Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 17 Peligro al Acecho
51%

Capítulo 17 Peligro al Acecho

Valeria

E l corazón me late con fuerza mientras observo todo a mi alrededor, como si de verdad pudiera ver en la espesura con la facilidad con la que él lo hace.

—Pase lo que pase, detrás de mí —ordena sin darme lugar a que diga nada.

Desde nuestra posición, escondidos entre las rocas, veo cómo dos hombres descienden por el rocoso suelo.

El primero es alto, con una barba desaliñada y movimientos calculados.

El segundo, más joven, parece estar nervioso, pero no por eso menos peligroso.

Ambos están armados, tampoco es que sea una sorpresa a estas alturas de la película.

—¿Más de ellos? —susurro a Benítez, aunque ya sé la respuesta.

—Y no pararán… Si hay algo que sobra aquí son hombres dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero.

La tensión en su voz me hiela la sangre.

Intento concentrarme en mantener la calma, en no hacer ruido, pero la idea de que puedan encontrarnos me paraliza.

Desde nuestra posición elevada, tenemos una vista clara de todo lo que nos rodea.

Los hombres han descubierto nuestras pisadas, y puedo verlos murmurar y buscar en todas direcciones mientras uno de ellos parece mirar justo en nuestra dirección.

Vuelven a hablar entre ellos en un idioma que no reconozco. Sus voces son bajas, pero cargadas de una intensidad que hace que mi piel se erice. Benítez me agarra del brazo con más fuerza de la necesaria. Su toque es firme, casi reconfortante, pero no puedo evitar tensarme.

—Tenemos que movernos —ordena, su voz baja pero cortante.

—¿Hacia dónde? —susurro, intentando mantener el pánico fuera de mi tono.

—Lejos. —Me guía hacia una zona más alta, donde las rocas son más grandes y el terreno más accidentado. Su mano no me suelta, como si temiera que pudiera quedarme paralizada en cualquier momento.

Mientras nos alejamos, escucho las voces de los hombres cada vez más lejanas.

Sin embargo, cada palabra parece cargada de peligro.

Mi respiración es irregular, y aunque intento calmarme, no puedo evitar mirar por encima del hombro cada maldito segundo.

Tras un eterno infierno, Benítez se detiene detrás de una formación rocosa que nos da algo de cobertura.

Me suelta el brazo y me obliga a mirarlo.

Sus ojos oscuros están llenos de una mezcla de frustración y algo que no puedo identificar.

—¿Hasta dónde estás metida, Valeria? —interroga. Su tono es apenas un susurro; sin embargo, provoca escalofríos en mi piel, provocados por el miedo.

—¿Qué quieres decir? —balbuceo porque no sé a qué se refiere.

—Empiezo a pensar que esto no solo sea por Rodrigo, Valeria. Me ocultas algo, ¿verdad? —insiste sin pestañear.

Y sé que ya no puedo seguir guardando silencio, ni es una respuesta que pueda esquivar.

—Rodrigo me pidió que investigara algo antes de desaparecer. Me envió fotos, documentos... cosas que apuntan a algo grande, pero no sé exactamente qué. Pensé que él me lo explicaría cuando regresara. —Mi voz se quiebra al final, y odio lo vulnerable que me siento.

Benítez no dice nada al principio. Se limita a observarme, sus ojos recorriendo mi rostro como si intentara encontrar la verdad detrás de mis palabras. Finalmente, asiente lentamente, como si estuviera procesando todo.

—¿Y esos documentos? ¿Dónde están?

—En… en este colgante —admito, sintiéndome ridícula por no haberlo mencionado antes mientras tiro del pequeño corazón que llevo al cuello. Lo separo en dos mitades, dejando al descubierto un diminuto pendrive escondido en su interior.

Él pasa una mano por su cabello, frustrado.

Mientras hace esto, susurra algo ininteligible, que llega a mis oídos como una queja impotente por su mala suerte.

Pero antes de que pueda decir nada más, el sonido de un disparo rompe el silencio.

