Pacto oscuro (Pactos oscuros 2) Capítulo 3 En terreno peligroso
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Capítulo 3 En terreno peligroso

Benítez

S ubo al coche, arranco y el motor del jeep ruge mientras nos alejamos por las calles de Kabul que se transforman en un caos familiar de tráfico pesado, peatones imprudentes y polvo rojizo.

Conduzco en silencio, aunque mi mente está en constante alerta.

La mujer que está sentada a mi lado es un enigma, uno que no puedo permitirme ignorar.

Hay algo en sus ojos que me dice que sabe más de lo que deja entrever, pero no estoy seguro de qué es.

Miro de reojo a la mujer. Su expresión es dura, la mandíbula apretada, los ojos fijos en el camino. Aunque no ha dicho mucho, su presencia me pone en alerta. No es habitual que alguien se cruce en mi camino de esta forma, y menos en una situación tan delicada.

—¿Vas a decirme a dónde vamos? —pregunta tras un rato, su voz es apenas audible.

—A un lugar donde no nos encuentren —respondo sin mirarla.

La tensión entre nosotros es palpable. Puedo sentir su mirada fija en mí, buscando algo: respuestas, tal vez un atisbo de humanidad. Pero no tengo tiempo para eso. Cada cruce, cada calle puede ser una emboscada, y mi atención está en sobrevivir, no en tranquilizarla.

—¿Quién eres? —insiste, esta vez con más firmeza.

—El que te sacó viva de allí. Con eso debería bastarte.

—Por ahora —La escucho exhalar con frustración, pero no insiste. Es lo suficientemente lista como para saber que no va a obtener más de mí. No todavía.

Las calles de Kabul son un laberinto de polvo y desconfianza. A cada giro, mi mente calcula posibles rutas de escape. Conozco esta ciudad lo bastante como para saber dónde esconderme, pero nunca lo suficiente como para sentirme seguro.

—Lo que dije antes no era cierto. Rodrigo no confiaba en cualquiera —afirma, rompiendo el silencio—. Así que supongo que eres de fiar.

Esa frase me golpea más fuerte de lo que esperaba. No sé si lo dice para justificarse o para provocar una reacción, pero no respondo, sigo impasible.

—¿Lo conocías bien? —insisto.

—Mejor que tú, eso seguro.

La forma en la que lo dice, con esa mezcla de rabia y dolor, me hace girar la cabeza un segundo. Hay algo en ella que no puedo descifrar y eso me molesta. Regreso la mirada al frente antes de que se dé cuenta de que la miro.

—No tienes idea de lo que sé —es todo lo que digo. Ella esboza una media sonrisa, pero es un gesto triste. Espero a que diga algo, pero no lo hace—. Mira, no sé quién eres ni qué relación tenías con Rodrigo, pero si estás aquí, significa que estabas metida en algo grande. Algo que lo mató.

—¿Y tú? —pregunta con tono afilado—. ¿Por qué estás aquí? ¿No significa eso lo mismo?

La lógica de su pregunta me deja sin respuesta. No digo nada más hasta que detengo el vehículo.

El motor del jeep ruge una última vez, agotado, antes de apagarse. La carretera de tierra ha terminado, y frente a nosotros se alza el refugio: una casa de adobe medio derruida que conocía demasiado bien. No es el lugar más seguro, pero es lo único que tengo.

—Baja —digo, sin mirarla.

Ella no responde, aunque obedece. Sus movimientos son torpes, y su respiración aún es irregular. No puedo culparla. Acabamos de salir de una persecución que casi nos mata, y ahora estamos atrapados juntos en medio de la nada.

Miro a mi alrededor, con el arma lista. Estoy seguro de que no nos han seguido, pero eso no significa que estemos fuera de peligro. Aquí, el enemigo siempre está más cerca de lo que parece.

—¿Es esto a lo que llamas seguro? —pregunta, su tono está cargado de sarcasmo.

La observo un segundo, no parece el tipo de mujer por la que Rodrigo perdería la cabeza.

—Seguro es no estar muerto. Esto es lo segundo mejor —digo con el mismo tono que ella.

