Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 30 Caza Nocturna
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Capítulo 30 Caza Nocturna

Benítez

E l eco de mi propia respiración me aturde.

El sabor metálico a sangre se extiende por toda mi boca.

La pierna me palpita con fuerza, pero nada de eso importa.

No tengo tiempo para nada más que para ir a por ella, así que camino hasta el todoterreno.

Una voz traicionera me golpea tan fuerte que me hace caer de rodillas junto al maletero.

Valeria no está. Se la han llevado. Miro a mi alrededor de nuevo, con desesperación, pero la furgoneta en la que la metieron ya ha desaparecido entre el caos de la frontera.

Aprieto los dientes con furia, sintiendo la rabia arder en mis entrañas.

Me han quitado demasiado en esta vida. No pienso permitir que también se la lleven a ella.

Me levanto y me siento en la parte de atrás del maletero, reviso mi estado.

La pierna tiene un corte profundo y no puedo permitirme perder más sangre.

Rompo un trozo de mi camisa y me hago un torniquete rápido.

No es la mejor solución, pero me mantendrá en pie lo suficiente.

Cuando me dirijo a la parte delantera, me doy cuenta de que han rajado los neumáticos.

Tenían claro que tenían que retrasarme para darles tiempo para huir.

Alzo la vista y escaneo la zona. Necesito otro coche.

Me levanto como puedo y avanzo con la determinación de un hombre al que ya no le queda nada que perder.

Veo un Jeep aparcado en un rincón, con el motor encendido.

Un contrabandista descarga cajas de algo que no me interesa, así que no lo pienso dos veces.

Me acerco por detrás y lo agarro por el cuello, bloqueándolo antes de que pueda reaccionar.

Lo estrello contra el capó y lo dejo inconsciente con un golpe seco en la cabeza.

—Gracias por el coche, amigo —murmuro, subiendo al Jeep y pisando el acelerador.

No dejo de pensar en que no puedo ir así a ese lugar, sin estar preparado.

Tengo claro que en cuanto tenga lo que quiere ni Valeria ni yo vamos a salir vivos de ahí.

Sí ese es un error que va a cometer, el de subestimarme.

Necesito armas, munición y, sobre todo, información.

Me desvío hacia un mercado negro en las afueras.

Conozco el lugar de otras veces, un punto de intercambio donde todo se compra y se vende, desde pasaportes falsos hasta fusiles de asalto.

Entro con el rostro cubierto por un pañuelo y me dirijo a uno de los traficantes.

—Necesito armas —digo sin rodeos. El tipo, un viejo con la cara curtida por la vida, me observa con recelo.

—Todo tiene un precio, amigo. Saco un fajo de billetes y los dejo sobre la mesa.

—Pago en efectivo. Y si intentas joderme, será lo último que hagas.

El viejo suelta una carcajada seca y asiente.

Minutos después, tengo una pistola, un fusil de asalto y munición suficiente para acabar con un escuadrón entero.

También consigo explosivos pequeños. No voy a entrar en ese lugar solo con balas. Voy a hacerlo explotar si es necesario.

Ya en el coche, un poco más calmado, algo se ilumina en mi mente; antes de meterme en un callejón sin salida… necesito asegurar una vía de escape. Saco el teléfono y marco un número que no he usado en mucho tiempo.

—Lara —responde con su voz grave y llena de cansancio.

—Soy yo. Un silencio pesado se instala en la línea.

—¿Benítez? Joder, no sabíamos nada de ti. Estábamos preocupados… pensamos que tal vez…

—Todavía no —contesto interrumpiendo sus palabras—. Pero si no me ayudas, lo estaré. Pronto—. Lara suspira.

—Dime qué necesitas.

—Voy a hacer algo jodidamente estúpido y solo puedo confiar en ti. Necesito que tengas listo un equipo para sacarme de aquí si las cosas se complican.

— ¿Dónde estás? —Le doy mi ubicación exacta—. Dame un par de horas.

—No tardes —le ruego—. Y Lara...

—¿Qué? —Si no salgo de esto… Silencio. Luego, un gruñido resignado.

—Saldrás. No tienes permiso para morirte.

—¿No tengo permiso para morirme? —repito atónito.

—No hasta que yo te lo dé —afirma de nuevo rotundo.

