Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 9 Sombras y ecos
31%

Capítulo 9 Sombras y ecos

Benítez

E l eco de nuestras pisadas resuena en la cueva, mezclándose con los ruidos apagados del viento que todavía azota la entrada.

La linterna que llevo en una mano ilumina el espacio delante de nosotros, proyectando sombras inquietantes en las paredes rocosas.

El aire aquí dentro es denso, cargado de humedad y un extraño olor metálico.

—No me gusta esto —dice Valeria desde atrás. Su voz es apenas un susurro, pero rebota en las paredes con una fuerza que me pone los nervios de punta.

—No tiene por qué gustarte —respondo, sin mirarla. Mi atención está fija en el camino delante de nosotros. Hay grietas en el suelo que podrían convertirse en trampas mortales si no estamos atentos.

Ella no responde, pero escucho cómo ajusta su mochila al hombro, su incomodidad evidente incluso en sus movimientos. No la culpo. Este lugar tiene algo que eriza la piel, una sensación que me recuerda a la primera vez que puse un pie en una zona de guerra.

El viento silba, y por un momento, suena como un lamento humano. Aprieto la mandíbula, enfocándome en el camino.

—¿Qué buscas exactamente? —pregunta después de un rato.

—Algo que no debería estar aquí —respondo, sin detenerme.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que, si lo encontramos, lo sabremos.

Ella deja escapar un bufido bajo, pero no insiste. Agradezco el silencio. Necesito estar alerta.

El túnel se estrecha, obligándonos a avanzar en fila india. La luz de mi linterna alcanza una abertura más adelante, una sala natural que parece lo suficientemente amplia como para ofrecernos algo de descanso. Me detengo en la entrada, escaneando el lugar con cuidado.

—¿Qué ves? —pregunta Valeria detrás de mí.

—Nada... aún.

Avanzo, inspeccionando cada rincón. Las paredes están cubiertas de marcas, líneas irregulares que parecen haber sido hechas con herramientas primitivas. Me acerco, pasando la linterna por encima. No entiendo lo que significan, pero hay algo en ellas que me resulta inquietante.

—¿Qué demonios...? —murmura Valeria, ahora a mi lado.

—Son símbolos. Probablemente tribales —respondo.

—No se ven tan antiguos —replica, pasando los dedos por encima de los trazos.

Tiene razón. Las marcas parecen recientes, como si alguien hubiera estado aquí no hace mucho. Eso no me gusta. No me gusta nada.

—Sigamos.

Doy un paso hacia el centro de la sala y algo cruje bajo mi bota. Bajo la luz de la linterna, descubro un casquillo de bala oxidado. Lo recojo, girándolo entre los dedos.

—¿Qué es eso? —pregunta Valeria, inclinándose para mirar.

—Evidencia de que no somos los primeros en usar esta cueva como refugio.

El peso de la posibilidad se instala en mi pecho. Si alguien estuvo aquí antes, ¿por qué lo dejaron? Y, más importante, ¿quiénes eran?

Dejo caer el casquillo al suelo y continúo avanzando. Hay algo más en esta sala, algo que no puedo ignorar. En el centro, rodeado de piedras dispuestas en un círculo, hay una especie de altar improvisado. Encima, una lata vacía, restos de cenizas y una caja metálica oxidada.

—Esto no es tribal —digo, señalando el altar.

—Parece... reciente.

Asiento, estudiando el lugar. Esto no es casualidad. Alguien usó este lugar, y no hace mucho.

Me acerco al altar. La caja llama mi atención de inmediato. Es pequeña, con bordes desgastados y un candado oxidado que parece haber estado ahí desde hace años. Paso los dedos por la tapa, y entonces lo noto: una inscripción grabada en la superficie.

«No olvides lo que dejamos atrás».

El aire parece detenerse. Esa frase… No puede ser una coincidencia. Miro a Valeria, que también ha leído las palabras.

—Rodrigo. Esto tiene que estar relacionado con él —susurra, sus ojos fijos en la caja.

No digo nada. La adrenalina se acumula en mi pecho, pero no tengo tiempo para procesarla. Un ruido detrás de nosotros me hace girarme con rapidez, la linterna temblando en mi mano. Valeria se queda inmóvil, su rostro pálido mientras mira hacia el túnel por donde entramos.

—¿Lo oíste? —susurra.

—Sí.

Apago la linterna y saco mi arma. El silencio de la cueva ahora es opresivo. Espero, escuchando, mientras mis ojos se acostumbran a la oscuridad.

Otro sonido, esta vez más claro: pasos.

Mierda.

—Muévete hacia el altar —ordeno en voz baja. Valeria obedece, sus movimientos lentos y cautelosos.

