Capítulo 1 El Último Mensaje
Benítez
E l helicóptero aterriza en la base militar de Kabul al amanecer.
El rugido de las hélices corta el aire con la misma precisión de siempre: como si perforara mi cráneo.
El aire caliente me golpea como un puño en el estómago.
Es el tipo de calor que te hace sentir que te estás asfixiando con cada bocanada.
Las semanas de calor africano parecen una broma ahora que estoy aquí, recordándome que el infierno tiene muchas formas, y este lugar es una de ellas.
Kabul, este maldito agujero que nunca deja de sangrar, me recibe con la misma amargura de siempre: caótica, sucia, rodeada de gente que sigue su rutina entre polvo, ruido y edificios que parecen tener la suerte de mantenerse todavía en pie.
El jeep que me asignan es viejo, con las ventanas manchadas y los neumáticos gastados. Me da igual. Solo lo necesito para llegar hasta el lugar que me indicó Rodrigo. No he venido a hacer turismo ni para disfrutar de las vistas. Aquí, todo lo que importa es sobrevivir.
Las calles de la ciudad están atiborradas de vehículos oxidados que luchan por avanzar entre los atascos, mientras el polvo rojizo cubre todo como una capa no tan invisible. La gente aquí no se detiene, no importa lo duro que golpee el sol.
Conduzco hacia el lugar que Rodrigo me indicó.
Las calles de la ciudad parecen laberintos, cada rincón tiene algo que te hace pensar que la muerte está a la vuelta de la esquina.
El viento levanta polvo en el aire, las caras impasibles de los lugareños, el ruido constante de las motos que pasan rozando el jeep.
No soy nuevo en esto, y cada uno de estos detalles se graba en mi mente.
Algo en mi instinto me dice que este lugar, este maldito lugar, es más peligroso de lo que parece.
Las coordenadas que me envió Rodrigo me guían a un barrio pobre, rodeado de caos. Un entramado de calles, edificios en ruinas y ruido incesante. Es el tipo de lugar donde no puedes confiar en nadie, ni en las paredes ni en las sombras. Y eso ya me dice que algo anda mal. Algo no huele bien.
Llego al final de la calle donde se encuentra una tienda pequeña, abandonada casi por completo, en una esquina olvidada por la ciudad. El sitio parece fuera de lugar. No hay señal alguna, ni siquiera el usual bullicio de los mercados.
«Una vez aquí, no hay vuelta atrás».
Entro con cautela, manteniendo la mano cerca de la culata del arma.
Doy un vistazo rápido a los alrededores en busca de alguna señal de vida humana.
No la hay. Todo está en silencio, el tipo de silencio que dice más de lo que quisiera escuchar.
Al fondo, en la penumbra, lo veo. Rodrigo.
No me sorprende, por desgracia, aunque verlo ahí, sin vida sobre el charco que ha formado su propia sangre, me golpea como una patada en los putos cojones.
Su cuerpo está tendido en el suelo, su rostro pálido y el charco de sangre sigue extendiéndose por el piso. Un tiro limpio en la cabeza, ejecución pura y dura. No tengo la menor duda sobre eso.
Mientras me arrodillo junto al cuerpo de Rodrigo, el aire se siente pesado, cargado de polvo y muerte.
Su sangre, todavía tibia, mancha la arena bajo él.
Intento apartar la vista, pero no puedo.
Su rostro, rígido y aún con una mueca de dolor, parece estar mirándome, diciéndome algo que no logro descifrar.
Todo en mi interior grita que debería haber llegado antes, que esto no debería haber pasado.
Reviso sus bolsillos, no porque espere encontrar algo valioso, sino porque sé que es lo que él habría hecho por mí.
Lo primero que encuentro es una mancha de sangre que ha empapado uno de los compartimentos de su chaqueta.
Mi mano, casi por instinto, se dirige al bolsillo interno.
Siento algo duro y pequeño, algo que no pertenece a una chaqueta militar estándar.
Al sacarlo, me doy cuenta de lo que es: un USB.
Lo giro entre mis dedos, inspeccionándolo con rapidez.
Es sencillo, sin marcas ni identificaciones.
Rodrigo había sido cuidadoso, como siempre.
Pero si lo llevaba escondido ahí, tenía que ser importante.
Crucial. Mi estómago se revuelve con una mezcla de rabia y preocupación.
Esto no es casualidad. Rodrigo no llevaba nada sin un propósito, y el hecho de que lo escondiera en su bolsillo interno me dice que sabía que estaban tras él. Que esto es por lo que murió.
