que yo llevo su fantasma a mis espaldas.

Amartillo el arma.

—Vamos, ¿de verdad vas a matarme así? —alza las manos con burla—. ¿Sin ensuciarte un poco las manos? ¿O es que la conciencia todavía te pesa?

Me lanza otro cuchillo.

Esta vez lo atrapo en el aire sin dudar. Nos miramos a los ojos y, en ese instante, sabemos lo que va a pasar.

La pelea comienza en el segundo en que doy un paso adelante. Marcus se mueve demasiado rápido para alguien que ha pasado años en las sombras traicionando a los suyos. Pero no más rápido que yo.

Esquivo el primer golpe, sin embargo, el segundo me alcanza en la pierna, justo en la herida.

El dolor explota con fuerza, una tímida voz en el fondo de mi cabeza me pide que me arrodille, que así el dolor pasará, pero la ignoro.

Contraataco, mi puño impacta en su mandíbula y lo hago tambalearse. Marcus escupe sangre y sonríe.

—¿Eso es todo lo que tienes, Ares?

La rabia hace que me mueva con más brutalidad. Golpeo de nuevo, esta vez en el estómago, cortando su aire. Se tambalea hacia atrás, pero se recupera rápido. Me ataca con el cuchillo, una estocada rápida que roza mi costado. El ardor es inmediato, la sangre empapa mi camisa, pero no cedo.

Nos enzarzamos en un forcejeo mortal. Sus manos intentan clavarme el cuchillo, las mías buscan quitárselo. La adrenalina convierte cada segundo en una eternidad. Él me empuja contra una mesa oxidada, pero uso el impulso para girarnos y estrellarlo contra la pared.

Marcus gruñe y me suelta un rodillazo en el estómago.

El aire se me escapa, pero me niego a caer.

Con un movimiento rápido, bloqueo su brazo y le retuerzo la muñeca hasta que suelta el cuchillo.

El arma cae al suelo y ambos nos lanzamos a por ella.

Colisionamos contra el suelo con la fuerza de dos bestias en guerra.

Rodamos entre escombros y cenizas. El filo del cuchillo sigue tratando de alcanzarme.

Cada golpe que doy está cargado de rabia, de años de preguntas sin respuesta, de dolor y de un odio que se ha vuelto tan parte de mí como mi propia piel.

Hasta que el cuchillo me detiene, presionando mi garganta. Marcus se inclina sobre mí, jadeando.

—¿Sabes qué fue lo último que dijo Hades antes de morir? —Su sonrisa es cruel, llena de veneno.

El silencio es ensordecedor.

—Dijo tu nombre —susurra, disfrutando cada palabra—. No el de su hermana. No el de su mujer. No. Dijo «Ares».

Algo dentro de mí se rompe.

—¿Sabes qué significa eso? Que hasta en su último aliento creyó que vendrías a salvarlo.

Mi respiración se agita.

—Cállate… —mascullo con los dientes apretados.

—¿Y qué hiciste tú? —Su tono es puro veneno—. Lo dejaste pudrirse en la arena. Igual que harás con ella. —Señala con la cabeza en la dirección en la que Valeria ha huido—. Siempre llegas tarde, Ares.

Un temblor recorre mi cuerpo. Mis músculos se tensan, el dolor desaparece, la rabia se convierte en algo frío, letal.

Suelto una risa seca, oscura.

—¿Y tú? ¿Crees que vas a vivir para ver el amanecer? —Marcus parpadea, un atisbo de duda cruzando su rostro—. Te equivocas, Marcus. No soy el que está atrapado aquí contigo. —acerco mi rostro a él, mostrando una sonrisa afilada—. eres tú quien está atrapado aquí conmigo.

Mi rodilla se eleva con fuerza y lo golpea en la entrepierna. Marcus jadea de dolor y el cuchillo se afloja lo suficiente para que lo arrebate de sus manos. Me impulso, giro sobre él y lo derribo con violencia contra el suelo.

Se revuelve, pero yo ya estoy encima de él, el cuchillo en mi mano, el filo presionando contra su garganta.

—No tienes idea de lo que perdí por tu culpa —escupo, sintiendo el filo temblar en mi mano—. Rodrigo confiaba en ti. ¡Yo confiaba en ti!

Marcus escupe sangre y sonríe, con los ojos oscuros brillando con desafío.

—No te hagas el héroe, Ares. Siempre fuiste un perro de guerra. Igual que yo.

—Rodrigo confiaba en ti —repito, estampando su cabeza contra el suelo de cemento.

Marcus se carcajea, un sonido desquiciado, y me patea en el estómago, lanzándome hacia atrás. Me incorporo tosiendo sangre, pero con la mirada fija en él.

—Rodrigo era un ingenuo —escupe con desprecio—. Creyó que el honor significaba algo. Que podía jugar a ser el héroe y seguir con vida.

Mis puños se cierran. Lo embisto de nuevo, chocamos contra una mesa volcada, repartiéndonos golpes con la furia de dos hombres que saben que esto no terminará hasta que solo uno siga en pie.

