Capítulo 14 Ecos en la penumbra
Valeria
S eguimos avanzando, el sonido del motor empieza a cansarme, aunque este vehículo hace mucho menos ruido, y se tambalea menos que el otro, todavía siento el crujir de las ruedas sobre la grava.
Sigo temblando, la noche es oscura como boca de lobo y el horizonte parece dispuesto a devorar cualquier destello que se atreva a brillar. El aire dentro del vehículo es pesado, cargado de adrenalina y de todas las preguntas que no me atrevo a hacer.
Entre ellas qué sucedió con esos hombres. Lo imagino, no soy tan inocente, pero ¿cómo? ¿Averiguó algo que no me ha contado? ¿Eran los mismos que nos han perseguido desde la cueva o tenemos más frentes abiertos? ¿Volverá a cambiarse de camiseta? Vale, ese pensamiento se ha colado sin permiso.
Él no ha dicho nada, tan solo puedo escuchar su respiración tranquila y darme cuenta de que su mirada no se ha despegado ni una sola vez del camino frente a nosotros, quizás su mente está en otro lugar.
Lo cierto es que en este breve tiempo que en realidad llevamos juntos me ha dado tiempo suficiente para conocerlo lo bastante como para notar que no está relajado, aunque lo finja; su postura es demasiado tensa, aprieta el volante con fuerza y su pecho sube y baja de manera forzada, como si hiciera un esfuerzo por controlarlo.
Está haciendo lo imposible por calmarse, pero algo le preocupa. A mí también. En realidad, tantas cosas que me acojona pensar en ellas.
—Deberíamos parar —digo, rompiendo el silencio que nos envuelve como un manto opresivo.
Benítez no responde de inmediato. Solo levanta la vista hacia el retrovisor antes de hablar.
—No aquí. No ahora.
La firmeza de su tono me molesta, pero decido no insistir. No por miedo, sino porque, pese a todo, confío en su instinto. Si dice que no es seguro, es porque sabe algo que yo no.
El cuaderno. Ese maldito cuaderno que guarda en el bolsillo de su chaqueta y que se niega a compartir conmigo.
Lo vi hojearlo a toda prisa antes de que saliéramos y desde entonces no puedo dejar de pensar en lo que contiene.
Esos códigos, esos símbolos… Rodrigo. Todo parece estar conectado, pero no tengo las piezas suficientes para armar el rompecabezas.
—¿Vamos a hablar de ello? —pregunto, fijando la vista en él.
—¿De qué?
—Del cuaderno. Del símbolo. De por qué estamos aquí, huyendo como si tuviéramos una diana pintada en la frente.
Benítez frunce el ceño, pero no aparta los ojos del camino.
—Es que la tenemos, todavía no te ha quedado claro, pensé que después del segundo tiroteo era algo que no tenía que decir —suelta en su habitual tono que ha regresado para quedarse, al parecer—. Lo único que importa ahora es que sigamos vivos.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque no es el momento de responderla.
Resoplo, frustrada, y cruzo los brazos.
El vehículo se tambalea y siento cada golpe como un recordatorio de que mi cuerpo no está hecho para esto.
Tengo el culo reventado y no de la manera en la que me gustaría.
Por el contrario, Benítez no parece afectado; sus manos firmes en el volante y esa expresión de concentración eterna me hacen preguntarme si alguna vez se permite bajar la guardia.
En realidad, conozco la respuesta, he sido testigo de que no tiene, precisamente, sueños agradables.
El aire está impregnado del olor de la arena caliente y el motor, mezclado con un nuevo aroma y esa tensión invisible que nos sigue desde…
desde que nos vimos por primera vez. El cielo, cada vez más oscuro, empieza a llenarse de estrellas, y por un momento me distraigo mirando su inmensidad.
Es un contraste extraño: la belleza del universo arriba y la amenaza constante aquí abajo.
—¿Dónde estamos? —interrogo.
—En mitad de la nada.
—¿Y cuánto falta para salir de esta nada? —insisto.
No me mira, pero sé que me ha oído. Tarda unos segundos en responder, como si estuviera evaluando cuánto compartir.
—Depende de cómo nos encontremos el camino —murmura.
Justo en ese momento, el jeep se detiene de golpe, lanzándome hacia adelante. Me sujeto al salpicadero, sorprendida.
—¿Qué demonios...? —empiezo, pero me callo al ver lo que nos ha hecho frenar en seco.
—El fin de la nada —anuncia.
Una enorme roca bloquea el camino, su superficie rugosa es iluminada por los faros del jeep, cortando nuestro paso como una barrera infranqueable.
—¿Y ahora qué? —pregunto, aunque ya me imagino la respuesta.
Benítez suspira, apagando el motor. Sale del jeep sin decir nada y se acerca a la roca, inspeccionándola con cuidado. Yo lo sigo, sintiendo la arena bajo mis botas y el viento frío que empieza a levantarse.
—No vamos a mover esto —afirma, cruzando los brazos.
