Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 21 ¿Algo como qué?
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Capítulo 21 ¿Algo como qué?

Valeria

D ime algo —digo de repente, rompiendo el silencio que se ha asentado entre nosotros como una manta cómoda.

—¿Algo como qué? —pregunta, sin apartar la mirada del horizonte donde las luces de la plaza parpadean como luciérnagas.

—Algo que nunca le hayas contado a nadie.

Él deja escapar una risa breve, una mezcla de sorpresa e incredulidad.

—¿Por qué quieres saber eso, plomo?

—Porque estoy cansada de las medias verdades y los silencios cargados. —Alzo la barbilla, desafiándolo a cerrarse de nuevo—. Estamos en medio de la nada, bebiendo algo que sabe a gasolina, y quién sabe si saldremos vivos de esta. Si no hablamos ahora, ¿cuándo?

Él guarda silencio por un momento, tomando un trago largo de la botella. Cuando habla, su voz es baja, casi un murmullo que se mezcla con los ecos de la música.

—Cuando tenía doce años, mi madre se fue.

No dejó una nota, ni una explicación, solo se fue.

Mi padre me dijo que era mejor así, que no la necesitábamos.

Pero nunca le creí. —Se detiene, como si las palabras pesaran demasiado—.

Durante años, pensé que, si me hacía lo suficientemente fuerte, ella volvería.

—¿Volvió? —pregunto, mi voz apenas un susurro.

—Nunca —niega con la cabeza, su expresión es más dura que nunca.

—Benítez... —No sé qué decir. Quiero ofrecerle algo, cualquier cosa, pero él me detiene con un movimiento de la mano.

—Tu turno —dice, y aunque su tono es seco, hay algo en su mirada que me dice que necesita esta reciprocidad, esta conexión.

Respiro hondo y miro el vaso en mis manos, jugando con el borde antes de hablar.

—Cuando era niña, soñaba con ser astronauta.

Quería escapar de todo, encontrar un lugar donde no tuviera que ser perfecta para los demás.

—Me río sin humor, sintiendo cómo las palabras se deshacen en mi lengua—.

Pero nunca fui lo bastante valiente para intentarlo.

Siempre me quedé en la tierra, con los pies bien plantados, cumpliendo expectativas que no eran mías.

—¿Por qué no te fuiste? —pregunta, genuinamente interesado.

—Supongo que nunca encontré una buena razón para hacerlo. —Lo miro, y nuestras miradas se encuentran en un punto donde la vulnerabilidad y el entendimiento se cruzan—. Además…

—¿Además?

—Rodrigo se había ido, sentía que debía llenar su ausencia.

El silencio que sigue no es incómodo. Es pesado, sí, lleno de significados no dichos, pero no incómodo. Es como si este momento, con la música y el licor y el frío que comienza a colarse entre nosotros, fuera suficiente para construir un puente invisible entre nuestras heridas.

—No somos tan diferentes, ¿sabes? —digo al fin, rompiendo el hechizo.

Él sonríe, una mueca breve y casi imperceptible que, sin embargo, me llena de algo que no puedo identificar.

—Quizá por eso estamos aquí, juntos.

—Entiendo por qué a Rodrigo le gustabas tanto, soldadito. A pesar de todo, eres de fiar.

—Creo que has bebido demasiado y ves cosas que no existen —susurra dando otro trago.

La música continúa, las risas del pueblo llenan el aire, y por primera vez en mucho tiempo, siento que no estoy sola.

Aquí, en este rincón perdido del mundo, bajo un cielo lleno de estrellas, comparto un momento con un hombre que, contra todo pronóstico, entiende mis silencios tanto como yo empiezo a entender los suyos.

—Te equivocas, soldadito marinero, creo que veo con más claridad que nunca.

—Deja de beber —ordena con una sonrisa—. ¿No hay nadie que te espere de vuelta? —interroga sin mirarme.

—Cuando tenía catorce años, me escapé de casa una noche —confieso—.

