Capítulo 22 El Precio de la Quietud
Benítez
E l cuarto está bañado por una luz tenue que se cuela a través de la ventana. La lámpara de aceite, ahora apagada, deja sombras suaves en las paredes. Afuera, el viento susurra entre las montañas, llevando consigo los ecos de una tranquilidad que sé que no durará mucho.
Ella duerme. Su respiración es constante, casi musical, y su cuerpo se acurruca contra el mío, como si buscara un refugio del mundo.
Mi brazo está bajo su cabeza, su cabello enredado cayendo en cascada sobre mi piel.
No me he movido desde que se quedó dormida, y no sé por qué.
Podría justificarlo como cansancio, como la necesidad de ahorrar energías, pero sé que no es solo eso.
Miro su rostro. Hay una suavidad en sus rasgos que rara vez deja ver cuando está despierta.
La determinación que siempre carga en los ojos ahora está ausente, reemplazada por una calma que casi me resulta ajena.
No debería estar aquí. No debería haber dejado que esto sucediera.
Y sucedió dos veces. Pero en este momento, cuando todo está en silencio, no puedo arrepentirme.
La miro y pienso en lo que significa todo esto. Ella es un riesgo. No solo para la misión, sino para mí. No debería permitirme sentir nada, no en este mundo, no en esta vida. Pero aquí estoy, atrapado en un momento que sé que no debería querer dejar ir.
Mi mirada recorre las cicatrices que cruzan mi brazo, las mismas que ella tocó anoche con una mezcla de curiosidad y cuidado. Su tacto, tan leve, había logrado derribar muros que creía inquebrantables. Nunca lo admitiré en voz alta, pero en ese instante, por primera vez en años, no me sentí solo.
Ella murmura algo en sueños, moviéndose inquieta.
Mi cuerpo se tensa, casi como un reflejo condicionado.
Pero cuando no despierta, dejo escapar un suspiro y me obligo a relajarme.
No sé cuánto tiempo más podemos quedarnos aquí, pero una parte de mí quiere alargarlo. Quiero dejar que este momento dure.
Mis pensamientos se interrumpen cuando siento un cambio en su respiración. Abre los ojos perezosa, pestañeando mientras sus pupilas se adaptan a la poca luz. Al darse cuenta de nuestra posición, un ligero rubor cruza su rostro.
—Buenos días, soldadito —murmura con una sonrisa perezosa.
—Aún no es de día. —Mi voz suena más áspera de lo que pretendía. No estoy acostumbrado a estos momentos.
Ella se ríe con suavidad, su mano rozando mi pecho antes de apartarse.
—¿Siempre tan pragmático? ¿No puedes tan solo disfrutar el momento?
Quiero responder algo sarcástico, algo que ponga distancia entre nosotros, pero no puedo. Sus palabras, tan simples, logran atravesar todas mis defensas. En lugar de eso, me levanto, cuidando no moverme bruscamente.
—Voy a revisar el equipo —digo, buscando cualquier excusa para escapar del peso de su mirada.
—Claro, porque eso no puede esperar. —Su tono es burlón, pero hay algo en sus ojos que delata que entiende. Me deja ir, como si supiera que necesito espacio.
C uando regreso a la habitación, ella está vestida, sentada al borde de la cama mientras se ata el pañuelo al cuello. Su expresión ha cambiado, más seria, más en sintonía con la realidad que nos rodea.
—Tenemos que hablar —dice, su tono firme.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que vamos a hacer ahora. No podemos seguir de un lugar a otro sin un plan claro.
Asiento. Tiene razón, pero eso no significa que sea sencillo.
—Hay algo que quiero revisar antes de salir de aquí —digo, sacando de mi mochila un pequeño cuaderno que había encontrado entre los papeles de Rodrigo. Hasta ahora, no había tenido tiempo de analizarlo a fondo.
Ella se acerca, su curiosidad evidente. Nos sentamos juntos en la pequeña mesa de la habitación mientras abro el cuaderno.
