Pacto de Caballeros: Bilogía completa Segundo epílogo
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Segundo epílogo

Otro compromis o

Años más tarde.

Brenda entró en el despacho que ambos compartían en su casa de Londres. Su esposo estaba enfrascado en algo que parecía muy interesante. Lo veía con la pluma en la mano mirando con fijación el papel que sabía que reposaba sobre la pulida mesa de madera maciza.

―Ha llegado la invitación de boda ―señaló Brenda mientras avanzaba para sentarse en la silla frente a la de su esposo.

―¿Qué boda? ―preguntó él sin levantar la vista del papel.

―Nuestra sobrina Lilyan se casará con el señor Mathew Berenguer. ¿Has olvidado que te dije que tu hermana estaba seriamente preocupada por la negativa de Gordon para otorgarle la mano de su hija?

―No. No lo he olvidado. Yo sabía que él claudicaría con facilidad ante mi hermana y Lilyan. Latimer me dijo que no consentiría que su hija se casase antes de los veinticinco. Aposté con él a que la entregaría pronto. Me debe cien libras.

―¿Has apostado con Gordon sobre la fecha del enlace de Lilyan?

―Por supuesto que sí. Era dinero fácil. En cuanto vi a la feliz pareja paseando por Hyde Park dándose tiernas miradas, supe que mi sobrina se casaría pronto. Se lo avisé a Gordon, pero dijo que eso no sucedería. Estuve tan seguro de que sí habría una boda en breve, que le lancé la apuesta. Gané.

―¿Qué hacías tú en Hyde Park? ¿Cuándo los viste? ―hacía mucho tiempo que no daban un paseo por el parque. Brenda no entendía qué podría estar haciendo Nicky allí.

―Seguir a Calpurnia. ―Callie, como solían referirse a su primogénita llevaba uno de los nombres que más le gustó a Nicky. Brenda no pudo resistirse a su petición cuando le dijo que la llamaría así. Madison, Torie y Matt formaban por ese orden, el número de hijos que la pareja engendró.

Tres hijas y un niño. Nicky había sabido desde que acunó sus preciosas muñequitas, que llegaría el día en que tendría que luchar contra los indeseables aspirantes a la mano de ellas.

No pensó que eso ocurriría apenas Callie hizo su presentación en sociedad.

Dieciocho años recién cumplidos y su adorada hija mayor ya se había declarado enamorada de Charles McKein, hijo del conde Brent.

No creyó que un muchacho impresionaría tan rápido a su niña.

―¿Estás diciendo que espiabas a nuestra hija mayor? ―inquirió con cautela.

―Sí ―respondió él sin el menor remordimiento.

―Tienes que aclarármelo, Nicky.

―Ella había salido a pasear con ese baboso.

―No es ningún baboso. Es el respetable y atento hijo de un conde y ha declarado que sus intenciones son honorables. Tu hija lo prefiere frente al resto. No está bien que la espíes.

―Alguien debe hacerlo. Él podría tratar de seducirla.

Ella lo miró con una ceja levantada. Su esposo seguía escribiendo una carta que por lo visto era muy importante. Brenda carraspeó para llamar su atención. Él no la miró. La duquesa suspiró y continuó:

―¿La seduciría a pleno día en Hyde Pack? Ni tú en tus viejos tiempos hubieras hecho algo tan descabellado.

―Lo hubiese hecho en el despacho de tu hermano, en el banco, a vista de cualquiera, si me lo hubieses permitido cuando viniste a reclamarle su bajeza.

―Ella se rio con ligereza, recordaba el encuentro al que él aludía―.

Por eso sé cómo funciona la mente de un joven enamorado.

No dejaré que la corrompa como yo hice contigo. No antes de que se casen.

―¿Acaso ha pedido su mano oficialmente?

―Sí.

―¿Cuándo pensabas informarme de ello?

―No hacía falta que lo supieras, porque como bien te dije en su momento, ella es demasiado joven para casarse.

―La duquesa ya imaginaba que tendría la misma discusión que Bella había tenido con Gordon.

La baronesa le había informado confidencialmente del modo de proceder si Nicky se negaba a otorgarle la felicidad a su hija mayor.

Había venido preparada para seguir el consejo de Bella, pero él no la había mirado.

Comenzaba a temer que después de tantos años, su esposo ya no le prestase la debida atención…

Ese estúpido papel que él escribía parecía más interesante que Brenda.

Si al menos él levantase los ojos y viese cómo estaba ella sentada en la silla…

Eso parecía que todavía no iba a ocurrir.

―Si está enamorada, dieciocho años es una edad excelente para desposarse. Me agrada mucho Charles McKein.

―Imaginaba que dirías eso. Mi respuesta es: no.

―¿He hecho alguna pregunta?

―No, todavía no. Pero la harás y yo te he ofrecido mi respuesta.

―¿Podrías decirme cuál es mi pregunta, esposo?

―Quieres saber si lo aceptaré como prometido de Callie.

No voy a hacerlo os pongáis como os pongáis las cuatro.

Podéis estar todas contra mí, hacer de mi vida un infierno, pero no pienso dar mi consentimiento.

Cuando tenga veinticinco años hablaremos sobre desposarse.

―Nicky ya sabía que con su negativa, las féminas de la familia se pondrían en su contra. Estaba preparado para un asedio.

