Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 6 Huacán
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Capítulo 6 Huacán

Valeria

L a escena me ha dejado mal cuerpo. No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo sin hablar, perdida en el traqueteo del vehículo y con los dientes apretados.

Esa joven… Sigue pareciendo todo tan injusto, tan desequilibrado…

una lucha de poder que nunca va a verse igualada.

Reprimo las lágrimas que llevan queriendo salir desde hace horas.

No soy ninguna ingenua, sé bien cómo es el mundo, aun así me jode presenciarlo y no poder hacer nada.

Parpadeo y es cuando soy consciente de que la luz del atardecer se filtra por la ventanilla del jeep mientras avanzamos por un terreno cada vez más árido.

Los restos de Kabul se desdibujan en el horizonte, dejando atrás su bullicio apagado y su constante sensación de peligro.

Ahora el paisaje está dominado por montañas que parecen observarnos desde la distancia, imponentes y silenciosas.

El aire se siente diferente aquí, cargado de polvo y promesas inciertas.

—¿Cuánto falta? —pregunto, aunque sé que la respuesta no me traerá consuelo.

—Horas. Tal vez más, dependiendo de cómo esté el camino —responde Benítez, su voz neutral, casi distante.

El motor del jeep es el único sonido constante, un recordatorio de que seguimos en movimiento, alejándonos de algo que ni siquiera entiendo del todo.

Lo miro de reojo. Su mandíbula está tensa, su mirada fija en el camino, pero puedo ver el peso de algo más en sus ojos, algo que no está dispuesto a compartir.

—¿Siempre fuiste así de callado? —pregunto, intentando romper el silencio.

—Depende de la compañía —responde sin mirarme.

—Vaya, qué halagador —murmuro.

Él suelta un sonido que podría ser una risa breve, aunque no estoy segura. Decido no insistir. Algo en su postura me dice que, aunque no lo admita, está tan agotado como yo.

—Rodrigo solía hablar de ti —suelto, cambiando de táctica. Su cuerpo se tensa, pero no aparta los ojos del camino.

—Ah, ¿sí? —inquiere a su vez con un tono que intenta sonar indiferente.

—Sí. No mucho, pero lo suficiente como para saber que eras importante para él. Siempre decía que eras el tipo de persona a la que querrías tener a tu lado si las cosas se ponían feas.

—¿Eso decía? —murmura, más para sí mismo que para mí. Hay una nota de amargura en su voz que no sé cómo interpretar.

El jeep se sacude al pasar por un bache, y ambos nos agarramos a los bordes de nuestros asientos. La carretera, si es que se puede llamar así, se ha vuelto más traicionera, con piedras sueltas y desniveles que nos obligan a reducir la velocidad.

—¿Dónde aprendiste a conducir así? —pregunto, intentando aliviar la tensión.

—En lugares donde conducir mal significa morir rápido.

—Eso es... reconfortante.

Él no responde, pero puedo ver una leve curva en la comisura de sus labios. Es un pequeño triunfo, aunque no estoy segura de por qué me importa.

—¿Tienes hambre?

Asiento, lo cierto es que no recuerdo cuándo me llevé algo a la boca por última vez… hace horas, eso seguro.

Detiene el vehículo y puedo escuchar el sonido de agua correr.

Baja primero y revisa los alrededores con su arma en la mano antes de indicarme que baje con un gesto de su mano.

Ser periodista de investigación tiene sus riesgos, es cierto, pero nada se compara a esta pesadilla sin fin que estoy viviendo desde que puse un pie en esa maldita trastienda y me topé con mi hermano sin vida en el suelo.

El recuerdo me estremece, llevo mis manos alrededor de mi cintura y dejo escapar unas lágrimas. Es extraño, verlo así me dolió tanto que me dejó en un estado de shock del que aún no he salido. Siento tanta pena, frustración e impotencia que no puedo describirlo.

—Sígueme, hay un riachuelo donde podemos lavarnos un poco y reponer fuerzas —ordena.

