Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 27 Ecos del Pasado
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Capítulo 27 Ecos del Pasado

Benítez

El asentamiento es pequeño, apenas un puñado de casas de adobe y madera, dispersas entre un terreno polvoriento. No hay señales de vida a simple vista, ni un maldito ruido que indique que alguien sigue aquí. No me gusta.

Dejo el coche oculto entre los árboles y bajo en silencio. Valeria se remueve en el asiento trasero, lo suficiente como para hacerme girar la cabeza.

—No vayas solo —susurra, con la voz aún rasposa por la fiebre.

—No estoy discutiendo esto, plomo. Quédate en el coche.

—Benítez…

—No, Valeria —corto la conversación con firmeza. No voy a llevarla allí cuando ni siquiera sé qué me espera.

Sus ojos me observan por un instante, buscando algo en mi expresión que la convenza de seguir protestando. No lo encuentra. Resopla, pero se deja caer contra el asiento.

Me aseguro de que tiene agua y la manta antes de cerrar la puerta con cuidado. Camino entre las casas, cada paso medido, atento a cualquier señal de movimiento. Sé que si esta mujer tiene algo de sentido común, no se va a fiar de un desconocido que aparece de la nada.

Adil me dio la dirección exacta. Una casa apartada al fondo del asentamiento, con una puerta azul despintada y ventanas cubiertas con viejas cortinas.

Llamo a la puerta.

Nada.

Golpeo una vez más.

Silencio.

Un sonido ligero me hace girar la cabeza. Un crujido en la madera, una sombra moviéndose tras una de las cortinas.

Alguien está aquí.

—Soy un amigo de Rodrigo —digo, en un tono bajo pero firme. Nada—. Sé que estás ahí. Solo quiero hablar—. Sigo sin respuesta.

Voy a insistir cuando, de pronto, escucho un clic metálico al otro lado de la puerta. Un sonido que conozco demasiado bien. Un seguro de escopeta siendo retirado. Alzo las manos lentamente.

—No quiero problemas —digo—. Rodrigo me envió.

—Eso es mentira —responde una voz femenina con marcado acento. Suena fuerte, pero hay algo quebrado en ella.

—No lo es.

—¿Quién eres? —pregunta una voz femenina al otro lado.

Me tenso.

—Ares.

Silencio otra vez.

—¿Dónde está Rodrigo?

Cierro los ojos un segundo. Mierda.

Ajusto la mandíbula antes de responder.

—No está aquí.

Puedo escuchar la duda en su respiración. Algo en mi tono la hace dudar. No es una idiota.

—Él vendrá pronto —dice, como si intentara convencerse a sí misma.

Joder, esto es peor de lo que pensaba. Ella aún lo espera.

Golpeo la puerta con la palma de la mano, sin brusquedad, pero lo suficientemente fuerte como para que entienda que no me voy a ir sin hablar con ella.

—Ábreme. Ahora. Por favor.

—No.

Me inclino un poco más cerca de la madera.

—Hades.

Silencio absoluto. Siento su respiración cortarse al otro lado de la puerta.

Espero. El sonido de la cerradura girando es casi un alivio.

La puerta se abre solo un poco, lo justo para que pueda verla.

Es más joven de lo que imaginé. Su cabello oscuro está recogido en un moño desordenado, y hay ojeras profundas bajo sus ojos.

Su mirada se aferra a la mía con desconfianza, pero debajo de todo ese recelo hay algo más: miedo.

—Entra rápido —susurra.

Obedezco.

El interior de la casa es tan modesto como el exterior. Hay pocas cosas, como si estuviera lista para salir corriendo en cualquier momento. Un niño duerme en un colchón en el suelo, envuelto en una manta demasiado fina para el frío que hace.

Ella cierra la puerta y me apunta con un cuchillo.

—Dime dónde está.

No puedo suavizarlo. No puedo mentirle.

—Rodrigo ha muerto.

Mierda. Cierro los ojos un instante, al abrirlos me topo con su rostro se queda en blanco. Por un momento, no hay reacción.

—No —susurra, negando con la cabeza—. No, eso no es cierto.

—Me gustaría que no lo fuera, pero lo es. Lo siento.

Su respiración se vuelve irregular. Se tambalea un poco y apoya la mano libre en la pared.

—No… Él dijo que volvería. Me lo prometió… —murmura ida, imagino que aunque se conviva con la muerte el momento en el que llega no es fácil de digerir.

—Y lo intentó. Pero no llegó. Lo siento…, llegué tarde.

Ella se cubre la boca con la mano, ahogando un sollozo. No puedo hacer nada para aliviar ese dolor. Solo espero. Cuando por fin alza la vista, sus ojos están llenos de lágrimas, pero su voz es más firme.

—Si has venido usando su nombre en clave, significa que tenía un plan.

Asiento.

Ella se acerca a un mueble bajo y abre un cajón con manos temblorosas. Saca un sobre grueso y me lo extiende.

