Capítulo 24 Ares ha regresado
Benítez
E l claro sigue igual de sombrío que cuando lo dejé, pero ahora hay algo más: la sangre que mancha el suelo y los cuerpos inmóviles de los hombres que creyeron que podían tocar lo que no debían.
Siento la tensión en mis hombros, como si el peso de Valeria en mis brazos aumentara con cada paso.
Su cabeza descansa contra mi pecho, su respiración entrecortada y febril.
—Resiste un poco más, plomo —murmuro, aunque sé que no puede oírme.
La dejo en el suelo, necesito revisar el vehículo antes de colocarla dentro.
Es un todoterreno robusto, cubierto de polvo y ramas que intentaban camuflarlo sin éxito alguno.
Abro la puerta del conductor y, para mi alivio, no hay trampas evidentes.
Las llaves están en el contacto. El motor ruge con un sonido bajo, pero firme, cuando lo enciendo.
Cubro el asiento de atrás con la manta térmica que llevo en la mochila, la que ella lleva la usaré para taparla, no quiero dejarla sobre esos asientos que solo Dios sabrá que pueden tener.
Coloco a Valeria en el asiento trasero, asegurándome de que no se mueva demasiado. Su brazo está en una posición incómoda, pero no puedo hacer más que cubrirla con una manta para evitar que el frío la golpee.
—Volveré enseguida, aguanta un poco más.
Me bajo del vehículo y reviso el área una vez más. El rifle descansa en mis manos como una extensión de mi cuerpo, listo para actuar si algo se mueve entre los árboles. No hay nada. Solo silencio.
Limpio lo esencial: las huellas de sangre que podrían delatarme, cualquier rastro que indique hacia dónde hemos ido. La escena aún me pone los pelos de punta, pero no tengo tiempo para detenerme en las consecuencias. Tengo que sacarla de aquí.
Vuelvo a echar un vistazo a los cuerpos de los hombres que la han herido y la sangre me burbujea de nuevo, es como lava que arde bajo mi piel.
Los agarro y los dejo apoyados en el tronco de uno de los árboles, sus cuerpos están laxos, sin vida alguna que los haga mantenerse erguidos.
Mejor. Quiero que el cabrón que los ha contratado dé con ellos sin esfuerzo, que vea lo que he hecho con ellos, que piense que es lo mismo, como poco, que voy a hacer con él…
Antes de subir, arranco las matrículas y las lanzo todo lo lejos que puedo, tengo que atrasar todo lo que pueda que den con nosotros.
Una vez en el coche, ajusto el retrovisor para verla. Está inconsciente, su rostro pálido, pero su pecho se mueve en un ritmo irregular que me da un atisbo de esperanza.
—¿Adónde demonios te llevo ahora?
Los hospitales están descartados. Es un lujo que no podemos permitirnos.
Pero entonces recuerdo algo: Adil Malik, un viejo conocido de mis tiempos en las sombras.
Adil no solo era médico militar, también era uno de los mejores.
Cuando lo echaron del servicio, montó una clínica clandestina en las afueras, donde atiende a quien pueda pagar o a quien le deba favores.
Me debe uno.
—Adil, espero que sigas siendo el cabrón que nunca hace preguntas —mascullo, girando el volante hacia la salida del bosque.
El camino es un infierno. Los faros del vehículo iluminan apenas unos metros delante, pero las sombras parecen moverse con cada curva.
El terreno es irregular, con raíces y piedras que amenazan con destrozar las ruedas en cualquier momento.
Cada bache hace que Valeria se mueva y mi mano abandona el volante más de una vez para sujetarla.
No puedes perderla, Benítez. No esta vez.
Tras un trecho infernal, la carretera se abre paso entre los árboles, aunque el viaje se me está haciendo interminable. Cada metro que gano parece un desafío más grande que el anterior y menor que el que vendrá. A veces, siento que más que avanzar, estamos luchando contra el propio terreno.
