Capítulo 13 El Peso de la Noche
Benítez
L a oscuridad envuelve las rocas como un manto pesado y el aire, seco y polvoriento, parece vibrar con cada paso que doy.
He dejado a Valeria atrás, escondida en un saliente.
Sus ojos, grandes como los de un animalillo asustado, no dejaron de seguirme mientras me alejaba.
Esa mirada me pesa más que el rifle que llevo en las manos.
«Pase lo que pase, no salgas». Le he dicho eso como si fuera una orden sencilla. Sé que no lo es. El miedo la traicionará, intentará moverse, querrá gritar. Pero si me hace caso, tendrá una oportunidad.
El eco de sus palabras todavía retumba en mi cabeza: «¿Qué vas a hacer?».
«Lo que sea necesario», he contestado la verdad. Sin adornos.
A medida que me acerco, el sonido del motor en ralentí se hace más claro. También los murmullos. Me deslizo entre las rocas, tomando el rifle con ambas manos. El aire nocturno me enfría la piel, pero estoy acostumbrado. A esto, a la espera, al ruido sordo de mi corazón bombeando.
Desde aquí, puedo verlos. Tres hombres, dos en el suelo cerca del jeep y uno revisando la parte trasera del vehículo.
Están hablando en afgano. Reconozco el acento del este, cerca de Jalalabad.
Uno de ellos lleva un Kalashnikov, el otro una pistola.
El tercero, desarmado, revisa algo en un papel que tiene en las manos.
—¿Está aquí? —pregunta uno, su voz áspera.
El que sostiene el papel niega con la cabeza, murmurando algo que no logro captar. Aprieto los dientes. No puedo dejarlos moverse más.
Avanzo en silencio, apoyándome contra las rocas, con el dedo rozando el gatillo. Calculo la distancia. Un disparo bien dirigido sería suficiente para derribar al primero. Pero antes de actuar, escucho algo que congela mi sangre:
—La caja no puede caer en manos de nadie más —dice el hombre con la pistola.
«La caja».
Maldición.
Tomo aire, apuntando con cuidado, y disparo. El hombre armado con el Kalashnikov cae al suelo antes de que pueda girarse. Los otros dos reaccionan con rapidez. El que sostiene la pistola dispara hacia mi dirección, pero ya me he movido, usando una roca como cobertura.
—¡¿Te tsook?! [1] —grita en afgano.
—¡Marg! [2] —grito a su vez. Quiero que le quede claro que soy la muerte y estoy de caza.
Me muevo entre las sombras, buscando una posición más alta. Otro disparo rebota en la roca a pocos centímetros de mi cabeza.
—No estás aquí por azar, ¿verdad? —su voz suena tensa, aunque también desafiante.
Me detengo, controlando mi respiración y respondo en afgano:
—No me interesa tu misión. Solo quiero respuestas.
El hombre se queda en silencio por un momento, como si estuviera evaluando mis palabras. Luego, ríe con una frialdad que me pone los pelos de punta.
—Entonces estás perdido, amigo. Lo que buscas te matará.
Aprovecho su distracción y disparo de nuevo. Su pistola cae al suelo y él retrocede sujetándose el brazo. El otro hombre, que hasta ahora se había mantenido fuera de mi vista, se lanza hacia el jeep. Le apunto, pero mi disparo falla y él desaparece detrás del vehículo.
Avanzo con cuidado, con el rifle preparado, pero el silencio me pone en guardia. Mis botas crujen contra la grava, y el eco de mis pasos parece multiplicarse.
—¿Quién eres? —pregunto en afgano, mi voz resonando entre las rocas.
El hombre herido se ríe de nuevo, aunque su respiración es entrecortada.
—Eres un perro viejo, eso es evidente. Pero no tienes idea de lo que estás haciendo, ¿verdad? —dice, con una mezcla de burla y desprecio.
—Tal vez no. Pero tengo el arma, y tú ya estás sangrando. Así que tómate tu tiempo para averiguar quién tiene ventaja.
Un sonido que llega desde atrás me hace girar, pero es demasiado tarde para reaccionar. El hombre que había desaparecido detrás del jeep se abalanza sobre mí, empujándome al suelo. Mi rifle se desliza fuera de mi alcance.