—Entonces tendremos que rodearla. ¿Podemos hacerlo en el jeep?
Él niega con la cabeza, señalando el terreno a nuestro alrededor. Las rocas son demasiado grandes, y el espacio demasiado estrecho para maniobrar.
—Seguiremos a pie.
—¿A pie? —repito incrédula—. ¿Y el jeep?
—Se queda aquí. No podemos perder tiempo buscando otra ruta.
Quiero protestar, pero algo en su tono me detiene. No hay lugar para la discusión. Regresamos al coche para recoger lo esencial: agua, comida, las armas. Cada movimiento suyo es metódico, mientras que yo me siento torpe, como si nunca hubiera empacado una mochila en mi vida.
—¿Cuánto tenemos que caminar? —pregunto mientras ajusto las correas de la mochila.
—Unas horas, con suerte.
Su respuesta no es muy alentadora, pero no tengo más opción que seguirlo. Deja el vehículo bajo una formación rocosa que lo oculta en parte como si quisiera protegerlo de miradas indiscretas. Luego, comenzamos a caminar.
El ascenso por la montaña de noche es un lugar diferente.
El frío penetra por cada una de las costuras de mi ropa y el silencio es casi absoluto, roto por el crujido de nuestras pisadas y por los sonidos que emiten lo que sea que vive aquí.
Las estrellas iluminan el camino, pero la oscuridad entre nosotros y el horizonte es densa, como un velo que parece absorberlo todo: el sonido de nuestras pisadas, el frío que se filtra por mi ropa, incluso mi respiración.
Es como si este lugar tuviera su propio ritmo, uno lento y pesado que intenta arrastrarme con él.
Me pregunto si Rodrigo habría sentido lo mismo, si en algún momento habría pensado en detenerse o retroceder.
Pero él nunca lo hacía, nunca se rendía.
Miro a Benítez. Su silueta recortada contra la noche es como un recordatorio inmutable de que no estamos solos en esto, aunque a veces parezca que carga con todo el peso del mundo él solo.
—Esto es... inquietante —murmuro, más para mí misma que para él.
—Es la montaña. Siempre lo es.
Su respuesta es tan simple y directa que no puedo evitar sonreír. A pesar de todo, su presencia es, de manera extraña, tranquilizadora. No sé si es porque parece saber siempre qué hacer, o porque no parece temer nada. Tal vez ambas cosas.
Un crujido a lo lejos interrumpe el silencio, haciéndome detener en seco. Giro la cabeza, tratando de identificar el origen del sonido, pero todo lo que veo es la negrura interminable entre los árboles.
—¿Lo has oído? —susurro, mi voz más baja de lo que esperaba.
Benítez asiente, levantando la mano para indicarme que no me mueva. Permanece inmóvil durante unos segundos, los ojos fijos en la dirección de donde vino el sonido, pero sacude la cabeza y continúa caminando.
—¿Qué era? —susurro, mi corazón todavía golpeando contra mi pecho.
—Nada que nos vaya a atacar ahora —responde, aunque su tono no me tranquiliza.
—¿Siempre has sido así? —pregunto después de un rato.
Él me lanza una mirada de reojo, como si no entendiera a qué me refiero.
—¿Así cómo?
—Frío. Calculador. Como si nada te afectara.
Por un momento, creo que no va a contestar, pero lo hace.
—Aprendes a serlo cuando lo necesitas.
—¿Y cuándo no lo necesitas?
Su silencio es bastante respuesta. Decido no insistir, aunque su evasiva solo alimenta mi curiosidad.
Caminamos en silencio por lo que parecen horas. Cada tanto, Benítez se detiene, levantando una mano para indicarme que me quede quieta. Escucha, observa, y luego sigue adelante.
Por fin, llegamos a un terreno más elevado. Desde aquí, puedo ver cómo el bosque en la montaña se extiende en todas direcciones, una manta interminable de sombras y árboles. Atrás el desierto todavía visible. No diré que lo extraño.
Benítez se detiene, evaluando el paisaje.
—Acamparemos aquí —anuncia.
—¿Aquí? ¿No deberíamos buscar algo más... protegido?
—Es lo mejor que tenemos. Además, desde aquí podemos ver si se acerca alguien.
—O un oso, un lobo, un… —empiezo a enumerar.
—Plomo, ¿vas a enumerar toda la fauna que conoces? —masculla—. Acamparemos aquí —repite.
Sé que, de alguna forma que no logro entender, tiene sentido, aunque la idea de dormir en un lugar tan expuesto no me entusiasma.
Comenzamos a preparar el campamento. Él arma una pequeña fogata mientras yo extiendo las mantas sobre el suelo.
El frío se hace más intenso, y me envuelvo en mi chaqueta, acercándome al fuego para calentarme.
—¿Tú no duermes nunca? —pregunto mientras lo observo ajustar el rifle junto a él.
—Alguien tiene que vigilar.
—Podemos turnarnos.
Él me mira como si acabara de decir algo ridículo.
