Capítulo 11 La Mirada de las Montañas
Valeria
E l jeep se sacude con cada bache del terreno, el sonido del motor acompañándonos como un recordatorio constante de que seguimos en movimiento.
Atrás quedó la cueva, pero no puedo librarme de su recuerdo.
Esa humedad opresiva, la oscuridad que parecía tragarnos y ese eco, que resonaba como un mal augurio, siguen clavados en mi mente.
Es como si su sombra nos hubiera seguido hasta aquí.
El calor del día se intensifica a medida que avanzamos, y el sudor empieza a acumularse en mi espalda, pegando la tela de mi camisa a la piel. Paso la lengua por mis labios, secos y agrietados por la falta de agua.
—¿Qué estás mirando? —pregunta Benítez sin apartar la vista del camino.
—Nada. —Es mentira, claro. No he dejado de escanear los bordes del camino, buscando un movimiento, una sombra… cualquier cosa.
—Deja de imaginar cosas que no están ahí. El desierto ya es lo bastante jodido sin añadirle fantasmas. —Su tono es seco, pero hay algo en su voz que me llama la atención. Un leve toque de cansancio, quizá.
—¿Y si no son fantasmas? —replico, girándome hacia él.
—Entonces estaremos muertos antes de darnos cuenta.
—Lo dice con tanta tranquilidad que debería afectarme, pero lo único que siento es frustración.
Para él, la muerte parece ser solo una parte más de su día a día.
¿Cómo será vivir todo el día cargando sobre los hombros con el peso de la muerte?
¿De la certeza de que podría ser tu último día, tu última hora, tu último segundo…
? Creo que en estos días he podido hacerme a la idea.
Miro hacia el horizonte, donde las montañas se alzan como gigantes dormidos.
Su silueta contra el cielo parece inamovible, eterna.
Cada kilómetro que recorremos nos acerca más a ellas, pero también a lo desconocido.
Y, aunque no lo diga en voz alta, tengo miedo.
Miedo de lo que pueda esperar al otro lado.
Miedo de no salir viva de esta al igual que Rodrigo, miedo de no haber vivido ni disfrutado de la vida, miedo de seguir asustada como para dejarme llevar…
Un bache hace que el jeep dé un pequeño salto, y mi cuerpo se tambalea hacia un lado. Antes de que pueda reaccionar, Benítez extiende una mano y me sujeta del pecho con firmeza. Es un gesto tan rápido y natural que me deja desconcertada.
—Gracias. —Mi voz suena más débil de lo que esperaba, lo que solo aumenta mi incomodidad.
—De nada. Intenta no romperte un brazo antes de que lleguemos. —El comentario tiene un ligero tinte de humor, casi imperceptible, pero suficiente para arrancarme una sonrisa.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, roto tan solo por el zumbido del motor y el crujido de las piedras bajo las ruedas. Es un silencio que pesa, dejando espacio para que los pensamientos se acumulen.
Pienso en Rodrigo, en lo poco que de verdad sabía de él.
Se marchó al ejército cuando apenas empezaba a ser una mujer, así que no tengo grandes recuerdos junto a él y sus visitas eran muy de tarde en tarde.
Eso hace que cada pista que encontramos me aleje más de la imagen borrosa que tenía de mi hermano.
Ahora, con cada kilómetro que dejamos atrás, siento que lo conocía menos.
Como si hubiera sido un extraño con el que tan solo compartía el apellido: un extraño para su propia familia.
Y, ahora, la única conexión que me queda con él es este hombre que se ríe de la muerte como si fuera una vieja amiga.
—¿Tú crees que sabía que iba a morir? —pregunto de repente, sin mirarlo.
Benítez no responde de inmediato. Cuando lo hace, su voz es baja, casi como si hablara consigo mismo.
—Rodrigo siempre fue listo. Demasiado. Pero incluso los más listos subestiman lo que tienen delante.
El peso de sus palabras me cala más hondo de lo que esperaba. Rodrigo, mi hermano, siempre había sido un enigma para mí, alguien que parecía cargar el mundo sobre sus hombros sin pedir ayuda. Y ahora me doy cuenta de que esa carga lo aplastó.