Me coloco frente a ella, el arma apuntando hacia el túnel. Si alguien nos sigue, no pienso esperar para saber sus intenciones.

Los pasos se detienen. El silencio que sigue es peor que cualquier sonido.

—¿Hay alguien ahí? —grita Valeria, su voz resonando con una valentía que no sabía que tenía.

—Cállate —siseo, sin bajar el arma.

Entonces, algo se mueve en la oscuridad, pero no en la dirección por la que entramos. El ruido viene de otro lado, una abertura en la pared que no habíamos visto antes. Giro hacia el sonido, encendiendo la linterna, pero no hay nada.

—Esto no me gusta nada —dice Valeria, su voz temblando.

—A mí tampoco.

Retrocedemos hacia el altar, manteniendo la vista en ambos túneles. No sé quién o qué está aquí con nosotros, pero no pienso esperar a descubrirlo.

—Tenemos que salir de aquí —dice Valeria.

—No hasta que sepamos qué está pasando.

—¿Estás loco? ¡Esto es una trampa!

No puedo negar que tiene razón, pero algo me dice que este lugar tiene más respuestas de las que parece.

—Dame cinco minutos —le digo, encendiendo de nuevo la linterna—. Si algo pasa —digo mientras meto la caja en su mochila—, corre. No te detengas, no mires atrás, corre hasta el jeep, ¿entendido, Plomo?

Ella no parece convencida, pero asiente. La figura aparece antes de que pueda procesar más. Alta, con una linterna que ilumina la entrada del túnel, proyecta su sombra contra las paredes de la sala. Por un segundo, parece detenerse, como si supiera que estamos observándola.

Levanto el arma, mi cuerpo en tensión.

—¿Benítez...? —Valeria apenas puede hablar.

—Quédate detrás de mí.

La figura da un paso más. No es un saqueador. Esto es algo mucho más calculado.

Y, en mi interior, una certeza me golpea: está aquí por la caja.

No pienso, solo actúo. Enfoco con la linterna, parece que he acertado y por un segundo lo deslumbro, eso me da ventaja, apunto a la rodilla y disparo.

—¡Corre! —gruño, empujando a Valeria hacia el lugar por el que entramos.

No hay tiempo para pensar. La figura ha caído al suelo, quejándose.

Tengo claro que le he dado. La luz de su linterna empieza a buscarnos como un perro de caza, tratando de localizarnos.

Protejo a Valeria con mi cuerpo, mi mano en su cintura la insta a ir más rápido, no dejo que piense en nada que no sea el eco de nuestros pasos.

Tropieza, pero no cae. El túnel se estrecha de nuevo. Sé que el miedo va a empezar a ganar la partida, pero no pienso dejarla atrás.

—¡No mires atrás! —le ordeno con brusquedad, mientras me giro un segundo para apuntar hacia la sala que acabamos de dejar.

Me parece ver una figura a lo lejos, aunque nos pueda seguir el disparo lo habrá dejado tocado, así que no podrá ir tan rápido como nosotros. La luz de su foco sigue en nuestra caza, de momento no ha disparado, pero el miedo a que lo haga en cualquier momento es real.

—¡Benítez, la grieta! —chilla con la voz cargada de pánico.

No digo nada, me coloco a su lado, la tomo de la mano y me preparo para saltar.

—¡Sigue avanzando! Vamos a saltar a la de ¡ya! —grito, y ella obedece, aunque puedo notar el temblor en sus pasos.

La caída al otro lado es… complicada, yo he llegado bien, pero a Valeria le ha faltado impulso y solo uno de sus pies toca tierra, lo noto aun sin verlo y tiro de ella con rapidez con su mano entre la mía.

—¡Bien hecho! —afirmo, aunque mi tono suena más brusco de lo que pretendía.

—Si no llegas a agarrarme… —Su voz tiembla, cargada de algo que no dice, pero que siento como un peso en mi pecho. No puedo mirarla ahora; no tengo tiempo para esas emociones.

—No lo habría permitido —respondo con rapidez, cortándola. No es consuelo, pero es lo único que puedo ofrecerle. Ya habrá tiempo para llorar, aunque ambos sabemos que ese tiempo nunca llegará, al menos para mí—. Vamos, estamos muy cerca de la salida.

—¿Y si siguen ahí?

—Tendremos que arriesgarnos, Plomo —afirmo con una confianza que ahora mismo se ha caído por la grieta.

Sé que estamos cerca de la salida, ya casi puedo verla cuando un ruido seco tras de mí hace que me detenga. Giro con rapidez, colocándola de nuevo a mi espalda, levanto el arma y apunto a la oscuridad.

Nada.