Empiezo a darme cuenta de que es su forma natural de hablar, que me recuerde a Rodrigo en tantas cosas no me lo pone fácil, estoy tentada de acercarme a él y darle un abrazo para ver si algo de mi hermano sigue impreso en ese hombre extraño.

La luz del sol apenas ilumina lo suficiente, pero lo bastante para ver que el agua es cristalina, clara, refrescante. Un contraste sorprendente con el entorno árido que se cuela hasta por los poros de la piel.

Me inclino y me lavo la cara, quiero que se lleve los restos de mis lágrimas. Siento un alivio inmediato del agua fría contra mi piel.

—Puedes llorar —decreta. Para él todo es una orden, me queda claro.

—¿Sabes? —susurro—. Duele tanto que no puedo llorar, ¿no es extraño? —confieso con la pena llenando mis palabras.

—En realidad no —afirma.

Lo observo cuando se quita la camiseta de manga corta que lleva. Está de espaldas a mí y a pesar de que la oscuridad empieza a tragarlo sin piedad, puedo ver la cantidad de marcas y cicatrices que tiene en ella. Es un mapa grabado en piel de su vida.

—¿Por qué lo haces? —pregunto de repente, no me he dado cuenta de que lo he dicho en voz alta hasta que mi voz ha roto el silencio que nos envuelve.

—¿Hacer qué? —responde, girándose hacia mí.

Si su espalda es un mapa de experiencias grabadas sobre su piel, su pecho no se queda atrás.

Reconozco algunas de las cicatrices como de disparo, mi hermano tenía algunas.

Se seca un poco el pelo con la camiseta antes de volver a cubrirse y fija la mirada en mí.

Hay algo en su forma de mirar que me hace sentir avergonzada.

—Meterte en lugares como este. Podrías estar en cualquier otro sitio, haciendo cualquier otra cosa, pero elegiste esto —replico.

Se toma un momento para responder, parece sorprendido por la pregunta.

—¿Por qué lo haces tú?

Supongo que es justo que pregunte, aunque no me haya dado una respuesta. Cierro los ojos y trato de encontrar las palabras correctas.

—Porque alguien tiene que hacerlo. Hay historias que necesitan ser contadas, cosas que la gente necesita saber. Y porque... porque no puedo quedarme quieta mientras el mundo se desmorona a mi alrededor.

Él asiente lentamente, como si estuviera considerando mis palabras. No dice nada más, pero puedo ver que algo en él ha cambiado, aunque sea un poco.

Se sienta a mi lado y saca un poco de algo que hay en una de las latas que compramos y me lo da. Ni lo miro, me lo llevo a la boca y lo trago, necesito reponer fuerzas. Después me tira un paquete de galletas del que tomo algunas y de la misma manera mecánica las trago.

—Yo tampoco podía quedarme sin hacer nada mientras todo se iba a la mierda —confiesa sin venir a cuento.

Se levanta y se dirige hacia el jeep. Lo sigo sin preguntar, tengo claro que el descanso ha pasado y que dormir un rato está sobrevalorado.

El paisaje comienza a transformarse. Las montañas se acercan aunque no parece que vayamos a dejar el desierto atrás.

—Estamos cerca de Huacán —anuncia Benítez, señalando un punto en el mapa que tiene desplegado sobre su pierna.

—¿Qué esperamos encontrar allí? —pregunto, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta.

—Respuestas. Aunque lo más seguro es que surjan más preguntas.

Su respuesta no es precisamente tranquilizadora, pero al menos es honesta. Respiro hondo, intentando prepararme para lo que sea que venga después.

El jeep se detiene de repente, y Benítez apaga el motor. Miro a mi alrededor, confundida, hasta que veo lo que él ve.

—Vamos a dormir un poco, llevamos muchas horas sin hacerlo, creo que este lugar es tranquilo, no sé cuándo será la próxima vez que podamos permitirnos el lujo de dormir.

—Sí, parece que tanto comer como dormir o ducharme —digo oliendo con disimulo mi camiseta—, se han convertido en un lujo de la noche a la mañana.

—Descansa.

Y, con esa nueva orden, me reclino en el asiento y dejo que el cansancio venza una batalla ganada de por sí.