Las páginas están llenas de anotaciones en clave, la mayoría de ellas ilegibles.
Pero en la parte inferior de una de las páginas hay un pequeño dibujo: un símbolo que no reconozco.
—¿Eso qué significa? —pregunta, señalando el dibujo.
—No estoy seguro, pero lo he visto antes. Está relacionado con los informes del F-14. Es un indicativo de almacenamiento, una especie de marcador para información clasificada.
Ella frunce el ceño, su mente trabaja a toda velocidad. Puedo escuchar los engranajes moviéndose a toda prisa.
—Entonces hay algo más. Algo que no hemos encontrado todavía.
—Exacto. —Mis dedos trazan el contorno del símbolo mientras las piezas comienzan a encajar en mi mente—. Rodrigo no nos dio todo. Dejó algo escondido.
—¿Y cómo lo encontramos?
—Primero necesitamos saber dónde buscar. Este símbolo... podría estar relacionado con una ubicación. Algo me dice que está más cerca de lo que pensamos.
Un golpe en la puerta nos saca de nuestros pensamientos. Ambos nos ponemos de pie al instante, nuestras manos instintivamente buscando las armas. Valeria se mueve hacia un lado de la puerta mientras yo me acerco con cautela.
—¿Quién es? —pregunto, mi voz firme.
Del otro lado, una voz masculina responde, hablando en el dialecto local.
Reconozco la voz como la del hombre que nos vendió provisiones el día anterior.
Abro la puerta con cuidado, manteniendo mi arma fuera de vista pero lista para usar.
El hombre sostiene algo en sus manos: un pequeño paquete envuelto en tela.
—Han dejado esto para usted.
—¿Qué es? —pregunto, tomando el paquete con desconfianza.
—No sé. Un hombre me dijo que se lo entregara. No pregunté más.
El hombre se queda callado por un segundo, repasando lo sucedido.
—Sí, me dijo que, si desconfiaba, le dijera que el paquete era un regalo de Hades para Ares.
El hombre se da la vuelta y desaparece de mi vista. Aunque hubiera querido decir algo, no habría sido posible. Estoy clavado en el sitio. Es como si acabaran de darme un puñetazo en los putos huevos.
—¿Qué es eso? —pregunta Valeria acercándose a la puerta que cierro con brusquedad.
Mi mente se ha despertado por su pregunta y ya trabaja a toda velocidad.
—Creo…, creo que la bomba está a punto de explotar —digo sin más, aunque no hacen falta más palabras, sé que ella lo ha entendido.
—¿Quién es Hades? ¿Y Ares? —pregunta, confusa.
—¿Quieres decir que eso lo ha enviado mi hermano?
—No tengo ni idea, Valeria, pero sea quien sea el que nos lo ha hecho llegar, sabe todo acerca de nosotros, incluidos nuestros nombres en clave.
Rodrigo y yo éramos Hades y Ares. Esa combinación no aparecía en informes. La sabían muy pocos; entre ellos, Hale. Y pensar en él ahora me deja un sabor metálico en la boca.
Nos sentamos en la cama, las sábanas están revueltas y el aroma a sexo continúa en ellas.
El pantalón me aprieta, pero desecho la idea de follármela de nuevo y me centro.
Abro el paquete y dentro hay un pequeño paquete envuelto en papel con muchos símbolos garabateados.
Mi corazón late con fuerza mientras reconozco uno de ellos: el mismo que hay en la caja que encontramos en la cueva.
Desenvuelvo el papel con cuidado, no quiero romper nada que sea vital, y un pendrive cae sobre la palma de mi mano.
—¿Esto es lo que buscábamos? —interrogo para mí mismo más que para ella. Y sin esperar respuesta alguna lo introduzco en la tableta. Los dos nos quedamos con la mirada fija en la pantalla, viendo todo lo que contiene ese insignificante pedazo de metal y plástico.
Trato de ignorar el roce de su pierna contra la mía, del olor de su cabello, del eco de jadeos…, ¡joder! Me está volviendo loco.
