Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 16 Contra el Agua y el Fuego
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Capítulo 16 Contra el Agua y el Fuego

Benítez

E l camino que creí despejado se transforma en un infierno de lodo y piedras apenas unas horas después de dejar el campamento.

Las lluvias recientes han convertido esta zona en un pantano resbaladizo.

Cada paso se siente como una lucha contra el terreno, y el barro amenaza con tragarnos vivos.

Maldigo entre dientes mientras avanzo con cuidado, evaluando cada metro como si fuera una trampa.

—¿Qué pasa ahora? —pregunta Valeria detrás de mí.

—¿Qué parece que pasa? —respondo, señalando el desastre frente a nosotros. La ruta está intransitable, y el agua del pequeño riachuelo que cruza el camino se ha acumulado, formando charcos profundos que podrían ocultar cualquier cosa.

Ella se inclina hacia adelante, evaluando el terreno con una mirada crítica.

—¿Qué hacemos? —pregunta.

—Seguir. No queda otra. —Tomo aire, ajusto la mochila y comienzo a moverme—. Recuerda que te advertí que si algo salía mal no podías quejarte —aviso.

Ella me mira con los ojos abiertos de par en par y puedo ver cómo traga con dificultad la queja que quería soltar. Sonrío. Es fácil con ella.

El camino que eligió parecía una buena idea sobre el mapa, pero la realidad es que es un maldito desastre.

El suelo se hunde bajo las botas, por lo que cada paso necesita más esfuerzo del necesario y el riachuelo que nos acompaña parece retorcerse en una diabólica sonrisa con la intención de fastidiarnos el día.

Miro de reojo a Valeria para asegurarme de que sigue detrás de mí, hace mucho rato que no la escucho resoplar. La observo durante un segundo, ella parece ajena a mi mirada, la veo haciendo malabares para mantener el equilibrio. Su mochila parece muy pesada para su menudo cuerpo.

—¿Estás bien, Plomo?

—De maravilla. Además, he de confesar que es la primera vez que estoy de acuerdo con lo de ser un plomo, al menos, parece que peso como uno…

—¿Todavía no te has dado cuenta de que siempre tengo razón?

—¿Sabes que estadísticamente eso no es posible, verdad, soldadito?

Sonrío de nuevo, es tan fácil picarla y que salte…

—¿De verdad hay gente que paga para ponerse esto en la cara y en el cuerpo? No te rías y dime cuánto falta para salir de esto —espeta.

—Depende.

—¿Depende de qué?

—De si el terreno deja de intentar matarnos.

Su resoplido es audible incluso con el sonido del agua corriendo junto al sendero.

Aprieto los dientes para contener una sonrisa.

Me detengo unos metros más adelante, evaluando el riachuelo que se ensancha frente a nosotros.

El agua no parece demasiado profunda, pero la corriente es lo bastante fuerte como para arrastrar a alguien si se confía demasiado.

—¿Qué pasa ahora? —pregunta Valeria, deteniéndose a mi lado.

—El camino está intransitable. —Señalo el agua que nos corta el paso.

Ella se inclina hacia adelante, evaluando la escena. Al otro lado, el terreno parece más estable, menos embarrado, pero llegar hasta allí es otro asunto.

—¿Qué hacemos? —pregunta, esta vez con algo de cansancio en la voz.

—Cruzar.

—¿Por ahí? —Señala las rocas que sobresalen del agua, formando un puente natural.

—¿Ves otra opción? —respondo, inclinándome para evaluar la firmeza de las piedras más cercanas.

Valeria no responde, pero su expresión lo dice todo. Antes de que pueda comentar algo más, empiezo a cruzar, probando cada roca con cuidado antes de avanzar.

—Ten cuidado —murmura detrás de mí, aunque es evidente que se lo dice a sí misma.

—Pisa justo donde yo pise —ordeno.

El cruce es más complicado de lo que esperaba.

Las rocas están húmedas, cubiertas de musgo, y resbalan bajo mis botas.

