Capítulo 20 Un Respiro en el Camino #2
Es la primera vez que lo veo así, relajado. Como si por un momento pudiera dejar de ser el soldado y ser tan solo un hombre. Y me doy cuenta de que, aunque apenas lo conozco, hay algo en él que me hace sentir... segura. Es una sensación extraña, considerando las circunstancias.
—Sí, supongo que por eso estudié periodismo. No dejaba de querer tirar de todos los hilos posibles hasta dar con el nudo para desenredarlo.
—¿Qué exactamente investigas?
—Sobre todo casos de corrupción, aunque nada que se parezca a esta mierda en la que estamos metidos —confieso en voz baja.
—Supongo que no era esto lo que esperabas encontrar al llegar aquí.
—Desde luego encontrar el cuerpo sin vida de mi hermano no entraba en mis planes —confieso con la voz rota—. No he tenido tiempo de llorarle y me siento… culpable —revelo de nuevo.
—Rodrigo se metió en algo demasiado gordo para manejarlo por su cuenta, quiero pensar que había un motivo de peso para que lo hiciera.
—Lo he pensado con cuidado, pero no puedo conectarlo con nada de lo que dijo. En realidad, no sé qué lo llevó a meterse en algo así. No solo él, sino a ti, a mí… ¿Por qué nos arrastró a esto?
—Eso es lo que vamos a averiguar.
—Espero que sea algo importante de verdad, porque si no…
La conversación queda en el aire, estoy segura de que sabía que iba a terminar la frase con «lo mataría con mis propias manos», y nadie tiene ni la menor idea de cuánto me gustaría poder decirlo, pero ahora no tendría sentido.
Caminamos un rato más en silencio, observando los puestos y la gente que nos rodea. Por un momento, casi parece que somos dos viajeros más, dos personas normales en un lugar extraño. Pero la realidad siempre encuentra la manera de colarse.
Y la nuestra se cuela en forma de un hombre demasiado curioso que pone en alerta a Benítez, que me acerca a él en modo protector. De nuevo, tengo su mano sobre mi hombro, como si fuéramos una pareja perdida en este pequeño rincón del mundo.
—¿Cuánto tiempo crees que tenemos antes de que nos encuentren? —pregunto, y al hacerlo puedo escuchar cómo se rompe esa ilusoria burbuja de tranquilidad que nos rodeaba.
—No lo sé. Pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. —Su tono vuelve a ser el de siempre, firme y práctico.
Asiento, sabiendo que tiene razón. Pero eso no significa que no quiera disfrutar un poco más de este respiro, de esta ilusión de normalidad.
El aire vibrante de la pequeña plaza me envuelve mientras Benítez y yo nos abrimos paso entre la multitud.
El sonido de tambores y guitarras resuena con fuerza, arrastrándome como una corriente invisible hacia el centro de todo.
Las luces tenues cuelgan de los postes, parpadeando como luciérnagas, y el aroma de comida recién hecha se mezcla con el de especias picantes y tierra húmeda.
Es un lugar lleno de vida, tan distinto al caos y el peligro que hemos dejado atrás.
—¿Siempre eres tan serio? —le pregunto mientras lo observo de reojo. Su postura rígida contrasta con la alegría despreocupada que lo rodea.
—No estoy aquí para divertirme, plomo —responde sin mirarme, sus ojos analizando cada rincón como si esperara que algo explotara.
—Quizá deberías intentarlo. Relajarte un poco no va a matarte. —Le dedico una sonrisa burlona, sabiendo que su respuesta será un bufido o, en el mejor de los casos, una mirada de reprobación.
Para mi sorpresa, no dice nada. Solo sacude la cabeza, como si no supiera qué hacer conmigo. Eso me da cierta satisfacción. Al menos puedo desconcertarlo un poco.
Al final de la plaza diviso un escenario improvisado que está ocupado por músicos locales.
Las notas de una canción tradicional llenan el aire, y varias parejas comienzan a moverse al ritmo, sus cuerpos en perfecta sincronía.
Me quedo mirando, hipnotizada por la fluidez de sus movimientos.
Hay algo casi mágico en la forma en que se conectan, como si el mundo desapareciera y solo existieran ellos y la música.
—¿Quieres intentarlo? —le pregunto a Benítez, señalando la pista de baile.
—Ni lo sueñes, plomo.
—Vamos, no puede ser tan malo. Hasta yo puedo hacerlo, y no soy lo que se dice una experta. Vamos —pido de nuevo y puedo escuchar la súplica que impregna cada palabra.
—No —dice—, su tono es tajante, sin embargo, hay una chispa de algo más en sus ojos. Algo que me hace pensar que quizá no es tan inmune a la tentación como quiere aparentar.
—Eres imposible —murmuro, cruzándome de brazos—. No voy a quedarme con las ganas, soldadito. Si no quieres bailar conmigo, bailaré sola… o con otro —suelto guiñándole un ojo.
