Capítulo 23 Sombras en el Camino
Valeria
E l aire es denso, pesado, mientras avanzamos por este maldito sendero que parece interminable. La vegetación se vuelve más espesa a cada metro, aunque parezca imposible. Estoy tan nerviosa que cada crujido bajo nuestras botas me hace girar la cabeza en todas las direcciones posibles.
La actitud de Benítez tampoco ayuda, la verdad, como el rifle colgando de su hombro como es habitual y esa postura tan tensa que parece que va a romperse de un momento a otro, es como si tras cada sombra entre los árboles hubiera una amenaza.
—¿Puedes dejar de estar tan paranoico? —suelto con brusquedad, tratando de aliviar la tensión que se acumula en mi pecho con algo de sarcasmo.
—Cuando sobrevives a la primera semana en este trabajo, aprendes a llamarlo instinto, no paranoia —contesta sin mirarme.
—Si crees que eso me ha tranquilizado, siento decirte que nada de eso —confieso.
Levanto la cabeza hacia el cielo, que apenas vislumbro entre las espesas copas de los árboles. No sé cuánto tiempo llevamos caminando a este ritmo infernal, pero estoy agotada. El terreno se vuelve más accidentado, con caídas afiladas y pasos tan estrechos que incluso a pie son una odisea.
—¿Estamos cerca? —pregunto de nuevo, aunque me imagino la respuesta.
—No lo bastante.
Sigo caminando, el peso de la mochila tira de mis hombros hacia abajo, buscando el
este maldito dolor de pies que me está matando ni la constante sensación de que algo no va bien.
Desde que dejamos la casa en el pueblo, Benítez ha estado más callado de lo normal, eso me pone nerviosa, porque su silencio se escucha diferente, como si él pudiera oír algo que yo no y eso alimenta el miedo que se empeña en quedarse en mi pecho, dejándose sin aire suficiente en los pulmones.
—Andrés —lo llamo por su nombre—, ¿qué pasa? Y no me vengas con el cuento de que nada —exijo.
Se detiene de golpe y se gira hacia mí, sus profundos ojos brillan con una mezcla de impaciencia y algo más que no logro descifrar, y ese «algo más» es lo que más nerviosa me pone.
—Tenemos compañía —dice en voz baja.
Mi corazón se acelera al instante. Observo alrededor, con atención, pero no puedo ver nada que no sean árboles, árboles y más putos árboles.
—¿Cómo lo sabes? —susurro.
—Lo sé —dice sin más—. Vamos a continuar un rato más, iré más despacio y te quiero pegada a mí —ordena—. Y, Valeria —me llama de nuevo—, si algo pasara, sea lo que sea, recuerda: salvar la vida siempre. Corre, huye, aléjate sin mirar atrás. Ni una sola vez.
Mi cuerpo se tensa, no por la idea de que alguien de nuevo nos esté siguiendo, la verdad es que no creo que quede nadie en este país que no nos haya seguido…, es por lo que me ha dicho, por ese «ni una sola vez» que ha suavizado su expresión y me ha provocado dolor de estómago.
Seguimos caminando y el silencio se tensa, es como la cuerda un arco justo cuando está a punto de hacer un disparo.
Cuando creo que voy a echar el hígado por la boca, llegamos a un claro en el que decide detenerse.
Revisa el área con cuidado, asegurándose de que no haya señal de vida humana alguna y mientras, me dejo caer sobre una roca, tan exhausta que hasta me parece cómoda.
—Come —ordena a la vez que me lanza una barrita energética que saca de la mochila.
—Gracias, papá —respondo con sarcasmo, aunque me como de todas formas.
—En otra ocasión, te daré los azotes que te mereces por llamarme «papá» —amenaza. Y me muerdo el labio inferior inconscientemente.
—Promételo —pido.
Él esboza media sonrisa y cabecea, no puedo oírle con claridad, pero sé que ha dicho algo así como: «eres imposible».
Se sienta frente a mí y se toma la barrita.
—Toma esto —dice tendiéndome una botella de agua.
—Estoy bien —replico.
—No, no lo estás. Bebe —insiste, y su tono deja claro que no es una sugerencia.
—Gracias, y por detenerte. No me veo con fuerzas para continuar.
—Es demasiado arriesgado seguir sin luz —suelta—. Cúbrete, la tempera no dejará de bajar.
—¿Y tú?
—Yo estoy acostumbrado.
No insisto, sé que es algo inútil con él. Me arropo y me apoyo contra el árbol que más cerca tengo, inclino la cabeza hacia atrás notando cómo la corteza se clava en mi cuero cabelludo y dejo escapar el aire.
—¿Crees que saldremos de esta?
Mira hacia mí. A pesar de la oscuridad veo brillar la duda en su mirada.
—Siempre hay una salida, Plomo. Solo hay que encontrarla.
—¿Aunque eso signifique perderlo todo?
La pregunta queda suspendida en el aire. No responde, supongo que no tiene ninguna respuesta que ofrecerme. En el mundo al que pertenece, perderlo todo es la única garantía.
—Valeria... —empieza a decir, pero se detiene, como si no supiera cómo continuar.
Antes de que pueda preguntarle, un ruido en la distancia nos pone en alerta. Ambos nos levantamos de golpe, sus manos van hacia el arma.
—Prepárate para moverte —dice Benítez, su voz baja pero firme.
Asiento, sintiendo cómo la adrenalina reemplaza el cansancio. No sé qué nos espera, pero estoy lista. O al menos, eso quiero creer.