Con un chico —añado en voz baja—. Cogí una mochila con una manta, un par de bocadillos y un paquete de patatas fritas —continúo con una sonrisa llena de añoranza—.

No hicimos nada, solo éramos dos críos sentados en la arena, bajo las estrellas, escuchando el susurro de las olas…

—¿Y qué pasó? —pregunta al cabo de un rato, no me he dado cuenta de que me he perdido en mis recuerdos.

—Apareció Rodrigo cuando amanecía. Enloquecido, me había estado buscando toda la noche sin parar… —. Sonrío ante el recuerdo.

—Ya, conociendo a Rodrigo le golpearía primero y preguntaría después —termina por mí.

La carcajada me rompe por completo. Río de verdad, con ganas, porque es justo lo que sucedió.

—Bingo —digo tan solo y puedo escucharlo reír también—. Me has recordado a él, justo hace un rato.

—¿Cuándo?

—Cuando has ahuyentado a mi pretendiente.

—Ese tío no tenía ni media hostia mal dada —bufa.

—Rodrigo te hubiera dado un puñetazo, y después su bendición —añado en voz baja.

No necesito decir nada más, sé que él ha entendido perfectamente el mensaje.

L a habitación está bañada por la tenue luz de la lámpara de aceite, que proyecta sombras suaves sobre las paredes de adobe.

El eco lejano de la música sigue vibrando en mi piel, mezclándose con la calidez del licor dulce que todavía siento en los labios.

Benítez cierra la puerta detrás de nosotros, su habitual rigidez sustituida por algo más relajado, casi vulnerable.

Me quito el pañuelo del cuello y lo dejo caer sobre la mesa. Él permanece de pie, observándome con una intensidad que hace que el aire se vuelva denso entre nosotros. Esos ojos, tan acostumbrados a escrutar amenazas, ahora parecen estar buscando algo diferente. Algo en mí.

—¿Qué? —pregunto, intentando romper el silencio que se estira como un hilo a punto de romperse.

—Nada —responde, pero su voz es más baja, más cargada de lo que me esperaba. Su mirada no se aparta de la mía, como si no pudiera o no quisiera hacerlo.

La tensión que siempre ha estado entre nosotros, sutil pero persistente, se siente ahora como una ola que amenaza con arrastrarnos. Pero esta vez no quiero resistirme. Ya no.

—No creo que sea nada, soldadito —replico, avanzando un paso hacia él. Mi tono es ligero, pero el temblor en mis manos me traiciona.

Él sonríe, apenas un gesto que desaparece tan rápido como aparece. Luego, quitándose la chaqueta de una forma deliberada, me deja sin aliento. Cada movimiento parece cargado de intención, como si supiera lo que está haciendo.

Me acerco a él, despacio. Saco la camiseta por la cabeza y la lanzo. Desde aquí lo escucho tragar con fuerza.

—Plomo… —su voz es un murmullo, casi una advertencia, pero no hay dureza en ella.

—¿Qué? —miro sus ojos, desafiándolo a decirme que retroceda. A decirme que esto no está bien.

—Creo que ya hemos tenido bastante diversión por una noche. Mañana tenemos trabajo.

—Hasta esta noche no sabía que lo divertido venía contemplado en tu manual de vida, soldadito.

—La diversión no, pero la actividad física sí —añade.

Siento su mirada sobre mi cuerpo, espero a que dé marcha atrás de un momento a otro, a que se aleje igual que pasó tras el beso, sin embargo, de momento, no lo hace.

En lugar de eso, da un paso hacia mí, tan cerca que puedo sentir su calor antes de que sus manos se posen en mis brazos. Su tacto es firme, pero no exigente. Es como si me diera una última oportunidad de apartarme.

No lo hago.

—Tú tampoco estás aquí por casualidad, ¿verdad? —susurro, mi voz apenas un eco entre nosotros.

—Plomo… —su voz es un murmullo, casi una advertencia, pero no hay dureza en ella.

