Capítulo 12 Conexiones y Sombras
Valeria
E l jeep se detiene con un leve chirrido en un punto elevado del camino, desde donde se extiende un mar de dunas ondulantes.
El cielo, todavía oscuro cuando reanudamos la marcha, comienza a teñirse de un delicado matiz anaranjado en el horizonte, como si el sol estuviera anunciando su llegada al desierto.
La luz incipiente ilumina las sombras de las dunas, que parecen moverse como olas petrificadas.
Benítez apaga el motor y me lanza una mirada cargada de advertencia antes de salir del vehículo. Sus movimientos son metódicos, calculados, como si cada acción tuviera un propósito definido.
—¿Por qué paramos? —pregunto, ajustándome las mangas de la camisa para protegerme del aire fresco que acompaña al amanecer.
—El motor necesita descansar. Igual que nosotros —responde, su tono es cortante, como siempre y, a la vez, diferente.
Salgo tras él, dejando que el viento, ahora más suave, me golpee el rostro.
A pesar del agotamiento, no puedo evitar quedarme quieta un momento, observando cómo el sol empieza a asomarse tras las dunas, tiñendo el cielo de tonos dorados, naranjas y rosas.
La transición del frío de la noche al calor del día es casi imperceptible, pero la belleza de este instante es innegable.
Me quedo mirando al horizonte, embobada y, de repente, siento que me elevo. Me deja sobre el capó sin decir nada, yo tampoco puedo articular palabras, tan solo miro de reojo su figura recortada contra el horizonte sin atreverme a respirar.
Se apoya contra el capó, tan cerca de mí que nos rozamos. Observa el horizonte con la mirada perdida en el espectáculo que sucede frente a nosotros.
—No está mal, ¿verdad? —comento, mi voz apenas un murmullo, casi como si no quisiera romper la magia del momento.
—¿El qué? ¿El motor que se recalienta o el hecho de que nos estén persiguiendo? —responde con su sarcasmo habitual, pero cuando sus ojos se cruzan con los míos, puedo ver una chispa de algo distinto.
—El amanecer, Benítez. Me refiero al amanecer —replico, reprimiendo una sonrisa mientras desvío la mirada hacia el horizonte.
—Ah. —Se queda en silencio por un momento, y luego añade, con un tono más bajo—. Supongo que he visto cosas peores.
Es lo más cercano a un cumplido que puedo sacar de él, pero por ahora es suficiente.
Por un instante, el silencio del desierto parece envolvernos por completo. El viento sopla con suavidad, levantando pequeñas partículas de arena que se arremolinan alrededor de mis botas. A pesar de la calma aparente, hay algo en el aire que me pone inquieta, como si estuviéramos siendo observados.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —pregunto, intentando llenar el vacío.
—¿Esto? —pregunta señalándonos a ambos—. ¿Huir por mi vida con una periodista que se mete donde no la llaman? Déjame que piense. Lo tengo. Es la primera vez.
—Muy gracioso. Me refiero a… todo lo demás. Ser un hombre… de acción.
De nuevo, sin mediar palabra me toma por la cintura y me baja hacia el suelo. Su cercanía una vez más me deja sin aliento. Me deposita despacio sobre la arena, siento su pecho firme rozar el mío que se acelera por un motivo que me niego a aceptar.
Aunque estoy en el suelo, sus manos siguen sujetándome con firmeza. Trago saliva y ese es el detonante para que se aleje, abra el capó y empiece a revisar lo que sea que se revisa de un motor.
—Demasiado tiempo —responde tras tanto tiempo que había dado por terminada la conversación. Su voz no tiene el sarcasmo habitual, solo un cansancio que me resulta extraño.
Lo observo mientras trastea en el motor un rato más, luego lo cierra con un golpe seco, rebusca en la mochila una botella de agua, se apoya sobre el capó y se la lleva a los labios.
Hay algo en su postura que parece más vulnerable, más humano.
Quizás sea el cansancio o la soledad de este lugar, pero por primera vez siento que las barreras que suele alzar no son tan impenetrables.
—Rodrigo nunca hablaba mucho de su trabajo —digo, probando suerte—. Aunque alguna vez que otra dejó claro que confiaba en ti más que en nadie.
«P ero, ¿hasta qué punto puedo confiar yo?
¿Acaso estoy viendo al mismo hombre que él veía?
», esa duda resuena en mi cabeza, dejo escapar un suspiro, estoy metida en esto hasta el cuello, supongo que ya es tarde para arrepentimientos o echarse para atrás.
No me queda otra que llegar hasta el final.
Benítez me lanza una mirada fugaz, pero no responde. En cambio, saca un mapa arrugado y lo despliega sobre el capó del jeep.
—¿Qué pasó realmente en aquella misión? —me atrevo a preguntar, aunque sé que es arriesgado.
Su mandíbula se tensa de inmediato, y por un momento temo haber cruzado una línea. Pero en lugar de enfadarse, deja escapar un suspiro pesado.