—Quédate aquí, voy a asegurarme de que no haya nadie cerca.
Lo veo alejarse unos pasos, imagino que quiere cerciorarse de lo que sea que haya sido ese ruido. El corazón me late tan fuerte que no puedo escuchar el resto del mundo, todo queda en silencio.
Algo frío y áspero cubre mi boca. Intento gritar, pero el aire no me alcanza ni para respirar. Las sombras se mueven a mi alrededor que se ha llenado de susurros que no identifico. Y luego… nada. Tan solo oscuridad, una tan inmensa que traga.
Benítez
M i respiración es agitada mientras avanzo entre las sombras. La mochila que llevo me resulta más pesada de lo que debería, aunque la verdad es que el peso lo llevo dentro, no a la espalda: se la han llevado.
Valeria está en manos de esos bastardos y cada segundo que pasa la distancia puede hacerse más grande. Grito.
—¡Valeria! ¡Valeria! —grito de nuevo.
Sé que no debería, que tendría que rastrearlos en silencio, pero me parece que la cordura se ha esfumado de mi cuerpo junto a la serenidad. ¿Dónde han ido a parar mis años de experiencia?
Sigo las huellas que han dejado al arrastrarla, la oscuridad hace un poco más complicado ver el rastro, pero no imposible. El eco de mis pasos parece lanzarme reproches sin parar que rompen el silencio de la noche. Tengo que dar con ella, rápido. No puedo…, no puedo perderla igual que a Rodrigo.
El bosque es un laberinto oscuro que parece extenderse sin fin. Llevo horas siguiendo un rastro que se debilita con cada paso, pero no tengo intención de detenerme. La linterna ilumina las marcas en el suelo: huellas que se mezclan con hojas aplastadas, y
el ocasional rastro de sangre que se pierde entre las sombras.
Mi mente no deja de girar alrededor de lo que puede estarle pasando. ¿Está herida? ¿Asustada? Cada segundo que pasa la distancia entre nosotros parece un abismo más grande, y la desesperación crece como un veneno en mi pecho.
—¡Joder, Benítez! Tienes que guardar la calma, ¡tienes que ser Ares! —me ordeno a mí mismo.
Avanzo entre los árboles, notando cómo el terreno se hace más escarpado. A lo lejos, el ulular de un búho rompe el silencio, pero no me distrae. Mis sentidos están enfocados en una sola cosa: encontrarla.
De repente, algo llama mi atención. Un trozo de tela desgarrada cuelga de una rama baja. Me acerco y lo examino bajo la luz de la linterna. Es de su camiseta. Está desgarrado, pero no hay señales de sangre en él. Mi mandíbula se tensa. Al menos eso significa que sigue viva.
Sigo adelante, mis pasos rápidos y firmes.
Entonces escucho algo: voces bajas, un murmullo que se mezcla con el sonido del viento.
Me acerco con cuidado, agachándome detrás de un árbol para observar.
Dos hombres están de pie junto a un tronco caído, sus figuras iluminadas por una linterna que han dejado en el suelo.
Parece que algo les ha molestado y que están discutiendo. Miro hacia todas las direcciones, pero no la diviso. Aprieto los dientes.
El rifle está entre mis manos, cómodo, por un segundo se me pasa por la cabeza meterles un puto tiro en la cabeza, pero decido acercarme sin hacer ruido.
Si disparo, podría alertar a más enemigos.
¿Y qué gracia tendría acabar con ellos de un solo disparo?
Se han atrevido a ponerle las manos encima, eso no es bastante castigo…
Me muevo con sigilo, cada paso calculado, hasta que estoy lo bastante cerca para escuchar lo que dicen.
—Maldita sea, esa perra nos hizo correr como idiotas. —El hombre más alto se pasa una mano por el cabello, frustrado.
—Te lo dije, deberíamos haberla dejado atada —responde el otro, con voz grave.
Mis dedos se tensan, dejan el rifle y se aferran al cuchillo que llevo en el cinturón.
Mi cuerpo se mueve antes de que mi mente termine de decidir.
En cuestión de segundos, estoy sobre el más cercano.
Mi brazo se envuelve alrededor de su cuello, y un golpe certero con el mango del cuchillo lo deja atontado.
El segundo hombre reacciona, sacando un arma, pero mi cuchillo vuela antes de que pueda apuntar. Dejo su mano clavada al tronco del árbol, grita de dolor mirando su mano como si no creyese posible lo que acaba de suceder.
—¿Dónde está? —gruño, apretando el cuchillo en su mano herida y su garganta con mi mano libre. Su respiración se vuelve errática, y veo el miedo en sus ojos.
—¡No lo sé! —jadea—. Se nos escapó, ¡te lo juro! Corrimos tras ella, pero desapareció. Esa maldita se esconde como un demonio.
Aprieto más fuerte, el impulso de acabar con él es casi abrumador, pero no puedo permitírmelo. Lo necesito vivo.
—¿Hacia dónde fue? —insisto.
—Hacia el norte. ¡Eso es todo lo que sé!
—¿Mientes? —indago.
—No…, no me atrevería —tartamudea.
—¿Quién os envía? —demando.
—Si te lo digo, estoy muerto.
—En eso te equivocas, amigo, ya estás muerto. Dejaste de vivir justo en el instante en el que le pusiste la mano encima —afirmo con la voz tan afilada como mi cuchillo.