Su expresión me deja claro que mi tono no la impresiona, pero no tiene tiempo para discutir. Empujo la puerta de la casa y entro primero, revisando cada rincón. Vacío, como esperaba.

—Entra.

Ella me sigue, me doy cuenta de que camina justo detrás de mí, pisando donde yo piso. Sus ojos recorren el lugar con desconfianza. El interior es tan precario como parece por fuera: paredes desnudas, un par de muebles viejos y una mesa cubierta de polvo. No hay lujo, pero tampoco lo necesitamos.

Cierro la puerta y se deja caer en una silla desvencijada. Deja escapar un suspiro cargado de muchas cosas que reconozco: agotamiento, miedo, dolor, impotencia, rabia...

—No es el Ritz, pero servirá —comento, intentando romper un poco la tensión.

—No esperaba nada diferente —responde, su tono es seco—. ¿Al menos es seguro? —pregunta, mirando alrededor con escepticismo.

—Tan seguro como puede ser en Kabul —respondo.

Saco un mapa de un cajón y lo extiendo sobre la mesa. Mientras lo reviso, puedo sentir sus ojos clavados en mí.

—¿Qué estamos buscando? —pregunta al fin.

—Un lugar donde encontrar respuestas.

—¿Y qué hay de mí?

La pregunta me pilla desprevenido. Levanto la vista y la encuentro con la mirada fija en mí y en el mapa, sus ojos no se achantan como esperaba.

—¿Qué hay de ti? —repito, quitándole importancia al hecho de que ella estaba también ahí.

—Rodrigo confió en ti. Confió en mí. Si estamos aquí, juntos, debe haber una razón, ¿verdad? Ambos sabemos que él no dejaba nada al azar.

Su lógica es innegable, pero no puedo permitirme confiar en ella. No todavía.

—Si él confiaba en ti —digo al fin—, eso significa que tienes algo que necesito. Y si es así, mejor que me lo des cuanto antes.

—No tengo nada, solo la chapa, ya te lo he dicho.

La oscuridad se traga la poca luz que hay, la tensión en la habitación parece hacerse más pesada. Por mi cabeza no dejan de dar vueltas tres cosas: Rodrigo, la chapa y esa maldita frase.

—No olvides lo que dejamos atrás —murmuro en voz baja, sin darme cuenta de que lo he dicho en alto hasta que su mirada se agranda.

A pesar de la oscuridad puedo ver sus enormes ojos iluminarse como un faro. Está claro que sabe más de lo que dice.

—¿Qué significa eso?

—¿No deberías saberlo? —espeto, esbozando una media sonrisa.

Ella me observa, sus ojos llenos de desafío, pero también de miedo. No sé si es miedo hacia mí o hacia lo que acaba de suceder, pero eso no cambia nada. Necesito respuestas, y las necesito ahora.

—¿Quién eres realmente? ¿Y qué coño estabas haciendo en esa tienda? —insisto, esta vez girándome para enfrentarla directamente.

Aprieta los labios, como si estuviera considerando si hablar o no. Su silencio es irritante, pero no voy a presionarla demasiado. Todavía.

—Ya te lo dije. Vine aquí por él —responde finalmente, su voz firme pero cargada de una tristeza palpable—. Rodrigo era… importante para mí.

Esa respuesta no me dice nada. Lo que necesito saber es por qué apareció justo cuando yo estaba allí, y qué papel juega en todo esto.

—Eso no es suficiente. ¿Cómo supiste que estaría en ese lugar? —pregunto, inclinándome ligeramente hacia ella.

No tengo una respuesta para eso. Lo único que sé es que Rodrigo estaba en algo grande, algo lo suficientemente peligroso como para costarle la vida. Y ahora, su muerte me ha arrastrado a mí, y a esta mujer, a un lío del que apenas empezamos a entender.

—¿Tienes idea de en qué estaba metido? —pregunto, cambiando de táctica.

Ella niega con la cabeza, pero sus ojos me dicen que está mintiendo. —No sé a qué estás jugando, plomo —la llamo para dejarle claro que para mí solo es un sobrepeso—, pero...

