Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 10 Bajo el manto de la noche
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Capítulo 10 Bajo el manto de la noche

Valeria

E l motor del jeep resuena con ese ronroneo que ya me resulta familiar, en estos momentos incluso reconfortante, mientras avanzamos por un terreno cada vez más difícil.

Me tiembla todo el cuerpo. El polvo de la tormenta aún flota en el aire, y el paisaje árido parece extenderse hacia el infinito.

La oscuridad que nos rodea es opresiva, apenas rota por el parpadeo intermitente de las estrellas.

El parabrisas está cubierto de una fina capa de arena, que Benítez limpia constantemente con un gesto automático.

—¿Seguro que esta es la dirección correcta? —pregunto, rompiendo el silencio, más que nada porque necesito escuchar algo diferente a los disparos que siguen rebotando en mi cabeza, como si fueran las paredes de la cueva.

—Tan seguro como se puede estar en un lugar como este —responde con su habitual tono seco, aunque creo que ya no es tan borde. O tal vez es que me he acostumbrado a él.

Lo miro de reojo. Está concentrado en el camino, con el ceño fruncido y las manos firmes en el volante.

A pesar de su aparente calma, puedo sentir la tensión en su cuerpo, como un resorte a punto de romperse.

No puedo evitar preguntarme qué estará pensando.

¿En Rodrigo? ¿En lo que sea que estamos buscando?

¿O en cómo mantenernos vivos un día más?

El jeep se sacude con brusquedad al pasar sobre una roca más grande de lo esperado, y me aferro al borde del asiento.

—¡Hostia puta! —grito.

El silencio que sigue dura apenas un segundo, y luego escucho una risa baja, contenida, que viene del asiento del conductor.

—No te pega decir algo así, Plomo —comenta Benítez, con una sonrisa ladeada que apenas asoma.

—Cállate —murmuro, sintiendo el calor subirme al rostro. No sé qué me incomoda más, si mi torpeza o su maldita sonrisa.

Él no dice nada más, pero puedo notar cómo sus hombros se sacuden con suavidad. Está conteniendo la risa. Me cruzo de brazos, mirando por la ventana, pero mi mente sigue volviendo una y otra vez a la caja que llevo en la mochila.

—¿No crees que deberíamos abrirla? —pregunto por fin.

—Ahora no —responde sin dudar, su mirada fija en el camino.

—¿Por qué no?

—Porque no sé qué hay dentro, y no quiero averiguarlo mientras seguimos en movimiento —responde a la vez que gira el volante para esquivar otra roca—. Sea lo que sea, alguien lo quería lo suficiente como para arriesgar su vida por lo que hay dentro.

—O para quitarnos la nuestra —murmuro, más para mí misma que para él.

Él no responde, aunque noto que su mandíbula se tensa. El silencio se hace más pesado.

—Entonces, ¿qué hacemos? —insisto, cruzando los brazos.

—Alejarnos de aquí todo lo que podamos y, cuando sea seguro, la abrimos.

Su tono deja claro que no hay espacio para discusión. Sin embargo, la idea de llevar algo que podría ser peligroso, sin saber qué es, me carcome.

—¿Y si es algo peligroso? —pregunto, esta vez en voz más baja.

—Plomo, ya es nuestro problema, ¿no crees? —responde, lanzándome una mirada rápida y volviendo a concentrarse en el camino.

No digo nada. Suena como algo que diría alguien acostumbrado a cargar con problemas mucho más grandes de los que debería.

La noche sigue envolviéndonos, y aunque la tormenta parece haber amainado, el viento aún levanta pequeñas nubes de arena que se arremolinan alrededor del jeep.

Bajo la vista a mi mochila. La caja está ahí, pesada como si contuviera algo más que metal.

Me pregunto qué habría pasado si no la hubiéramos encontrado, si la hubiéramos dejado atrás.

Es entonces cuando lo noto. Algo oscuro y húmedo manchando la manga de Benítez, apenas visible bajo la luz tenue del salpicadero. Mis ojos se abren de golpe.

—¿Estás… estás sangrando?

—Es un rasguño. No es nada.

—¡Eso no es un rasguño! —protesto, desabrochándome el cinturón y sacándome el pañuelo del cuello. Él frunce el ceño.

—Valeria, estoy conduciendo.

—Pues para —ordeno. Me inclino hacia él y presiono el pañuelo contra su brazo, justo donde la sangre sigue empapando la tela de su chaqueta.

—Plomo... —gruñe, pero no me detengo.

—Has recibido una bala por mí. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que no te desangres, ¿no crees?

—No me estoy desangrando.

—Pues deja que sea yo quien lo decida.

Benítez suspira, frustrado, pero no me aparta, en su lugar detiene el coche.

Levanto la camiseta dejando al descubierto su bíceps y con el móvil enfoco la herida.

Es cierto, es un rasguño, no parece nada grave.

Presiono el pañuelo contra la herida con firmeza y noto cómo la sangre empieza a detenerse.

—¿Contenta? —pregunta con un tono que mezcla sarcasmo y resignación.

—Por ahora, sí —afirmo apretando con un fuerte nudo el pañuelo alrededor de la herida y bajando de nuevo su manga.

Mis dedos rozan su piel y sus ojos se clavan en mí, los siento con tanta fuerza que no me atrevo a levantar la mirada.

