Capítulo 19 Verdades en la Oscuridad
Valeria
T engo claro que no podría pegar ojo aunque quisiera.
Todavía siento el roce de sus labios en los míos, como si hubiera dejado una marca imborrable.
La noche está siendo larga, y lo será más como no me distraiga con algo.
Solo puedo pensar en ese maldito beso que no deja de repetirse en mi mente.
Ha sido salvaje, intenso, tan inesperado que no lo he procesado todavía.
Y, lo peor de todo, es que lo he deseado. Lo he deseado desde el mismo segundo en que sus manos me han agarrado con desesperación, como si me necesitara para no derrumbarse. Esa intensidad me asusta tanto como me atrae, y eso me confunde aún más.
—No es momento para eso, Valeria… —murmuro para mí misma, dejando escapar un suspiro exasperado. Estoy furiosa conmigo, con él, con la situación. Pero también estoy confusa.
El cielo empieza a aclararse con los primeros tonos grises del amanecer.
Benítez evita mi mirada a toda costa; la tiene fija en la hoguera que apenas sigue con vida, alimentándola con algunas ramitas cercanas.
El rifle descansa sobre sus piernas y, aunque su postura parece relajada, sus ojos no dejan de escudriñar el horizonte.
A simple vista nadie diría todo lo que ha pasado: la pesadilla, el beso…
como si no hubieran existido. Pero son tan reales que los podría tocar con la punta de los dedos.
—Deberías tratar de dormir un rato, no hacerlo te va a pasar factura —dice girando la cabeza hacia mí. Todavía veo en sus ojos restos de lo que ha pasado, es como una niebla que les resta claridad.
—Estoy bien. No soy la que estuvo teniendo pesadillas toda la noche —respondo, con una nota de reproche que no puedo ocultar.
Sus ojos se oscurecen por un instante, pero no dice nada. En lugar de eso, pasa una mano por su rostro, como si tratara de despejarse. El gesto revela lo que no dice: está agotado. La culpa y el peso de lo que sea que carga en su interior deben ser insoportables.
Tomo asiento frente a él, extiendo las manos en busca de calor y me doy cuenta de que de los restos de la cena no queda nada. Mi estómago ruge de nuevo, pero no digo nada. En cambio, dejo que el silencio haga su trabajo, dándole espacio.
—¿Hambrienta? —pregunta con una media sonrisa que hace que me quede sin aire.
—No te imaginas cuánto —susurro sin dejar de mirarle la boca. Sé que no debería, pero que se vaya todo a la mierda. No sé si saldré con vida de esta mierda en la que me he metido y que ya me llega por los talones. ¿Qué tendría de malo un poco de diversión?
Su mirada regresa al fuego, lo mueve con una vara y carraspea. La tensión se instala entre nosotros de nuevo, y algo dentro de mí decide romperla.
—Bueno, soldadito —digo tratando de aligerar el ambiente—. Creo que me debes una explicación. Es hora de que me cuentes lo que pasó en el F-14.
Por un momento, parece que va a negarse, pero al final asiente, soltando un largo suspiro que parece vaciarlo.
—Está bien. Si vamos a seguir juntos en esto, mereces saberlo.
Su voz es baja, tensa. Sus palabras caen pesadas, como piedras en el agua. Me quedo en silencio, esperando. Sé que no será fácil para él.
—La misión del F-14 era una operación encubierta en una aldea remota, al norte de Afganistán. Nos dijeron que había una célula terrorista atrincherada allí, que estaban almacenando armas. Nuestro trabajo era recuperar un paquete de documentos que, en teoría, contenía información crítica.
Hace una pausa, como si necesitara un momento para encontrar las palabras adecuadas. Su mirada está fija en un punto en el suelo, pero parece estar viendo algo mucho más lejano.
—Cuando llegamos… todo estaba en silencio. Demasiado silencio. Eso debería habernos alertado, pero seguimos adelante. Al principio no vimos nada. Solo casas vacías y escombros. Entonces, aparecieron.
Sus manos se tensan sobre el rifle. Mi corazón se acelera.
—No tenían edad para llamarlos hombres. Niños armados hasta los dientes. Algunos no tendrían más de doce o trece años. Nos emboscaron. No eran simples civiles; eran soldados. Entrenados para matarnos sin dudarlo.
Me llevo una mano a la boca, tratando de asimilar lo que dice. La idea es tan horrible que cuesta procesarla, a pesar de que no es algo que no sepa que existe.
—Al principio no disparé. No podía. Pero ellos no tuvieron esa duda. Rodrigo… Rodrigo disparó primero.
—¿Mi hermano… hizo eso? —pregunto a la vez que cierro los ojos. Ahora mismo la escena es tan vívida en mi cabeza que siento ganas de vomitar.
—Después de recibir un balazo, Valeria. Le dispararon, él tan solo reaccionó, se defendió, o eso es lo que me digo… Me gritó que me moviera, que reaccionara. Yo… —su voz se quiebra por un instante—, yo disparé. Tenía que hacerlo. No habría salido de allí con vida si no lo hubiera hecho.
Su voz está cargada de culpa, pero también de una franqueza brutal. Lo miro, tratando de comprender el peso de sus palabras, de sus acciones.
—¿Y el paquete? ¿Qué era tan importante? ¿Valía la pena?
Él niega con la cabeza.
