Capítulo 4 La Pesadilla
Valeria
S iento como su agarre afloja. No tenía que haberle provocado tanto. Me guste o no, es la única persona que puede ayudarme en estos momentos. Mi pecho sube y baja alterado; soy consciente de la fuerza de ese hombre y, aunque estaba acostumbrada a mi hermano, él es mucho más grande. Más peligroso.
Retrocede un paso, pero su mirada sigue fija en mí, como si intentara decidir si puede confiar o no. Aún siento el calor de su mano en mis muñecas, el peso de su control. Por un segundo, parece dudar, y en esa duda percibo algo que me inquieta más que su fuerza: humanidad.
—Rodrigo nunca mencionó que tuviera una hermana —murmura, su voz grave pero con una nota de incredulidad.
—No se lo decía a cualquiera. Es... era muy protector. —Mi respuesta suena más dura de lo que pretendía, pero estoy demasiado agotada para preocuparme por suavizarla.
Él asiente, muy despacio, todavía desconfiado. Camina hacia la mesa donde están sus cosas y toma su arma. La guarda con movimientos precisos, casi rituales. En contraste, yo sigo en la misma posición, sin moverme. Mis piernas todavía tiemblan un poco, aunque trato de ocultarlo.
—Abrígate. No vamos a prender fuego aquí —ordena de repente, rompiendo el silencio. Su tono es firme, como si la decisión ya estuviera tomada.
—¿Por qué no? —pregunto, aún sin moverme.
—El humo se ve desde lejos. No quiero darles una señal de bienvenida. —Se inclina sobre su mochila y saca una lata de comida en conserva. Me la lanza sin aviso, y la atrapo con torpeza.
—Gracias por el banquete. ¿Vas a cenar o solo vas a vigilar? —ironizo, aún tratando de entender quién es este hombre.
Él me lanza una mirada que corta cualquier intento de conversación. Es un muro, y no pienso malgastar energía golpeándolo.
Me siento en una esquina del refugio, con la lata aún en la mano, y lo observo mientras organiza su equipo con una eficiencia inquietante.
Todo en él grita ejército: sus movimientos calculados, su postura rígida, incluso la manera en la que examina cada rincón de la habitación, como si esperara que algo o alguien saliera de las sombras.
—¿Te puedo preguntar algo? —me atrevo a decir rompiendo el silencio.
—No prometo responder —avisa sin ni siquiera mirarme.
—¿Cuál es tu nombre?
Eso lo hace detenerse. Se queda quieto por un momento, como si estuviera considerando si vale la pena o no darme esa información. Tras unos segundos se gira hacia mí.
—Benítez. Sargento Andrés Benítez.
Asiento dejando que el nombre se asiente en mi mente. Benítez. No parece mucho, pero al menos ahora no tengo que seguir llamándolo soldadito.
—¿Contenta? —pregunta, con una sonrisa apenas perceptible.
—Me conformo. —Intento devolverle el sarcasmo, pero estoy demasiado cansada para sostener el tono.
Benítez
E l silencio se instala entre nosotros. Aún puedo sentir la tensión colgando en el aire, como una cuerda demasiado estirada que amenaza con romperse en cualquier momento.
Valeria se frota las muñecas, y aunque intenta mantener la compostura, el temblor de sus manos la delata.
Me apoyo contra la mesa, observándola desde la distancia.
No estoy seguro de si debería disculparme o tan solo dejar que el tiempo alivie la situación.
—¿Te duele? —pregunto tras un rato, rompiendo el silencio.
—No, pero no ha sido precisamente cómodo. —Levanta una ceja, sus labios se tuercen en algo que no llega a ser una sonrisa. Hay un desafío silencioso en su mirada, pero también algo más suave, como si quisiera acercarse, pero no supiera cómo.
—Mala costumbre. —Me encojo de hombros. No es una excusa, pero tampoco voy a dar más explicaciones.
Ella suelta un suspiro largo, deja caer los brazos a los costados y se desliza despacio hasta sentarse en el suelo, con la espalda contra la pared. Sus ojos gris verdosos me estudian con una mezcla de cansancio y curiosidad.
—Rodrigo te mencionó alguna vez. —Sus palabras me toman por sorpresa. No esperaba que empezara a hablar de él tan pronto, y mucho menos después de la tensión que acabamos de pasar.
—¿Ah, sí? ¿Qué dijo? —Mi tono es más brusco de lo que pretendía, pero no puedo evitarlo.