Avergonzada, me recuesto de nuevo en mi asiento, cruzando los brazos.

Él sacude la cabeza, dejando escapar una risa breve.

—Gracias, doctora.

—De nada, soldadito.

Reanudamos la marcha, el silencio vuelve a caer sobre nosotros, pero esta vez no es incómodo. Es... extraño. De repente, Benítez frunce el ceño y reduce la velocidad del jeep.

—¿Qué pasa?

—Mira. —Señala hacia adelante.

Sigo la dirección de su dedo y, al principio, no veo nada.

Pero entonces noto las luces. Son débiles, como si alguien estuviera usando linternas para moverse en la oscuridad.

Están demasiado lejos para distinguir detalles, pero el simple hecho de que haya alguien más aquí hace que mi pecho se contraiga.

—¿Estarán con el de la cueva? —pregunto en un susurro.

—No lo sé. Pero no estamos en posición de averiguarlo. —Benítez toma el rifle que tiene apoyado junto a su asiento y se lo coloca sobre el hombro. Luego me mira, sus ojos más serios de lo que nunca los he visto.

—Vamos a salir del jeep. Camina detrás de mí y no hagas ruido.

Asiento, tragando saliva, y abro la puerta con cuidado.

El crujido de la arena bajo mis botas parece ensordecedor en el silencio opresivo.

Me agacho, siguiendo a Benítez mientras nos movemos hacia una formación rocosa cercana.

Las luces en la distancia parecen moverse, tambaleándose en nuestra dirección.

Nos movemos en silencio, usando las sombras como cobertura mientras nos alejamos del jeep.

Las luces en la distancia parecen moverse en nuestra dirección, y mi mente comienza a llenarse de preguntas.

¿Quiénes son? ¿Qué quieren? ¿Nos están buscando, o están en el lugar equivocado en el momento equivocado?

Benítez se detiene detrás de una formación rocosa y me hace un gesto para que me agache junto a él. Sus ojos están fijos en las luces, evaluando, calculando. Yo, en cambio, apenas puedo respirar.

Me hago una bola pequeña encogiendo mis piernas contra el pecho. La respiración de Benítez es controlada, apenas perceptible. La mía, en cambio, es un desastre. Intento calmarme, pero no puedo dejar de pensar: ¿Nos están buscando?

No aparta los ojos de las luces. Su expresión es inescrutable, pero sus músculos están tensos como un resorte a punto de soltarse.

—Si llegan al jeep... —empiezo, pero él me corta con un gesto.

—No lo harán.

Quiero creerle. Pero algo en su tono, en la forma en que sus ojos parpadean hacia el rifle, me dice que no está tan seguro como intenta aparentar.

El tiempo pasa lento, como si el desierto mismo estuviera conteniendo la respiración. Las luces se acercan lo suficiente como para distinguir varias figuras. No son muchas, tres tal vez, pero eso no me tranquiliza. Cada uno de ellos podría ser un peligro.

De repente, una de las luces se apaga. Benítez se tensa, y yo siento que el pánico empieza a apoderarse de mí. Quiero preguntar qué significa eso, pero él está concentrado, evaluando.

—Se están reagrupando —murmura.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende de lo que hagan después.

El viento sopla, levantando pequeños torbellinos de polvo que se arremolinan a nuestro alrededor. Las luces comienzan a moverse de nuevo, esta vez alejándose. Exhalo despacio, aliviada, pero Benítez no se relaja.

—No podemos quedarnos aquí. Si vuelven, no quiero que estemos cerca. —Se pone de pie y me hace un gesto para que lo siga.

Regresamos al jeep en silencio, avanzando con cuidado por el terreno irregular. Cuando llegamos, Benítez revisa el vehículo con rapidez, asegurándose de que no haya sido alterado. Yo observo a mi alrededor, con la piel de gallina a pesar del frío.

—¿Crees que volverán? —pregunto mirando por el retrovisor.

—Si tienen algo que ver con la caja… probablemente.

Esa idea me hace estremecer. No quiero pensar en lo que significa.

Cuando al fin estamos dentro, encendemos el motor y seguimos adelante, dejando atrás las luces y sombras que nos acechan. Sin embargo, la tensión sigue ahí, pesada y constante.

Miro a Benítez, queriendo decir algo que rompa el silencio, pero no encuentro las palabras. Tras un rato, me decido.

—Gracias.

Él no me mira, pero su ceja se arquea.

—¿Por qué?

—Por no dejarme atrás.

Por un momento creo que no va a responder. Pero entonces, con una voz baja y casi imperceptible, dice:

—Nunca lo haría.

La sinceridad en sus palabras me toma por sorpresa. No sé qué decir, así que dejo que el silencio vuelva a llenarnos.

El jeep sigue avanzando, rompiendo la noche del desierto con su ruido constante.

Por el retrovisor, las luces ya no se ven, pero sé que el peligro no ha pasado.

Mientras Benítez conduce, puedo ver sus manos aferradas al volante con una fuerza casi dolorosa.

Él lo sabe tan bien como yo: esto no ha terminado.

La caja, con todos sus secretos, sigue pesando entre nosotros como una promesa y una amenaza. Mientras avanzamos por la oscuridad, no puedo evitar mirar hacia atrás, esperando ver las luces aparecer de nuevo en el horizonte.

Pero no hay nada. Solo la interminable noche del desierto.