Capítulo 20 Un Respiro en el Camino
Valeria
E l sendero que nos conduce al pueblo es estrecho y está flanqueado por acantilados irregulares a un lado y un precipicio al otro.
Cada paso se siente como un desafío, con el aire cargado de la tierra que levantamos con cada paso y el sol cayendo con fuerza sobre nuestras cabezas.
Desde la última aldea donde conseguimos provisiones básicas y en la que nos dijeron que este lugar estaba a una caminata de varias horas por la montaña, Benítez no ha bajado el ritmo.
Y las varias horas no eran ninguna exageración.
—Parece que escogimos bien —comento entre jadeos, tratando de ignorar la tensión en mis piernas mientras esquivo una piedra suelta.
Benítez, que avanza unos pasos delante de mí con su postura siempre alerta, solo suelta un leve gruñido. No sé si es una respuesta o que está tan agotado como yo. El rifle cuelga de su hombro, balanceándose con cada paso.
—¿Seguro que ese es el lugar? —pregunto al divisar a lo lejos un pequeño conjunto de casas de adobe que parecen estar talladas en la misma roca.
—Tiene que ser aquí —responde sin detenerse. Su tono, como siempre, es firme y no deja espacio para dudas.
El pueblo aparece ante nosotros como un oasis en medio de la nada.
Las casas son de adobe, con techos bajos y pequeñas ventanas que apenas dejan ver el interior.
La gente camina despacio, con un ritmo pausado que contrasta con la tensión que llevamos arrastrando.
A lo lejos se escuchan los cencerros de una mula, y un grupo de niños corren descalzos por el camino principal, levantando más polvo.
—¿Es solo mi impresión o todo el mundo nos está mirando? —susurro mientras avanzamos sin prisa.
—No es tu impresión. —Su respuesta es directa, pero su mirada ya está escaneando el entorno, asegurándose de que no haya amenazas inmediatas—. No creo que sea un lugar muy turístico, es normal que llamemos la atención.
—Sobre todo con ese rifle colgando de tu hombro.
—Por desgracia, eso es lo menos llamativo…
Las miradas de los habitantes son curiosas, pero no hostiles. Sigo a Benítez mientras nos adentramos más en el pueblo, aunque no puedo evitar sentirme como una intrusa. Él, por su parte, camina con la espalda recta y los hombros tensos, como si llevara años en este tipo de entornos.
—Vamos a buscar comida primero. Luego veremos dónde alojarnos —anuncia, sin detenerse.
—¿Alojarnos? —repito, sorprendida. No había considerado la idea de quedarnos aquí más de unas horas.
Entramos en una pequeña tienda que parece tener de todo: sacos de arroz apilados, frascos con especias y ropa colgada en perchas improvisadas. Un hombre mayor con una barba canosa y ojos vivaces nos observa desde detrás del mostrador.
— Khush amadi —nos da la bienvenida en su dialecto, antes de ofrecernos una sonrisa cálida.
Benítez asiente y responde algo que me suena a bla bla bla y que interpreto como un «Buenas tardes», en su idioma.
El hombre parece entender y nos indica con un gesto que revisemos lo que necesitamos.
Mientras Benítez se ocupa de recoger agua y algo de comida, yo me dedico a buscar ropa.
Mi camiseta está desgastada hasta el punto de que apenas sirve para protegerme del sol, y mis pantalones tienen más polvo que tela.
Encuentro una camisa holgada y unos pantalones que, aunque no sean, lo que se dice, mi estilo, parecen funcionales.
También cojo un pañuelo para cubrirme del polvo.
—¿Todo listo? —pregunta Benítez cuando me acerco a la caja.
—Sí, creo que esto servirá. ¿Has cogido desodorante? —pregunto arrugando la nariz por el desagradable olor que desprendo.
—No hay —afirma rotundo.
—¿No hay? —pregunto de nuevo sin poder creerlo.
—No —afirma una vez más con ese tono que no da pie a discusión que valga.
—Joder, no he olido tan mal en mi vida —me quejo. Esboza una sonrisa, paga y salimos de la tiendacon nuestras bolsas. El sol está empezando a descender, tiñendo el pueblo de un dorado cálido que lo hace parecer más acogedor de lo que es.
—Voy a dar una vuelta —anuncio.
—¿A dónde? —interroga serio.
—Necesito un momento para mí misma —digo como toda explicación.
Él afirma y me deja claro que entiende lo que quiero decir, imagino que a él le sucederá lo mismo, se ha visto atado a mí por obligación y desde que nos encontramos, hace ya tanto que parecen siglos, no nos hemos despegado el uno del otro ni un segundo.
—No te alejes demasiado. Aquí te espero, intenta que no sea demasiado… ese momento. —Su tono es más una orden que una sugerencia, aunque no me molesta, tan solo asiento y me alejo.
Camino por las calles estrechas, observando los pequeños puestos que venden frutas, especias y telas de colores vivos. Me detengo frente a uno que tiene manzanas y compro un par. El vendedor me sonríe, y por un instante me siento como una persona normal, en un lugar normal.
Cuando regreso, encuentro a Benítez conversando con una mujer que señala hacia una casa más grande en la parte alta del pueblo. Al verme, se despide de la mujer con un gesto y se acerca.
