Capítulo 18 Pacto Oscuro #2
El silencio se rompe solo por el suave murmullo de la brisa. Ambos nos quedamos quietos por un momento, absortos en nuestras propias reflexiones. Al cabo de un rato, Benítez se sienta y exhala un largo suspiro antes de cortar un trozo a la pieza de carne y probarla.
—Esto ya está, así que vamos a comer.
Para mi sorpresa, la liebre tiene un sabor delicioso, o a lo mejor es el hambre que tengo, y las setas me parecen algo digno de un programa de supercocineros. Comemos en silencio, cada uno perdido en lo suyo, imagino.
—Deberías descansar. Mañana será largo —dice, rompiendo el silencio. Su tono es suave, casi amable.
—¿Y tú? —replico, girándome para mirarlo.
—No puedo permitírmelo. Alguien tiene que vigilar. —No hay reproche en su voz, solo una firmeza que deja claro que no piensa discutirlo.
Cierro los ojos, dejando que la familiaridad de su presencia y el sonido constante del viento me envuelvan. Por primera vez en mucho tiempo, el caos parece lejano, y una sensación extraña pero bienvenida se apodera de mí.
Me siento segura.
Benítez se aparta unos metros y se apoya contra una roca, parece agotado, pero ahí está protegiéndome sin descanso, lo último que veo son sus ojos asegurándose de que todo está bien.
Benítez
E l calor es opresivo, y cada respiración parece llenar mis pulmones de polvo y cenizas.
Estoy de vuelta a aquella maldita misión, pero no es un recuerdo; es una condena.
Las ruinas están llenas de vidas… de niños.
Niños armados hasta los dientes, con miradas tan vacías como los edificios a medio derrumbar que los rodean.
Uno de ellos aparece frente a mí. Una joven con una trenza deshecha que cuelga por un lado de su cabeza.
Su piel está manchada de tierra, y el fusil que sostiene es demasiado grande para sus manos, pero no titubea.
Al contrario, avanza hacia nosotros con decisión, como si no le temiera a nada.
Como si le hubieran arrancado el miedo tiempo atrás.
—Ares, ¡muévete! —grita Rodrigo detrás de mí.
Pero no puedo moverme. Mi cuerpo está congelado, mi mente atrapada en una tormenta de dudas. No es más que una niña, por Dios. Una niña.
El disparo me despierta del trance. La joven cae, y por un segundo no sé quién apretó el gatillo. Rodrigo está a mi lado, su rifle todavía humea, su hombro sangra. Le han alcanzado. Su mirada es dura, pero no hacia mí. Es hacia lo que estamos haciendo. Lo que nos obligaron a hacer.
—Nos dijeron que aquí habría enemigos —dice Rodrigo, casi para sí mismo. Su voz es apenas un murmullo—. Nos dijeron que protegíamos vidas.
Otro disparo. Una ráfaga silba demasiado cerca y me hace reaccionar por instinto.
Apunto y disparo antes de siquiera pensar en lo que estoy haciendo.
Esta vez, soy yo quien lo hace. Mi dedo se mueve antes de que mi mente lo ordene y otro joven cae al suelo, su cuerpo menudo envuelto en polvo y sangre.
Mi estómago se revuelve, pero no puedo detenerme.
No podemos detenernos. Ellos no lo hacen.
Avanzan como si el dolor no existiera, como si solo conocieran una misión: destruirnos.
—¡Avanza, Ares! —grita Rodrigo, tirando de mí hacia adelante.
El caos es absoluto. Gritos, disparos, el sonido de botas sobre el suelo quebrado.
Las balas no distinguen, y el polvo se mezcla con la sangre como una niebla que no deja respirar.
Los chavales siguen apareciendo, cada uno con un arma más grande que ellos mismos, cada uno entrenado para matarnos.
¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué clase de monstruos envían a soldados a luchar contra niños?
¿Qué clase de mundo usa niños como armas?
Al final, llegamos al objetivo: una caja de metal marcada con símbolos que no reconozco.
Rodrigo la abre mientras yo cubro la entrada, mis manos temblando tanto que apenas puedo mantener el rifle en posición.
