Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 29 El Precio de la Traición
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Capítulo 29 El Precio de la Traición

Benítez

E l amanecer se cierne sobre nosotros como una promesa vacía.

Llevamos horas conduciendo sin descanso, y la fatiga pesa en los hombros de todos.

Nadia sostiene a Malik con fuerza, acariciando su cabello mientras el niño duerme profundamente.

Valeria también está agotada, pero su mirada sigue atenta a la carretera, como si esperara que en cualquier momento el infierno se desatara sobre nosotros.

Me deja claro que ha aprendido algo estos días.

Cuando el marcador del combustible baja demasiado y Malik empieza a removerse inquieto, decido detener el coche en un lugar apartado, lo bastante lejos de la carretera principal.

Un antiguo puesto de vigilancia abandonado, apenas un esqueleto de lo que alguna vez fue una base militar.

Me bajo y escaneo el entorno con precaución.

—Descansamos diez minutos. Lo justo para que el niño coma y podamos reorganizarnos —digo, sin apartar la vista del horizonte.

Nadia asiente, abriendo una pequeña bolsa con algo de comida para su hijo. Yo me acerco a Valeria, sigue con fiebre, aunque le esté dando la medicación sin olvidar ninguna toma.

—Voy a ver qué encuentro —afirmo molesto, no con ella, sino con todo lo que está sucediendo. Molesto conmigo por no poder llevarla hasta un punto médico.

Hay algunos vehículos abandonados, busco una garrafa y una goma y me dedico a reventar los depósitos en busca de algo de alimento para el todoterreno.

—Joder, algo de suerte por fin —murmuro cuando del tercer vehículo extraigo algo más de tres litros de gasolina.

Regreso al vehículo y vuelco el contenido de la garrafa, después saco una barrita energética y miro las coordenadas que me han facilitado para reconocer el terreno.

—Solo quería darte las gracias, Ares....

Levanto la mirada y veo que Nadia se tensa de repente.

—No... no puede ser —murmura con un hilo de voz.

—¿Qué pasa?

Ella alza la vista, con el miedo dibujado en cada línea de su rostro.

—Rodrigo me habló de este sitio.

—¿Rodrigo te habló de este sitio?

—Sí, es un aeródromo militar en desuso, ¿verdad? —afirmo con lentitud, no le he dicho qué era, así que estoy ansioso por saber qué va a decir a continuación—. Me dijo que, si alguna vez alguien me pedía ir ahí, significaba que había sido vendido. Que era una trampa.

El aire se vuelve denso. Un escalofrío me recorre la espalda al comprender la magnitud de lo que acaba de decir.

—¡Mierda! —gruñe Valeria desde el asiento trasero.

—Tú descansa —ordeno, aunque, para ser sincero, me ha quitado la palabra de la boca.

Mi mente trabaja rápido. No podemos seguir adelante, pero tampoco podemos quedarnos aquí. Miro mi teléfono, el contacto que nos dio la extracción. Si Rodrigo sabía que esto era una trampa, entonces la persona que me envió aquí es... quien lo vendió. No Murad. Alguien con rango. Alguien de dentro.

—¡Puta hostia! —grito—. No, no puede ser. Joder. ¡Joder!

—Andrés —escucho la voz de Valeria a lo lejos.

—El muy cabrón... confiábamos en él, Valeria… y nos ha vendido. Estaba esperando esa llamada, ¡hijo de puta!—grito a la vez que suelto un puñetazo a la carrocería del coche.

Necesito descargar la ira que me consume por dentro. Todo parece encajar de una forma extraña, dantesca, y, sin embargo, a la vez, tiene sentido.

—¿Vamos a ir? —susurra Valeria sin atreverse a alzar la voz.

La miro a los ojos aún febriles, el tiempo está contra mí, no puedo demorar más que la vean en un hospital, pero nada me sale bien a la primera…

—Claro que no, dame un segundo que piense.

Suelto un suspiro y tomo el teléfono. Solo tengo una opción.

