Capítulo 7 La Tormenta #2
Las paredes son de roca áspera, húmedas en algunos puntos, y el suelo está cubierto de grava y pequeños charcos.
El espacio es más grande de lo que me esperaba desde fuera, aun así, la sensación de encierro es abrumadora; es lo bastante profunda como para ofrecernos protección.
El rugido de la tormenta afuera es ensordecedor, aunque aquí dentro, al menos, podemos respirar.
—No podemos quedarnos cerca de la entrada —afirma poniéndose en movimiento. La linterna proyecta sombras largas y fantasmales mientras avanzamos—. Si la tormenta lanza algo contra las rocas, podríamos quedar sepultados.
Lo sigo, aunque mis piernas no estén por la labor. Cada paso hacia el interior de la cueva parece llevarnos más lejos de la tormenta, pero también nos sume en una opresiva oscuridad. El único sonido ahora es el eco de nuestras respiraciones y un goteo constante.
—¿Seguro que esto es… seguro? —pregunto.
—Nada es seguro. Pero es mejor que estar ahí fuera.
De repente, la linterna ilumina algo que hizo que ambos nos detengamos en seco: una gran grieta en el suelo como si la cueva se hubiera partido en dos en algún momento. No es muy ancha, pero la caída parece interminable.
—¿Y ahora qué? —interrogo mirándole asustada.
Él evalúa la grieta con la mirada, calculando la distancia. Sin decir una palabra, retrocede unos pasos y toma impulso para saltar. Contengo el aliento el interminable segundo que tarda en aterrizar en el otro lado. Cae con seguridad y se gira de inmediato extendiendo una mano hacia mí.
—Tu turno.
—¿Es coña, no? ¿Pretendes que haga lo que acabas de hacer tú?
—O saltas o voy a volver a cruzar, cogerte de un puñado y lanzarte yo mismo, tú decides —dice rotundo.
—No estoy segura de poder hacerlo —confieso por fin.
—No hay otra opción, Valeria. Ven. No voy a dejar que te caigas, confía en mí.
Miro la grieta, luego a él que me espera con su mano extendida. Mi cabeza va a toda prisa, y antes de darle más vueltas doy unos pasos atrás.
—Supongo que este va a ser mi salto de fe —murmuro, y corro. Corro con las pocas fuerzas que me quedan, y me lanzo. El salto parece eterno, pero en cuanto siento los dedos de él cerrándose alrededor de mi brazo vuelvo a respirar; sé que lo he conseguido.
Tira de mí tan fuerte que ambos caemos al suelo. El golpe contra este es duro, sobre todo para él que ha amortiguado el golpe con su cuerpo. Jadea al vaciarse de aire.
—Eso estuvo cerca... —murmuro, todavía temblando sobre su firme cuerpo.
—Demasiado cerca —susurra sin dejar de mirarme a los ojos.
Hay algo en sus palabras que provoca un escalofrío en mí, o quizás sea que la adrenalina se está evaporando…
—Continuemos —pide y me levanto con dificultad, ahora me tiemblan las piernas más que antes.
Seguimos avanzando, hasta que por fin encontramos un espacio más amplio, donde el suelo es más estable. Benítez deja caer su mochila al suelo y saca una manta térmica, extendiéndola para los dos nos sentemos.
—Siempre llevas de todo ahí dentro, ¿eh?
—En cuanto hagamos una parada, voy a prepararte una mochila a ti también… solo por si acaso.
—Por si acaso, ¿qué?
—Por si acaso nos separamos. Ahora descansa lo que puedas. La tormenta puede durar horas.
No discuto, ni me planteo nada más, estoy agotada y me dejo caer sobre la pared. Él revisa su mochila, supongo que en busca de algo para comer, quizás el ruido insistente de mi estómago le ha dado una pista de que estoy hambrienta.
Lo observo, me doy cuenta de que sus ojos no tienen exactamente el mismo color, uno es más oscuro que el otro. Parece cansado, como yo. Y cubierto de polvo, es la primera vez que lo veo tan… humano. Aun así, su determinación por seguir adelante no ha cambiado.
—Gracias —digo en voz baja.
Él levanta la vista, sorprendido por mis palabras.
—¿Por qué?
—Por no dejarme atrás.
No responde de inmediato, tras un rato sin dejar de mirarme, asiente y vuelve a su tarea.
—¿Qué sigue ahora? —pregunto, tratando de recuperar la compostura.
—Esperar. No podemos salir hasta que pase la tormenta. —Se sienta contra la pared, su rostro medio cubierto por un pañuelo que lo hace volver a parecer intimidante.
—¿Cuánto tiempo puede durar esto?
—Horas. Quizás toda la noche.
Sus palabras son desalentadoras, pero no tengo energía para quejarme. Me siento frente a él, abrazando mis rodillas para mantener el calor. La arena todavía está en mi cabello, en mi ropa, en mi piel. No importa cuánto intente limpiarla, parece estar en todas partes.
—Rodrigo solía decir que el desierto lo devora todo —murmura, más para sí mismo que para mí.
Levanto la mirada y, por un momento, algo en sus ojos cambia. No es compasión, pero tampoco es la dureza que suelo ver en él.
—¿Cómo era? —pregunto, mi voz es más suave de lo habitual—. Cuando estaba fuera de casa…
—¿Tu hermano? —Sonríe. —Era el tipo de persona que siempre encontraba la manera de salir adelante. Podía estar en medio del caos y aun así encontrar algo bueno. Pero también llevaba mucho dentro...
—Cosas que no decía, que solo se veían en sus ojos —termino la frase por él.
Benítez asiente, como si entendiera exactamente a qué me refiero. El silencio entre nosotros no es incómodo. Es como si, por primera vez, compartiéramos algo más que la necesidad de sobrevivir.
—Él me hablaba de ti, ¿sabes? —añado después de un rato.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué decía? —pregunta, aunque su tono es cauteloso.
—Que eras el mejor en lo que hacías. Pero también que eras una de las personas más tercas que había conocido.
Él deja escapar una risa breve, casi inaudible.
—Eso suena como Rodrigo.
La tormenta sigue rugiendo afuera, pero aquí dentro, la conversación parece crear un pequeño refugio propio. Por primera vez desde que esto comenzó, siento que no estoy sola, que estoy a salvo. Al menos por ahora.