—No mucho. Siempre fue reservado sobre su trabajo.
Pero dijo que eras alguien en quien confiaba, aunque nunca me explicó por qué.
—Hace una pausa, como si estuviera eligiendo con cuidado las palabras—.
Yo... no sé por qué confiaba tanto en ti, pero estoy aquí porque confío en él.
Y porque creo que sabía que algo iba a salir mal.
Me acerco un poco, lo suficiente para que mi sombra caiga sobre ella, pero no tanto como para invadir su espacio. Mi mente trabaja a toda velocidad, intentando procesar lo que acaba de decir. Rodrigo siempre fue de pocas palabras, pero eso no significa que no dejara cosas sin decir.
—¿Qué fue lo que te dijo? ¿Por qué estás aquí? —insisto.
Valeria baja la mirada hacia el suelo, como si estuviera reuniendo fuerzas para hablar. Cuando finalmente lo hace, su voz es baja, casi un susurro.
—Me llamó hace unas semanas. Fue... raro. No dijo mucho... —Levanta la vista hacia mí, y sus ojos están llenos de algo que no puedo descifrar—. Nunca había sonado así antes. Era como si supiera que no iba a salir de esta. Sonó... a despedida.
Las palabras se clavan en mi pecho como una bala. Puedo imaginar perfectamente a Rodrigo haciendo esa llamada, su voz cargada de la misma calma tensa que siempre tenía en los momentos más jodidos. Pero algo en su tono, en la manera en que ella lo describe, me dice que esta vez fue diferente.
—Cuando me llegó esa carta y vi lo que contenía... me quedó claro que Rodrigo sabía que algo muy malo podría sucederle. Sé que no habría querido que viniera...
—Y aun así, aquí estás —digo, más para mí mismo que para ella.
—Rodrigo es mi hermano. No podía dejar de venir. —Hace una pausa, y algo en su expresión cambia, endureciéndose—. Pero tú ya lo sabías, ¿verdad? Que esto iba a acabar así. ¿Por eso estás aquí?
No respondo de inmediato. La verdad es que no lo sé. Lo único que sé es que Rodrigo me necesitaba, y yo fallé. Pero no voy a decirle eso.
—Estoy aquí porque Rodrigo lo pidió. —Es lo único que puedo ofrecerle.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez es menos pesado. Hay algo en esa conversación, en el intercambio de verdades a medias, que parece aliviar la tensión. Por un momento, somos dos personas intentando darle sentido a la misma pérdida.
Regreso a la mesa, tomo la mochila, rebusco en busca de la manta y se la arrojo sin avisar. Tiene buenos reflejos y la atrapa al vuelo. Sus ojos se clavan en los míos.
—Intenta descansar, Plomo. Mañana será peor. —Es lo más cercano a un gesto de reconciliación que puedo ofrecerle.
Ella no dice nada, pero suelta un pequeño suspiro mientras se envuelve en la manta. Yo regreso a mi puesto junto a la puerta, con el arma descansando sobre mis piernas. El refugio queda en silencio una vez más, pero esta vez el peso es diferente.
Mientras sus ojos empiezan a cerrarse, mi mente regresa al fuego. A aquella misión fallida. A lo que dejamos atrás.
«Fuego. Calor abrasador, rugido de llamas, gritos. El aire es irrespirable, humo y cenizas que raspan mi garganta con cada aliento. Corro, pero no sé hacia dónde. Las sombras de los edificios derrumbados se mezclan con figuras que caen, rostros que se pierden en el caos.
La radio escupe una orden entre interferencias: avance autorizado. La voz del comandante Hale llega fría, tajante, demasiado limpia para el infierno que nos rodea.
—¡Ares! —La voz de Rodrigo atraviesa el rugido como un cuchillo.
Me giro hacia él, pero apenas puedo verlo entre el humo y las llamas que nos rodean. Está luchando, su rifle en alto mientras dispara hacia algo que no alcanzo a distinguir. Avanza con determinación, como siempre, pero hay algo distinto esta vez.
—¡Ares! ¡Atrás! —grito, aunque mi voz se pierde en el estruendo.
El suelo tiembla bajo mis pies, los escombros vuelan por los aires. Una explosión me lanza hacia atrás, golpeando mi espalda contra algo sólido. Mi visión se nubla, pero consigo levantarme. Rodrigo sigue ahí, en pie, aunque su silueta parece más distante con cada segundo.