—No es algo de lo que se pueda hablar así como así —dice, con un tono grave que me pone los pelos de punta—. Si alguien se entera de que siquiera lo mencionamos, es nuestra condena.
—¿Condena? ¿Por qué?
Él se inclina sobre el mapa, trazando con un dedo una ruta que apenas entiendo, como si necesitara ocupar sus manos para no dejarse llevar por sus pensamientos.
—Hay cosas que es mejor no saber, Valeria. Cosas que pueden destruirte si te acercas demasiado. Aquella misión fue... un desastre. Y no por accidente.
Sus palabras quedan suspendidas en el aire, cargadas de un peso que no logro descifrar del todo. Quiero preguntar más, exigir respuestas, pero algo en su mirada me detiene. Hay una oscuridad ahí, un dolor que parece demasiado grande para enfrentarlo en este momento.
Antes de que pueda decir algo más, un ruido distante corta el silencio. Ambos nos tensamos al instante, nuestras miradas dirigidas hacia la carretera polvorienta que acabamos de recorrer. Es el sonido inconfundible de un motor acercándose.
—¿Esperabas compañía?
—Nunca espero compañía —gruñe, ya en movimiento hacia el jeep para alcanzar su rifle.
El vehículo se acerca a toda velocidad, levantando una nube de polvo a su paso. No es un coche cualquiera. Desde aquí, puedo distinguir la silueta de una camioneta con varias figuras en la parte trasera. Están armados.
—Sube al jeep. ¡Ahora! —ordena con un tono que no deja lugar a discusión alguna.
Obedezco sin protestar, mi corazón late con fuerza mientras arranca el motor y da un brusco giro para ponernos en marcha. La camioneta acelera detrás de nosotros, y la persecución comienza.
—¿Quiénes son? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.
—Gente que no queremos conocer.
Me reiría, parece que solo tiene tres o cuatro frases pregrabadas y las repite sin parar, pero no es momento para eso.
El jeep salta sobre las dunas, y cada sacudida hace que me aferre al asiento con más fuerza. El rugido del motor llena mis oídos, pero no es suficiente para ahogar el sonido de los disparos que comienzan a resonar detrás de nosotros.
Benítez maniobra con una habilidad que no deja de sorprenderme, esquivando los obstáculos con una precisión casi instintiva. Pero la camioneta sigue acercándose, y no puedo evitar mirar hacia atrás, donde las figuras armadas nos apuntan con sus rifles.
—¡Deja de mirar y agáchate, cojones! —grita Benítez, mientras una bala impacta en el suelo a pocos metros del jeep.
—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Es que siempre tiene que dispararnos? —El olor a metal caliente de motor se mezcla con el aroma acre de la pólvora, impregnando todo el aire que respiro.
Me inclino hacia adelante, cubriéndome la cabeza con las manos, pero mi mente no puede dejar de correr en círculos. ¿Quiénes son estos hombres? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Y qué tiene que ver todo esto con Rodrigo y aquella misión?
El terreno se vuelve todavía más traicionero, con rocas y dunas que hacen que el jeep salte y se tambalee peligrosamente. Pero Benítez no se detiene. Su enfoque es absoluto, sus movimientos precisos, como si cada decisión fuera una cuestión de vida o muerte. Y tal vez lo sea.
—¡Sujétate! —grita, girando con brusquedad el volante para tomar un desvío inesperado.
El jeep se adentra en un cañón estrecho, donde las paredes de roca nos ofrecen algo de protección contra los disparos. Pero la camioneta sigue detrás, implacable.
—¿Cuál es el plan? —pregunto, mi voz temblando de pura adrenalina.
—Primero, sobrevivir. Luego, improvisamos.
No es precisamente tranquilizador, pero no tengo tiempo para quejarme. Otro disparo resuena, y esta vez el impacto en la parte trasera del jeep es inconfundible. El vehículo pierde algo de velocidad, pero Benítez no se detiene.
El cañón se abre a una pequeña planicie, donde un afloramiento rocoso se alza como una fortaleza natural.
Benítez dirige el jeep hacia allí, y por un momento pienso que va a estrellarlo contra las rocas.
Pero en el último segundo, da un giro brusco y detiene el vehículo detrás de una formación que nos oculta de la vista.
—Sal del jeep. Ahora. —Su voz es baja pero urgente.
Ambos bajamos a toda prisa, y me empuja hacia una grieta en las rocas mientras carga su rifle.
—Quédate aquí. No salgas hasta que te lo diga.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto, mi voz apenas se parece a un susurro.
—Lo que sea necesario.
Y, con esa sentencia, se aleja dejando que el eco de sus pasos se pierda entre las rocas. Me quedo allí, sola, con el corazón martillando en mi pecho y las palabras de Benítez resonando en mi mente: «Hay cosas que pueden destruirte si te acercas demasiado».