Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 7 La Tormenta
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Capítulo 7 La Tormenta

Valeria

A bro los ojos, el aire fuera parece resoplar con fuerza y colarse por las rendijas del viejo vehículo.

Giro la cabeza hacia él, busco alguna señal de sosiego en su rostro; no la encuentro.

Aunque parece dormido, sus manos siguen firmes sobre el arma, como si cualquier ruido pudiera devolverlo a la realidad de un salto.

¿Cómo puede alguien vivir así? Siempre alerta, siempre preparado para atacar o defenderse.

«Muriendo joven», resuena la voz de mi hermano en mi cabeza, una de sus recurrentes bromas sobre la vida que llevaba.

La certeza de que Rodrigo ya no está cae sobre mí con una fuerza aplastante, derribando la frágil barrera que intento mantener.

Un sollozo escapa de mi garganta antes de que pueda contenerlo. Es un sonido involuntario, un lamento ahogado que rasga la quietud de la noche. Y, de repente, como impulsado por un resorte, él se despierta.

En cuestión de segundos, sus manos se mueven con una precisión que me asusta. Su cuerpo se abalanza sobre el mío, bajando el asiento con fuerza. Todo su peso me inmoviliza mientras con una mano agarra su arma y la otra me cubre, como si esperara un ataque inminente.

—¡¿Qué pasa?! —gruñe, su voz baja pero cargada de alarma. Sus ojos están alertas, buscando amenazas invisibles en la penumbra. Su respiración es rápida, agitada, y su pecho sube y baja contra el mío con cada latido frenético.

—No... no lo sé —respondo con esfuerzo, aturdida por lo que acaba de ocurrir. Estoy atrapada bajo su cuerpo, incapaz de moverme, y mi propia respiración se acelera al contagiarme de su tensión.

Él mira en todas las direcciones, buscando algún indicio de peligro, pero la noche permanece en calma, tan solo rota, de vez en cuando, por el sonido del viento y de nuestras respiraciones entrecortadas.

Sus ojos regresan a los míos, y en ellos veo el momento exacto en el que se da cuenta de que no hay ninguna amenaza, que es algo muy diferente: lágrimas silenciosas que surcan mi rostro empapando mi piel.

—Es por Rodrigo, ¿verdad? —murmura, su voz es mucho más suave ahora, casi un suspiro, mientras relaja su postura. Sin embargo, no se aparta.

La mención de su nombre me rompe por completo, y las lágrimas que he estado conteniendo encuentran una grieta por la que seguir su camino. No puedo hablar, solo asiento. No sé qué responder.

—No es bueno retenerlo todo dentro, te carcome...—musita una vez más, no es normal escuchar ese tono en él, un tono ronco y suave que de una manera extraña me consuela.

—¿Qué puedo decir? ¿Que estoy rota por dentro? ¿Que siento que dentro tengo un agujero negro que me devora?

—Llora, llora todo lo que necesites. Si ese agujero negro intenta tragarte, juro que lo desgarraré con mis propias manos.

Sus palabras quedan suspendidas en el escaso aire que hay entre nosotros, como una promesa y un desafío al mismo tiempo.

Por un instante, me aferro a su mirada buscando algo que pueda sostenerme en este caos que revuelve mi interior.

Hay un calor extraño en sus ojos, un fuego que parece consumirse en silencio pero que, de alguna manera, me ofrece refugio.

Sin darme cuenta, mi mano se mueve por su cuenta, rozando la suya que sigue sobre mí, protegiéndome de manera inconsciente, en un gesto que no sé si busca consuelo o conexión.

Él no la aparta, pero su mirada se endurece devolviéndome a la realidad, mostrándome a ese hombre que no se permite flaquear.

Esa aparente calma que había entre nosotros no dura mucho más. El peso de su cuerpo se retira lentamente, dejando en su lugar un vacío extraño. Benítez se reincorpora, alerta como siempre, con la mirada fija en el horizonte.

—Intenta descansar un poco más —ordena.

Es complicado volver a dormirme, así que dejo que mi mente vague sin rumbo por el paisaje que pasa a toda velocidad por la ventanilla.

El sol del desierto empieza a levantarse en el horizonte, tiñendo todo de tonos dorados y anaranjados.

La arena parece interminable, extendiéndose como un océano seco bajo un cielo que comienza a aclararse.

Desde el jeep, solo veo dunas y más dunas, y cada tanto, una roca que sobresale como un centinela olvidado.

La belleza del paisaje es irreal, casi hipnótica, pero también intimidante. Este lugar no perdona.

—¿Cómo se llama? —rompo el silencio.

—¿El qué? —pregunta girando la cabeza hacia mí.

—Este desierto que parece no tener fin…

—Su nombre es Dasht-e-Margo.

—Dasht-e-Margo —repito en voz baja—. ¿Qué significa?

—El desierto de la muerte.

—¿El desierto de la muerte? ¿Por qué?

—Por eso —responde, señalando hacia la distancia con un gesto de la cabeza. Un muro marrón rojizo comienza a levantarse, avanzando hacia nosotros con una velocidad inquietante.

—¿Es lo que creo que es? —pregunto, intentando mantener la calma.

—Sí. Una tormenta de arena. Y no, no podemos dejarla atrás. Créeme, tampoco querrías saber lo que pasa si te alcanza.