El silencio se instala, pesado y opresivo, porque sé que no estamos solos.

—Valeria —la llamo, necesito asegurarme de que está detrás de mí.

Noto su mano temblorosa aferrar mi ropa.

—Estoy aquí —susurra. Asiento, doy un paso atrás sin dejar de apuntar, ella hace lo mismo, una extraña danza la que bailamos hoy.

Estoy listo para disparar de nuevo, pero todo parece en orden y no podemos quedarnos aquí más tiempo, no puedo darle la ventaja de que me acorrale como a un animal indefenso.

Tomo la delantera, agarro a Valeria de la mano con fuerza y comienzo de nuevo la escapada.

—¿Nos siguen?

—Parece que no, pero quiero que nos sorprendan por la espalda. Ahora sigue, no pares, tampoco quiero que nos atrapen aquí dentro. —No espero su respuesta; la empujo hacia adelante y volvemos a correr.

Me parece escuchar de nuevo ruidos. Pasos apresurados, un leve crujir de piedras que se precipitan… Quienquiera que sea, no está dispuesto a perder nuestra pista.

El túnel se ensancha un poco, lo justo para permitirnos movernos más rápido. Pero justo cuando parece que estamos ganando terreno, Valeria tropieza de nuevo, cayendo de rodillas.

—¡Levántate! —le exijo, deteniéndome a su lado y tirando de su brazo.

—¡No puedo! —gime, su voz ahogada.

—¡Sí puedes! —la corto, esta vez más firme. Sé que está aterrada, pero no podemos permitirnos perder ni un segundo. El ruido de los pasos detrás de nosotros es cada vez más cercano, y sé que, si no salimos de aquí pronto, estaremos atrapados.

Ella asiente, apretando los dientes, y se pone en pie con esfuerzo.

Apenas hemos avanzado unos metros cuando un disparo resuena en el túnel, seco y ensordecedor.

La bala impacta contra mi brazo; me ha rozado justo antes de golpear la pared junto a nosotros, haciendo que pequeños fragmentos de roca estallen sobre nuestras cabezas.

—¡Están disparando! —grita, con la voz cargada de pánico.

—¡Lo sé, joder! —respondo, tirando de ella para que avance más rápido.

Apunto mi arma hacia atrás y disparo dos veces, el sonido retumbando en la estrechez del túnel. No estoy seguro de si he dado en el blanco, pero al menos consigo que los pasos se detengan por un segundo.

La salida está cerca. Puedo sentir el calor del desierto filtrándose por las grietas, en contraste con la humedad sombría de la cueva.

—¡Ahí está la salida! —grito, señalando con la linterna hacia un punto más adelante.

Valeria lo ve y acelera, sus pasos ahora firmes a pesar del miedo.

Yo me detengo una última vez, girándome para enfrentar a quien sea que nos está siguiendo.

La luz de su linterna ilumina su figura, pero no lo suficiente como para distinguir su rostro.

Lo único que sé es que lleva un arma, y no dudaría en usarla de nuevo.

Disparo otra vez, apuntando bajo, hacia sus piernas de nuevo. Un grito ahogado resuena en el túnel, y la linterna cae al suelo, rodando hacia un lado. No espero para confirmar si lo he herido de verdad ni cuántos son. Me giro y corro hacia la salida, siguiendo a Valeria.

El aire cargado aún de arena golpea mi rostro como una bofetada cuando salimos de la cueva. La tormenta de arena ha disminuido, pero el viento sigue soplando con fuerza, levantando pequeñas nubes de polvo que se arremolinan a nuestro alrededor.

—¡Al jeep! —ordeno, y Valeria no pierde el tiempo en discutir.

Corremos cuesta abajo, esquivando las rocas sueltas y el suelo traicionero.

Cuando alcanzamos el vehículo, Valeria se sube al asiento del copiloto, todavía jadeando. Yo me deslizo detrás del volante, encendiendo el motor con un rugido que rompe el silencio de la noche.

Por el retrovisor, veo una silueta tambaleándose fuera de la cueva, sosteniéndose contra la pared de roca.

—¿Es él? —pregunta Valeria, con los ojos fijos en el espejo retrovisor. —Sí —respondo, mi voz más tensa de lo que esperaba.

—¿Tienes idea de quién es…? —interroga, tratando de sonar firme, pero el temblor en su voz la delata. Sé que cuando se calme el pánico la golpeará. —No… pero no importa quién sea. Si ha llegado hasta aquí, volverá. Y la próxima vez, no pienso fallar.

Piso el acelerador, y el jeep se lanza hacia adelante, dejando atrás la cueva y a la figura que sigue mirándonos desde la distancia.

Pero algo me dice que no será la última vez que lo veamos.