Miro el dispositivo por un momento antes de guardarlo rápidamente en el bolsillo de mi chaleco.
No hay tiempo para inspeccionarlo aquí. El lugar no es seguro, y el sonido distante de disparos me recuerda que estoy en territorio hostil.
Pero algo en ese USB, algo en la forma en que lo encontré, me dice que contiene respuestas.
Respuestas que pueden costar vidas. Respuestas que probablemente expliquen por qué Rodrigo ya no está aquí.
Me levanto, lanzándole una última mirada al cuerpo de mi amigo. «Te vengaré», murmuro para mí mismo, aunque las palabras se sienten huecas. Rodrigo no necesita promesas, necesita que actúe. Y lo haré. Pero antes, tengo que salir de aquí con vida... y averiguar qué demonios estaba investigando.
¿Por qué? ¿Por qué este lugar? Algo no cuadra, y mi mente empieza a funcionar. Si esto es obra de alguien cercano a él, si esto fue una venganza o algo más personal, entonces estoy en medio de una mierda mucho más grande de lo que creía.
Escucho pasos fuera, acercándose. No soy el único aquí.
Me pongo en posición y espero, ocultándome entre las sombras.
La puerta se abre despacio y una figura femenina entra con pasos cautelosos.
Su silueta es delgada, y su andar cauteloso me dice que no está aquí para atacarme.
Aunque eso no significa que no sea una amenaza.
La observo en silencio. Sus ojos se clavan en el cuerpo de Rodrigo y, por un momento, parece congelarse.
Su respiración se vuelve irregular y sus hombros tiemblan como si el aire que la rodea se hubiera vuelto demasiado denso para soportarlo.
Poco a poco, cae de rodillas junto al cadáver, con las manos temblorosas apretando algo contra su pecho.
No se da cuenta de mi presencia. Todo en ella está enfocado en Rodrigo. Esa imagen es suficiente para que mi instinto me grite que no está aquí por casualidad.
Salgo de las sombras como una exhalación, me coloco tras ella con el arma apuntada directamente a su cabeza.
—No te muevas —ordeno, mi voz es firme y cortante.
Ella gira la cabeza hacia mí, despacio, como si cada movimiento le costara un esfuerzo monumental. Sus ojos están llenos de algo que no puedo identificar: rabia, miedo, dolor, impotencia… tal vez una mezcla de todas.
—¿Quién demonios eres? —demando, sin bajar el arma.
—¿Quién... quién coño eres tú? —pregunta a su vez, su voz suena ronca, casi inaudible. No hay desafío en su tono, solo una mezcla de incredulidad y desesperación.
—Eso no importa. Levántate. ¡Ahora! —digo más alto de la cuenta.
Por un momento parece dudar, pero obedece. Sus movimientos son lentos, controlados, como si supiera que cualquier gesto repentino puede costarle la vida.
Cuando se pone de pie, mis ojos captan un destello en su cuello. ¿Es lo que ha estado sosteniendo con fuerza momentos antes? La fina cadena me resulta familiar. El calor en mi pecho se intensifica, y mi mente trabaja a toda velocidad. Ese tipo de cadena no es cualquiera. La reconozco.
Me acerco un paso, manteniendo el arma firme.
—¿Qué es eso? —pregunto, señalando hacia su cuello con un gesto de mi cabeza.
Ella no responde, pero sus ojos siguen los míos y lleva una mano temblorosa a la chapa, como si quisiera protegerla.
—¡Te he preguntado qué cojones es eso! —gruño, esta vez acercándome lo suficiente como para que la punta del arma presione con fuerza sobre su piel. Con un movimiento rápido, uso el cañón para apartar la cadena y sacar la chapa hacia la luz.
El nombre grabado en el metal me golpea como un puñetazo:
Mi cuerpo se tensa, pero mi arma comienza a bajar, poco a poco. Esto no tiene sentido. Me llevo las manos a la cabeza y me aparto de ella un par de pasos.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunto, mi voz resuena más baja, pero no menos peligrosa.
—Era de él —responde, sus palabras cargadas de una mezcla de dolor y rabia—. Rodrigo me la envió.
Esa respuesta no me tranquiliza. Que Rodrigo se la enviara a ella significa dos cosas.
La primera, que sabía que podía morir y no quería que su cuerpo fuera identificado, por lo que la misión o no era legal o era una misión encubierta.
Una misión de las que el gobierno no se hace cargo si algo sale mal.
La segunda, que esa mujer era tan importante para mi amigo como para confiarle su chapa, pero ¿por qué?
