Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 8 Descifrando el Silencio
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Capítulo 8 Descifrando el Silencio

Benítez

E l silencio en la cueva es denso, apenas roto por el sonido de nuestras respiraciones. La tormenta afuera sigue aullando, aunque el sonido llega amortiguado, como si la roca nos protegiera de la amenaza del desierto.

Siento el peso del USB en mi bolsillo interno, como si estuviera quemándome. Saber lo que contiene me ha mantenido alerta desde el momento en que lo encontré en las cosas de Rodrigo, pero la pregunta ahora es si debería compartirlo con ella.

Valeria está sentada a unos metros de mí, con la manta térmica alrededor de sus hombros. Sus ojos no dejan de observarme, como si intentara leer en mi expresión algo que no estoy dispuesto a mostrar.

—¿Qué pasa? —pregunta, rompiendo el silencio.

Levanto la mirada hacia ella. Parece agotada, pero hay algo en su tono que no puedo ignorar.

No es preocupación, ni siquiera curiosidad.

Es ese mismo sentimiento que tengo yo, ese que me impide rendirme, no está en mi sangre y en la suya tampoco.

Me debato unos segundos más, pero tiene derecho a saberlo, después de todo era su hermano.

—Encontré algo que ocultaba Rodrigo —respondo, mi voz baja pero directa.

Sus ojos se agrandan y, por un momento, parece que el aire entre nosotros se detiene.

—¿Qué cosa? —pregunta, inclinándose hacia adelante.

Saco el USB de mi bolsillo y lo sostengo entre los dedos. Es un objeto insignificante a simple vista, pero ella sabe tan bien como yo que su contenido podría ser todo menos inofensivo.

—Esto —digo, y aunque mi tono es neutral, sé que mis palabras llevan un peso que ella no puede ignorar.

Extiende la mano para tomarlo, pero no lo suelto.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunta, su voz cargada de incredulidad y su mirada llena de rabia contenida.

—Porque no confiaba en ti —revelo sin rodeos.

La verdad la golpea, lo veo en su expresión que cambia de manera radical: su mandíbula se tensa, sus ojos se oscurecen y, por un segundo, estoy convencido de que va a gritarme algo o golpearme. Sin embargo, en lugar de eso, me mira, esperando que continúe.

—¿Y ahora? —indaga, su tono menos cargado de ira y más de curiosidad.

—Ahora, las cosas han cambiado, Plomo —admito.

El USB pasa de mis dedos a los suyos. Valeria lo examina por un segundo antes de levantar la mirada hacia mí. Hay algo diferente en sus ojos, una mezcla de desconfianza y determinación que no puedo ignorar.

Saco la tablet de mi mochila y ella me devuelve el USB sin decir nada. Lo conecto sin hablar, mis movimientos son rápidos y eficaces, estoy acostumbrado a este tipo de situaciones. La pantalla se ilumina, y el dispositivo comienza a leer los datos.

—Espero que tengas paciencia —digo, observándola mientras los archivos comienzan a desencriptarse.

—Siempre he tenido paciencia, Benítez —responde sin apartar los ojos de la pantalla—. Es la primera regla de un periodista de investigación —añade.

El silencio regresa mientras ambos observamos los datos aparecer poco a poco.

Fragmentos de nombres, fechas y transacciones comienzan a tomar forma.

Mis ojos van de la pantalla a su rostro, buscando alguna señal de lo que está pensando.

Entonces, uno de los nombres destaca, y no puedo evitar leerlo en voz alta.

—Murad.

—¿Quién es Murad? —pregunta, frunciendo el ceño mientras sigue el texto con la mirada.

—Un contacto local. Trabajé con él en mis primeras misiones aquí. Siempre pensé que había algo extraño en él, pero nunca tuve pruebas. Parece que Rodrigo las encontró.

Valeria se queda en silencio, procesando la información. Luego, señala un fragmento de texto en la pantalla.

—Espera. Esto… esto me resulta familiar. Me recuerda… a lo que estaba investigando.

Levanto una ceja, sorprendido.

—¿Qué quieres decir?

Ella comienza a hablar a toda hostia, explicando cómo ha estado siguiendo una pista en su última investigación: una red de tráfico de armas, financiamiento ilícito y conexiones que llegaban a niveles que incluso ella no había anticipado.

A medida que habla, las piezas comienzan a encajar, y la conexión entre nuestras investigaciones se vuelve innegable.

—Esto no es una coincidencia —digo, tras sopesar su información durante un segundo, cerrando la carpeta en la pantalla.

—No. Rodrigo sabía más de lo que nos dejó ver —responde, sus ojos clavados en la tablet como si esta pudiera darle las respuestas que necesita.

—Deja de mirarla como si fuera a responderte sola —murmuro, observándola desde mi posición. Mi tono no es duro, pero tampoco amable. Ella alza la mirada y arquea una ceja, desafiándome.

—¿Qué propones? ¿Que me siente a esperar mientras las piezas caen del cielo? —espeta, con la mandíbula tensa.