Gracias a Dios, el dispositivo detecta el contenido: una serie de carpetas protegidas por contraseñas.
—Genial. Cerrado con llave. —Su sarcasmo no oculta su frustración.
—Espera —pido a la vez que tecleo algunas combinaciones, probando códigos que Rodrigo y yo solíamos usar en nuestras operaciones. Mi mente corre a mil por hora, intentando recordar cualquier cosa que pueda ser relevante.
—¿Será este el código? —pregunta colocando frente a mi nariz una serie de letras, números y códigos que hay en el mismo papel en el que venía el dispositivo.
—La verdad es que no lo sé, y me temo que este es el último intento. ¿Qué dices, plomo? ¿Nos lo jugamos todo a una sola carta? Esto es a vida o muerte…
—¿No lo es cada paso que damos desde que nos conocimos, soldadito?
No necesito nada más, ingreso el código que hay en el papel. No suelo perder los nervios, sin embargo, he de admitir que estoy nervioso. Ella también ha debido notarlo, porque posa su mano sobre mi muslo.
Unos segundos más de espera, y se abre.
—¿Qué demonios...? —Valeria se lleva una mano a la boca mientras la pantalla se llena de documentos, fotos y vídeos. Mi estómago se hunde al reconocer algunas de las imágenes: mapas marcados, nombres en listas, informes clasificados con sellos oficiales.
—Son las pruebas —digo, apenas capaz de procesar lo que estoy viendo—. Esto documenta todo lo que pasó en el F-14... y más.
Valeria señala un archivo de vídeo titulado «Operación Inframundo».
Lo abro, y ambos contenemos la respiración cuando aparece un hombre frente a la cámara, con un emblema militar en su uniforme que no reconozco de inmediato.
Habla en un tono firme y frío, describiendo en detalle cómo se llevaron a cabo las operaciones encubiertas, los nombres de los responsables, y los sacrificios que hicieron en nombre de una supuesta seguridad nacional.
—Esto es... es una confesión. —La voz de Valeria tiembla, como si apenas pudiera creerlo.
—No —niego con la cabeza, apretando los dientes mientras avanzo en el vídeo—. Es algo peor. Es una amenaza.
Los últimos minutos del vídeo muestran imágenes de satélites, marcadores en zonas específicas del mapa global, y una advertencia en rojo: «ACTIVACIÓN PENDIENTE».
—Tenemos que salir de aquí. —Mi tono es firme y mis manos ya están guardando la tableta y el pendrive de nuevo.
—¿Qué significa eso? —pregunta Valeria, pero su expresión revela que ya lo intuye.
—Significa que aún no ha terminado —afirmo. La miro, sintiendo cómo mi mente empieza a trazar el próximo paso—. Y si nos encuentran con esto, tampoco lo haremos nosotros.
Ella asiente despacio, como si el peso de lo que está por llegar se asentara sin prisa dentro de ella.
—Entonces ya sabemos qué hacer —afirma levantándose de la cama. Eso alivia mi sufrimiento. Me sorprende escuchar que su voz tiene un deje de seguridad que no había escuchado antes.
—Lo primero, salir de aquí —ordeno a la vez que guardo la tableta y el pendrive con movimientos rápidos.
—¿Y luego qué? —pregunta Valeria, su tono suena firme, pero sus ojos delatan preocupación. Me detengo un momento, observando el símbolo en la pantalla antes de cerrar el dispositivo. Algo en el diseño me resulta familiar, como si lo hubiera visto en algún lugar antes.
—Esto —digo señalándolo—. Es una ubicación. Lo reconocí en uno de los informes de Rodrigo. Si estoy en lo correcto, hay una instalación en la frontera que podría ser nuestra única salida para entender todo esto.
Valeria asiente, en silencio y, por primera vez, siento que estamos sincronizados. No sé quién dejó esto para nosotros ni por qué, pero tengo algo muy claro: el juego acaba de cambiar, y tenemos que estar listos para lo que venga.