Mi cuerpo se congela. Por un segundo, no puedo moverme, ni respirar.

Miro a Benítez, buscando una señal de qué hacer.

Sus ojos se encuentran con los míos, y en ellos veo algo que no había visto antes: miedo.

—¡Vamos! —dice, tomando mi brazo de nuevo.

Esta vez no hay delicadeza en su agarre.

Me arrastra hacia una grieta entre las rocas, un espacio tan estrecho que apenas podemos pasar—.

Hablaremos de… eso más tarde —advierte. El sonido de las voces se hace más fuerte.

Están buscándonos. Mis piernas tiemblan mientras avanzo detrás de Benítez, intentando no hacer ruido.

La grieta se abre a una pequeña depresión, oculta por la formación rocosa.

Benítez me empuja hacia el suelo, indicándome que me agache.

—Quédate aquí y no te muevas —susurra, su voz apenas audible.

—¿Qué vas a hacer? —pregunto, mi voz un hilo de pánico.

—Ya te lo dije. Lo que sea necesario.

Antes de que pueda protestar, se aleja, moviéndose con la agilidad de alguien que ha hecho esto mil veces antes. Me quedo sola, con el corazón latiendo tan fuerte en mi pecho y en mis oídos que siento que podría delatarnos.

El tiempo pasa lento, cada segundo se siente como una eternidad.

No, no es eso, el tiempo se ha detenido.

Estoy congelada en mitad de un latido, en mitad de ese segundo que decidirá la partida de un lado o del otro.

Escucho los pasos acercándose, las voces cada vez más claras.

Mis manos tiemblan mientras intento agarrar una roca, cualquier cosa que pueda usar como arma si me encuentran.

De repente, un grito corta el aire. Es uno de los hombres. Otro ruido seco, un golpe contundente. Los pasos se detienen, y solo queda el sonido del viento agitando las hojas de los árboles, testigos mudos de nuestro destino.

El murmullo de pasos se desvanece y el silencio regresa, pero no me atrevo a moverme.

Mis piernas están acalambradas por la posición incómoda, y el frío de la roca bajo mí comienza a calar hasta los huesos.

Cierro los ojos, intentando controlar mi respiración, pero no puedo evitar imaginar qué estará pasando ahí fuera.

Cada segundo que pasa sin señales de Benítez hace que mi mente se llene de imágenes horribles: él enfrentándose solo a esos hombres, cayendo en una emboscada, siendo superado.

Cuando aparece, siento un alivio tan abrumador que casi me desmorono. Lleva una mochila en una mano y el rifle en la otra. Su rostro está tenso, la mandíbula apretada, y hay algo en su mirada que no puedo descifrar. No sé si es agotamiento, rabia, o ambas cosas.

—¿Qué hiciste? —pregunto, intentando mantener mi voz firme, pero sueno más como una niña asustada que como alguien que tiene derecho a saberlo.

—Lo que tenía que hacer. —Su respuesta es fría, casi mecánica.

Deja la mochila en el suelo con un golpe seco y se sienta a mi lado, apoyando la espalda contra la roca.

Sus movimientos son controlados, pero noto que sus hombros suben y bajan más rápido de lo normal.

Está respirando pesado, aunque intenta disimularlo.

Por un momento, no digo nada. Mis ojos se posan en la mochila, en las marcas de desgaste en las costuras, en el barro que mancha el tejido.

—¿Estás bien? —murmuro al final, mi voz más suave.

Él no me responde de inmediato. En lugar de eso, abre la mochila con manos rápidas y precisas, como si necesitara comprobar su contenido cuanto antes.

Dentro, distingo varios objetos: un dispositivo pequeño con una pantalla que parpadea, tal vez un rastreador o un transmisor; una libreta llena de anotaciones en un idioma que no reconozco; cargadores de munición y un par de cuchillos pequeños pero afilados.

Todo el equipo parece caro, sofisticado, diseñado para alguien que sabe lo que hace.

