Capítulo 28 Cruce de caminos
Benítez
E l motor del todoterreno retumba contra el silencio de la madrugada.
No hay más ruido que el del vehículo avanzando sobre la carretera irregular.
La tensión dentro del coche es densa, tan espesa que casi podría cortarse con un cuchillo.
Malik duerme en el regazo de su madre, el ritmo de su respiración acompasado y tranquilo, ajeno a la tormenta que se ha desatado a su alrededor.
Nadia mantiene la vista fija en el horizonte, sus manos aferradas al pequeño con una fuerza que delata su miedo.
Valeria, por otro lado, no se ha dormido. Lo sé porque la he visto mirarme por el retrovisor varias veces, y cada vez que nos detenemos, se incorpora un poco más. Está procesando lo que acaba de descubrir, y si la conozco lo suficiente, no tardará en empezar con sus preguntas.
—Mierda —susurra de pronto, removiéndose en el asiento.
—Ahora no, plomo —respondo, sin apartar la vista de la carretera.
—No me jodas, Benítez —gruñe—. Vas a decirme que llevamos al hijo de Rodrigo en este coche y que no voy a poder preguntar nada. ¿De qué clase de infierno ha salido esto?
Sus palabras no me sorprenden. Lo que sí me sorprende es que haya tardado tanto en decirlo. Aprieto la mandíbula y no contesto de inmediato. La tensión en mis hombros se hace más evidente.
—Rodrigo nunca me dijo nada —continúa Valeria, ignorando mi silencio—. Ni una sola maldita palabra sobre ellos. Y ahora resulta que tiene una familia escondida en este rincón del mundo.
Nadia aparta la mirada del horizonte y clava los ojos en Valeria. Hay algo en su expresión que no es solo desconfianza, sino una mezcla de tristeza y rabia contenida.
—No nos escondimos por gusto —dice, su voz calmada pero firme—. Rodrigo hizo lo necesario para protegernos.
—Y en el proceso, nos dejó a todos en la oscuridad —escupe Valeria, mirándome a través del retrovisor—. ¿Tú lo sabías?
—No —respondo, con un tono seco—. Me he enterado al mismo tiempo que tú.
—No lo entiendo —murmura Valeria, girándose hacia Nadia—. Él nos dijo que lo único que importaba era la misión. Siempre fue un soldado antes que cualquier otra cosa. Y ahora resulta que tenía una familia a la que escondió de todo y de todos.
Nadia baja la mirada y respira hondo antes de responder.
—Rodrigo nos quería lejos de su mundo. Me lo dejó claro desde el principio.
—¿Y aceptaste eso? —Valeria suelta una risa incrédula—. ¿Aceptaste vivir como un fantasma?
—Acepté sobrevivir —Nadia la mira fijamente—. Y asegurarnos de que Malik no creciera en medio de todo esto.
Valeria se queda callada, como si estuviera digiriendo esas palabras. Aprieta los labios, pero no dice nada más. No la culpo. Rodrigo nunca habló de querer una vida fuera de las sombras. Y, sin embargo, aquí estamos.
El coche avanza por la carretera desierta. Tenemos que cruzar la frontera lo antes posible. Mi prioridad es sacarlos a todos de aquí con vida.
—Voy a hacer una llamada —digo, tras un rato de silencio—. Necesito contactar con alguien que nos ayude a salir del país.
Valeria alza una ceja.
—¿Y quién demonios va a querer ayudarnos? Porque hasta donde yo sé, no nos quedan amigos.
—Aún me queda uno. —No estoy seguro de si me estoy convenciendo a mí mismo o a ella.
Detengo el coche en un punto ciego, lejos de cualquier luz, y me bajo con el teléfono en la mano. Marco un número que no he utilizado en mucho tiempo. Uno que nunca quise volver a marcar.
Valeria
N adia está sentada con Malik en brazos, acariciándole el cabello. Su mirada está perdida en algún punto del suelo.
—Aún lo esperas, ¿verdad? —suelto.