—Me dijo que, si algo pasaba, esto me ayudaría a salir del país. Pero no puedo hacerlo sola.

Tomo el sobre y lo reviso. Documentos falsos, dinero, una llave que no sé qué abre.

—Te sacaremos de aquí —le aseguro.

Ella traga saliva, mira a su hijo y asiente.

—¿Quién es nosotros ?

—Valeria y yo.

Su expresión cambia.

—¿Valeria? ¿Su…, hermana? —titubea. Tiene un marcado acento, pero se defiende muy bien en español.

Asiento de nuevo.

—Está conmigo. Herida, pero estable.

Una respiración entrecortada.

Un niño.

Un niño de unos cinco años. Lo único que puedo ver de él son sus ojos, tan oscuros y serios como los de Rodrigo.

—Mierda, es como Rodrigo… — Mi garganta se cierra—. Escucha, necesito que nos vayamos de aquí. No estás segura. No estáis seguros.

Algo en su expresión cambia. No baja el arma, pero puedo ver que su determinación empieza a resquebrajarse.

—Dijo que, si algo le pasaba, viniera por ti —añado—. Que no te dejara sola.

La mujer aprieta la mandíbula. Sus ojos van de mí al niño a su lado.

—¿Cómo te llamas? —pregunto, sin acercarme demasiado.

Silencio.

—Se llama Malik —responde. «Malik», repito—. Yo soy Nadia.

El nudo en mi pecho se aprieta aún más.

—Tenemos que irnos, Nadia.

Ella aprieta los labios.

—¿Adónde?

—A cualquier lugar que no sea este.

Ella no responde enseguida. Su mirada se desliza hacia su hijo, luego vuelve a mí.

—No tengo nada más —susurra.

—Lo tienes a él.

—¿Y qué pasa si nos vamos contigo y resulta que eres peor que aquellos de los que huyo?

No la culpo por preguntar.

—No te obligaré a venir. Pero si te quedas aquí, te encontrarán.

Ella cierra los ojos un instante, como si intentara encontrar una alternativa. No la hay.

Cuando los vuelve a abrir, hay algo decidido en ellos.

—Dame diez minutos —afirmo con la cabeza. Me sorprende su rapidez en reaccionar, pero no pierdo el tiempo en analizarlo.

—Coge solo lo necesario.

Ella se gira y empieza a meter cosas en una bolsa con movimientos mecánicos.

—Voy a cargar al niño.

Ella duda, pero asiente. Me acerco al pequeño, que sigue dormido. Tiene el cabello oscuro de su madre y las facciones de Rodrigo. Mierda. Lo levanto con cuidado. Se mueve un poco, pero no se despierta.

Mientras ella reúne lo poco que puede llevarse, fijo mi mirada en el niño. Mis ojos lo estudian con curiosidad, es fascinante como puedo ver a un pequeño Rodrigo entre mis brazos. Me alegra y me duele como mil demonios porque ya no volveré a verlo más. ¿Cómo reaccionará Valeria?

—¿Tienes un arma? —le pregunto en voz baja.

Ella niega con la cabeza.

—Bien. Porque no la necesitas. Yo me encargaré.

—Listo —dice, con la bolsa al hombro.

Abro la puerta con precaución y escaneo la zona. Sigue despejado.

—Sígueme.

Nos movemos en silencio hasta el coche. Abro la puerta trasera y la ayudo a subir con el niño en brazos. Él se acurruca contra ella sin despertarse. Valeria parpadea muy despacio al verlos, su mirada parece desenfocada, aunque la sorpresa es evidente en su expresión.

—¿Quién demonios…? —intenta incorporarse, pero su brazo herido la traiciona y se muerde el labio para no quejarse.

—Tranquila, plomo. No es el momento de preguntas —respondo, cerrando la puerta tras ella.

—¿Desde cuándo te hago caso, soldadito? —su voz sigue áspera, pero su tono es el de siempre, desafiante, con ese filo suyo que ni la fiebre consigue apagar—. ¿Me dirás quiénes son o tendré que adivinarlo?

Sus ojos se deslizan de Nadia al niño. Ve la forma en que la mujer lo protege por instinto, sujeta su cuerpo con la misma tensión con la que alguien sostendría un arma lista para disparar. Entonces lo entiende. No necesita que se lo diga. El niño es una copia de su padre.

—Mierda… —exhala, dejándose caer contra el respaldo. Sus cejas se fruncen levemente, como si la idea la golpeara de lleno—. Es de Rodrigo, ¿verdad?

No respondo. Arranco el motor.

—No necesito que me lo confirmes —suelta—. Solo quiero que sepas que, en cuanto esté lo bastante lúcida para no desmayarme al moverme, me lo vas a contar todo.

Sonrío de lado, pero no aparto la vista de la carretera.

—Claro, plomo. Lo que tú digas.

Y piso el acelerador.