—¿Qué es esto? —pregunto, señalando el rastreador.

—Problemas —responde. Su tono es cortante, pero no por hostilidad. Es como si estuviera procesando demasiada información al mismo tiempo para dedicarme más atención.

—¿Problemas? ¿De qué tipo?

Benítez finalmente levanta la vista, y hay algo en su mirada que me hace estremecer. No es miedo lo que veo en sus ojos, sino una evaluación fría, como si estuviera calculando cuánto decirme, cuánto dejarme fuera.

—Esto no era un equipo cualquiera. —Levanta el rastreador y lo examina a contraluz—. Esta gente no era un grupo de mercenarios cualquiera. Están organizados, y esto —señala el dispositivo— significa que no trabajaban solos.

Trago saliva, sintiendo el peso de sus palabras. Mi mente empieza a conectar puntos: las fotos, los documentos de Rodrigo, el peligro que nos ha seguido desde que llegué aquí. Todo apunta a algo más grande, algo que ni siquiera puedo empezar a comprender.

—¿Qué significa eso? —insisto.

Benítez no responde de inmediato. Cierra la mochila con un movimiento brusco y la deja a un lado, luego apoya los codos en las rodillas y se pasa las manos por la cara, un gesto que nunca lo había visto hacer antes. Parece... humano. Vulnerable. Y eso me asusta más que cualquier amenaza externa.

—Significa que estamos en problemas, Valeria.

Más problemas de los que pensaba. —Su voz suena cansada, como si cada palabra le costara un esfuerzo adicional—.

Estas cosas no llegan a manos de cualquiera.

Esto es equipo militar, o algo muy cerca de eso.

Y si tienen esto, significa que tienen recursos, contactos.

.. y que probablemente no pararán hasta que nos encuentren.

El nudo en mi estómago se aprieta aún más. Quiero decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no vienen. Todo esto es demasiado, demasiado rápido, demasiado grande.

—¿Y ahora qué hacemos? —logro preguntar al final.

Benítez me mira, y por primera vez en mucho tiempo, veo algo más allá de su fachada de hombre indestructible. Está cansado, sí, pero también decidido. Hay algo en él que me dice que, a pesar de todo, no está dispuesto a rendirse.

—Seguimos moviéndonos. No podemos quedarnos aquí. —Su tono no deja lugar a discusiones. Se pone de pie y recoge la mochila, colgándosela al hombro. Luego me tiende una mano para ayudarme a levantarme.

Cuando nuestras manos se tocan, siento el calor de su piel, el leve temblor en sus dedos. No digo nada, pero no puedo evitar preguntarme qué habrá visto, qué habrá hecho, para regresar con esa mirada en los ojos.

—Valeria. —Su voz me saca de mis pensamientos. Suelta mi mano, pero su mirada permanece fija en la mía—. Necesito que entiendas algo. Esto... esto ya no se trata solo de ti, ni de Rodrigo. Esto es más grande, ¿me entiendes? No sé exactamente qué, pero si seguimos en esto, no hay vuelta atrás.

—Lo sé. —Mi respuesta es más rápida de lo que esperaba, pero no menos sincera. Porque, en el fondo, siempre lo he sabido.

Benítez asiente, y por un momento, parece que quiere decir algo más. Pero no lo hace. En lugar de eso, ajusta la correa de la mochila y se gira hacia el camino que tenemos por delante.

—Vamos, tenemos que movernos.

No me detengo a analizar si hay rastros de sangre en sus manos o en su ropa.

Lo importante es que seguimos vivos. Me levanto, limpiando las manos temblorosas en mis pantalones.

Mientras lo sigo, no puedo evitar sentir que algo en él ha cambiado.

Es como si llevara el peso del mundo sobre él.

Y tal vez lo hace. O tal vez soy yo la que ha cambiado, después de ver lo que este mundo, en realidad, implica.

Tal vez los dos lo hacemos, aunque ninguno de los dos se atreva a decirlo en voz alta.