—A sus órdenes, mi capitán —afirmo con una media sonrisa en la boca. Cuelgo y dejo el teléfono a un lado. Ahora solo queda la parte difícil.

Llego a las coordenadas y estudio el terreno.

Es un complejo industrial en ruinas, un antiguo hangar de aviones con mercenarios apostados en cada esquina.

Está claro que esperan que entre como un idiota y tener la oportunidad de matarme antes de llegar a Valeria.

No les voy a dar ese placer. El camino hacia el no es fácil, hay más vigilancia de la esperada.

Me muevo con sigilo, pegándome a los escombros y usando cada sombra a mi favor.

Dos guardias están apostados en una torre de vigilancia improvisada, una estructura oxidada que probablemente colapsaría con un soplo de viento.

Los observo, analizando el ritmo de sus movimientos, como un depredador.

Cuando uno de ellos se gira, saco el cuchillo y me acerco por detrás.

Un corte limpio en la garganta y el primer guardia cae sin hacer ruido.

El segundo apenas tiene tiempo de darse cuenta antes de que lo arrastre hacia la oscuridad y le rompa el cuello.

Me deslizo entre las sombras, eliminando a los guardias uno por uno.

Cada vez que uno cae, lanzo el cuerpo fuera de mi vista.

Me muevo rápido y letal, como un fantasma.

Llego a la entrada del hangar y me escondo tras una pared.

Dos hombres están en la puerta. Lanzo una piedra a la izquierda y, cuando uno de ellos se gira, le corto el cuello con un cuchillo.

Antes de que el otro pueda reaccionar, le disparo en la cabeza con un silenciador.

Estoy dentro. El hangar está oscuro y huele a óxido y aceite quemado.

En el centro, iluminada por un foco que se balancea de una viga del techo, está Valeria atada a una silla, con la cabeza hacia abajo y el pelo cubriéndole el rostro.

Parece inerte, sin vida. Un escalofrío me recorre la columna. No. No puede ser. Me acerco con cautela, mi corazón martilleando contra mi pecho. Me arrodillo junto a ella y le levanto el rostro con suavidad. Su piel está fría, sus labios pálidos.

—Valeria... —susurro, pero no hay respuesta.

Fría. Pálida. Muerta… La idea de no haber llegado a tiempo hace que la vista se me nuble un segundo.

—Valeria... —la llamo de nuevo y la voz me tiembla como el resto de mi puto cuerpo. Sigue sin haber respuesta. Mi pecho se oprime. La sacudo, desesperado. Y, entonces, parpadea.

Un alivio feroz me invade, pero antes de que pueda reaccionar, oigo el sonido inconfundible de un arma cargándose a mi espalda. Me giro. El hijo de puta que nos vendió está aquí. Frente a mí. Su sonrisa es cruel.

—Sabía que vendrías, Ares. Siempre fuiste predecible. Mierda. Levanto la mirada. Ojos oscuros, piel curtida, una cicatriz corriendo desde la sien hasta la mandíbula. El verdadero infierno acaba de comenzar. Y tiene nombre propio: Marcus Hale.

Un cabrón con el que compartí más de una misión. Un hombre que decía que el honor lo era todo, que nunca traicionaría a los suyos.

Y míralo ahora.

Me pregunto en qué momento se torció todo. ¿Cuándo dejó de ser un soldado y se convirtió en un mercenario sin alma?

Murad ha sido solo un peón. El verdadero monstruo siempre estuvo entre nosotros. Rodrigo tenía razón. Él lo sabía… y lo mataron por ello. Aprieto la mandíbula.

«Voy a hacer que pagues por cada gota de sangre que derramaste, cabrón».

—Déjala ir —gruño. Su sonrisa se ensancha.

—¿Por qué haría eso? —ladea la cabeza—. Está aquí por ti. Silencio.

—¿Qué te ha pasado? —pregunto. No puedo evitar recordar al hombre que sirvió a mi lado, leal, honesto, un hombre que luchaba por la paz…

—Nada, soy el mismo de antes.

—Ni de lejos. Ahora das asco… Su carcajada rebota por las paredes vacías del hangar y regresan para meterse por mi cabeza.