A mitad de camino, el sonido de algo moviéndose en el agua me hace girar la cabeza.

Un tronco desciende río abajo, chocando contra las rocas con un estruendo que reverbera en el aire.

—¡Cuidado! —grito, justo cuando el impacto hace temblar las piedras bajo mis pies.

Valeria pierde el equilibrio. Sus manos se extienden hacia los lados, buscando algo a lo que aferrarse. En un movimiento instintivo, me giro y la sujeto por el brazo antes de que caiga al agua.

—¿Estás loca? Te dije que tuvieras cuidado.

—¿Crees que no lo estoy intentando? —responde con la voz temblorosa, recuperando el equilibrio—. Ni que hubiese yo lanzado el tronco… —farfulla.

—Pues parece que no es suficiente.

—Pues es lo que hay.

—No, no es lo que hay —rujo y sin que lo espere, la tomo por sorpresa por las piernas y la cargo sobre mi hombro.

Su grito resuena tan fuerte que escucho algunos pájaros huir espantados.

—¿Estás loco?

—Eres lenta, ¿aún no te habías dado cuenta?

—Bájame.

—Ni de coña, es más seguro así y tardaremos menos.

Continúo cruzando por el río, asegurando cada paso para no caer.

—Esto es ridículo —dice ella, rompiendo el silencio.

—¿El qué? Hay tantas cosas que me cuesta adivinar a qué te refieres.

—A que me lleves así, como si fuera un saco de patatas mal atado.

—Es lo que hay. No te quejes, que cada vez que lo haces pesas más.

—Te odio. Odio todo esto.

—Ah, sí, ¿has tenido que llevar a muchos hombres así?

—A alguno —susurro.

La dejo sobre tierra firme, a salvo, y respiro con un poco más de tranquilidad. Ella me mira, y por primera vez en mucho tiempo se ríe. Es una carcajada breve, nerviosa, real. De esas que se cuelan dentro y te contagian.

—¿Qué? —pregunto, incapaz de evitar una pequeña sonrisa.

—Nada. Es solo que... nunca pensé que encontraría algo divertido en una situación como esta.

—¿Y qué es tan divertido?

—Tú —responde con otra carcajada.

—Pues disfrútalo mientras dure. Porque dudo que tengamos muchas más oportunidades de reírnos.

—Estoy disfrutando cada segundo, soldadito —afirma dando un par de pasos hacia atrás para dejarme salir del agua.

—Yo no —mascullo.

—Escucharte decir eso, hace que disfrute más.

Ignoro su comentario y avanzo unos metros, evaluando la profundidad del agua. Es más de lo que esperaba. Maldigo otra vez.

—¿Qué esperabas? —dice Valeria detrás de mí, con una sonrisa que apenas puedo ver, pero sé que está ahí.

—¿Perdona?

—Solo digo que pensé que estabas acostumbrado a lidiar con problemas peores que este sobre el terreno. —Su tono es ligero, pero hay algo en sus palabras que me golpea.

—¿Tú no estás acostumbrada a caminar sobre el barro? Diría, por tu profesión que sí, pero no lo parece —espeto, volviendo a mirarla.

Ella se detiene, clavándome los ojos. Esos ojos grises que a veces me recuerdan más a un día tormentoso que a una persona.

—¿Por qué siempre tienes que ser así? —pregunta, cruzando los brazos.

—¿Así cómo?

—Hostil. Como si todo el mundo fuera tu enemigo. Como si yo fuera tu enemiga.

Sus palabras me toman por sorpresa. No porque no lo haya pensado antes, sino porque no esperaba que lo dijera en voz alta. Respiro hondo, intentando controlar el impulso de responderle de la misma manera.

—No eres mi enemiga, Plomo. Pero tampoco eres mi aliada. Eres... una variable que no puedo controlar.

—¿Eso crees? ¿Que no puedes controlarme? —Da un paso hacia mí, y por un momento, su voz baja hasta no ser más que un susurro—. No quiero que me controles, Benítez. Quiero que confíes en mí. Al menos un poco. No olvides que estamos juntos en esto, para bien o para mal.

