Capítulo 25 Secretos entre sombras
Benítez
E l reloj en la pared avanza con una monotonía que me crispa los nervios. Las horas han pasado como si el tiempo hubiera decidido ralentizarse solo para joderme. Valeria sigue descansando en la camilla, envuelta en una manta que parece más frágil que ella misma.
Valeria sigue inconsciente en la camilla. Su respiración es más regular ahora, aunque todavía hay un ligero temblor en sus labios cuando el aire entra y sale. Me obligo a apartar la vista de ella para no dejar que la culpa termine de aplastarme.
La puerta chirría al abrirse, y Adil entra con dos tazas de café en la mano. Su figura delgada y encorvada proyecta una sombra que parece más grande de lo que realmente es. Me lanza una de las tazas sin ceremonias, y la atrapo justo antes de que caiga al suelo.
—Tu capacidad de reacción sigue intacta —dice, con una sonrisa torcida que no llega a sus ojos.
No respondo. Le doy un sorbo al café que me ofrece, amargo y cargado, como a él le gusta. Adil se sienta frente a mí, tamborileando los dedos contra la mesa. El silencio se alarga hasta que no puede soportarlo más.
—Necesita al menos un par de horas más antes de que la mueva —dice, señalando a Valeria con un gesto de la cabeza. Luego me lanza una mirada afilada—. Pero tú, Benítez, pareces más hecho polvo que ella. Si no descansas un rato, vas a caer redondo.
—Estoy bien —miento.
—Claro que sí. Y yo soy un príncipe árabe —responde, dejando escapar un resoplido.
Adil se sienta en una vieja silla junto a la mesa de instrumentos y me hace un gesto para que lo acompañe. Durante un momento, el silencio se cierne sobre nosotros, solo roto por el sonido constante del goteo del suero y el lejano murmullo de una máquina.
—No puedo creer que Rodrigo no esté contigo —dice de pronto, rompiendo el silencio como si hubiera arrojado una piedra a un estanque tranquilo.
Mi cuerpo se tensa al instante. El nombre de Rodrigo siempre tiene ese efecto en mí. Intento mantener la calma, pero la imagen de él en el suelo de esa tienda, la sangre extendiéndose bajo su cuerpo, me golpea con una fuerza brutal.
—¿Vas a decirme qué demonios está pasando o tengo que adivinar? —pregunta, con su característica mezcla de sarcasmo y preocupación.
—Rodrigo está muerto, Adil —digo con voz ronca, sin mirarlo directamente.
No dice nada al principio, solo me observa, como si buscara la verdad en mi rostro antes de responder.
—¿Qué demonios estás diciendo, Benítez? ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Hace unos días. Recibí una llamada urgente de él, cuando llegué… me encontré su cuerpo sobre el sucio suelo de una tienducha, y a ella —confieso mirándola. Las palabras salen entrecortadas, casi como si las arrancara a la fuerza de mi garganta.
Adil cierra los ojos un instante, como si necesitara procesar lo que acaba de escuchar. Cuando vuelve a abrirlos, hay algo diferente en su mirada, una mezcla de tristeza y rabia contenida.
—Maldita sea, Rodrigo… —murmura, más para él mismo que para mí—. No pensé que lo vería caer antes que tú.
—Yo tampoco —admito. Siento un nudo en la garganta, pero lo trago. No puedo permitirme romperme ahora.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —continúa Adil, inclinándose hacia adelante—. Rodrigo me pidió una vez que cuidara de ti si algo le pasaba. Dijo que eras un cabrón testarudo y que alguien tendría que asegurarse de que no te destruyeras solo.
Sonrío, pero es un gesto vacío. Claro que Rodrigo habría dicho algo así. Siempre fue el único con suficiente descaro para llamarme la atención sin miedo a las consecuencias.
El silencio vuelve, pero esta vez está cargado de recuerdos. Ambos pensamos en Rodrigo, el hombre que siempre estaba un paso por delante, el que nos mantenía cuerdos cuando todo se iba al carajo. Y ahora, no está.