Marco un número que no he llamado en años. Tarda en responder.

—Ares... —La voz al otro lado es baja, cautelosa.

—Adil, necesito un favor.

—¿Otro?

—Otro.

Silencio. Luego, una risa seca.

—Sabía que volverías a mí. ¿La chica sigue viva?

—Sí, todavía.

—Es una buena noticia. ¿Qué necesitas?

—Cruzar la frontera hacia China. Rápido y sin dejar rastro. Me han vendido.

—¿El mismo que vendió a Rodrigo?

—Sí —afirmo sin más.

El silencio se prolonga.

—Dame diez minutos.

Cuelgo sin decir nada más.

—¿Andrés? —interroga Valeria.

Alzo la mirada y la veo de pie, a unos metros de mí.

—¡Joder, plomo! ¿Cómo se te ocurre ponerte en pie?

—Necesito estirarme un poco —afirma con voz baja, apenas un susurro que me preocupa mucho más que si me estuviera amenazando con resucitarme para matarme de nuevo.

—Tienes que guardar reposo, necesitamos un hospital…

—¿Qué vamos a hacer ahora? —interroga. Nadia se acerca con Malik en brazos, lo sujeta como si le fuera la vida en ello y, por desgracia, así es.

D iez minutos después, recibo un mensaje de Adil con unas coordenadas y un nombre de contacto. No necesito que me dé más detalles, tengo claro que lo primordial es llegar a la frontera con China, después… Dios dirá.

—Nos ponemos en marcha —ordeno.

Ambas mujeres aceptan la orden sin rechistar. Arranco el coche de nuevo y cambiamos la ruta, alejándonos del lugar en el que nos esperaban.

—Si no me equivoco, habrá enviado a gente para que nos vigile, cuando se den cuenta de que hemos cambiado de rumbo… la cosa se pondrá fea.

—Ya está fea, no somos los únicos en la carretera —susurra Valeria.

Las luces de un vehículo aparecen en el espejo retrovisor. Uno. Dos. Tres.

—¿Nos siguen? —pregunta Nadia con la voz tensa.

Piso el acelerador.

Los coches tras nosotros aceleran también. Vienen a por nosotros. Maldigo entre dientes y tomo una curva cerrada, intentando perderlos.

—Agarra bien al niño —le advierto a Nadia, mientras Valeria trata de incorporarse.

—Ni se te ocurra.

—Dame una buena razón para no intentar volarles la cabeza ahora mismo —se queja.

—Tengo varias. Primera: estás hecha una mierda. Segundo: necesitamos llegar con vida.Cuando estemos en la frontera os dejaré a salvo al otro lado.

—¿Nos…? ¿Y tú?

—Yo tengo cuentas pendientes con ese cabrón… —gruño.

La persecución se intensifica. Los disparos empiezan a sonar. Maldigo y giro el volante con brusquedad, desviándonos de la carretera principal y adentrándonos en un camino de tierra accidentado. El coche rebota con violencia, pero sigo adelante.

—Valeria, ¿puedes disparar? —pregunto, aunque sé la respuesta. Tiene un puto brazo partido, ¿cómo cojones va a disparar?

—Yo sí —afirma Nadia con seguridad.

—¿Sabes disparar?

—Que no tenga armas, no significa que no sepa usarlas. ¿Te olvidas de quién era mi marido? —pregunta.

Esbozo una leve sonrisa, claro que me vale; si le enseñó Rodrigo, acertará.

—Me vale. Pon al niño abajo, entre tus pies. Abre la ventanilla, pero no dispares hasta que te lo ordene. ¿Entiendes?

—Entendido —afirma sin que la voz le tiemble.

—¡Ahora! —grito.Ella dispara. Una de las llantas del primer vehículo revienta y el coche se tambalea, perdiendo el control y volcando. Los otros dos no se detienen, lo esquivan y continúan tras nosotros.

—Nos quedan dos —afirma Valeria.