—¿Y la caja? —pregunto, rompiendo el silencio mientras observo el horizonte—. ¿De verdad crees que estaba allí por él?
La mención de la caja parece tensar el aire. Benítez frunce el ceño, pero no aparta la vista del camino.
—Es difícil saberlo. Rodrigo no era del tipo que dejaba cosas al azar, pero tampoco podía controlarlo todo.
—¿Entonces qué hacía allí? —insisto, con una mezcla de curiosidad y ansiedad.
—Podría haber sido un escondite temporal. O tal vez alguien la puso allí para que él la encontrara. Lo único seguro es que alguien no quería que cayese en manos equivocadas.
—¿Y si las manos equivocadas son las nuestras? —susurro, casi temiendo mi propia pregunta. Benítez guarda silencio un momento, como si meditara su respuesta.
—Lo que sabía lo llevamos en esa caja que encontramos. Ahora solo queda descubrir qué hacer con ello.
El tono cortante con el que lo dice me detiene. Miro sus manos, aferradas con fuerza al volante, sus nudillos blancos. Algo está pasando por su cabeza, algo que no quiere compartir.
—Si supieras algo más... —empiezo, pero Benítez me interrumpe.
—Si Rodrigo dejó esa caja ahí, tenía un propósito. Y si no fue él, entonces tenemos otro problema.
Su respuesta no me tranquiliza. Todo lo contrario. La idea de que estemos envueltos en algo más grande y peligroso de lo que imaginábamos hace que un escalofrío me recorra la espalda.
El sol empieza a descender, tiñendo el cielo de un naranja profundo que se refleja en las montañas. Las sombras se alargan, cubriendo el terreno con una penumbra que parece más densa, más opresiva.
Mientras avanzamos, el paisaje cambia lentamente. Las dunas doradas del desierto comienzan a dar paso a un terreno más rocoso. El aire se vuelve más fresco, aunque no menos pesado, y las sombras de las montañas nos envuelven con un abrazo que no resulta menos sofocante.
—Vamos a buscar un lugar para acampar —anuncia Benítez, rompiendo el silencio.
Tras un rato, encuentra un saliente junto a un grupo de rocas que forman un refugio natural. Detiene el jeep y apaga el motor. Ambos descendemos, y mis piernas protestan tras horas de viaje, pero no digo nada, tan solo me golpeo con los puños sobre los muslos, intentando activar la circulación.
Benítez se mueve con la eficiencia de alguien acostumbrado a estas situaciones, revisando el área con una linterna. Yo me ocupo de sacar las mantas y lo que necesitemos para la noche.
Mientras él monta una pequeña fogata, me dejo caer sobre una de las mantas, abrazando mis rodillas. Alzo la vista hacia el cielo, donde las estrellas comienzan a aparecer. Primero tímidas, después en un despliegue que parece infinito.
—¿Alguna vez has hecho esto antes? —pregunto, señalando las estrellas con un gesto vago.
—¿Acampar? Sí. ¿Preguntarme por qué demonios estoy en medio del desierto con una periodista? No tanto.
Su respuesta me arranca una risa breve. Por un instante, el peso de todo lo que nos rodea parece aliviarse.
—Qué gracioso eres.
—Lo intento.
Por un momento, el silencio que compartimos es cómodo, casi natural. Pero sé que no durará. Aquí, tan lejos de todo lo que conocemos, el peligro acecha en cada sombra, en cada rincón.
—Benítez... —empiezo, pero él levanta una mano, silenciándome.
—Espera.
Se inclina ligeramente, sus ojos fijos en la oscuridad más allá de la fogata. Me quedo quieta, conteniendo el aliento.
—¿Qué pasa? —susurro, aunque mi voz apenas es un murmullo.
—Nada. —Benítez saca una manta extra de la mochila y me la tiende sin decir nada.
—Gracias —murmuro, envolviéndome en ella.
