Pacto oscuro (Pactos oscuros 2)
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Prólogo La Despedida
E l rugido del helicóptero desgarra el aire cálido de la tarde africana, mezclándose con el susurro lejano de la sabana. Desde las alturas, el campamento se reduce a un puñado de tiendas polvorientas, tan solo sombras que se alargan bajo un sol implacable.
Todo se hace cada vez más pequeño bajo nosotros, incluidas las personas y los recuerdos que dejaré atrás. Este lugar ha sido un infierno, pero también un hogar.
El humo de las fogatas todavía flota en el aire, mezclado con el aroma de tierra seca y sudor, lo que hace difícil no pensar en Javier y Elena, en lo que han vivido aquí, en lo que hemos sobrevivido juntos. Este lugar marcó nuestras vidas de formas que ninguno podrá olvidar.
Y cuando todo parecía en calma, llegó la llamada: breve, urgente.
—Benítez, te necesito en Kabul. No puedo explicarte nada ahora. —La voz de Rodrigo sonaba tensa, al borde del miedo—. Te enviaré las coordenadas. Solo… no confíes en nadie. Ni siquiera en los nuestros.
—¿De qué demonios hablas?
—No puedo decir mucho más por esta línea. Solo… confía en mí. Te enviaré las
coordenadas de dónde podemos encontrarnos. Y, Benítez, ven rápido. No sé cuánto tiempo más puedo mantenerme a salvo...
Esas palabras me persiguen desde el momento en que las escuché. Rebotan en mi cabeza al ritmo de las hélices del helicóptero, un maldito eco que no puedo silenciar. «No confíes en nadie». Su advertencia pesa más que todo el equipo que llevo conmigo.
El calor del desierto africano es abrasador, aunque no lo bastante como para sofocar el frío que se ha instalado en mi pecho desde esa llamada. Rodrigo no era alguien que hablara con miedo. Si estaba asustado, eso solo significa que lo que me espera en Kabul va a ser peor de lo que pueda imaginar.
Cierro los ojos, intentando contener la ansiedad que me recorre como un lento veneno. He sobrevivido a muchas cosas, pero algo me dice que esto será diferente. Este no es un favor cualquiera. Esto huele a peligro. A sangre. A respuestas que podrían cambiarlo todo.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el paisaje africano ha desaparecido engullido por el horizonte. El rugido del helicóptero, ese sonido que siempre me acompañó en otras misiones, ahora se siente como una despedida final.
Lo único que me queda claro es que Kabul me espera y que las respuestas, esas jodidas respuestas, a veces son peores que las preguntas.
«No confíes en nadie», susurra mi conciencia una última vez.