Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 8 Descifrando el Silencio #2
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Capítulo 8 Descifrando el Silencio #2

El sonido de la tormenta se disipa poco a poco, dejando en su lugar un silencio que no sé si encuentro reconfortante o inquietante.

Cierro los ojos, pero sé que esta noche no será fácil para ninguno de los dos.

La tensión entre nosotros es palpable, pero no tengo tiempo de darle importancia y me obligo a hacerme el dormido cuando escucho su primer sollozo.

Valeria

N o quiero llorar, no ahora, no es el momento. Tampoco puedo dormir, lo miro de vez en cuando, de nuevo la sensación de que nunca descansa en profundidad me encoge el pecho, porque puedo ver en él el reflejo de mi hermano, su misma vida, sus mismos miedos…

Justo cuando empiezo a acostumbrarme a la penumbra de la cueva, escucho un sonido lejano. No estoy segura de si es el eco del viento o algo más. Me giro hacia Benítez, que está inmóvil, aunque con la cabeza ladeada como un depredador al acecho.

El eco de un motor llega hasta nosotros, tenue pero inconfundible.

Asiente y sin mover la cabeza, levanta una mano para indicarme que guarde silencio. Él se pone de pie sin hacer el más mínimo ruido, algo que a priori me parece imposible con la envergadura de ese hombre…

—Quédate aquí —ordena en un susurro—. Alguien se está acercando.

Pegado a la pared rocosa de la cueva, avanza hacia la entrada. El corazón me da un vuelco cuando escucho el ruido de sus rápidos pasos y luego el golpe seco de la caída, ha vuelto a saltar por la grieta.

El tiempo se detiene, sin embargo, mi corazón late a mil por hora. No se escucha nada, no veo apenas nada, aquí dentro todo parece suspendido en una dimensión paralela que me tiene ajena a todo.

Cuando la tensión es tan fuerte que temo que me va a romper, me pongo en pie y es en ese instante en el que escucho de nuevo el salto. Antes de respirar de nuevo, lo tengo frente a mí. Mis piernas tiemblan.

—Tenemos compañía —suelta mientras se agacha para tomar la mochila y revisa el arma.

—¿Quiénes son? ¿Vienen a por nosotros? ¿Saben que estamos aquí?

—No lo sé, y no quiero averiguarlo. Son dos, han bajado de un todoterreno. No parecen simples turistas, ese vehículo está preparado para enfrentar este tipo de tormentas. No me gustan, parecen mercenarios. O tal vez solo son saqueadores, pero, repito, no voy a quedarme aquí para averiguarlo.

Noto cómo mi expresión cambia de la incertidumbre a la alarma.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Nos adentramos más en la cueva. Ahora.

Me empuja con suavidad hacia el interior tras asegurarse de que llevamos todo. Caminamos en silencio, lo cierto es que no me atrevo a decir nada. Me concentro en nuestras respiraciones y el sonido de nuestras pisadas resonando amortiguadas por el suelo rígido.

—¿Crees que nos han seguido? —pregunto en un susurro.

—Es posible.

El aire se vuelve más frío a medida que avanzamos, y la luz de la linterna proyecta sombras inquietantes en las paredes. Me detengo en un recodo, apagando la linterna para dejarnos en completa oscuridad.

—No te muevas —demanda, su voz es apenas un murmullo.

—¿Qué vas a hacer? —inquiero.

—Asegurarme de que no nos encuentren.

Y, de pronto, su cuerpo se coloca sobre el mío. Un escudo de carne y hueso me protege de todo lo demás.

A pesar de no haber luz puedo ver sus ojos que me miran con fijeza. Su pecho roza contra el mío cada vez que toma aire, y no sé por qué creo que lo hace con una frecuencia mayor a la que debería.

La tensión es palpable, apenas un muro de medio centímetro entre ambos.

Una de sus manos está junto a mi cadera, aunque no me roza puedo sentir el calor de su cercanía, la otra por encima de mi cabeza.

Me doy cuenta de lo imponente que es. Me recuerda a un oso Grizzly, me lo puedo imaginar sacando los colmillos y desgarrando al que trate de hacerme daño.

—No tengas miedo —musita acercando su boca a mi oreja. El escalofrío que me recorre es nuevo e inesperado—. Te prometí que te protegería y lo haré. Aunque me cueste la vida.

Sus palabras me dejan sin aliento, sé que lo ha dicho de verdad, sé que si tuviera que arriesgar su vida por la mía lo haría sin pensar y… mi corazón late de nuevo a mil.

Por fin, el sonido del motor vuelve a romper el silencio. Los hombres se van, llevándose con ellos la amenaza inmediata.

—Se han ido —dice, encendiendo de nuevo la linterna y alejándose de mí, el frío que me envuelve es… polar.

—¿Cómo…?

—He escuchado el ruido del motor al alejarse —contesta la pregunta antes de que la termine.

—¿Crees que volverán?

—Es posible. Por eso no podemos quedarnos aquí mucho más tiempo.

Me dejo caer contra la pared, permitiéndome un momento para procesar todo lo que acaba de pasar. Benítez sigue mirándome, su expresión es una mezcla de incertidumbre y curiosidad.

—Murad es la clave de todo esto —afirmo sin dudas.

Él asiente, y por primera vez, veo algo en sus ojos que no había visto antes, esa expresión de un jugador que sabe que tiene las de ganar.

—Lo encontraremos —dice, su voz es firme, rotunda, no me deja espacio para dudar.

Y, aunque odie admitirlo, sé que tiene razón.