Rodamos por la grava, su cuchillo roza mi costado mientras intento desarmarlo. Él es más fuerte, pero yo soy más rápido. Con un movimiento brusco, giro sobre él, golpeándolo con el codo en la cara. Su nariz cruje y el cuchillo cae de su mano.
Lo golpeo de nuevo, esta vez en la sien, y su cuerpo se desploma. Me levanto de un salto, recuperando mi rifle justo a tiempo para apuntar al hombre herido, que intenta alcanzar la pistola en el suelo.
—Ni lo intentes —digo, esta vez en inglés.
El hombre levanta las manos, con una sonrisa torcida en su rostro.
—La caja no es tuya —dice, sus palabras un susurro venenoso—. No entenderás lo que contiene.
—Quizá no. Pero alguien quería que la encontráramos. Así que, ¿quién eres tú para decir lo contrario?
El hombre me observa en silencio, su mirada cargada de algo que no logro descifrar. Luego, sin previo aviso, mueve la mano hacia su cintura. Disparo antes de que pueda sacar lo que sea que lleva. Su cuerpo cae hacia un lado, inmóvil.
El silencio regresa, pesado y denso. Mis oídos zumban, y el olor a pólvora llena el aire.
Recojo la pistola del suelo y reviso los cuerpos con todos mis sentidos en alerta.
Mis manos se mueven tan rápido como mi mente que no para de recordarme que si fallo la dejo sola.
De recordarme que todo esto es una puta cuenta atrás abocada a terminar en un desastre que no puedo permitirme.
No solo por ella, se lo debo a Rodrigo. Encuentro un pequeño cuaderno en el bolsillo del hombre que sostenía el papel.
Las páginas están llenas de anotaciones en un idioma que no reconozco, pero una palabra destaca: F-14.
Al lado, hay un símbolo: es una estrella de cinco puntas encerrada en un círculo, con líneas irregulares que cruzan desde el centro hacia los vértices, como si formaran una red.
El trazo tiene algo de caótico, pero deliberado, como si quisiera transmitir algo más que una simple imagen.
La observo por un instante, grabándola en mi mente.
Hay algo inquietante en ella, algo que parece mirar hacia mí en lugar de al revés.
Guardo el cuaderno en mi chaqueta y me dirijo al jeep de los hombres. El motor todavía está caliente, y el tanque de gasolina está lleno. Una ventaja, al menos.
—Si para colmo llevan algo de agua y comida, nos ha tocado la lotería —murmuro rebuscando en las bolsas que llevan en el maletero.
—¡Bingo! —grito, no solo hay agua, también comida, algunas mudas limpias y armas y munición—.
Así que tenían prevista que la caza durase un par de días —sigo hablando conmigo mismo.
Sonrío cuando encuentro una vieja lata que contiene lo que parecen medicinas, vendas, unas pequeñas tijeras.
Sé que a Valeria la caja es lo que más le va a gustar de todo.
Miro hacia el lugar donde la dejé. La imagino esperando, estoy seguro de que está enfadada, asustada o ambas cosas. No puedo culparla.
Arranco el motor y conduzco hacia ella. Es extraño, es la primera vez que tengo que volver a un lugar, a una persona…
Cuando llego, la encuentro acurrucada detrás de las rocas, con el rostro enterrado entre las manos. Al escuchar el motor levanta la cabeza y sus ojos se llenan de lágrimas al verme.
—¡Idiota! —grita, levantándose de un salto y corriendo hacia mí—. ¡Pensé que estabas muerto!
Bajo del jeep, y antes de que pueda decir algo, ella me golpea en el pecho con los puños.
—¡Me dejaste sola! ¡No tenías derecho a hacerlo!
—Valeria... —intento calmarla, pero su furia no me deja.
—¡No vuelvas a hacerlo! ¿Me oyes? ¡Nunca!
No hago nada, dejo que su rabia se agote, y cuando sus golpes pierden fuerza, la sujeto por los hombros.
—Estoy aquí, Plomo. Estoy aquí.
Ella me mira, con los ojos llenos de lágrimas, y por un momento, parece que va a decir algo. Pero en lugar de eso, me abraza. Me abraza con mucha fuerza, como si temiera que desapareciera, o que fuera una ilusión. Es… extraño y de alguna forma reconfortante.
No tengo claro qué decir, ni qué hacer, así que tan solo le devuelvo el abrazo. La sensación de su cuerpo temblando contra el mío me golpea de una forma que no esperaba.