El traqueteo del vehículo se siente como un castigo en mi espalda, pero lo que de verdad me tiene al borde es el bajo gemido de Valeria cuando el coche salta en un bache bastante profundo.
Giro la cabeza un segundo para mirarla, su rostro sigue pálido, sus labios entreabiertos, y esa herida en su frente me recuerda lo frágil que es, lo fácil que sería perderla.
—Aguanta un poco más, plomo. Estamos cerca… o eso espero —susurro, aunque mi voz se quiebra al final.
El bosque empieza a aclararse, pero no lo suficiente como para ofrecerme consuelo.
Las sombras parecen perseguirnos, alargándose con cada curva cerrada que tomo.
Por un momento, me pregunto si alguien nos sigue, si esos malnacidos tienen refuerzos.
El rifle junto a mí parece más pesado de lo habitual, como si el arma también sintiera la presión de la situación.
La carretera de tierra se convierte en una serie de caminos secundarios, mal mantenidos y casi imposibles de distinguir sin la luz de los faros. Me obligo a reducir la velocidad; un error aquí podría ser fatal.
—Por favor, Adil… no me falles ahora —murmuro, aferrando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me entumecen—. Sigue donde siempre… —susurro, sin embargo, ha sonado a súplica.
«El gran Ares suplicando», resuena la voz de Rodrigo en mi cabeza.
Está claro que el cansancio empieza a hacer mella y no solo me hace escucharlo a él, la tensión en mi cuello y hombros me recuerda que llevo demasiado tiempo sin descansar, pero no hay tiempo para eso.
Cada kilómetro que nos acerca al destino parece tomar el doble de lo que debería.
Cuando la vegetación empieza a dispersarse, dando paso a terrenos más abiertos, empiezo a respirar. A la distancia, se vislumbran algunas estructuras viejas, como esqueletos de lo que alguna vez fue un pequeño asentamiento. El silencio aquí es más profundo, más amenazante.
Los edificios están deteriorados, cubiertos de grafitis y enredaderas que han reclamado su espacio.
No hay señales de vida, salvo por la sombra de lo que parece ser un vehículo abandonado al costado del camino.
Paso junto a él con cautela, los ojos escaneando el área.
Cualquier movimiento sospechoso podría significar que estamos entrando en una trampa.
—Vamos, Benítez, concéntrate. Ella te necesita —me digo, volviendo a enfocar la mente en la clínica de Adil.
La ubicación de su clínica es intencionalmente discreta, escondida entre los restos de un viejo almacén y una fábrica que alguna vez produjeron quién sabe qué.
Desde fuera, parece un edificio en ruinas, con ventanas rotas y grafitis que cubren las paredes de ladrillo desgastadas.
Pero sé que dentro hay más de lo que parece.
El todoterreno se detiene con un chirrido de los frenos frente a una puerta metálica oxidada. Me quedo unos segundos con las manos en el volante, necesito un momento para recobrar la compostura.
—Ya estamos, plomo. Aguanta un poco más —murmuro, antes de salir del coche.
La saco del asiento trasero entre gemidos que me hace apretar la mandíbula y bajo con rapidez. Golpeo la puerta de metal con el puño cerrado, sabiendo que él reconocerá el patrón. Una pequeña ranura se abre, y unos ojos oscuros me miran con desconfianza.
—¿Quién...?
—Soy yo, Adil. Necesito ayuda. Ahora —lo corto sin dejarle terminar, no tenemos tiempo.
La ranura se cierra de golpe y escucho el ruido de cerrojos antes de que la puerta se abra. Adil aparece, con su figura delgada y encorvada, sus gafas empañadas por el vapor que sale de la sala detrás de él.
—Sargento... cuánto tiempo. ¿Qué has hecho esta vez?
—No tengo tiempo para charlas. Está herida.
Adil baja su mirada hasta el paquete que llevo entre las manos y su expresión cambia al verla. Sus manos ágiles la examinan brevemente antes de asentir.