—¡Ares, corre! —grita. Sin embargo, sus palabras no tienen sentido. No puedo dejarlo.
Mis pies se mueven, pero es como si el suelo me atrapara, como si algo invisible me sujetara las piernas y me obligara a quedarme quieto. Él se da la vuelta, su rifle apuntando hacia un enemigo que no puedo ver.
De repente, lo veo. Una figura en las sombras, con un arma levantada. Todo sucede en un segundo. El disparo resuena como un trueno y Rodrigo cae al suelo, su cuerpo doblándose de una manera antinatural.
—¡No! —grito, pero no puedo moverme. El fuego me rodea, las llamas lamiendo mi piel mientras trato de llegar a él.
Rodrigo levanta la cabeza, sus ojos encontrándose con los míos. Hay algo en su mirada que me destroza más que el disparo: resignación.
—No olvides lo que dejamos atrás —susurra, y su voz se pierde en el rugido de las llamas.
Las llamas lo consumen. Su cuerpo desaparece, y lo único que queda es el eco de sus palabras y la chapa que ahora está en mi mano. Las letras grabadas en el metal brillan con una claridad que me resulta insoportable:
«No olvides lo que dejamos atrás».
El fuego se vuelve más intenso, más cercano.
Me envuelve, quemando todo a mi alrededor, y siento que me estoy desmoronando junto con él.
El grito que escapa de mi garganta es tan desgarrador como el fuego que acabo de dejar atrás.
Me despierto con el pecho subiendo y bajando sin control, como si todavía estuviera intentando escapar de esas llamas».
Una mano toca mi hombro. Ligera, temblorosa.
—Andrés... soy yo, Andrés... —La voz es la de Valeria, pero en mi estado no la reconozco al principio.
Reacciono por instinto. Giro con brusquedad, apresándola por las muñecas y empujándola contra la pared. Mi respiración es un torbellino, y mi mente sigue atrapada en aquella misión.
—¡Suéltame! —grita, su voz cargada de miedo.
Parpadeo, tratando de arrancarme del recuerdo. Su rostro se hace más claro, y las sombras de mi pesadilla comienzan a disiparse. Ya no estoy allí. No hay fuego. Rodrigo no está...
La suelto de golpe y retrocedo, dejando que mis manos caigan pesadamente a mis costados. Ella me mira, sus ojos brillantes con una mezcla de rabia, miedo y algo más: compasión.
—Benítez… —dice, con el tono más suave que le he escuchado nunca.
No respondo. Solo giro hacia la pared, apoyando una mano contra ella mientras trato de calmar la tormenta que todavía ruge dentro de mí.
Valeria no se aleja. En lugar de eso, da un paso hacia mí, despacio, como si estuviera acercándose a un animal herido.
—Sé lo que es —murmura.
Sus palabras me hacen girar la cabeza hacia ella, pero no la interrumpo.
—Mi hermano… Rodrigo… también tenía esas noches. Despertaba gritando, empapado en sudor, y durante un rato no estaba aquí. No estaba conmigo. Estaba atrapado en algún lugar al que yo no podía llegar. —Su voz tiembla, pero no se detiene—. Esto no se supera, pero no tienes que enfrentarlo solo.
Su mano se levanta, lentamente, y la coloca sobre mi brazo. Es un gesto simple, casi insignificante, pero algo en su toque me hace sentir que el peso que llevo no es tan insoportable.
—No necesitas hablar, Benítez. Solo respira.
Cierro los ojos, dejando que sus palabras y su tono suave penetren a través del caos en mi mente. Mi frente se apoya contra la de ella, sin que ninguno de los dos lo planee. Solo sucede. El contacto es extraño, incómodo al principio, pero poco a poco siento que mi respiración se estabiliza.
—No tienes que cargar con todo —susurra Valeria.
El calor de su aliento me golpea suavemente, y aunque no lo diga en voz alta, algo dentro de mí quiere creerle.
El momento se prolonga más de lo que esperaba, pero finalmente me aparto, despacio, como si temiera romper algo delicado.
—Gracias —digo, apenas un susurro.
Valeria asiente, sus ojos buscándome como si quisiera decir algo más, pero al final, guarda silencio. Se retira a su rincón sin decir nada más, y yo vuelvo a sentarme junto a la mesa.
El mapa frente a mí sigue siendo un borrón, pero por primera vez en mucho tiempo, las llamas empiezan a apagarse.