—Siempre supe que volverías, Ares, esta tierra no se olvida. Además… ¿cómo podría el gran Ares luchar contra su propia naturaleza? En el fondo, eres igual que yo.

—No es cierto. No me vendo por dinero.

—Estás equivocado, lo haces. ¿O acaso no estabas de mercenario en África?

—Me quedo en silencio, ¿sabía dónde estaba?

—. No te sorprendas, os sigo la pista a todos.

Hago lo mismo que antes, solo que ahora me pagan más…

—Se ríe, con diversión. —Era tu amigo —le echo en cara, no hace falta que mencione el nombre de Rodrigo para que sepa de quién hablo.

—Hades…, cometió el mismo error que tú. Descubrió la verdad y pensó que podía desvelar todo lo sucedido… nunca he entendido eso de tener tanta conciencia…

—Déjala ir, ella no pinta aquí nada —insisto. Necesito ponerla a salvo.

—¿Por qué tanta prisa? No es ella la que está en peligro. Eres tú.

Aprieto los puños, lo último que necesito ahora es perder la calma.

—No voy a jugar a este juego —digo, con voz baja y contenida.

—Claro que sí. Ya estás dentro.

Valeria gime débilmente, su cabeza moviéndose apenas. Sigue viva. Eso es lo único que importa.

—Me estabas esperando, ¿no? Ya me tienes, suéltala —pienso a toda prisa, me he dejado cegar por la necesidad de ponerla a salvo y he convertido la situación en una trampa. Estoy cara a cara con el demonio y hay tres armas apuntándome ahora.

—¿De qué serviría? ¿Crees que podría llegar sola a la entrada?

Joder, sé que tiene razón, pero necesito que se aleje de aquí.

—Tengo lo que buscas, te daré todo, solo si me deja que la lleve al Jeep —pido.

—No hay espacio para negociar, Ares, te olvidas de que yo tengo la mano ganadora.

—Comandante… —susurro—, no te mereces ese honor.

—¿Honor? ¿De qué vale el honor si luego te mueres de hambre, Ares? Dime…

—Rodrigo te admiraba, te respetaba…

—He aprendido que el respeto se compra.

—¿Y Murad?

—Alguien tiene que cargar con las consecuencias, ¿verdad? En la misión F-14 os tocó a De la Torre y a ti… —suelta sin más. La ira me corroe.

—No eran más que niños, Marcus…

—Despojos. Niños entrenados para matar soldados, no merecían vivir.

—Igual que tú.

—¿Ya no me vas a llamar comandante?

—No, no respondo ante asesinos…

—Asesino…, ¿eh? Pues déjame que te diga —hace una pausa acercándose a mí, yo cubro con mi cuerpo a Valeria.

De repente su mano roza la mía, intento que no se dé cuenta.

Saco de mi bolsillo trasero una pequeña navaja que le doy, espero que entienda qué quiero decir, ¡joder!

Necesito que lo entienda—, que el siguiente en mi lista eres tú.

—Y ¿a qué esperas? —provoco, alzando las manos. Trato de cubrir con mi cuerpo el de Valeria, los dos tipos no dejan de mirar la escena y sonreír, sin prestarle atención. Y eso juega a mi favor.

—Quiero que sufras antes de morir. Mi mandíbula se tensa. Bajo las manos y llevo una hacia atrás, noto la mano libre de Valeria, se ha soltado.

—Déjala ir, déjala que vaya al jeep —repito. No es para él, el mensaje es para ella.

—No tengas prisa, te he dicho que está a salvo… de momento.

—Déjala ir, Marcus, si quieres esos putos papeles déjala ir o les prenderé fuego con esta bengala —digo. «Bengala. Peligro. Sabré donde estás…». Rezo porque pille la indirecta.

—Adelante, eso me ahorrará trabajo, si desaparecen… quizás no te mate —suelta con una risa que me hiela la sangre, no reconozco en ese hombre al que fue mi amigo. Por dentro mi estómago se retuerce.

—Pues tú, Marcus, tienes una cita con el infierno —afirmo.

Disparo sin pensar a los dos hombres y un segundo después detono los explosivos que dejé en la entrada.

No miro hacia atrás, pero escucho la silla caer al suelo, ella se ha ido.

Y esa es la señal que necesitaba. El infierno acaba de empezar.