Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 26 Un destino oculto
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Capítulo 26 Un destino oculto

Benítez

L a tarde está oscura, parece que las sombras son nuestras únicas aliadas, y también un recordatorio constante de lo frágil que es nuestra situación.

Valeria está más estable, o al menos eso me quiero creer mientras la acomodo en el asiento trasero del todoterreno.

La vuelvo a cubrir con la manta, y me alegra ver que el calor febril que desprendía su cuerpo ha bajado.

La sujeto lo mejor que puedo para evitar que su brazo, aunque bien inmovilizado, se mueva demasiado.

—Aguanta un poco más, plomo. Estamos saliendo de esta… más o menos.

Ella gime algo entre dientes, pero no responde. Es mejor así. No estoy seguro de poder manejarla si recupera la conciencia por completo y empieza a discutir. Una parte de mí casi desea que lo haga; su sarcasmo, por irritante que sea, siempre ha sido un recordatorio de que sigue luchando.

Cierro la puerta con cuidado, asegurándome de que la manta cubra su brazo vendado.

Subo al asiento del conductor y arranco el motor.

El rugido del todoterreno rompe el silencio, y por un instante siento que la tensión en mis hombros disminuye.

Pero solo un instante. Aún estamos muy lejos de estar a salvo.

El aire denso y cargado de polvo se cuela por la ventanilla entreabierta mientras fijo la vista en la carretera desierta que se extiende ante mí. No hay marcha atrás.

La mochila con los suministros que Adil me dio ocupa el lugar que ha ocupado ella los últimos días, a mi lado. Antibióticos, analgésicos, material de curas. No va a ser suficiente si algo se complica.

Ajusto el espejo y meto primera. No puedo quedarme aquí. Hay demasiadas cosas por hacer y muy poco tiempo para decidir cómo.

Adil no ha hecho más preguntas, ni le he ofrecido detalles. Nuestra relación, ha sido siempre así. No podía quedarme más tiempo, cada minuto que pasamos aquí es un minuto más cerca de que alguien nos encuentre. Tengo una dirección, un destino, y eso es todo lo que necesito.

«Vamos, Ares…, muévete».

La voz de Rodrigo resuena en mi cabeza, como si él estuviera sentado a mi lado, empujándome a seguir adelante. Sacudo la cabeza y fijo la vista en el camino. El volante está firme bajo mis manos, pero mi mente sigue siendo un caos.

La carretera está desierta, y el todoterreno avanza con un traqueteo constante sobre el terreno desigual. Los faros iluminan un camino que parece interminable, flanqueado por sombras que se alargan como si intentaran alcanzarnos.

Llevamos dos horas de camino cuando Valeria gime en voz baja.

—¡Joder! Como me duele… ¿Dónde vamos?

La voz de Valeria rompe el silencio, ronca y cargada de ese sarcasmo que tanto he echado de menos. La miro por el retrovisor; sus ojos apenas están abiertos, pero hay un brillo desafiante en ellos.

—Estás despierta.

—Vaya, soldadito, qué observador eres. ¿Es parte del entrenamiento militar o siempre has sido así de agudo? —pregunta, tratando de moverse con esfuerzo.

—Ni lo intentes. Quédate como estás.

Ella se deja caer de nuevo contra el asiento, pero no sin antes soltar un suspiro exagerado.

—Está bien, pero al menos podrías decirme dónde estamos.

—A salvo.

—¿A salvo? Venga, soldadito, dime algo que pueda creerme. ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Solucionar problemas —respondo, manteniendo la vista en la carretera—. Duerme.

—No estoy cansada.

—Te caíste por un puto precipicio, Valeria. Tienes un brazo roto, una herida en la cabeza y fiebre. ¿Y no estás cansada?

Se encoge de hombros con el brazo bueno y gime de dolor en el intento. No digo nada. Espero a que termine de maldecir y se acomode de nuevo antes de seguir hablando.

—Vas a necesitar descanso si queremos salir de esta.

—No me has dicho a dónde vamos.

—Porque no es asunto tuyo.

—Ajá.

​—​ Valeria…

—Benítez… —me imita, su voz ronca.

Aprieto la mandíbula. Su actitud me dice que está mejorando, pero también que me va a tocar lidiar con su lengua afilada todo el trayecto.

—Voy a resolver algo antes de irnos. Es lo único que necesitas saber.

—¿Antes de irnos? ¿No se supone que ya nos íbamos? ¿Acaso nos falta algo más? Pensé que teníamos todas las pruebas…

—Cierra los ojos, Valeria.

—Cuando me respondas.