Mis labios se quedan secos, y no solo por la arena que empieza a filtrarse en el aire. La velocidad con la que el muro de polvo se acerca es sobrecogedora, como si tuviera vida propia y estuviera decidida a devorarnos.

Benítez pisa el acelerador, y el jeep salta sobre la arena con un esfuerzo que parece casi humano. El viento empieza a aumentar, llevando consigo pequeñas partículas que golpean los cristales como si fueran alfileres.

—No podemos seguir conduciendo mucho más tiempo —dice Benítez, rompiendo el silencio mientras sujeta con fuerza el volante. El motor del jeep parece gemir cada vez que una duna se vuelve más empinada, y los primeros signos de una tormenta de arena comienzan a dibujarse en el horizonte.

—¿Hay algún lugar cercano donde podamos refugiarnos? —indago, con la voz cargada de ansiedad.

—Una cueva. La vi en el mapa antes de salir del refugio. No está lejos, pero debemos apresurarnos.

El jeep avanza como si su propia existencia dependiera de ello. El viento ruge ahora con fuerza, y la arena comienza a filtrarse por las rendijas del vehículo, llenando el aire de un polvo que araña la garganta. Benítez mantiene la mirada fija en el horizonte, sus manos firmes en el volante.

Al fin, la silueta de una formación rocosa aparece frente a nosotros. Es un alivio ver algo sólido en medio del caos que nos rodea. Benítez detiene el jeep con brusquedad y me mira.

—¡Corre! —ordena mientras agarra su mochila y su arma.

No necesito que me lo diga dos veces. La tormenta está casi sobre nosotros cuando saltamos del vehículo y nos lanzamos hacia la cueva.

La arena nos golpea como si fuera vidrio, y cada paso se siente como una lucha contra una fuerza invisible.

El viento nos golpea con una fuerza brutal, y la arena se cuela por cada resquicio de la ropa, arañándome la piel como si fueran pequeñas y afiladas cuchillas.

La tormenta se ha intensificado con una rapidez que parece de película, transformando todo a nuestro alrededor en un remolino caótico en el que no se ve más allá de unos centímetros.

—¡La cueva está cerca! —grita Benítez, aunque su voz se pierde en el rugido ensordecedor del viento.

No puedo responder, la bufanda que he improvisado para protegerme apenas sirve de algo; la arena se filtra por cada hueco, llenando mi boca y mis ojos de polvo. Mis piernas tiemblan, apenas puedo mantenerme en pie, avanzar se ha convertido en una lucha titánica para mí.

—¡Joder, Valeria! ¡No te detengas! —grita con desespero, tomándome del brazo con fuerza.

Asiento, pero dudo de que haya visto el gesto, solo es que no puedo hablar…

. La sensación de desorientación es absoluta.

Cada segundo es un nuevo desafío que merma las pocas fuerzas que me quedan; esquivar las rocas que lanza el viento que se sienten como proyectiles, mantener el equilibrio en ese terreno irregular y, sobre todo, tratar de mantener el ritmo que me impone Benítez que avanza con una determinación implacable.

Ahora, viéndolo así, me creo que sea capaz de luchar contra el agujero que siento dentro y ganar la batalla…

Un trueno seco retumba en la distancia, ¿es posible? Las nubes que nos cubren son de arena…

—¡Es el sonido de rocas chocando entre sí! —grita.

Caigo de rodillas al tropezar con una de gran tamaño, la arena, caliente, quema en mis manos al contacto.

—¡Levántate! —Su voz se siente como un ancla en medio del caos. Antes de reaccionar, sus manos se cuelan bajo mis brazos y me obliga a ponerme en pie.

—¡No puedo...! —empiezo a decir, pero él me corta con un gesto brusco.

—¡Sí puedes! ¡Vamos!

Avanzamos a trompicones, el camino se me hace interminable, ¿había tanta distancia hasta la puta cueva?

—Vamos, Plomo, la entrada está ahí, ¿lo ves? —indica con su mano.

Entrecierro más los ojos y diviso una abertura oscura en la roca, apenas visible con este tiempo hostil.

Llegar hasta la entrada ha sido una misión casi imposible.

Ha sido como si el viento doblara su intensidad para impedirnos escapar de ella.

Benítez se detiene y con su cuerpo me cubre para ayudarme a deslizar mi cuerpo agotado al interior.

Una vez dentro, nos dejamos caer contra las paredes de la cueva, jadeando en busca del aire que hemos perdido, tosiendo sin parar y cubiertos de arena de pies a cabeza.

—¿Estás bien? —pregunta con la voz ronca.

—Creo que sí... —respondo, aunque estoy lejos de estar segura. Todo mi cuerpo tiembla y mi garganta arde por toda la arena que he tragado—. Aunque estoy segura de que he tragado tanta como que me da para hacer un castillo de arena…

Benítez esboza una leve sonrisa que le ilumina la mirada, creo que es la primera vez que veo esa expresión en él. Parece que lo sucedido unas horas antes ha hecho que algo entre nosotros cambie. Tal vez ha empezado a confiar en mí, aunque sea solo un poco…

Enciende una pequeña linterna que ha sacado de su mochila e ilumina el interior del refugio.