—He conseguido alojamiento. Nada del otro mundo, pero servirá para pasar la noche.
—Perfecto. No creo que sea peor que aquella cabaña —murmuro y puedo ver cómo su boca se tuerce en una leve sonrisa.
Le paso una de las manzanas y él la acepta sin decir nada.
Caminamos juntos hasta la casa, una estructura sencilla con paredes de adobe y una puerta de madera que parece haber visto mejores días.
Dentro, el espacio es reducido pero limpio. Hay una mesa pequeña, un par de sillas y un colchón en el suelo con mantas dobladas a un lado.
—Vaya, casi parece un hotel de cinco estrellas —digo a la vez que silbo—. Me pido el baño primero —afirmo cogiendo la ropa de la bolsa y pasando al baño.
La sensación de agua corriendo por mi piel es tan irreal que me cuesta convencerme de que no es un sueño.
He perdido la cuenta de los días en los que la arena, el sudor y el polvo han sido mis únicos compañeros.
El sonido del agua cayendo, tan simple y tan común en mi vida anterior, se siente ahora como un lujo que casi no merezco.
—No te quedes ahí dentro todo el día. —La voz de Benítez me saca de mi trance.
—Déjame disfrutar un momento más, soldadito —respondo, dejando que una sonrisa se dibuje en mi rostro por primera vez en días. Sé que no puede verme desde el otro lado de la puerta, pero puedo imaginar su ceño fruncido.
—Aquí el agua no es indefinida —me recuerda.
—Voyyyy —me quejo.
El cuarto de baño es pequeño y viejo, con azulejos descoloridos y un espejo empañado que refleja mi rostro cansado. Pero es suficiente. Más que suficiente. Cuando salgo, envuelta en una toalla áspera, me siento casi humana otra vez.
Benítez, sentado en el borde de la cama, está revisando uno de sus mapas cuando levanta la mirada y se da cuenta de que estoy envuelta solo en una toalla.
Puedo sentir su mirada recorrerme de pies a cabeza, por un segundo me deja sin aliento y mi corazón late a un ritmo desbocado. La loca idea de dejar que la toalla caiga al suelo, y averiguar cuál sería su reacción, pasa por mi cabeza durante unos segundos.
Es un hombre rudo, pero también muy atractivo. Masculino, fuerte, seguro de sí mismo… una bomba de relojería que sé que va a estallar cuando menos lo espere. Y lo cierto es que no me importaría. No puedo dejar de pensar, cada vez que lo miro, que tiene que ser un animal follando.
Su mirada regresa a la mía, trago toda la saliva que se ha acumulado en mi boca, por un segundo aflojo el agarre de la toalla, sin embargo, cuando estoy a punto de dejarla caer, él baja la cabeza y la conexión se rompe.
—Tu turno —digo, señalando el baño con la cabeza.
Él asiente y se levanta sin decir una palabra, llevándose consigo una pequeña bolsa que, imagino, contiene todo lo que necesita. Cuando la puerta se cierra detrás de él y me da la sensación de escucharlo decir algo como: «Me va volver loco».
Con una gran sonrisa me dejo caer en la cama. El colchón es duro, pero después de dormir en el suelo, se siente como el puto paraíso.
Por primera vez en días, no siento que alguien nos esté siguiendo. Es una ilusión, lo sé, pero quiero aferrarme a ella un poco más.
Unos minutos después, Benítez sale del baño, con el cabello mojado y la camisa desabrochada, revelando la cicatriz que cruza su torso. No puedo evitar mirarla, preguntándome cuántas historias como esa lleva grabadas en su piel.
Ha cambiado su habitual camiseta negra por una camisa de lino que parece haber encontrado en el mercado. Es extraño verlo sin su ropa táctica, casi como si perteneciera a este lugar y no al caos del desierto que dejamos atrás.
—¿Qué? —pregunta al notar mi mirada.
—Nada. Solo... que parece que has estado en demasiadas batallas.
—Tú tampoco estás aquí por casualidad, plomo. —Su tono es serio, pero hay algo en sus ojos que me dice que no lo dice como un reproche.
—No, supongo que no. —Desvío la mirada, incómoda. Es raro estar aquí, en este pequeño rincón de normalidad, con un hombre que apenas conozco pero que parece saber más de mí de lo que debería.
Decidimos salir a explorar el mercado antes de que anochezca. La calle está llena de vida, con niños corriendo entre los puestos y el aroma de especias y comida flotando en el aire. Por un momento, me olvido de dónde estamos, de por qué estamos aquí.
—¿Qué quieres comer? —pregunta Benítez, sorprendiéndome con su tono relajado.
—¿Me estás invitando a cenar? —bromeo, levantando una ceja.
—Considera que es parte de la misión mantenerte con vida.
Nos detenemos en un pequeño puesto donde una mujer prepara algo que parece pan relleno. El sabor es increíble, y me doy cuenta de que es la primera comida decente que tengo en días.
—¿Siempre fuiste así de cínico? —le pregunto mientras comemos, intentando llenar el silencio.
—¿Siempre fuiste tan curiosa? —responde, pero hay una leve sonrisa en sus labios.