¿Qué significaba esta mujer para mi amigo? ¿Acaso... puede ser que sea su mujer?
Mi mano se desliza hacia mi propio cuello. Bajo mi camisa, mi chapa militar cuelga del mismo modo. La saco despacio, mostrándosela.
—¿Lo ves? —digo, señalando la inscripción en el metal.
—¿La misma frase? «No olvides lo que dejamos atrás».
—Ella parpadea, confundida, mientras sus ojos se mueven desde mi chapa a la de Rodrigo.
Por un momento, su respiración parece estabilizarse, aunque su cuerpo todavía está tenso, como un animal atrapado—.
¿Qué significa? —pregunta, su voz tiembla un poco, normal dadas las circunstancias.
—Significa que él confiaba en mí. Ahora, dime por qué confiaba en ti.
—¿Entonces no has sido tú? —vuelve a la carga.
—Ya estaba así cuando llegué... Dime, ¿qué significa él para ti?
Ella no responde de inmediato. En lugar de eso, cruza los brazos y me mira con una mezcla de desafío y miedo.
—Él... —comienza a decir, pero se detiene, puedo ver cómo cambia de idea sobre lo que iba a decir, eso hace que lo que sea que vaya a decir me intrigue más—. Él... él lo era todo para mí —revela al fin.
Su voz tiembla, pero lo que dice me golpea como una bala. «Lo era todo para mí». Esa frase lo explica todo y, al mismo tiempo, no dice nada.
—Entonces estamos en el mismo bando —susurro más para mí que para ella.
—¿Qué... qué quieres decir? —interroga de nuevo—. ¿Quién demonios eres?
—Eso ahora no es importante —señalo.
—Pues yo creo que sí —afirma con más seguridad.
Respiro hondo, intentando procesar lo que acaba de pasar. No tengo tiempo para esto, no ahora.
—No hay tiempo para discutirlo —afirmo tajante.
El sonido de un motor acercándose interrumpe cualquier pregunta que quisiera hacer. Y no son pocas, eso seguro. Por instinto, alzo el arma y miro hacia la puerta entreabierta, mientras la mujer retrocede, confundida y asustada.
—Tenemos que irnos. Ahora —gruño, agarrándola del brazo.
—¿Qué? ¿Adónde? —pregunta, todavía aferrándose a la chapa de Rodrigo como si su vida dependiera de ello.
—A cualquier lugar que no sea este maldito sitio.
No espero a que responda. La guío hacia la salida, manteniéndome atento a cualquier movimiento sospechoso. Fuera, el calor del sol ya es insoportable, pero no me detengo. El jeep está a unos metros, y cada paso se siente como un maldito kilómetro con el peso de las preguntas que ella no responde.
La empujo al asiento del copiloto, y subo al asiento del piloto, arrancando el motor justo cuando un coche negro dobla la esquina a toda velocidad. No hace falta ser un genio para saber que no vienen a darnos la bienvenida.
—¿Qué está pasando? —pregunta ella, su voz es una mezcla de miedo y rabia.
—Cierra la boca y agárrate —ordeno, pisando el acelerador.
—No... no podemos dejarlo ahí —susurra, aunque no hace falta que grite para saber a qué se refiere, sus ojos hablan por sí mismos.
—No podemos hacer otra cosa.
El jeep salta sobre los baches de la calle mientras miro por el retrovisor. El coche negro nos sigue, ganando terreno rápidamente. Ella, con el ceño fruncido, parece debatirse entre preguntarme algo o simplemente gritarme.
—¿Ellos… lo mataron? —interroga con la voz cargada de incertidumbre.
—¿Qué crees tú? —respondo con un tono más duro del que pretendía. Mis manos aprietan el volante, intentando mantener la calma mientras esquivo a un grupo de niños que corretea en medio de la calle.
El jeep da un giro brusco y pierdo de vista al coche negro por unos segundos. Ella sigue observándome, sus ojos están llenos de preguntas que no tengo tiempo de responder.
—¿Quién demonios eres? —pregunta de nuevo, esta vez con más fuerza.
—Alguien que tiene más preguntas que respuestas. Así que, por ahora, cállate y déjame sacarnos de aquí. Vivos.
El jeep toma un último desvío antes de que el motor comience a protestar.
Necesito un plan, pero lo único que sé con certeza es que Rodrigo me envió aquí por una razón.
Y ahora esa razón está sentada a mi lado, aferrándose a una chapa que probablemente guarda más secretos de los que está dispuesta a revelar.
«¿En qué coño estabas metido, Rodrigo?».