La miro un instante antes de volver la vista al frente.

—Es importante. No lo habría pospuesto si no lo fuera. Créeme.

Ella se queda en silencio unos segundos, pero puedo notar que su cabeza sigue funcionando. No le gusta no saber. No le gusta depender de nadie.

—De acuerdo —dice al fin.

Me relajo un poco.

—Pero si te mueres antes de explicarme de qué va esto, te prometo que te revivo solo para que puedas decirme la verdad y luego te mato yo misma.

Suelto una risa breve, pero sin humor.

—Tomo nota.

H oras después, el paisaje comienza a cambiar. Los árboles se hacen más dispersos, y el terreno se vuelve más abierto. El amanecer está cerca; el cielo empieza a aclararse con tonos grises y anaranjados que apenas logran disipar la tensión que llevo en el pecho.

Valeria se remueve en el asiento trasero, dejando escapar un gemido de dolor. Reduzco la velocidad y la miro por el retrovisor. Sus ojos están abiertos, pero la confusión en su mirada me dice que no está completamente consciente.

—¿Cuánto más falta? —pregunta, su voz apenas un susurro.

—No mucho.

—Eso dijiste hace horas.

—Y sigo teniendo razón.

Ella resopla y cierra los ojos de nuevo.

—¿Tienes agua? —pregunta de pronto.

Saco la botella que tengo en el asiento del copiloto y se la paso sin decir nada. La observa unos segundos y frunce el ceño.

—¿Qué? —pregunto.

—Pensé que me dirías que no necesitaba agua.

—No estoy intentando matarte, plomo, para eso te bastas tú sola —refunfuño.

Bebe un sorbo y deja la botella en su regazo.

—Podría haber sido veneno.

—Podría haber sido, sí. Pero sería un desperdicio.

Sonríe con ironía y recuesta la cabeza en la ventanilla.

—Me está empezando a gustar este road trip.

—¿Ah, sí? ¿Y qué parte es tu favorita? ¿Cuándo nos han disparado o cuando te has caído por un puto precipicio? —escupo molesto.

No giro la cabeza, tan solo fijo la vista en la carretera.

—No me he caído —susurra.

—¿Qué demonios quieres decir? ¿Te han tirado ellos?

—No, me tiré yo huyendo de ellos.

—¿No podías esperar a que diera contigo?

—No, si hubiera esperado te aseguro que me habrías encontrado mucho peor…

Su voz se hace pequeña y eso hace que apriete las manos sobre el volante, las imágenes pasan por mi cabeza a toda prisa, nada de lo que imagino ha sucedido, sin embargo, no puedo evitar que ese sentimiento que suelo experimentar apriete mis pelotas con fuerza y me deje sin aire.

—Ahora te entiendo —murmuro.

—Qué sorpresa…, ¿en qué?

—En que me gustaría devolverles la vida para quitársela una y otra vez, una y otra vez…

Ninguno dice nada, no me atrevo a mirarla ni siquiera a través del espejo retrovisor, ahora mismo sé que no hay rastro en mí de Andrés, soy Ares en estado puro y no quiero que ella vea mi peor yo.

—Gracias —dice en voz bajita—. Por salvarme, Benítez, gracias por ir a por mí.

—¿No creerías que iba a dejar que nadie, que no fuera yo, acabara conmigo, no, plomo?

—Claro que no —dice esbozando una leve sonrisa.

Me concentro en la carretera, dejando que el traqueteo constante del coche llene el silencio. Finalmente, las primeras casas aparecen a la distancia. Son pequeñas y dispersas, construcciones sencillas que parecen haber resistido el paso del tiempo.

Reduzco la velocidad a medida que me acerco al lugar que Adil me indicó. El asentamiento parece tranquilo, pero algo en el aire me pone en alerta. No hay movimiento, ni siquiera el ruido habitual de animales o personas comenzando su día.

Detengo el coche a cierta distancia, ocultándolo tras una hilera de árboles. No puedo arriesgarme a entrar de golpe sin saber qué me espera.

—¿Por qué nos detenemos? —pregunta Valeria, su voz algo más firme ahora.

—Porque quiero asegurarme de que este lugar es seguro antes de entrar. Quédate aquí. No tardo.

Ella no dice nada. Cierro la puerta con cuidado y avanzo hacia el asentamiento, manteniéndome cerca de las sombras. Cada paso me acerca más a la dirección que Adil me dio, y con cada paso siento que la responsabilidad que llevo sobre los hombros aumenta.

Rodrigo confió en mí, y no voy a fallarle. No ahora. No después de todo lo que nos costó llegar hasta aquí.