Sus palabras me dejan sin respuesta. Porque, aunque no quiera admitirlo, tiene razón. No confío en ella. No porque crea que me va a traicionar, sino porque no sé si puedo permitirme confiar en nadie.

Antes de que pueda responder, un crujido que llega desde la espesura del bosque me alerta y la asusta, haciendo que su pie resbale en el barro.

Sin pensarlo, la sujeto por el brazo y tiro de ella hacia mí.

Su cuerpo choca contra el mío, y por un momento, todo lo demás desaparece: el sonido del agua, el frío que cala hasta los huesos, ese sonido que es una alerta gritando peligro, incluso la tensión constante entre nosotros.

Solo están sus ojos, abiertos de par en par, y la respiración entrecortada que me roza el cuello.

—¿Qué pasa? —pregunta en un susurro.

—No estamos solos —murmuro a su vez. Siento su cuerpo apretarse contra el mío, no tengo claro si por miedo o porque de verdad confía en mí.

Llevo la mano al arma, mis ojos observan las sombras, listo para lo que venga.

El crujido de ramas rotas se hace más fuerte.

Aprieto los dientes y me inclino un poco, lo justo para poder disparar con certeza y protegerla.

El aire se vuelve más pesado, como si algo, o alguien, nos estuviera esperando.

De las sombras emerge un animal, un ciervo que se detiene al vernos.

—¿Qué… qué sucede? —susurra.

—Date la vuelta, no hay peligro —digo.

Ella obedece y gira la cabeza con timidez, pero sigue soldada a mí.

—¿En serio? ¿Todo este drama por un ciervo? —susurra Valeria, dejando escapar un suspiro aliviado. El animal nos mira con curiosidad antes de alejarse con un salto elegante.

—Mejor un ciervo que otra cosa —respondo, bajando el arma.

La suelto antes de que la situación se alargue más de lo necesario. Ella da un paso atrás, reajustándose la mochila con una torpeza poco habitual. Miro hacia el río, buscando el próximo movimiento. El agua está más tranquila un poco más adelante, pero las rocas siguen siendo una apuesta arriesgada.

—Vamos. —Mi voz rompe el silencio, y ella asiente, siguiéndome sin discutir. Es un cambio, pero no me atrevo a pensar demasiado en ello.

El cruce es un desastre. Cada paso sobre las rocas húmedas es una prueba de equilibrio, y cuando por fin alcanzamos la otra orilla, ambos estamos empapados hasta las rodillas y cubiertos de barro. Valeria se deja caer en una roca cercana, sacudiendo el agua de sus botas con un suspiro audible.

—Esto es ridículo —dice, y aunque su tono es serio, hay algo en su expresión que me hace sonreír.

—Bienvenida a mi mundo.

—¿De verdad todos tus días son así? —pregunta, alzando una ceja mientras trata de limpiar su mochila.

—Es lo que hay, Plomo —afirmo encogiendo los hombros.

Ella me mira y suelta una risa breve, casi nerviosa. No puedo evitar que me contagie.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunto.

—Nada. Es solo que... nunca pensé que sobreviviría a algo así sin perder la cabeza.

—Todavía queda mucho camino. No te confíes.

El silencio regresa mientras seguimos avanzando, pero esta vez es menos incómodo.

Hay algo distinto en el aire, algo que no sé si me gusta.

Me detengo de repente al escuchar un ruido entre los árboles, levantando una mano para que Valeria haga lo mismo.

Miro hacia las sombras, buscando el origen del sonido.

—¿Qué pasa? —pregunta, su voz en un susurro.

—No estamos solos.

Mientras llevo la mano al arma, siento la mirada de Valeria clavada en mi espalda.

No sé qué es lo que nos espera de ahora en adelante, lo único que sé con certeza es que, pase lo que pase, ya no puedo darme el lujo de no confiar en ella.

El problema es que acabo de darme cuenta de que en quién no puedo confiar es en mí mismo.