Me acerco a un grupo de personas que parecen lo bastante amables como para tolerar a una extraña uniéndose a su círculo.
Una mujer mayor con un vestido colorido me toma de la mano y me enseña los pasos básicos.
Es torpe al principio, pero su risa contagiosa y la energía de la música me animan a seguir intentándolo.
Cuando miro hacia atrás, Benítez está apoyado contra una pared, sus brazos cruzados y una expresión que mezcla diversión y frustración. Parece fuera de lugar, como un lobo en medio de una bandada de aves. Decido ignorarlo y concentrarme en disfrutar del momento.
El ritmo de la música aumenta, y mi cuerpo comienza a moverse con más confianza. La risa burbujea en mi pecho, algo que no había sentido en mucho tiempo. Es liberador, casi terapéutico. Por un momento, olvido dónde estoy y por qué estoy aquí.
—Lo estás haciendo bastante bien —dice una voz a mi lado, en inglés. Me giro y encuentro a un hombre joven, alto y con una sonrisa encantadora. Su mano se extiende hacia mí en una invitación silenciosa.
—¿Por qué no? —respondo, aceptando su mano.
Bailar con él es diferente. Sus movimientos me guían con facilidad y siento que no lo hago tan mal.
De repente, su mano baja por mi espalda y me acerca a él más de lo que debería.
Dudo de si debería decirle algo o no, no tengo ni idea de si este baile es así cuando mi mirada se cruza con la de Benítez.
Su expresión es ilegible, pero hay algo en sus ojos que me hace separarme del joven.
—Gracias —le digo, retrocediendo un paso.
El hombre parece confundido e insiste, hasta que Benítez se acerca y se planta justo a nuestro lado. Los brazos cruzados sobre su pecho muestran la fuerza que tiene y el joven se retira con el rabo entre las piernas.
—¿Celoso? —le pregunto, arqueando una ceja.
—Solo preocupado de que vuelvas a tropezarte y te rompas algo. —Su respuesta es rápida, casi automática. Pero hay algo en su tono que me hace dudar de sus palabras.
—Claro, porque eso sería una tragedia. —Cruzo los brazos y lo miro fijamente, esperando que diga algo más. Pero, como siempre, Benítez es un muro.
—¿Te has divertido ya bastante? —pregunta, señalando hacia la salida de la plaza con un movimiento de cabeza.
—¿Eso es todo? ¿No vas a ofrecerme una bebida o algo después de tanta actividad física?
Él me mira como si estuviera loca, pero finalmente deja escapar un suspiro y asiente hacia un puesto cercano.
—Eso no se puede considerar actividad física —suelta con un resoplido—. Vamos.
—Ah, ¿no? —azuzo de nuevo—. Creo que el joven estaba dispuesto a mostrarme sus mejores movimientos y dejarme… agotada —afirmo.
No sé en qué momento se ha girado hacia mí porque mi ojo ha sido incapaz de capturarlo, pero antes de darme cuenta lo tengo tan cerca que me ha dejado sin aire.
—Si quieres que de deje agotada —murmura muy cerca, demasiado para mi bien—, solo tienes que pedirlo, plomo —afirma.
¿Ese puto ruido es mi corazón? No puede ser, tienen que ser los tambores de la banda, ¿verdad? Quiero decir algo, algo ingenioso, divertido, o mordaz, pero no puedo, noto la lengua pesada y los labios resecos tan solo con imaginarlo dejándome agotada.
—Vamos a por algo de beber, parece que sí que lo necesitas —afirma antes de girarse y continuar la marcha.
Joder, me llevo la mano al corazón porque no puedo creerme que me lata así de deprisa. ¿Estoy loca? Lo estoy, no me cabe la menor duda. Lo veo entrar en un local del que sale con una botella en la mano.
—Vamos —ordena de nuevo.
Me siento en un banco improvisado, él se sienta a mi lado. Me da un vaso y lo llena con el líquido de la botella. Doy un trago y dejo que la calidez del alcohol se extienda por mi cuerpo. La bebida es fuerte y dulce, con un regusto que arde en la garganta.
—Si no te gusta, iré a por otra —afirma dando un sorbo de la botella.
Eso me hace sonreír, solo él puede decir algo como lo de antes y ahora ofrecerse a comprarme otra bebida si esta no me gusta.
—No eres tan malo como pretendes —digo, rompiendo el silencio.
—No te hagas ilusiones.
—Demasiado tarde.
Por primera vez, veo algo que podría ser una sonrisa en sus labios. Es pequeña, apenas perceptible, pero está ahí. Y eso, de alguna manera, hace que toda esta noche valga la pena.
Mientras la música continúa de fondo y la gente sigue bailando, siento que algo entre nosotros ha cambiado. Quizá, estamos empezando a entendernos.