Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 18 Pacto Oscuro
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Capítulo 18 Pacto Oscuro

Valeria

L a tarde empieza a ceder cuando encontramos un lugar donde detenernos.

Benítez no dice nada mientras monta un campamento improvisado.

La extensión que nos rodea es imponente, con el cielo cambiando a tonos naranjas y rosados mientras el sol se oculta.

Las hojas de los árboles nos susurran con cada ráfaga de viento, algo que en vez de tranquilizarme me pone los nervios de punta.

Cuando acabe todo esto, voy a tener cortisol para dar y regalar…

Lo observo mientras recoge piedras para hacer una hoguera, me pregunto si cazará algo para la cena, y si me arrastrará por la melena hasta la cueva…

Con el rifle siempre a su lado, listo para cualquier imprevisto, se mueve con una agilidad que solo dan años de entrenamiento. Eso hace que me pregunte a qué edad se unió al ejército, algo me dice que al igual que Rodrigo cuando eran solo niños pretendiendo ser adultos.

Esbozo una débil sonrisa y él deja escapar un suspiro más pesado de lo normal, como si cada segundo que pasa fuera un recordatorio de las sombras que lo persiguen.

Me acerco, observando sus movimientos mecánicos que dejan claro que ha hecho esto mismo tantas veces que no podría contarlas, pero esa sensación de que parece agotado no deja de rondarme la cabeza.

¿Cuántas horas ha dormido desde que empezó esto?

Aún lleva la mochila que tomó de los hombres que intentaron darnos caza.

Desde aquí puedo ver las manchas de barro y sangre seca en la tela, un recordatorio silencioso de lo que acabamos de enfrentar.

El peso emocional en su rostro es inconfundible, como si las sombras de su pasado estuvieran más presentes que nunca.

—¿Vamos a cenar carne? —interrogo.

Levanta la mirada con sorpresa y por un segundo me deja sin aliento.

—¿Quieres cenar carne?

—¿Escuchas eso? Son mis tripas, dices carne y rugen como si dentro tuviese un león hambriento —confieso.

Eso logra arrancarle una carcajada.

—Conozco a una doctora que le hizo frente a un puto león en África, creo que os llevaríais bien —afirma con una expresión de añoranza en la mirada que no había visto hasta ahora.

—¿África, eh? No me importaría ir a África, lo del león… bueno, de lejos tal vez…

—Bueno, si la señorita quiere carne, comeremos carne…

—¿De verdad?

—De verdad, ven, no quiero dejarte sola ni un segundo.

—A sus órdenes mi capitán…

—Sargento, soy sargento. O lo era —añade en voz baja.

Camino a su lado, vamos con cuidado, él recoge setas.

—¿Setas? ¿Sabes si son comestibles?

—Sigo vivo, ¿no? —añade.

—Sí, de momento.

—Coge de aquella planta.

—¿Qué es?

—Si no me engaña la vista es tomillo, lo podemos usar para aliñar el conejo y las setas. No esperes maravillas, que no estamos en su súper…

Y, de pronto, se tensa, se queda quieto y me pide con un gesto lo mismo, puedo ver sus ojos estrecharse como si fuera un guepardo a punto de saltar sobre su presa y eso sucede. Su cuchillo corta el aire muy cerca de mi oreja y cuando me giro veo que ha dado a un animal.

—Qué…

—Es una liebre.

Se acerca hasta el animal que está inmóvil, se arrodilla para recuperar su cuchillo, coloca su gran mano sobre él y susurra:

—Gracias por tu sacrificio.

Hay algo en su manera de decirlo que me emociona, y trago con fuerza.

Regresamos al campamento y se aleja hasta una zona por donde el agua del río pasa, quita la piel del animal, lo lava y lo coloca insertado en un palo que ha afilado para colocarlo sobre el fuego, mete unas ramitas de tomillo en su interior y cuando el calor empieza a rozar la piel del animal el olor a hierbas llega hasta mi nariz, mi estómago ruge de nuevo.

Pone también las setas entre los troncos, envueltas en unas hojas grandes que no tengo ni la menor idea de qué son, solo que son verdes y frescas, y tengo la sensación de que las ha humedecido.

—Tenemos algo de tiempo antes de que oscurezca del todo —dice cuando ha dejado todo listo, dejando la mochila en el suelo y sentándose frente a mí—. Necesitamos respuestas.

Asiento en silencio; sé que tiene razón.

Tiro del colgante que llevo al cuello y separo las dos mitades, dejando al descubierto el diminuto pendrive escondido en su interior.

Se lo entrego sin decir nada, sintiendo un extraño peso al desprenderme de él.

El metal frío contrasta con el calor de mis manos, como si el objeto cargara con una historia demasiado pesada.

Benítez lo toma con cuidado, inspeccionándolo antes de conectarlo a un pequeño dispositivo portátil que saca de su mochila.

La luz azul parpadeante del aparato ilumina sus dedos mientras trabaja, y puedo ver sus manos temblar un poco, aunque intenta disimularlo.

La pantalla se enciende, iluminando su rostro con un resplandor azul mientras los archivos comienzan a cargar.

Los segundos que pasan mientras el sistema reconoce el pendrive se sienten interminables.

