Capítulo 23 Sombras en el Camino #2
El hombre al que he dejado herido, reacciona y lo puedo escuchar llegar hasta mí a la carga. Con un movimiento rápido saco el cuchillo del tronco, me giro y uso a su amigo como escudo. Veo el momento exacto en el que se da cuenta de lo que ha pasado reflejado en su pupila.
—Mala idea, amigo —susurro antes de cogerlo por el cuello. No dudo, lo levanto, no me importa que patalee, aprieto hasta que deja de pelear y cuando sé que le he robado la vida, lo lanzo lejos, como un muñeco que no sirve. Ares ha vuelto.
—Ahora, piensa, piensa, Ares. Te necesito tomando el control…
Limpio mis manos ensangrentadas en el pantalón y rebusco en la mochila, le puse un walkie-talkie, espero que la puta mochila siga con ella. Si ella escapó, significa que sigue luchando, que no se ha rendido. Pero también significa que está sola, posiblemente herida, en un terreno que no conoce.
—Vamos, plomo, vamos… —susurro mientras conecto el walkie pulsando con el pulgar el botón de transmisión—. Valeria, ¿me copias? —digo, mi voz firme, aunque el miedo amenaza con quebrarla.
La estática responde al principio, un eco vacío que hace que mi estómago se hunda. Estoy a punto de intentarlo de nuevo cuando escucho algo. Una respiración entrecortada, seguida de una voz que me pone los pelos de punta.
—Vamos, plomo, ¿me copias? —repito a punto de perder la razón. Si le ha pasado algo, va a arder todo el puto Afganistán y la mitad de China.
—Beni... Benítez... —escucho entrecortado al otro lado. Cierro los ojos y me golpeo la frente con el walkie, trato de regular mi respiración, aunque si soy sincero me tiembla todo el cuerpo.
—Estoy aquí, plomo. Dime dónde estás.
—No lo sé... hay... árboles, muchos árboles. Me caí, creo que mi brazo... —Su voz tiembla, y puedo escuchar el dolor en cada palabra.
—Escucha, tienes que calmarte. Mira a tu alrededor. ¿Ves algo distintivo? Una roca grande, un árbol…, algo que pueda usar para encontrarte.
—¿Un..., un árbol, soldadito? Tienes que estar…, tomándome el pelo. Está oscuro..., no puedo..., no puedo ver nada.
Un sollozo ahogado corta su frase, y la rabia que siento contra mí mismo por no haberla protegido me quema por dentro.
—Plomo, escucha. Tienes una bengala contigo. Búscala —pido, manteniendo mi voz lo más suave posible.
—Creo que está…, aquí —responde. Su voz suena cada vez más suave, como si la fuerza la abandonara con cada sílaba. Creo que es la primera vez que me da miedo algo, miedo de verdad. Es la misma sensación que tuve cuando descubrí que mi madre me había abandonado.
—Necesito que la uses, ¿vale? Retira la tapa, colócala lo más lejos de ti que puedas, trata de encontrar una zona que esté lo más libre posible de árboles…
—¿Libre de árboles? ¿Aquí? —interroga con la voz más baja todavía.
Esbozo una media sonrisa. Ni en esta situación pierde el sarcasmo.
—¿Lo tienes, plomo? —pregunto, un ruidito al otro lado que tomo como un sí—. Ahora tira de la anilla. Lánzala al aire. Te encontraré, lo prometo.
—¿Y si ellos...?
—Si ellos aparecen…, será lo último que hagan en sus vidas. Tú lánzala. Te encontraré.
Hay un silencio agonizante antes de que su voz regrese, apenas un susurro.
—De acuerdo.
Cierro los ojos por un segundo, dejando escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Luego los abro y fijo mi mirada en el cielo oscuro. Estoy esperando el destello, la señal que me guiará hacia ella.
Unos segundos después, una luz roja atraviesa el cielo, pintando las copas de los árboles con un resplandor fantasmagórico. La bengala se eleva, dejando un rastro brillante antes de empezar a descender despacio.
Sin perder un segundo, corro hacia la dirección de la luz.
Mi cuerpo está agotado, pero el miedo me empuja más allá de mis límites.
No puedo fallar. No esta vez. Corro entre los árboles, mi mente invadida por un millón de posibilidades, ninguna de ellas termina bien.
Cada sombra parece un enemigo, cada sonido un peligro.
Entonces, escucho algo que detiene mi corazón: un grito ahogado.
—¡Valeria! —grito, pero no hay respuesta.
Avanzo más rápido, hasta que llego al borde de un precipicio. Miro hacia abajo y ahí está: su cuerpo está parcialmente oculto entre la maleza. El pánico amenaza con tomar el control, pero lo aparto. No puedo permitirme flaquear.
—Valeria, ¿puedes oírme? —grito, mi voz cargada de urgencia.
Un leve gemido me llega como respuesta. Está viva, pero apenas.
Tiro la mochila al suelo y saco la cuerda que llevo. No puedo arriesgarme a bajar sin asegurarme primero de que puedo volver a subir con ella. Fijo un extremo de la cuerda a un árbol y comienzo el descenso.
Cuando llego hasta ella, su rostro está pálido y tiene una herida en la frente que sangra. Sus ojos se abren cuando me ve.
—Soldadito... —susurra, su voz apenas audible.
—Tranquila, estoy aquí. Te sacaré de aquí.
La reviso a toda prisa, asegurándome de que no tiene lesiones graves que puedan empeorar si la muevo. Sus piernas parecen estar bien, pero su brazo izquierdo está en un ángulo extraño. No hay que ser médico para saber que lo tiene fracturado.
—Esto va a doler, plomo —le advierto antes de levantarla con cuidado.
—¿Es miedo lo que veo en tus ojos, soldadito? —susurra, sus labios apenas curvados en una sonrisa débil.
—Miedo no... —mi voz se rompe antes de terminar la frase—. Pánico, Valeria. Porque esta vez no puedo fallar.
La levanto, ella gime de dolor, pero no protesta. Su cuerpo tiembla contra el mío mientras la sujeto con fuerza, asegurándome de que no se deslice. Comienzo a subir, utilizando toda la fuerza que tengo para no perder el equilibrio.
Cada metro parece una eternidad, pero, por fin, llego a la cima. La dejo con cuidado en el suelo y saco el pequeño botiquín de la mochila. Limpio su herida lo mejor que puedo y le vendo el brazo para inmovilizarlo.
—Te dije que no te dejaría —le susurro, más para mí mismo que para ella.
Su mirada se encuentra con la mía, y por un momento, el mundo parece detenerse. Luego, asiente.
—Sabía que vendrías. Había… —se detiene para tragar saliva—, había dos hombres…
—Había, tú lo has dicho —afirmo rotundo.
Puedo ver que comprende lo que he dicho justo antes de que sus ojos se cierren. La levanto en mis brazos, sabiendo que aún no estamos fuera de peligro. Pero lo estaremos, porque no hay fuerza en este mundo que me impida protegerla.