—Duérmete, Plomo. Mañana será un día largo.
—¿Y cuándo no lo es? —mascullo dedicándole una mirada que me gustaría que tuviese el poder de derretirlo, unos rayos láser o algo así.
El fuego cruje, o eso me digo, pero por si acaso me acerco a él un poco más, envolviéndome en la manta para evitar que el frío siga colándose por mis huesos, también intento mantener lejos los susurros, los ecos y esa maldita sensación de que algo nos observa desde las sombras.
—Duerme —ordena de nuevo.
—Ojalá fuera tan sencillo —susurro, no dice nada, aunque gira un poco la cabeza en mi dirección—. Benítez…
Él no responde, sigue limpiando o montando el rifle del que nunca se separa. Saco mi móvil y, sin pensarlo demasiado, desbloqueo la pantalla. Las imágenes, los mapas, los documentos… todo sigue ahí, tan confuso y frustrante como la primera vez que los vi. Se los tiendo.
—Míralos otra vez. Quizá encuentres algo que yo no pueda ver.
Toma el móvil con una mano, sus dedos rozan los míos y un escalofrío me recorre la columna vertebral, lo ignoro y me centro en cómo examina la pantalla con esa concentración que parece definirlo. Me inclino hacia él, señalando una de las fotos a la que no le quita la vista de encima.
—Esta es la estrella, ¿verdad? La del cuaderno. —Mi voz es casi un susurro, como si temiera romper el hechizo de la noche.
Benítez asiente despacio y tras un pesado suspiro, saca el cuaderno de su chaqueta. Lo abre por la página del símbolo, colocándolo junto al móvil para comparar las imágenes.
—Es la misma. —Su tono es seco, pero hay algo en su mirada, algo que no dice.
—¿Qué significa? —insisto, buscando en su expresión alguna pista.
—Es una marca. Un recordatorio de algo que nunca debió salir a la luz. —Sus palabras son un eco de algo más profundo, más oscuro.
—Rodrigo… él lo descubrió, ¿verdad? —pregunto, incapaz de evitar que mi voz tiemble un poco.
Benítez cierra el cuaderno con un chasquido, como si la conversación le resultara incómoda.
—Sí.
—Y por eso lo mataron —afirmo.
El peso de esas palabras lo dejan sin aliento por un momento, a mí también. Trago saliva y giro la cabeza hacia las llamas, como si en ellas pudiera encontrar alguna respuesta.
—¿Había alguien en su vida? —pregunto de repente, rompiendo este silencio que se ha vuelto insoportablemente fuerte.
—¿Te refieres a una mujer? —. Benítez frunce el ceño, como si tan solo la idea le resultara extraña.
Asiento—. No lo sé. Rodrigo no era de los que compartieran cosas así.
Pero… —hace una pausa, mirando las estrellas por un instante antes de volver a mí—.
¿Quién querría estar con un hombre condenado a muerte?
La dureza en sus palabras me golpea. Quiero decir algo, contradecirlo, pero no puedo porque, en el fondo, sé que no es más que la verdad.
—Tú no eres como él —murmuro, casi para mí misma.
Benítez suelta una risa breve, sin humor, mientras deja el cuaderno junto al rifle. —No, Plomo. Soy peor. No te imaginas cuánto.
El silencio se instala entre nosotros de nuevo, cómodo. Me recuesto un poco, sin darme cuenta de lo cerca que estoy de él hasta que mi hombro roza el suyo. Él no se aparta. Y yo tampoco.
—Intenta descansar, tienes que estar cansada —dice después de un rato, su voz suena más suave de lo habitual.
—Un poco. —No lo niego. Sigo inquieta, pero hay algo en su cercanía, en el calor que irradia su cuerpo que me hace sentir segura.
El sueño empieza a vencerme y antes de darme cuenta mi cabeza se apoya en su hombro.
No sé por qué lo hago, creo que el cansancio, el frío y su cercanía se han aliado para empujarme hacia él.
Apoyo la cabeza en su hombro, esperando que se aparte, que me rechace, pero no lo hace y es…
es como si el mundo entero se detuviera por un momento.
Inmóvil. Tan solo el rítmico sonido de su respiración.
El viento sopla suave, levantando pequeñas chispas del fuego que bailan hacia el cielo estrellado. El frío sigue ahí, aunque pierde intensidad, como si la presencia de su cuerpo lo ahuyentara.
—Andrés —susurro.
—¿Sí?
—Gracias… —no dice nada—, por recordarme que no estoy sola en esto.
—Duerme, Plomo, mañana será un día largo…
Hay algo en su tono, una mezcla de determinación y seguridad, que me tranquiliza. Me aferro a esa certeza momentánea para espantar todas esas imágenes que se empeñan en bombardear mi tranquilidad.
Justo antes de rendirme al sueño, las últimas palabras de Benítez resuenan en mi mente: «Mañana será un día largo». Y no puedo evitar preguntarme si estaremos listos para enfrentarlo.