—Sujetaos —gruño y giro el volante de nuevo, tomando un camino aún más estrecho entre colinas. La velocidad y el terreno juegan a nuestro favor—. Nadia, ¡ahora! —repito la orden.

Dispara de nuevo, vuelve a acertar a la rueda.

—¡Joder! ¡Qué buena eres! —grito.

El tercer vehículo choca contra el que le precede, pero no se detiene tras embestirlo, nos sigue. Sin embargo, me doy cuenta de que el golpe ha dejado tocada una de las ruedas, con suerte el eje irá mal. Después de varios minutos de maniobra, los perdemos.

Silencio.

Mis manos siguen aferradas al volante, mi corazón late con fuerza.

—¿Lo logramos? —pregunta Nadia en un susurro.

—Por ahora —respondo.

Nos acercamos al punto de encuentro con el contacto de Adil. La frontera con China está cerca.

L a frontera es un lugar caótico. Camiones, refugiados, personas intentando cruzar sin ser detectadas.

Encuentro al contacto de Adil con rapidez, un hombre de aspecto curtido que nos indica que Nadia y Malik pueden cruzar en el siguiente transporte.

Me giro hacia ella.

—Este es el fin del camino para vosotros.

Sus ojos se llenan de lágrimas, pero asiente.

—Gracias, Ares.

—Asegúrate de que Malik tenga una vida lejos de esto —le digo.

Ella besa la frente del niño y me lanza una última mirada antes de desaparecer entre la multitud.

Respiro hondo. Hemos logrado algo bueno hoy. Voy a por Valeria, no va a querer, pero la voy a hacer cruzar sin mí, necesita atención médica con urgencia.

Me apresuro hacia el todoterreno, no quiero llamar demasiado la atención, así que camino a una velocidad más o menos normal.

Cuando estoy llegando noto que algo no va bien, la puerta trasera está abierta y eso hace que me ponga alerta.

Comienzo una carrera descontrolada, cada paso que me acerca al vehículo me deja más claro que Valeria no está.

—¡Benítez! —grita Valeria a lo lejos.

Giro la cabeza hacia el sonido de su voz, mi corazón se acelera en el acto. La veo forcejeando, dos cabrones la sujetan con fuerza mientras ella patea y se revuelve como una fiera

Y, entonces, le dan un golpe en la cabeza. Valeria se desploma. Su cuerpo se queda inerte en sus brazos, mientras los dos hombres la meten a rastras en una furgoneta oscura.

—¡No! —grito con toda la rabia que me incendia por dentro.

Salgo disparado hacia ella, sin ver nada más. Nada importa en este momento salvo llegar hasta ella . Pero algo me hace perder el equilibrio, mi pie tropieza con algo que hace que caiga al suelo con fuerza.

Maldición. No he sido capaz de verlo… Cuando me incorporo noto un latigazo en la pierna, pero no puedo hacerle caso ahora mismo. Corro en la dirección en la que estaba el vehículo, pero ya no está. Ha desaparecido entre la multitud y el caos que reina en el lugar.

La ira me golpea como una ola brutal. Se la han llevado. Y no saben lo que han hecho, voy a arrasar con todos. No dejaré ni un árbol en pie.

El teléfono vibra en mis manos, en la pantalla aparece su llamada.

—Si la quieres de vuelta, ven solo. Ya sabes el lugar. Trae todas las pruebas.

—Si le pones un solo dedo encima, maldito hijo de puta, no va a haber rincón en el mundo en el que estés a salvo.

Su risa es lo último que escucho antes de que cuelgue, un segundo después. Un escalofrío me recorre la espalda... es una amenaza.

Aprieto el teléfono con fuerza. Me han quitado demasiado en esta vida. No pienso dejar que se la lleven también.

Levanto la mirada hacia la multitud, mis puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Tomo una decisión en el acto.

—Voy a por ti, plomo —mi voz es un susurro cargado de una promesa letal—. Y, esta vez, no habrá piedad.