—¡Tú lo vendiste! ¡Tú lo enviaste a la muerte! —le gruño, lanzando un golpe directo a su costado.

Marcus retrocede, escupiendo sangre, pero sigue sonriendo.

—¡Claro que lo hice! ¿Sabes qué es lo más irónico? ¡Rodrigo no murió por su país, ni por su equipo! ¡Murió porque era demasiado terco para ver la realidad!

Me lanzo otra vez, pero Marcus esquiva mi ataque.

Mi herida en la pierna me traiciona y tambaleo un segundo.

Eso le basta para sujetarme por la chaqueta y estrellarme contra una de las vigas con tanta fuerza que me deja sin aire.

Algo cruje en mi espalda, un dolor punzante me atraviesa el torso.

Mierda, creo que me ha roto una costilla.

Mi visión se nubla un instante, pero no pierdo el enfoque.

Suelto una risa amarga, sintiendo la sangre resbalarme por la ceja.

Antes de que pueda recuperarme, Marcus me lanza contra el suelo con un giro calculado.

El impacto es brutal. La cabeza me da vueltas y la vista se me nubla de nuevo.

Intento incorporarme, pero él ya está encima de mí, su rodilla clavada en mi pecho, presionando justo donde el dolor es más agudo.

—Mírate, Ares. —Su voz es un susurro cruel mientras acerca su cuchillo a mi garganta—. Patético. Siempre creí que serías el último en caer, pero aquí estás. Rendido, como todos los demás. Como Rodrigo.

El filo del cuchillo roza mi piel, abriendo un corte superficial. Intento moverme, pero la presión en mi pecho y el mareo me mantienen atrapado. Marcus me observa con burla.

—Voy a ser generoso —susurra—. Te daré cinco segundos para suplicar.

Mi mandíbula se tensa. Sé que, si no hago algo ahora, esto termina aquí. Miro más allá de su hombro y sonrío. Un truco viejo, pero efectivo. Frunce el ceño, por un segundo su atención se desvía. Justo lo que necesito.

Aprieto los dientes y uso la única ventaja que me queda: el dolor. Hago fuerza con el torso, ignorando el ardor de la costilla rota, y lanzo mi cabeza hacia adelante con toda la fuerza que me queda. Mi frente impacta contra su nariz con un chasquido húmedo.

Marcus suelta un gruñido de dolor, llevándose una mano a la cara.

El cuchillo se afloja en su agarre. No pierdo tiempo. Giro y lo derribo al suelo, rodando sobre él.

Ahora la pelea ha cambiado.

—¡Tú eras su amigo! —aúllo.

Marcus ladea la cabeza, burlón, pero hay algo en su mirada que me dice que también está agotado.

—El respeto no te da de comer, Ares. Me harté de arriesgar mi vida por un país al que no le importamos. Al menos ahora me pagan bien.

Me quedo quieto. Por un segundo, casi lo entiendo. Casi. Pero entonces habla de nuevo.

—Si Rodrigo no hubiese sido tan estúpido, podría haber estado aquí, a mi lado. Como tú podrías estarlo ahora, si no te aferraras a tu maldito sentido de lealtad.

El mundo se detiene. Mi pulso martillea en mis oídos. Y en ese instante, lo sé. Lo entiendo. No hay redención para él. Con un solo movimiento, el cuchillo atraviesa su garganta.

Marcus se sacude violentamente, su boca se abre como si intentara hablar, pero solo un gorgoteo ahogado escapa de sus labios. Sus ojos se encuentran con los míos por última vez, antes de que la vida los abandone.

O eso creo.

Su cuerpo tiembla en espasmos, la sangre se derrama entre sus labios, pero intenta levantar la cabeza. Su boca se abre de nuevo, formando palabras que no llegan a pronunciarse.

—Tú… —intenta decir, pero la voz se le quiebra.

No sé si está intentando escupirme una maldición, una súplica o una verdad que nunca llegué a conocer.

Y nunca lo sabré.

Levanto mi arma y disparo dos veces. Una bala en la cabeza, por Rodrigo, otra en el pecho, por Valeria. Ahora sí.

El eco de los disparos se extingue en la noche, pero la pregunta sigue ahí, latiendo en mi mente. ¿Qué demonios iba a decir? No lo sé. No quiero saberlo. O quizás sí. Aunque ya es demasiado tarde.

El silencio cae sobre el hangar.

Me quedo allí, con el arma aún en mi mano, mi pecho subiendo y bajando con fuerza. No hay satisfacción en esto. No hay gloria. Solo el final de un hombre que eligió el camino equivocado.

Tomo aire, limpio la sangre de mis manos y me giro.

El hangar se siente en silencio. Solo mi respiración entrecortada llena el aire. Me tambaleo, agotado, pero me obligo a caminar hacia la salida. No me giro para ver su cuerpo. No lo merece.

El juicio ha terminado. Y, por primera vez en años, me siento libre.