Adil respira hondo y me mira con una intensidad que me hace enderezarme.
—Supongo que ha llegado ese momento… —murmura.
—¿Ese momento?
—Hay algo que Rodrigo dejó aquí, a resguardo. Algo que tendría que darte llegado el momento, aunque nunca creí que tuviera que darte esto...
Frunzo el ceño, sin entender a dónde quiere llegar.
—¿De qué hablas?
Adil se levanta y camina hacia un armario en la esquina de la habitación.
Saca una carpeta vieja, con los bordes desgastados, y la coloca sobre la mesa frente a mí.
Abro la carpeta con cierta reticencia. Dentro hay fotografías y documentos que, a primera vista, no entiendo del todo.
Hasta que veo el rostro de una mujer joven, con ojos oscuros y una sonrisa que parece sincera, pero cargada de tristeza.
Junto a ella, un niño pequeño, con la misma expresión en los ojos que Rodrigo solía tener cuando se relajaba lo suficiente como para mostrar algo de humanidad.
—¿Qué es esto? —pregunto, aunque ya intuyo la respuesta.
—Lo que Rodrigo más deseaba proteger en su vida.
La afirmación me golpea como un disparo en pleno pecho. Parpadeo, intentando procesar lo que acabo de escuchar.
—¿Qué diablos estás diciendo? Rodrigo nunca me mencionó nada de eso.
Adil se encoge de hombros, su expresión ahora es neutral.
—Era su secreto, Benítez. Dijo que era lo único que podía proteger realmente.
Rodrigo tenía su propia forma de lidiar con las cosas.
Era bueno ocultando partes de su vida que no quería que otros conocieran.
Sin embargo, tenía claro que si algo le sucedía el único al que confiaría su familia sería a ti.
Y, por lo que veo, no solo a su familia por elección, también te ha confiado a su hermana.
Confiaba en ti. Si ellos están en peligro, eres el único que puede protegerlos.
Las palabras caen sobre mí como una losa. Rodrigo nunca mencionó nada. Ni una vez. Siempre pensé que lo sabía todo sobre él, pero esto…
Aprieto los dientes, sintiendo cómo la rabia y la culpa se mezclan en mi interior. No quiero esta carga, pero tampoco puedo ignorarla.
—No puedo dejar a Valeria —digo finalmente, mi voz apenas un murmullo.
Adil asiente lentamente.
—No te estoy pidiendo que elijas. Pero si hay alguien más que necesita tu ayuda, tienes que estar preparado para dársela.
Me quedo en silencio, mirando las fotos en mis manos. La imagen de Rodrigo sonriente junto a su familia me quema como un hierro al rojo vivo. No puedo fallarle. No otra vez.
—¿Dónde están?
—Viven en un lugar discreto, en una aldea no muy lejos de aquí.
Rodrigo hizo todo lo posible para mantenerlos fuera del radar, pero ahora que él no está, no sé cuánto tiempo podrán mantenerse a salvo.
Y, si te preguntas por qué lo sé y tú no, fue porque tuve que asistir el parto.
La trajo aquí casi igual que tú has traído a su hermana, fue un parto… complicado.
El peso de la situación me aplasta, pero también me da un propósito. No sé cómo voy a manejar todo esto, pero lo haré. Por Rodrigo. Por su familia.
—Necesito esa dirección, Adil.
El médico me mira con algo que parece alivio. Asiente y saca un pequeño papel del bolsillo de su bata.
—Sabía que lo pedirías. Aquí tienes. Pero ten cuidado, Benítez. Ellos no saben quién eres. No sé cómo reaccionarán cuando aparezcas.
—No me importa. Lo único que importa es que estén a salvo.
Adil me lanza una última mirada antes de dejarme a solas. Me quedo en la sala, sosteniendo la carpeta en mis manos. Las imágenes de la mujer y el niño parecen observarme, juzgándome, pidiéndome algo que aún no puedo comprender del todo.
—No te preocupes, Rodrigo —susurro, mirando la fotografía del niño—. No voy a fallarles. Te lo prometo. A ninguno de los tres.