Capítulo 2 Bajo Fuego
Valeria
E l calor en Kabul es abrasador, incluso cuando el sol comienza a ponerse.
La ciudad tiene su propio ritmo, una especie de caos ordenado donde la vida sigue adelante a pesar de todo.
Llevo varias semanas aquí, tratando de encontrar a mi hermano.
Supe, desde que me llegó su identificación militar, que no andaba en algo limpio.
No ha sido fácil moverse en un lugar en el que cada rostro parece esconder algo, pero es lo que debía hacer. Y la pista que me ha llevado a esa tienda no ha sido más que la confirmación de algo que imaginaba, ¿qué podría esperar de un lugar en el que la ley es tan solo una palabra vacía?
No sé en qué andaba metido Rodrigo, ni quién es ese hombre que parece tan unido a él. Y eso me escama porque si fueran tan cercanos, ¿por qué no tengo ni la más remota idea de quién es?
El jeep avanza por las calles polvorientas como una bala, esquivando motos y vehículos oxidados que parecen surgir de la nada. El hombre está al volante, su mandíbula apretada mientras gira en cada esquina como si el diablo nos persiguiera. Tal vez lo hace.
Me sujeto con fuerza al borde del asiento, noto mi respiración agitada mientras intento procesar lo que acaba de pasar.
El cadáver de Rodrigo, el hombre que me ha sacado a rastras de la tienda, el arma que todavía lleva en la mano.
Todo se mezcla en mi cabeza como un torbellino del que no puedo escapar.
—¿Vas a decirme qué está pasando? —pregunto, mi voz suena más insegura de lo que me gusta.
—Más tarde —responde, sin mirarme.
—No es suficiente.
Antes de que pueda insistir, un sonido agudo corta el aire. Al principio no me doy cuenta de lo que es, hasta que el cristal de la luna trasera del jeep estalla en mil pedazos. Nos están disparando.
—¡Agáchate! —me grita, girando el volante con fuerza.
El jeep derrapa, siento que vamos a volcar, sin embargo, logra mantener el control. Me encojo todo lo que puedo, cubriéndome la cabeza con las manos mientras los disparos siguen resonando a nuestro alrededor.
—¿Quiénes son? —grito, intentando hacerme oír sobre el ruido.
—No lo sé, pero no son amigos.
Me levanto lo justo para poder mirar por el retrovisor, veo las luces de una camioneta que nos pisa los talones. En la parte trasera hay tres hombres, todos armados.
—¡Están justo detrás de nosotros! —grito.
—Dime algo que no sepa —gruñe a la vez que acelera.
El jeep ruge mientras gana velocidad, pero las calles de Kabul no son precisamente ideales para una persecución. Cada bache, cada curva cerrada nos acerca más al desastre. Parece que es un callejón sin salida: o me revientan la cabeza con una bala o contra una pared.
—¡Coge esto! —ordena el hombre a la vez que me lanza una pistola.
—¿Una Glock? ¿No tienes algo más... imponente? —pregunto.
No dejo de mirar los AK-47 que llevan los que nos persiguen y el arma que me ha dado...
—¿Tienes alguna pega...?
—¿Pega? Para nada, no es como si estuviéramos en desventaja, soldado —digo.
—¿Sabes usarla o no? —insiste.
La miro como si fuera un objeto extraño, pero mis manos ya la han tomado antes de que pueda decir nada. Rodrigo me había enseñado a disparar, aunque nunca pensé que tendría que usar esas lecciones.
—Apunta a los neumáticos —ordena.
—¿Y si fallo? —pregunto, estoy nerviosa. Una cosa es disparar a una diana en un entorno controlado y otra muy diferente... esta.
—Entonces nos matan. Así que no falles.
—Sin presión —murmuro.
Me asomo por la ventana, intentando estabilizar mi respiración mientras levanto el arma. El viento golpea mi cara con fuerza, y cada bache en la carretera hace que el jeep se tambalee como si fuera a volcarse. Y yo me tambaleo junto a él.
Apunto al vehículo que nos sigue, enfocándome en los neumáticos traseros.