Él no responde, pero asiente con un leve movimiento de cabeza antes de volver a sentarse frente al fuego, el rifle descansando junto a él, sus ojos vigilantes.
—Rodrigo no era perfecto, ¿verdad? —digo, más para mí misma que para Benítez.
—Nadie lo es, Plomo. Pero era lo bastante bueno en su trabajo como para hacer que los demás lo siguieran.
—¿Crees que estamos cerca?
—¿Cerca de qué?
—De lo que sea que estamos buscando.
Se detiene un momento y me mira con esa intensidad que siempre me hace sentir como si pudiera ver a través de mí.
—Estamos más cerca de lo que crees, Plomo. Pero también estamos más cerca del peligro.
—¿Se puede estar más cerca del peligro? Decían que ser periodista de investigación tenía sus riesgos… pero ¿esto?
—¿Esto?
—He perdido la cuenta de las veces que nos han disparado —resoplo.
Él deja escapar una pequeña risa, creo que es la primera vez que lo escucho reír; es… agradable, muy diferente a esa mueca forzada que de vez en cuando le sale.
—No te han dado ninguna vez, ¿verdad?
—No, a mí no, cierto, lo que me recuerda que a ti sí.
Me pongo de pie y me acerco a él, le subo la manga de la camisa y le desato el pañuelo que até con fuerza, aunque ahora baila por todos lados. Deshago el nudo y enfoco con la linterna la herida.
—Ya no sangra, te dije que no es nada…
—¿Nada? Tiene una pinta tan horrible como la que debo tener yo en este momento —farfullo.
—No tienes una pinta horrible —susurra.
Levanto la mirada hacia él, sorprendida, ¿acaba de hacerme un cumplido?
—Pues tu herida sí, dime que tienes la vacuna del Tétanos y alguna que proteja de la radioactividad que está supurando la herida.
Su risa vuelve a resonar y me contagia.
—Créeme, no voy a morir por esto.
—Ya, por esto no…
No digo nada más, tomo un poco de agua y le limpio la herida. El pañuelo está hecho un asco, así que decido que ponérselo será peor.
—Cuando paremos a por provisiones, recuerda comprar algo para desinfectar, una gasa, puntos de aproximación… no sé, algo para que pueda curarte.
Una ráfaga de aire me golpea por la espalda, desordenando mi cabello que queda enredado en mi cara. Antes de poder recolocarlo, siento sus dedos tomar el mechón de pelo y moverlos despacio hacia atrás, dejando al rebelde aprisionado detrás de mi oreja.
El momento parece tan fuera de lugar y a la vez tan correcto que mi corazón se salta un latido.
Trago saliva y veo que su mirada se dirige a mi cuello.
No sé qué me descoloca más, si la ternura inesperada de su gesto o la intensidad de su mirada, fija ahora en mi garganta.
Es un gesto simple, pero en él hay algo que me confunde y me pone nerviosa al mismo tiempo.
Benítez siempre ha sido una alta barrera, una gruesa muralla, y este instante me hace dudar.
¿Es un descuido? ¿Un momento en el que su fachada se agrieta?
No sé qué pensar, pero la sensación es tan íntima que me obliga a contener el aliento, temiendo hacer algo que rompa el momento.
No sé cuánto tiempo estamos así, con su mano sujetando mi cabello y su mirada clavada en mí. De pronto, un gruñido bajo, casi inaudible, rompe el momento. Él retira la mano con rapidez, como si se arrepintiera, y se pone en pie.
—Está bien, Plomo, échate ya a dormir, tenemos que reponer fuerzas. Esto cada vez irá a peor…
—No sé qué hay peor que esto…
—El infierno —susurra.
Regreso a mi sitio con el estómago extraño, me siento y me envuelvo de nuevo con la manta. El fuego crepita entre nosotros, y las estrellas, ahora más brillantes, parecen observarnos desde un mundo lejano.
La noche avanza, y aunque el fuego nos da algo de calor, el viento frío del desierto se cuela entre las rocas tan punzante como la certeza de que no estamos solos. De que nunca lo hemos estado.