—Papeles. Información sobre tráfico de armas, pero nada que justificara lo que nos hicieron hacer.
Fue lo peor que he hecho nunca. Tratamos de no matar si no era estrictamente necesario, pero no dejaban de aparecer, como zombis armados, sin rastro en la mirada de nada que no fuera odio.
Un odio intenso. Llevaban armas más grandes que ellos mismos, lanzaban granadas…
Fue peor que estar en mitad de una batalla…
—Después de todo fue una guerra también, ¿no?
Alza la mirada y la deja unos segundos sobre la mía. Creo que trata de encontrar algo en ella, ¿odio? ¿Reproches?
—Puede, sin embargo…
—Por desgracia, usar a jóvenes como soldados es demasiado frecuente. No debería pasar, pero supongo que el instinto de supervivencia es superior. Si alguien te dispara, ¿no te defiendes si puedes? Creo que es algo que haría cualquiera… Lo que no entiendo es por qué os enviaron allí.
—Creo que fue una especie de emboscada, de trampa.
Estoy seguro de que querían que nos mataran.
De hecho… iba a ser así. Cuando lanzaron varias granadas a la vez, todo se convirtió en un borrón de arena, sangre, polvo y muerte.
Los teníamos allí, sobre nosotros, nos acorralaban.
Rodrigo, tu hermano, sangraba por tantos sitios que pensé que no lo contaría.
Yo también, solo que en ese momento no era consciente.
—¿Y qué sucedió?
—No sé cómo logramos escaparnos de allí.
Una granada lanzada en el momento justo, en el lugar adecuado…
no sé de dónde vino, pero fue lo que nos dio la oportunidad para escapar.
Agarré a Rodrigo, lo cogí como… sí, eso me dijiste, como un saco de patatas mal atado, y corrí con él sin mirar atrás ni una vez.
—Así que él fue el primero…
—Parece que a los De la Torre os gusta que os lleve así.
—Puedo asegurarte que no lo disfruté ni un poquito —trato de bromear a pesar de que la situación es tan dura.
—Creo que tu hermano lo sabía, que era una trampa.
Fue la primera y la única vez que lo vi perder la calma.
Una vez nos recuperamos, le dije que no podía seguir trabajando para un gobierno que permitía algo así.
—De repente, levanta la mirada y me clava los ojos—.
Por eso me fui. Dejé el ejército poco después.
Me largué a África, buscando algo que… no lo sé, algo que me hiciera sentir humano de nuevo.
La emoción en su voz es tan cruda que me cuesta mantener su mirada. Es un hombre roto, reconstruido a duras penas, y ahora entiendo por qué se mantiene tan cerrado.
—Lo siento —murmuro, porque no hay palabras que puedan aliviar lo que llevó a cuestas todo este tiempo—.
Pero no te culpo, Andrés. Creo que hicisteis lo que pudisteis dadas las circunstancias…
Lo que me apena es darme cuenta de lo poco que conocí a mi hermano.
Ahora veo que sus pesadillas eran las mismas quelas quetienes tú.
Él suelta un suspiro y se pasa una mano por el cabello. Por un instante, el silencio se instala entre nosotros, denso pero no incómodo. Benítez se levanta, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
—Tenemos un mapa. Y tenemos una pista: Murad. Es hora de decidir hacia dónde vamos.
Asiento, siguiéndolo hasta donde guarda el mapa. Lo despliega sobre una roca plana y se agacha para estudiarlo. Me coloco a su lado, tratando de enfocar mi mente en el presente, aunque el eco de su confesión aún resuena en mi cabeza.
—Aquí —dice, señalando un punto marcado en el mapa—. Este es el lugar que indicaban los documentos del pendrive. Un pueblo cerca de un paso montañoso. Es remoto, pero eso podría ser precisamente lo que buscan.
Me inclino más cerca, analizando las coordenadas. Mi brazo roza el suyo, y el contacto, aunque involuntario, me hace consciente de nuestra cercanía. Benítez no se inmuta, centrado en el mapa como si de eso dependiera nuestra supervivencia.
—Si Murad está allí, ¿crees que podremos atraparlo? —pregunto, intentando ocultar la mezcla de miedo y anticipación que me provoca esa posibilidad.
Benítez guarda silencio unos segundos, su mandíbula tensa. Luego, finalmente responde:
—No lo sé. Pero es nuestra mejor opción. Y si no está, tal vez encontremos algo que nos lleve hasta él.
La determinación en su voz es contagiosa. Por primera vez en mucho tiempo, siento que tenemos una dirección clara. Aunque la incertidumbre persista, aunque el camino esté plagado de peligros, no estoy sola. Y eso, de alguna manera, es suficiente.
—Entonces vamos hacia allí —digo, fijando mi mirada en el punto marcado en el mapa.
Benítez asiente, doblando el mapa con cuidado y guardándolo en su mochila. Antes de levantarse, me lanza una última mirada.
—Valeria, pase lo que pase, quiero que recuerdes algo.
—¿Qué cosa?
—Que, si tienes que elegir entre sobrevivir y cualquier otra cosa, elige sobrevivir. Siempre.
Trago saliva, procesando sus palabras, y asiento con determinación. Mañana nos enfrentaremos al siguiente capítulo de esta historia, pero hoy, al menos, tenemos un rumbo.