—¡Más rápido! —grito, sintiendo el calor del metal en mis manos.
Benítez no responde, pero pisa el acelerador justo cuando disparo. La bala impacta en el asfalto, levantando una nube de polvo.
—¡Mierda!
—Concéntrate —gruñe, girando con brusquedad para esquivar una barricada improvisada.
Lo intento de nuevo, esta vez conteniendo la respiración. La bala atraviesa el neumático trasero derecho de la camioneta, haciendo que se desestabilice. Los hombres en la parte trasera comienzan a gritar mientras intentan mantenerse en pie.
—¡Buen tiro! —afirma, su tono apenas deja entrever un rastro de aprobación.
—¡Gracias! —respondo, aunque el miedo todavía se aferra a mi pecho.
El vehículo que nos sigue se desvía hacia un lado, chocando contra un poste de luz y deteniéndose en seco.
—¿Ahora qué? —pregunto, todavía aferrando la pistola con fuerza.
—Ahora encontramos un lugar donde escondernos.
El jeep se detiene por fin en un callejón oscuro, lejos del caos de la persecución.
El soldado apaga el motor y se gira hacia mí, sus ojos son tan oscuros como penetrantes.
A pesar de su oscuridad puedo ver, con facilidad, todas las preguntas que pasan por ellos.
Muchas son idénticas a las que me muero por hacer.
.. morir, eso me recuerda el cuerpo sin vida de mi hermano.
Un sollozo me sacude con fuerza, no puedo mantenerlo a raya por más tiempo.
—¿Estás bien?
Niego con la cabeza, mis manos siguen temblando.
—No, no estoy bien. ¿Quiénes eran? ¿Por qué Rodrigo...? —Aunque no puedo acabar la frase.
—No lo sé —admite, pasándose una mano por el pelo—, pero esto no es una coincidencia. Rodrigo sabía algo. Algo importante.
Mi mirada baja hacia la pistola en mis manos, todavía caliente por los disparos. Rodrigo. Su nombre resuena en mi cabeza, junto con las palabras grabadas en la chapa que llevo alrededor del cuello.
«No olvides lo que dejamos atrás.» Y, sin poder evitarlo, me pregunto si ese hombre frente a mí era lo que no debía olvidar mi hermano o lo que dejó atrás.
Benítez
N o puedo consolarla, sé por su mirada que sufre, que la muerte de Rodrigo junto con lo que acabamos de vivir la tiene en estado de shock, pero no puedo consolarla.
Salgo del vehículo furioso, revisando los alrededores en busca de alguna otra señal de peligro.
Mi cabeza va a mil, estoy a punto de perder la cordura, pero no puedo.
En estos momentos mantenerme cuerdo es lo único que me ayudará a ponerla a salvo y a descubrir qué le sucedió a Rodrigo.
—Quédate aquí —ordeno.
—Ni lo sueñes —responde a la vez que salta del jeep y se coloca a mi lado.
—Presta atención —digo acercándome a ella más de lo que debería.
Es una mujer menuda y no debería imponerme con mi físico, pero necesito un momento de paz para pensar en el próximo paso—.
No tengo claro quién eres ni por qué De la Torre te pidió que vinieras, pero ten clara una cosa: él confiaba en mí y, si quieres sobrevivir, será mejor que hagas lo mismo.
—Rodrigo confiaba demasiado en la gente equivocada —suelta.
Su arrojo incluso en esta situación me confunde.
La miro de nuevo, esta vez prestando atención.
Es menuda, pero fuerte, me ha dejado claro que sabe disparar lo que afianza la opción de que esa mujer estaba relacionada íntimamente con Rodrigo.
¿Por qué nunca mencionó nada al respecto?
¿Temía que la usaran contra él? Tiene el cabello oscuro y los ojos de un tono entre verde y gris poco común.
Pero, lo que más me llama la atención es.
.. que nada parece sorprenderla, es como.
.. si esperase encontrar la escena que nos esperaba.
—¿Y tú? —replico—. ¿Eres la persona correcta?
No responde, en lugar de eso vuelve al jeep dejándome con la palabra en la boca y miles de preguntas retumbando en mi cabeza.