Dentro de la caja hay papeles, documentos.
Algo importante, pero no suficiente para justificar lo que acabamos de hacer.
Rodrigo sostiene uno de los papeles, su rostro ensombrecido. Me lo muestra, pero las palabras parecen borrarse ante mis ojos.
—Esto es lo que protegían, Ares. Papeles. Información. —Su voz está cargada de rabia contenida—. ¿Nos enviaron a matar niños para esto? ¡Hijos de puta!
Quiero responderle, pero las palabras no vienen. En lugar de eso, dejo caer mi rifle al suelo, el sonido metálico resonando en el aire como una sentencia.
—No puedo seguir haciendo esto, Rodrigo. —Mi voz suena rota, como si fuera la de otra persona—. No puedo trabajar para un gobierno que nos envía a cometer atrocidades como esta.
Rodrigo me mira, sorprendido. Por un segundo, pienso que va a reprenderme, pero en su lugar, asiente.
—Tienes razón. Ninguno de nosotros debería estar aquí.
De repente, una explosión nos arroja al suelo. El papel que Rodrigo sostenía se pierde en el viento, y cuando intento levantarme, veo su cuerpo tirado a unos metros de mí. Sangre. Demasiada sangre.
Quiero correr hacia él, pero el escenario cambia. Los niños soldado están de pie, rodeándome. Sus ojos están vacíos de vida y llenos de acusaciones. Permanecen inmóviles, como estatuas. Intento gritar, pero no puedo. El peso de sus miradas me aplasta.
Grito.
El rugido que me rompe en mil pedazos por dentro lo escucho amortiguado. Entre el fuego y el caos su voz, su suave voz, se abre paso.
—Andrés. Andrés —me llama—. Andrés, vuelve, estoy aquí, estás a salvo, estás bien… —repite como un mantra—. Solo es un mal sueño, Andrés, vuelve, estoy aquí… Vuelve a mí, Andrés… ya pasó…
Abro los ojos y la tengo frente a mí, sus manos me rodean brindando un consuelo que no estoy seguro de si merezco.
—No llores, estoy aquí —susurra de nuevo.
¿Llorando? Estoy llorando. Apoyo la frente en la suya y ella sigue tocándome, pidiéndome que regrese.
—No eran más que niños —susurro.
—Está bien, ya pasó…
Su calor me envuelve. Su cercanía es un ancla que no sabía que necesitaba, pero que al mismo tiempo no merezco. Sus dedos, cálidos y ligeros, me rozan la mejilla, y algo en mí cede. Todo.
Abro los ojos, mi nariz sobre la suya, mi frente sobre la suya, su calor, su suave voz, y antes de darme cuenta, me dejo llevar y la beso.
Un beso tan salvaje, tan desordenado, como lo es mi interior ahora mismo. Su boca es como la había imaginado: cálida y suave . Un sabor que tengo prohibido. Un refugio que no debería tomar, pero al que me aferro con la desesperación de un hombre perdido . No merezco sentir algo así.
Escucho un jadeo ahogado que nace desde su pecho, destinado a morir en su boca, pero que lo hace en la mía. Profundizo el beso y la coloco sobre mí. Sería tan fácil dejarme llevar, terminar esto…, pero no puedo.
Me aparto de su boca, jadeando, como si acabara de salir a flote después de ahogarme, jadeando sin aire.
—No puedo… —susurro, apartando la mirada, porque si la miro de nuevo, sé que no voy a detenerme.
—¿Estás bien? —pregunta, con voz suave tras una larga pausa.
—Solo un mal sueño —murmuro, evitando mirarla a los ojos. Ahora mismo, la vergüenza me consume como una mecha prendida.
—¿Fue sobre Rodrigo? —insiste Valeria, tocándome el brazo con cautela.
Vacilo, pero al final asiento, sabiendo que no puedo seguir guardándomelo todo.
—Sí. Fue sobre Rodrigo… y lo que pasó en el F-14.
—Creo que ya es hora de que me cuentes toda la verdad.
Y, demonios, sé que tiene razón.