Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 15 Un Respiro
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Capítulo 15 Un Respiro

Valeria

E l amanecer lo transforma todo. Lo que anoche era un paisaje intimidante y plagado de sombras se convierte, bajo la luz dorada de los primeros rayos de sol, en un cuadro casi idílico.

Las montañas, que parecían gigantes vigilantes en la oscuridad, ahora se bañan en tonos cálidos, y el río que serpentea entre las rocas refleja el cielo con destellos de naranja y rosa.

Es como si la naturaleza misma nos regalara un breve respiro, una tregua silenciosa antes de volver al caos.

Me detengo a observarlo, a llenarme de esa calma efímera. Es un contraste brutal con la tensión constante de los últimos días, un recordatorio de que, incluso en medio de la incertidumbre, hay belleza.

—¿Piensas quedarte ahí embobada todo el día? —La voz de Benítez me saca de mi ensoñación. Su tono tiene ese deje sarcástico que ya empiezo a reconocer como un intento fallido de bromear.

—Si me dejas disfrutar un minuto sin tus comentarios, puede que sí —respondo, mirando por encima del hombro. Trato de sonar despreocupada, aunque no puedo evitar sonreír apenas.

Él, por supuesto, no lo nota o no le importa.

Está demasiado ocupado recogiendo ramas secas para encender un fuego.

Su rifle descansa cerca, como una extensión más de su cuerpo.

Incluso aquí, en este rincón de paz, no baja la guardia.

Es curioso cómo hemos cambiado: yo, buscando cualquier rastro de normalidad, y él, atrapado en un estado perpetuo de alerta.

Me acerco al río y dejo que el agua helada refresque mis manos.

El contacto es revitalizante, una sacudida que me despierta del letargo del cansancio.

Miro mi reflejo en la superficie y apenas me reconozco.

Hace semanas, nunca habría imaginado estar aquí, al filo de lo desconocido, con un hombre como Benítez. Ahora... tampoco sé qué pensar.

—No te alejes mucho —ordena. Esta vez su voz está más cerca. Al girarme, lo veo de pie a pocos metros, observándome con esa mezcla de irritación y preocupación que parece ser su estado natural conmigo.

—¿Qué crees que voy a hacer, tirarme al río y escapar nadando? —respondo con un tono que intenta ser ligero, aunque la tensión de los últimos días todavía pesa en mi voz—. Además, no estoy lejos. Relájate, Benítez. Aquí no hay nadie más que tú y yo.

—Eso crees tú. —Se agacha para recoger más ramas, pero no aparta la mirada del entorno. Sus ojos recorren cada rincón, como si esperara que algo o alguien saltara de las sombras en cualquier momento. Es agotador solo verlo.

—¿Siempre tienes que arruinar el momento? —digo, cruzándome de brazos.

—Eso depende. ¿Siempre tienes que ponerte en peligro? —replica, con una sonrisa apenas perceptible que suaviza el impacto de sus palabras.

Lo observo un instante, buscando alguna respuesta ingeniosa, pero antes de que pueda decir nada, él ya está quitándose las botas y remangándose los pantalones.

—¿Qué haces? —pregunto, confundida.

—Consiguiendo algo mejor que esa lata para desayunar.

—Señala el río con la barbilla y deja las botas a un lado.

Antes de entrar, se remanga los pantalones y se quita la camiseta con un movimiento deliberado, dejándola caer sobre una roca cercana.

Las gotas de agua del río, que salpican su piel mientras camina, parecen brillar bajo la luz del amanecer.

Su espalda, marcada por cicatrices que cuentan historias que nunca compartirá, me atrapa por un instante.

Es como si su cuerpo fuera un mapa de los lugares a los que ha sobrevivido.

Desvío la mirada antes de que se dé cuenta, como si eso pudiera ocultar esta curiosidad que siento por él y que cada día crece un poco más.

No puedo evitar mirarlo. Es imposible no hacerlo. Su cuerpo es tan fuerte como su actitud: músculos definidos, cicatrices que cuentan historias y una confianza que parece innata. Desvío la mirada con rapidez, intentando parecer indiferente.

—¿De verdad es necesario presumir de figura? Porque calor, lo que se dice calor, no hace. —Cruzo los brazos, tratando de no sonar impresionada.

Benítez me lanza una mirada de reojo mientras entra al agua.

—No estoy presumiendo, Plomo. Esto es trabajo. Pero si te distraigo, lo siento. —Su tono tiene un toque divertido que no esperaba y acompaña el gesto encogiendo los hombros.

Resoplo, contengo las ganas de sacarle la lengua como si fuera una colegiala, y me siento en una roca cercana, fingiendo desinterés.

Sin embargo, lo observo de reojo mientras se adentra en el río.

Su habilidad para moverse con precisión incluso en un entorno así es impresionante.

El agua apenas llega a sus rodillas, pero se mueve con cautela, como un depredador acechando a su presa.

No puedo evitar pensar qué clase de depredador sería si la presa fuera yo. ..

—¿Siempre haces todo con tanta seriedad? —pregunto después de un rato.

—Solo cuando hay comida de por medio. —La sonrisa en su voz es evidente, aunque no me mira.

Unos minutos después, con un movimiento rápido, lanza su cuchillo al agua y lo saca con un pez agitándose al extremo de la hoja. Lo levanta triunfante y me lanza una mirada que casi parece un desafío.

—¿Ves? Trabajo en equipo. Tú miras, yo pesco.

—Muy gracioso. —Aplaudo con extremada lentitud, exagerando mi gesto—. Ahora solo falta que lo cocines, chef.

Benítez regresa a la orilla, dejando el pez sobre una roca.