Después de unos segundos, se aparta, limpiándose las lágrimas con la manga.
—¿Ganaste? —pregunta, con una mezcla de sarcasmo y preocupación.
—Creía que con verme lo tendrías claro —murmuro. Su mirada podría agujerearme el pecho con la fuerza de una bala de cañón—. Siempre gano, Plomo —respondo, intentando aliviar la tensión.
Ella me lanza una mirada incrédula, pero no dice nada más. Sus ojos están fijos en el nuevo todoterreno.
—¿Y esto?
—Un regalo inesperado —digo con una gran sonrisa—. Y hay más, ¿preparada?
—¿Preparada? ¿Podría estarlo contigo? —escupe.
—Supongo que no —afirmo con una sonrisa tan real que me resulta extraña. Hacía tanto que no lo hacía…
Abro el maletero y le muestro todo lo que he encontrado.
—¿Es real? —susurra tocando la comida, la ropa, el agua…
—¿Tienes hambre? —pregunto.
Gira la cabeza para encararme y supongo que por su expresión no esperaba verme sin camiseta. Pero la tentación de llevar una limpia ha sido tan tentadora que no he pensado en que le resultara incómodo verme sin ella.
—Estoy hambrienta —susurra con el aliento entrecortado.
Nos quedamos unos segundos sin hablar, ella no me quita la vista de encima. Se acerca y de pronto sus dedos, largos y suaves, se posan sobre la cicatriz más grande que tengo y joder, la recorren muy despacio.
¡Joder! ¿Está loca? ¿O el que estoy loco soy yo? Es la hermana de Rodrigo. «Y una mujer preciosa y valiente», susurra otra voz en mi cabeza, muy bajito, pero ahí está.
—El bazo —trato de decir de manera convincente, pero tengo la voz ronca, toda la fuerza la tengo ahora mismo acumulada entre las piernas.
—¿Y esta? —pregunta señalando otra que tengo en el costado.
—Un descuido —respondo.
—¿Y esta otra? —continúa con la tortura.
—Clasificado —susurro. Cojones, ¿acaso esa mujer no ve el esfuerzo de contención que estoy haciendo ahora mismo?
—¿Y…?
—Valeria —la corto tomándola de la mano. No sé si le ha sorprendido más mi tono o que la llame por su nombre—. Si vuelves a tocarme, no respondo. Advertida quedas.
Sus ojos se hacen más grandes, sus pupilas se dilatan, puedo ver el deseo en sus ojos, no es más que un reflejo del mío propio, pero no es el momento, ni el lugar, puede que ni la persona indicada…
—Lo siento —susurra tras un rato. No sé qué cosas han pasado por su mente, pero al final ha ganado la cordura.
—Mira dentro de la lata —indico para cambiar de tema.
—¡Joder! ¿Son vendas? —afirmo—. Vale, vamos a ver esa herida.
Me siento en la parte trasera, sigo sin camiseta, sin embargo, ella no parece mirarme, no como hace un momento.
Limpia la herida con agua, y luego pone alcohol.
Cuando cree que la ha dejado decente, toma la venda y la pasa alrededor de mi brazo.
Una vez, otra vez, y otra más… sentir sus dedos sobre mi piel es una tortura que nunca antes había sentido.
Creo que la peor por la que he pasado, pero aprieto los dientes y me jodo.
—Listo, ya puedes ponerte la camiseta —ordena.
Comemos algo de la comida que hay en la bolsa, bebemos agua y ella se va tras las rocas para cambiar su camiseta. Miro de reojo, como un vulgar mirón, y veo de refilón la piel clara de su espalda.
Cuando está lista, subimos al jeep y mientras conduzco tratando de pensar solo en la carretera y no en ella, siento su mirada fija en mí.
—¿Qué pasa? —pregunto cuando me resulta insoportable.
—Nada. Solo... gracias por volver.
No respondo. Porque, aunque lo he conseguido esta vez, una parte de mí sabe que es algo que no siempre puedo prometer.
El jeep avanza por la noche, dejando atrás los cuerpos y las preguntas sin respuesta.
Pero en el bolsillo de mi chaqueta, el cuaderno parece arder como una advertencia silenciosa.
La caja, la misión, todo esto es mucho más grande de lo que imaginaba.
Y Valeria está en el centro de ello, me guste o no.