—¿Plomo? —pregunta alzando una ceja.

—¿Te molesta? —interrogo.

—No, creo que queda bien con soldadito marinero... —canturrea la canción de Fito.

Eso hace que esboce una leve sonrisa sin querer.

—Por lo menos eres un plomo listo —añado.

—No estoy jugando a nada, soldadito.

—Entonces tenemos que hablar de lo que sabes —afirmo, manteniendo mi mirada fija en la de ella. Ese color de ojos tan poco frecuente...

—¿Qué te hace pensar que sé algo? —pregunta, acercándose un paso, aunque mantiene las distancias.

—Porque si de verdad Rodrigo te ha metido en esto es porque tienes algo que darme o decirme y no, plomo, no es su identificación. A no ser que todo esto —digo con un gesto amplio de las manos, señalándonos a ambos—, no tenga que ver con Rodrigo.

—Claro que tiene que ver con él, soldadito, no todo gira en torno a ti —bufa cruzando los brazos.

Nos observamos en silencio, una vez más en esa danza de desconfianza y necesidad. Está claro que ninguno de los dos quiere mostrar todas sus cartas, pero también sabemos que necesitamos trabajar juntos, al menos por ahora.

Finalmente, ella suspira, como si cediera un poco.

—Rodrigo me contactó hace un par de semanas —admite y aunque sé que no dirá toda la verdad, al menos es un comienzo—. No dijo nada, y eso fue lo que me puso alerta.

—¿Te puso alerta que no te dijera nada?

—Sí, cada vez que ha pasado por algo... se queda callado, es como... si solo llamara para escuchar mi voz, nada más.

—Parece que de verdad lo conoces bien.

—Te lo he dicho mil veces.

La vuelvo a mirar y dejo escapar el aire, sabe cosas que Rodrigo no contaría a cualquiera.

—Está bien, ¿qué crees que le sucedía?

—Creo que dio con algo... espera— dice cogiendo la mochila y sacando algo a toda prisa.

El contenido de su mochila cae y puedo ver que tiene una grabadora, una pequeña libreta y muchos papeles doblados sobre sí mismos.

Mis ojos se clavan en la grabadora. En este mundo, nadie lleva algo así sin un propósito.

La libreta y los papeles parecen inofensivos, pero en manos equivocadas, unos simples papeles pueden ser letales.

El aire entre nosotros se tensa como un cable a punto de romperse.

—¿Quién demonios eres? —rujo acercándome a ella furioso.

Y me esquiva, para mi sorpresa, y se pone en guardia. Observo su postura y la encuentro tan familiar...

—No te acerques —ordena.

—¿Quién demonios eres, plomo? ¿Eres una puta periodista?

—¿Y si lo fuera? —se encara.

—Sigues viva solo porque eres la mujer de Rodrigo, pero si lo has traicionado...

—¿La... la mujer de Rodrigo? —interroga confusa.

Aprovecho su descuido, me acerco a ella y la apreso girándola para sostenerla por las muñecas, como una vulgar prisionera.

La llevo contra mí, sintiendo cómo su respiración se acelera.

Sus muñecas, atrapadas con solo una de mis manos, son frágiles, me hace darme cuenta de que se las podría partir sin esfuerzo, sin embargo, no tiembla.

A pesar de estar atrapada, mantiene la barbilla alta, desafiándome incluso ahora que lo tiene todo en contra.

—Calma, soldadito —susurra.

—¿Todavía tienes ganas de guerra, plomo? Poco avispada para ser periodista... esta batalla la tienes perdida.

—Yo...

—De lo que digas dependerá que sigas, o no, con vida —amenazo.

—No soy la mujer de Rodrigo.

—Vale, no eres su tipo de todas formas —bufo.

—Soy periodista de investigación —confiesa.

—¿Y qué mierda quieres? Lo acosabas?

—Pero no es ese el motivo por el que vine aquí, soldadito.

—¿Entonces?

—Soy... soy Valeria De la Torre, la hermana de Rodrigo.