Con calma, toma la camiseta y la pasa por su torso, moviéndose como si no tuviera prisa alguna.

Las gotas que quedan en su piel se mezclan con la tela, dejando manchas oscuras mientras me observa de reojo.

Es un gesto sencillo, pero hay algo en la manera en que lo hace que consigue acentuar su presencia, como si supiera exactamente el efecto que tiene.

—Espero que tengas mejor actitud cuando lo pruebes. —Se dirige al campamento con el pez en una mano y su cuchillo en la otra, como si esto fuera lo más normal del mundo.

No puedo evitar reír para mis adentros mientras lo sigo. Su manera de ser, por momentos tan exasperante, tiene un extraño encanto que empieza a resultarme difícil de ignorar.

De regreso en el campamento, él prepara el fuego mientras yo observo, intentando no estorbar. El aroma del pescado asado pronto llena el aire, y mi estómago ruge en respuesta.

—No es mucho, pero servirá. Además, seguro que es mejor que esa porquería de lata que no dejamos de comer. —Me tiende una porción, y esta vez no hago ningún comentario sarcástico. Estoy demasiado hambrienta para ello.

Nos sentamos en silencio, dejando que el sonido del río llene los espacios entre nosotros. Es un silencio diferente, menos pesado, casi... cómodo. Por un momento, puedo imaginar que esto es normal, que somos dos personas cualquiera compartiendo una comida en mitad de la nada.

—¿Por qué sigues haciéndolo? —pregunto de repente. No lo planeé; las palabras simplemente salen de mi boca.

Benítez me mira con una ceja levantada.

—¿Haciendo qué?

—Esto. Todo esto. Ayudarme, arriesgarte. No tienes por qué hacerlo. ¿Lo sabes, verdad?

Se queda en silencio, y por un segundo, pienso que no va a responder. Pero entonces deja su comida a un lado y me mira directamente, con una intensidad que casi me obliga a desviar la mirada.

—No es por ti, Plomo. Es por él. Rodrigo. Se lo debo.

El peso de su respuesta me deja sin palabras. Bajo la mirada a mis manos, jugueteando con mi porción mientras digiero lo que acaba de decir.

—¿Sabes? No pude conocerlo mucho, es cierto, pero algo me dice que él habría hecho lo mismo por ti —afirmo, con voz baja—. Me da la sensación de que sois iguales.

Benítez suelta una risa breve y amarga.

—Para nada. Él era mejor que yo. Siempre lo fue. —Sus palabras tienen un filo que no había escuchado antes, un matiz de autodesprecio que me resulta difícil de ignorar.

—No creo que seáis tan diferentes. —Lo digo en voz baja, pero con convicción. Y aunque no lo mire, siento que mis palabras lo han alcanzado.

—Créelo, Plomo, yo soy mucho peor que él. Rodrigo creía en las personas, en que valía la pena arriesgarse por algo más grande que uno mismo. Yo... no.

—¿Entonces en qué crees? —insisto, intrigada.

—En sobrevivir. Nada más.

Sus palabras son un golpe seco y, por un momento, el peso de su visión del mundo me resulta asfixiante. Me concentro en el fuego, dejando que el calor de las llamas alivie algo de esa tensión invisible que parece rodearnos siempre.

El fuego chisporrotea, llenando el aire con su calor y el aroma a madera quemada. Benítez observa el horizonte, su rifle descansando junto a él, mientras yo reviso el equipo, asegurándome de que todo esté listo para seguir adelante. El amanecer ya se ha asentado, y con él, la urgencia de movernos.

—No podemos quedarnos aquí mucho más —dice, rompiendo el silencio.

—Lo sé —respondo sin mirarlo.

Revisamos las pocas provisiones que nos quedan, recogemos el equipo y apagamos el fuego con rapidez. El río sigue su curso imperturbable mientras comenzamos a caminar de nuevo, dejando atrás el breve respiro que el amanecer nos había ofrecido.

El día avanza, y aunque el calor del sol reemplaza el frío de la mañana, la sensación de urgencia sigue presente. Me siento junto al fuego, observando a Benítez mientras repasa un mapa arrugado, sus ojos fijos en las líneas como si estuviera memorizando cada detalle.

—Tenemos que movernos hacia el este —dice, trazando con el dedo una ruta sobre el papel—. Este sendero nos mantendrá cerca del río, pero también lo bastante alejados de cualquier patrulla.

Me inclino para mirar el mapa, intentando seguir su lógica.

—¿Y si en lugar de eso tomamos este desvío? —Señalo otra ruta más directa en el mapa. Benítez frunce el ceño y me dedica una de esas miradas que parecen atravesarte.

—Es más arriesgado. Menos cobertura, más probabilidades de que nos vean. —Parece que ya ha decidido.

—O menos predecible. Si alguien nos sigue, no pensará que tomaríamos el camino más obvio. —Me cruzo de brazos, manteniéndole la mirada. Por un instante, su rostro es ilegible. Entonces asiente con un gesto breve.

—De acuerdo. Pero si algo sale mal, no te quejes después. —Nunca me quejo —respondo con una sonrisa que lo hace resoplar.

Sonrío, satisfecha por haber tenido al menos un pequeño voto de confianza. Mientras apagamos el fuego y recogemos nuestras cosas, siento que el caos de los últimos días se hace un poco más llevadero. Con un plan en mente, todo parece menos desesperado.

El río sigue su curso, indiferente a nosotros. Mientras nos adentramos en el sendero, cada paso nos aleja del respiro fugaz del amanecer y nos lleva más cerca de lo desconocido. No sé qué nos espera al final, pero la certeza de que no estoy sola hace que todo sea un poco más soportable.