—Tráela adentro.
La llevo en brazos hasta una sala pequeña, donde una camilla cubierta con sábanas limpias espera. Adil empieza a trabajar en cuanto la deposito en ella, cortando la tela alrededor de su brazo y limpiando la herida de su frente.
Adil se coloca unos guantes y saca una botella de solución salina de una estantería que ha conocido mejores tiempos.
Limpia con cuidado la herida de la frente de Valeria, dejando correr el líquido transparente hasta que la sangre y la suciedad se van.
Después, con movimientos firmes, aplica un antiséptico y saca una aguja e hilo.
—¿Quién es? —interroga, deteniendo su mano en el aire.
—Es… es la hermana de Hades —revelo. Su mirada cambia en ese segundo.
—Esto puede doler un poco —murmura, para sí mismo.
Los puntos los da con rapidez y precisión.
Satisfecho con su trabajo, pasa al brazo que examina con cuidado.
Coloca unas tablillas rígidas que improvisa con materiales de la sala y que asegura con vendas elásticas hasta que deja el brazo completamente inmovilizado.
Después, saca una jeringuilla y un pequeño vial con un líquido transparente.
—Antibiótico y analgésico. Esto ayudará con la fiebre y el dolor, pero necesitas un hospital de verdad, Benítez —dice, con su voz teñida de reproche.
—Lo que necesite, pero trabaja rápido.
Adil levanta la vista y me lanza una mirada afilada.
—Ya estoy trabajando rápido, sargento. Pero esto no es magia. Si quieres que viva, necesito tiempo y espacio.
Retrocedo, cruzando los brazos mientras intento calmarme. El sonido de los instrumentos metálicos chocando contra la mesa llena la sala, junto con los suspiros entrecortados de Valeria cada vez que el dolor la despierta momentáneamente.
Con la destreza de quien lleva años trabajando con recursos limitados, conecta una bolsa de suero en el brazo no fracturado de Valeria
—Si la fiebre no baja en las próximas horas, la situación se complicará. Necesita reposo absoluto y estar bien hidratada. Correr como lo has hecho hoy la matará —advierte, mientras se quita los guantes manchados y los lanza a un cubo metálico—. ¿Cuánto tiempo lleva así?
—Unas horas…
—¿Qué diablos haces arrastrando a alguien en estas condiciones por el bosque? —gruñe, pero no espera una respuesta. Adil siempre ha tenido un don para mezclar reproches con eficacia.
—No he dejado de hacerme la misma pregunta desde mucho…
—Está estable, por ahora, pero necesitas sacarla de aquí pronto. Este no es un lugar seguro para nadie, y menos para alguien con enemigos como tú.
—Lo sé.
—Déjala descansar un par de horas. Después de eso, tendrás que seguir moviéndote.
Miro hacia la camilla. Valeria está pálida, pero su respiración se ha calmado un poco.
—Gracias, Adil.
Él resopla, quitándose las gafas y limpiándolas con un trapo sucio.
—Estamos en paz, sargento.
No respondo. Ambos sabemos que esto es mucho más que lo que me debía.
Me quedo en una esquina de la sala, observándola mientras duerme. Su cabello está pegado a su frente por el sudor, y sus labios se mueven como si estuviera murmurando algo en sueños.
Adil entra de nuevo con una bolsa llena de suministros médicos.
—Esto debería durar un par de días. Después, necesitarás más, pero espero que para entonces estés lo bastante lejos como para que no sea mi problema.
Asiento, tomando la bolsa y guardándola en mi mochila.
—¿Algo más que deba saber?
—Sí. Si no descansa y se hidrata, la fiebre volverá. No es una opción seguir corriendo sin parar, Benítez.
—Lo sé.
Adil me lanza una última mirada antes de salir de la sala. Me acerco a la camilla y coloco una mano sobre su frente. Está más fría que antes, pero su fragilidad me golpea como una bala.
No puedo fallarte, plomo. No puedo fallarte.