Nadia levanta la vista, sorprendida. No la miro con pena, es… comprensión. Era el hombre al que amaba, el padre de su hijo, y también mi hermano.
—No sé cómo… —Nadia traga saliva—. No sé cómo aceptar que no va a volver.
—Yo tampoco lo acepto —admito, y la imagen del cuerpo de mi hermano sin vida en el suelo me golpea con fuerza, robándome el aire por un largo segundo.
Un silencio espeso se instala entre las dos. No dejo de mirar al niño, es una copia de su padre a su edad, y eso hace que los ojos se me humedezcan, y no, no es por la fiebre.
—Rodrigo hablaba de ti —dice Nadia de pronto—. No mucho, pero lo suficiente.
—¿Sí? ¿Qué decía?
—Decía que eras insoportable —dice a la vez que esboza una sonrisa de la que me contagio.
—Eso suena a Rodrigo.
Nadia también sonríe, pero la tristeza sigue en sus ojos.
—¿Cómo…, ¿cómo sucedió? —bajo la mirada. Lo cierto es que no creo que necesite saberlo—. Solo… dilo —insiste.
—Murió peleando. Como él quería.
Es lo único que puedo decir. Porque la verdad es una imagen horrible que no quiero que la persiga de por vida. Siento un escalofrío con el recuerdo de su cuerpo sobre el sucio y frío suelo, sin vida, sobre su propia sangre…
Sé que no me cree, pero también sé, aunque no nos conozcamos, que no va a insistir.
—¿Es de fiar? —interroga.
—Es el hombre más confiable del mundo, y era el mejor amigo de Rodrigo. Confiaba en él ciegamente.
—Si él confiaba en él… confiaré en él —afirma en voz baja.
Asiento, dejándole claro que no tiene nada que temer.
Benítez
E l tono suena varias veces antes de que alguien responda.
—Pensé que estabas muerto —dice una voz grave al otro lado de la línea.
—Y puede que lo esté pronto si no me ayudas —respondo, sin rodeos—. Necesito una extracción.
El silencio que sigue no me gusta.
—Sabes que esto no es tan simple —dice finalmente.
—Nunca lo ha sido. Pero puedes hacerlo.
—¿Por qué debería arriesgarme por ti, Ares?
—Porque Hades murió por algo grande, y yo estoy a punto de descubrir qué fue.
Otra pausa. Luego, una respiración profunda.
—¿Cuántos? —pregunta al otro lado.
—Tres. Y un niño.
Silencio.
—Te debo una, Ares. Te enviaré unas coordenadas. Al amanecer. Si no lo logras, no vuelvas a llamarme.
—Allí estaré.
La llamada termina, y miro el teléfono con el ceño fruncido. Algo en el tono de su voz me dice que esto no será tan fácil como quiero creer.
Llega un mensaje: un punto de extracción. Me gustaría pensar que estamos a punto de salir de esta, pero no puedo, no todavía. Vuelvo al coche.
—Tenemos un punto de encuentro. Nos esperan en la frontera, pero tenemos que llegar antes del amanecer.
—¿De verdad confías en esa persona? —pregunta Valeria, con escepticismo en la mirada.
—Claro que no. Pero es nuestra mejor opción.
Ella resopla, pero no discute más.
—La medicina, plomo —digo.
Asiente, tomo el antibiótico de la mochila y se lo doy, igual que el antipirético, parce que la fiebre ha bajado algo, pero sé que debo llevarla a un hospital lo antes posible.
—Buena chica —digo colocando mi mano sobre su cabeza.
Alza los ojos y veo esa chispa que me ha vuelto loco desde que la vi por primera vez.
—Cuando esté recuperada… me vengaré —amenaza. Eso hace que sonría de nuevo.
—Estoy deseando saber que castigo tienes preparado para mí —susurro a la vez que la beso. Un simple roce de labios que necesito como el aire, aunque no esté dispuesto a reconocerlo.
Me monto de nuevo en el coche y piso el acelerador. Aún no estamos fuera de peligro. De hecho, algo me dice que el verdadero infierno no ha hecho más que empezar.