Sus palabras me descolocan, pero las ignoro. Me cruzo de brazos y apoyo la espalda contra la pared rugosa. Rodrigo también tenía esa misma terquedad. Siempre se enfrentaba al mundo como si su moral fuera la única brújula que importara.

—Rodrigo no podía quedarse quieto ante las injusticias —comento en voz baja, más para mí que para ella.

Sus ojos vuelven a la pantalla, pero puedo sentir su atención en mis palabras—.

Siempre iba directo al fuego, como si pensara que con eso bastaría para salvar al mundo.

Tal vez… tal vez lo hacía por mí. Por limpiar nuestros nombres.

Las palabras me salen sin pensarlas, y al instante deseo tragármelas. No es momento para sentimentalismos. No con ella mirándome como si intentara descifrar algo más que los archivos en la pantalla.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta, sus cejas fruncidas mientras se incorpora un poco más.

No respondo. En lugar de eso, fijo mi atención en la pantalla, donde otro archivo comienza a desencriptarse.

Valeria toma aire, como si fuera a decir algo más, pero se detiene.

El silencio vuelve a caer entre nosotros, pero no es incómodo.

Es como si ambos entendiéramos que algunas cosas no necesitan ser explicadas en este momento.

—Mira esto —dice de repente, señalando algo en la pantalla. Su tono vuelve a ser profesional, aunque su voz está cargada de tensión.

Mi mirada se centra en el nombre que parpadea en el archivo abierto.

—Murad.

—De nuevo.

Valeria guarda silencio por un momento, sus dedos tamborilean contra el suelo antes de que algo en su expresión cambie. Abre su mochila, sacando otro USB que parece haber estado esperando el momento adecuado.

—Esto… quizás sea útil —dice, conectándolo al dispositivo.

—¿Qué es? —pregunto, inclinándome hacia adelante, aunque mantengo una distancia prudente.

—Todo lo que tengo de mi investigación. Antes de venir aquí, no podía encontrar el núcleo, solo eran datos sin aparente relación, hasta ahora. Todo encaja a la perfección.

El dispositivo procesa los nuevos datos, y en cuestión de segundos, aparecen más nombres y conexiones. Mi mente trabaja rápido, tratando de identificar patrones, pero es ella quien habla primero.

—Rodrigo estaba tan cerca… —murmura, deslizando un dedo por la pantalla—. Estos nombres, estas transacciones… hay similitudes con lo que yo estaba investigando.

—¿Cómo cuáles?

Ella señala una conexión específica entre un empresario y un líder local que conozco demasiado bien.

—Este tipo… aparece en los dos casos —explica, su voz ganando fuerza a medida que une los puntos—. Y no es el único. Parece que ambas redes operan de manera conjunta, o al menos comparten ciertos contactos.

Mi mandíbula se tensa mientras estudio los datos. Cada detalle confirma lo que ya sospechaba, pero también añade un peso nuevo al asunto. Rodrigo no solo estaba investigando. Estaba en el centro de algo mucho más grande.

—Esto es un puto nido de víboras —farfullo, cerrando los ojos por un momento.

—¿Qué pasó realmente en F14? —pregunta de repente, y su voz suena tan directa que casi me hace retroceder.

La pregunta flota en el aire, cargada de significados que no estoy preparado para abordar. La cueva parece más pequeña de repente, el eco de sus palabras chocando contra las paredes.

—Eso no importa ahora —digo, apartando la vista.

—¡¿No importa?!

—¡Rodrigo murió por esto! ¡¿Y me dices que no importa?!

Su voz es más fuerte, pero no grita. Sabe que tenemos que mantenernos discretos, incluso aquí dentro. Aun así, el reproche en sus palabras me golpea como un puñetazo.

—Lo que importa ahora es mantenernos vivos y asegurarnos de que esta información no caiga en las manos equivocadas —respondo, mi tono firme, pero no tan frío como me gustaría.

—Siempre encuentras una forma de evitar las cosas, ¿no? —espeta, cruzando los brazos mientras me lanza una mirada que podría perforar el acero—. Por eso te largaste al fin del mundo y lo dejaste solo…

Y ahí está, el golpe mortal que me deja sin aliento. No respondo. En lugar de eso, me dejo caer contra la pared, observando cómo el eco de la tormenta comienza a disminuir. Ella también parece notarlo, porque sus hombros se relajan algo, aunque su mirada no pierde ese brillo desafiante.

—Deberíamos descansar un poco —murmuro, sacando otra manta térmica de mi mochila y extendiéndosela.

—¿Cómo puedes dormir después de esto? —pregunta, aunque no hay reproche en su tono.

—Fácil. Si no descansamos, estamos muertos. Así que elige, Plomo. O intentas dormir, o nos quedamos despiertos y dejamos que el agotamiento nos mate antes que ellos… Sean quienes sean.

Valeria no responde, pero toma la manta y se acomoda en un rincón de la cueva. Yo hago lo mismo, aunque mantengo mi arma cerca y mis pensamientos aún más.

No entiendo por qué me importa tanto su opinión, por qué siento que decepcionarla sería peor que cualquier otra cosa. Pero aquí estoy, observándola mientras intenta encontrar comodidad en medio de la roca fría. «Porque es su hermana y se lo debes».