Capítulo 5 La Parada
Benítez
E l sol ya está alto cuando volvemos a ponernos en marcha. El refugio ha cumplido su propósito, pero no podemos quedarnos aquí. Tenemos que movernos. No tenemos alternativa.
La carretera está desierta, salvo por algún que otro vehículo oxidado abandonado en los arcenes. Valeria guarda silencio, mirando por la ventana con una expresión pensativa.
—¿Adónde vamos ahora? —pregunta al fin.
—A por provisiones.
—¿Significa que vamos a exponernos?
—Significa que, si no queremos morir de hambre, tendremos que arriesgarnos.
Llegamos a un pequeño mercado en las afueras de la ciudad.
Es un lugar discreto, lleno de tenderetes hechos con lonas y maderas viejas.
El aire huele a especias rancias y sudor, con un toque de humedad que no logra disipar el calor sofocante del mediodía.
Hay hombres, mujeres y niños deambulando entre los puestos, muchos de ellos con miradas cautelosas.
Un niño pequeño corre descalzo entre los puestos, su risa momentánea rompe el murmullo tenso de los comerciantes, mientras una mujer mayor intenta regatear el precio de unas frutas marchitas.
Bajamos del jeep, y mi mirada escanea sin descanso el entorno.
—Quédate cerca de mí —ordeno.
—¿Y qué hago si alguien nos reconoce?
—Si sigues poniendo esa cara, seguro que nos miran. Haz como si no fuera la primera vez que estás aquí...
—Para tu información, es la primera vez que estoy aquí...
—Pero ellos no tienen por qué saberlo, ¿verdad?
Valeria resopla, pero obedece. Caminamos entre los puestos, y mi mirada escanea sin descanso el entorno.
Los ojos de los comerciantes se posan en nosotros por un momento antes de desviarse.
Puedo sentir cómo las miradas pesan sobre nosotros, una curiosidad disfrazada de indiferencia.
Aquí, ser extranjero no es raro, pero tampoco pasa desapercibido.
Compramos agua, algo de comida enlatada y unos paquetes de galletas que, estoy seguro, llevan caducadas meses.
El hombre que vende las latas de conservas tiene una sonrisa hueca, mostrando dientes amarillentos mientras pasa los productos por el mostrador improvisado.
Cada movimiento suyo es lento, como si midiera cuánto tiempo puede mantenernos aquí.
Todo el tiempo mi mano permanece cerca del arma que llevo en el cinturón.
Cuando nos giramos para volver al jeep, un hombre se interpone en nuestro camino. Es alto, con barba y ojos oscuros que parecen perforarme.
—¿Buscando algo en particular, amigo? —pregunta, su tono parece amable, pero va cargado de intención.
—No, gracias —respondo, intentando esquivarlo.
—¿Está seguro? —insiste, dando un paso hacia nosotros. Por un momento, ladea la cabeza y puedo ver el destello de un cuchillo que lleva colgando del cinturón.
Valeria me mira, y puedo ver el pánico que comienza a formarse en sus ojos. Coloco una mano sobre su hombro y la acerco a mí tratando de darle tranquilidad a la vez que envío un mensaje claro a ese hombre: ella es mía.
—Seguro, tan solo estamos de paso —afirmo, mi voz no titubea.
El hombre sonríe, aunque sus ojos permanecen fríos.
—Espero que encuentren lo que buscan.
—Gracias —asiento con la cabeza y él se aparta para dejarnos despejado el camino. Aun así, puedo sentir su mirada clavada en nuestras espaldas mientras nos alejamos. Juro que sus ojos queman mi nuca, un recordatorio de que nada en este lugar es gratuito.
Cuando estamos a unos pasos del jeep, un alboroto capta mi atención.
Giro la cabeza y veo cómo una mujer tropieza con uno de los puestos, derribando una mesa llena de frutas podridas.
Antes de que pueda reaccionar, un hombre corpulento la alcanza y, sin mediar palabra, la abofetea con fuerza, haciéndola caer al suelo.
La mujer intenta protegerse levantando las manos, pero el hombre no se detiene.
Le grita en un idioma que no entiendo, mientras la arrastra por el suelo tirándole del brazo.
La violencia es rápida, cruda, y me recuerda por qué este lugar no es seguro.
—No mires —ordeno a Valeria, pero sé que es inútil. Sus ojos están fijos en la escena, abiertos como platos.
La mujer lanza un grito desgarrador cuando el hombre la empuja contra un carrito de madera, rompiendo parte de la estructura. Algunas personas se detienen a mirar, pero nadie interviene. El miedo es palpable en el aire.
—Benítez... —susurra Valeria, y siento cómo su mano busca mi brazo, aferrándose con fuerza.
—Cálmate. —La miro de reojo, tratando de mantener mi propia compostura—. Esto no es asunto nuestro.
—¿Cómo puedes decir eso? —replica, su voz cargada de indignación y desesperación—. ¡Tenemos que hacer algo!
—No podemos. —Mi tono es seco, cortante—. ¿Quieres acabar igual que ella? Estamos muy lejos de España, y solos —dejo claro.
Valeria tiembla, y puedo sentir cómo su respiración se acelera. Sus ojos están llenos de impotencia, y su cuerpo se presiona más contra el mío. No digo nada más, porque sé que mis palabras no aliviarán el peso que siente al ver algo así. Pero aquí, no hay héroes. Solo supervivientes.
—Tenemos que irnos. Ahora. —Mi tono no deja lugar a discusión. La guío hacia el jeep, manteniendo una mano firme en su brazo. Al llegar, abro la puerta del copiloto y prácticamente la meto dentro antes de rodear el vehículo para subirme al asiento del conductor.
De vuelta en el jeep, rompe el silencio.
—¿Quién era ese hombre?
—No lo sé, pero no me gusta.
—¿Crees que sabe algo?
—Creo que deberíamos movernos antes de que decida averiguarlo.
Enciendo el motor y nos alejamos del mercado.
Por el retrovisor, veo al hombre quedarse en la entrada del mercado, con los brazos cruzados y su mirada fija en nosotros hasta que giramos la esquina.
La sensación de que estamos siendo observados no me abandona, y sé que no es cosa mía.
Hay algo en el aire que me advierte de que las cosas están a punto de ponerse peor, mucho peor.
El chirrido del motor del jeep acompaña mis pensamientos, como un recordatorio de que nuestra huida no será fácil.