—¿Qué? —miro sus ojos, desafiándolo a decirme que retroceda. A decirme que esto no está bien. No lo hace, pero en sus ojos hay algo crudo, algo que he visto destellos antes, aunque no con tanta claridad. Y, entonces, me besa.

Es distinto al beso que compartimos antes, más lento, más profundo.

Como si estuviera buscando algo en mí que no había tenido tiempo de buscar antes.

Mi espalda choca contra la mesa detrás de mí, pero no me importa.

Sus manos recorren mis brazos, mi cintura, hasta que me encuentro aferrándome a su camisa, tirando de él como si temiera que pudiera desaparecer.

—Esto es una mala idea —murmura contra mis labios, pero sus manos dicen lo contrario, trazando un camino por mi espalda, encendiendo cada rincón de mi piel.

—Entonces no pares —respondo, sin aliento—. Soy adicta a las malas ideas.

La respuesta parece ser todo lo que necesita. Sus labios vuelven a los míos con más urgencia, mientras me levanta para sentarme sobre la mesa. Su cuerpo encaja contra el mío, y de repente, todo lo demás desaparece.

No hay guerra, ni misiones, ni secretos. Solo nosotros.

Mis dedos encuentran la cicatriz en su torso, la misma que tantas veces me ha hecho preguntarme por todo lo que ha vivido.

Ahora la toco con suavidad, como si pudiera aliviar algo de ese peso que lleva consigo.

Él cierra los ojos al sentir mi contacto, dejando escapar un suspiro que parece llevarse consigo todas las barreras que quedan entre nosotros.

—No tienes idea de lo complicado que soy, plomo —advierte, su voz no es más que un murmullo grave, lleno de algo que se mueve entre la advertencia y la rendición.

—¿Y tú tienes idea de lo poco que me importa? —murmuro, acariciando su mandíbula con mis dedos.

—Que Dios me dé fuerzas, porque ya las he agotado todas.

Y el hombre que siempre muestra desaparece. Ahora solo queda él. Me quita los pantalones, no sé bien cómo porque estoy en una nube. Lo que sí noto es el crujido de mis bragas entre sus manos, ha sonado a que las ha pulverizado.

—¡Joder, soldadito! —jadeo.

—Ahora vas a saber el significado de esa expresión, plomo —amenaza.

Sin embargo, esa amenaza suena a… gloria. Me toma por la cintura y sin esperarlo me levanta a pulso de la mesa, eso hace que jadee con fuerza.

—Andrés… —murmuro.

—Voy a enseñarte lo que es dejarte agotada por la actividad física.

Y me penetra con tanta fuerza, tan adentro, que el golpe de mi espalda contra la pared de adobe no lo siento. Estoy llena de él. Espero que me embista de nuevo, pero no lo hace, se queda dentro de mí, quieto, agarrándome con firmeza y su mirada clavada en la mía.

—Eres la mujer más irritante que he conocido nunca… —murmura muy cerca de mi boca.

Eso hace que me ría y la vibración de mi cuerpo con su polla dentro de mí hace que el placer me recorra como miles de alfileres, tocando cada fibra, cada terminación nerviosa…

—¿Debería disculparme, soldadito?

—Nunca, porque eso me vuelve loco. Me vuelves loco, Valeria…

Y su cuerpo empieza a moverse dentro del mío. Las oleadas de placer se intensifican, su boca muerde mis labios, mi cuello, sus dedos aprietan mis muslos exigentes.

—Sabía que follarías como un animal —jadeo devolviéndole un bocado en el cuello.

—¿Quieres que me detenga? —interroga sin dejar de mirarme.

—Como pares, te mato.

Y, lo que sucede después, no solo son movimientos. Es algo más profundo, una conexión que trasciende las palabras. En la intimidad de ese pequeño espacio, bajo la tenue luz de la lámpara, no somos dos personas rotas en medio de una misión imposible. Somos algo más.

Algo completo, aunque solo sea por una noche.