—Rodrigo siempre fue cuidadoso con estas cosas —murmuro, rompiendo el silencio—. Sabía que estaba en peligro. —¿Por qué…? —empieza, pero lo interrumpo.

—Tenía miedo, Andrés —confieso usando su nombre de pila—, no sabía en quién podía confiar. Debía guardarlo a modo de seguro para mí, es todo lo que tenía, espero que lo entiendas…

Benítez no responde, pero puedo ver cómo su expresión se suaviza, comprende lo que digo.

El pen se abre y nos damos cuenta de que hay pocos archivos, pero están protegidos con una capa de encriptación. Su dedo se mueve rápido sobre el teclado, trabajando para acceder a la información.

—¿Sabes qué hay? —indaga.

—No, no sé tanto de ordenadores como para eso y no tenía a nadie a quien pedirle que lo hiciera por mí.

—¿Confías en mí? —pregunta.

—¿Quieres que diga la verdad? —interrogo a su vez.

—No sé si confío en ti hasta tal punto, pero no tengo otra opción.

—Vaya…

—Por eso te propongo algo —digo, extendiendo mi mano hacia él, intentando sonar más valiente de lo que en realidad me siento—. Hagamos un pacto.

No responde de inmediato. Su mirada se queda fija en mi mano, como si estuviera evaluando no solo mi propuesta, sino todo lo que implica. Es un instante cargado de tensión y, por un segundo, temo que va a rechazarlo.

—Un pacto… —repite, casi en un murmullo.

Levanta la mano con lentitud y, cuando la suya envuelve la mía, siento la aspereza de su piel, el peso de años de lucha y sacrificio— .

De acuerdo. Pero recuerda esto, plomo. —Se inclina hacia mí, su voz es apenas un susurro—.

Este no es un pacto cualquiera. Es un pacto oscuro. Muy oscuro. Y no hay marcha atrás.

Mis ojos buscan los suyos, y en ellos veo algo que no había visto antes: una franqueza cruda, desnuda. Este hombre, tan hermético y controlado, está confiándome algo más que su palabra. Está confiándome su vida.

—Acepto —afirmo, a pesar de que mi corazón late con fuerza. Porque en el fondo, sé que él necesita oírlo tanto como yo decirlo.

—Valeria —dice, aunque suena a advertencia. A un último aviso—. No puedo prometerte que saldremos de esta.

—Lo sé, aun así, voy a continuar hasta el final.

El silencio reina por unos segundos, mi mano sigue entre la suya y estoy segura de que nota cómo mi corazón va a mil porque su pulgar roza mi muñeca con suavidad.

—Vale, pues vamos a ver qué hay ahí… —carraspea separándose. Teclea muy rápido, le da a intro y de pronto los documentos se despliegan en la pantalla, una mezcla de imágenes, notas y coordenadas.

Algunas imágenes son inquietantes: fotografías de vehículos militares cargados con cajas de madera marcadas con nombres en clave y numeraciones.

Otras muestran siluetas de hombres alrededor de hogueras en lo que parece ser una base improvisada.

En una de las fotos, una bandera desconocida flamea al fondo.

Uno de los documentos llama mi atención de inmediato. Es un mapa detallado de la región, con varias marcas en zonas remotas. Benítez también lo nota y amplía la imagen. El mapa no solo muestra coordenadas, sino también anotaciones que parecen apuntar a movimientos de cargamentos y operaciones.

—Esto coincide con lo que encontramos en el mapa que llevaban esos hombres —dice, señalando una de las marcas—. Estaban buscando algo aquí.

—¿Y qué hay allí? —pregunto, inclinándome para ver mejor.

—Aún no lo sé. Pero no es un lugar al que vayas por casualidad. Puede ser un almacén o una base temporal. Algo importante para ellos.

Mientras seguimos revisando los archivos, encontramos algo que empieza a ser familiar: una lista de nombres. Algunos están tachados, otros tienen anotaciones al lado, y algunos tienen coordenadas vinculadas.

—Ese hombre —dice, señalando la foto—, es uno de los responsables del F-14. Lo vi en la base antes de que todo se fuera al infierno. Murad. Está claro que tiene algo que ver, aparece en todos los documentos.

—¿Crees que está involucrado?

—No lo creo, lo sé. Rodrigo estaba siguiéndole la pista, y ahora está muerto. Esto no es una coincidencia. Lo que no me queda tan claro es si Murad es la cabeza pensante que hay que atajar o tan solo un cabeza de turco…

—¿Alguien por encima de él? —pregunto.

—Puede que sí —responde, y por primera vez desde que lo conozco parece no querer mirar la pantalla—. En F-14 no se movía una caja sin que el comandante Hale lo supiera.

El impacto de sus palabras cae como un golpe. Mientras él continúa examinando los archivos, mi mente viaja a todos los momentos que compartí con mi hermano. Las piezas del rompecabezas empiezan a formarse, pero también revelan una realidad más oscura de lo que hubiera imaginado.

Benítez cierra el dispositivo y guarda el pendrive de nuevo en el colgante, devolviéndomelo con un gesto casi ceremonioso.

—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo —afirma—. Necesitamos encontrar a Murad antes de que él nos encuentre a nosotros.

—¿Y luego qué? —indago.

Benítez me mira con una intensidad que me hace estremecer.

—Y luego, descubrimos la verdad. Pase lo que pase.

—Hasta el final —añado.