―Eso lo veremos ―siseó ella por lo bajo.

―Te he oído y mi respuesta seguirá siendo: no.

―¿Vas a prestarme atención en algún momento, esposo? ¿O tu vieja y arrugada mujer ya no es de tu interés? ―preguntó con molestia.

―No eres vieja, no estás arrugada y tengo que acabar esta carta amenazante para enviársela al hijo de lord Brent a fin de que deje en paz a nuestra hija.

―¡No puedes hacer eso! ―exclamó en un gran estallido.

Nicky levantó al fin la mirada del papel.

―Sí que… ―se quedó sin palabras. Los ojos casi estaban por salirse de sus cuencas con lo que veía.

Su adorada duquesa figuraba sentada en la silla de enfrente.

Hasta ahí todo lógico y civilizado. El problema era que sus dos senos estaban fuera de su vestido.

Ella no llevaba corsé o camisola, solo ese fino vestido que dejaba sus perfectos pechos ante su vista.

Y lo peor era que su falda estaba subida hasta la cintura y sus piernas abiertas dejaban ver sus brillantes rizos.

―¿Decías algo, Nicky?

―No lo sé… ¿lo decía? ―cuando ella lo seducía, él perdía la sensatez, la inteligencia, la cordura y todo lo que había que perder. Su entrepierna tomaba el control y no veía nada más que a ella haciéndole deliciosas perversiones. Se obligó a ser fuerte ante lo que tenía enfrente. Cosa compleja pero…

―Creo que pretendías hacer feliz a tu esposa y a tu hija.

―¿Lo hacía?

―Sí. Ibas a acceder a tener la entrevista que llevas meses postergando con el hombre con el que Callie quiere casarse.

―¿Para qué querría ver yo a ese inepto? ―Nicky se relamió los labios en cuanto vio a su mujer acariciar sus pezones ella misma.

―Porque quieres contentar a tu esposa y a tu hija. Ya te lo he dicho.

―Pídeme otra cosa y te la daré.

―Quiero eso.

―No.

―¿No? Así que el cuerpo viejo de tu amada esposa ya no es suficiente para hacerte claudicar… ―dijo ella en un puchero.

―Bien sabes que eres deliciosa y no he buscado a otra que caliente mi cama porque eres del todo perfecta. Me gustas más que cuando eras joven porque has aprendido muchas cosas del todo interesantes. Te amo, Brenda, pero mi hija no va a casarse tan pronto.

La duquesa bajó su mano derecha para ponerla sobre su sexo.

―Como bien dices, he aprendido un par de cosas.

Sé darme placer sin la necesidad de que un hombre me toque.

No es lo mismo, porque adoro sentirte empujando con fuerza cuando me haces el amor como si fueses un animal en celo.

También amo cuando eres tierno y delicado.

Mi mano no es un buen sustitutivo de ti, pero me he propuesto ayudar a Callie a conseguir la felicidad y haré lo que haga falta.

―¿Qué pretendes? ―Los ojos de Nicky estaban observando las caricias rítmicas que Brenda se daba en ese trozo de carne que él se moría por lamer con su lengua.

―Ya te lo he dicho. Quiero que aceptes al pretendiente de Callie.

―No.

―No eres justo, Nicky. Lo has investigado con los agentes de Bow Street.

Incluso puse a mis dos mejores reporteros a hurgar entre los trapos sucios del hombre con el que tu hija desea casarse.

Está limpio. Yo me casé contigo y eras un desastre.

No entiendo el motivo por el que no deseas que Callie sea feliz.

―Es muy joven. Él podría ser un desastre peor que yo.

Ella suspiró.

―Nicky, hay pocos hombres que pudieran ser peores que tú y nos ha ido muy bien. Ella es inteligente. Callie es fuerte y decidida, hemos criado bien a nuestros hijos. Tenemos que confiar.

―No es tan sencillo.

―¿Por qué?

―Porque es mi hija.

―También es mía.

―Tu opinión no cuenta. En cuanto alabó tu belleza, figura y buen gusto caíste a sus pies. Es un zalamero.

―Es un hombre educado que no arruinó la presentación de tu hija.

―¿Vas a recordarme eso cada vez que tenemos alguna desavenencia?

―Brenda parecía empecinada en no dejarle olvidar el estropicio que hizo la noche de su debut.

Nicky se arrepentía profundamente… Bueno, no lo hacía porque eso propició que ellos acabasen al final juntos. Así que todo había salido muy bien.

―Creo que sí.

―Bueno, no funcionará. Del mismo modo que no está funcionando que te vea acariciarte el sexo…

―¿No está funcionando? ―preguntó con humor.

―No.

―Yo creo que sí, esposo, porque no dejas de mirarme con intensidad. Me deseas y sé que estás al borde del precipicio. Veo incluso un hilo de baba caer por el labio derecho.

Él se llevó la mano hacia donde ella había dicho. Sí. Estaba húmedo.

―Un poco de agua que todavía no se había secado ―le aclaró él con naturalidad.

―¿Agua?

―Sí, he bebido antes de que entrases.

―¿Y dónde está el vaso o la jarra, Nicky?

―El servicio se la llevó.

―Ya… Si no te importa, creo que terminaré de… estallar mientras tú sigues con tu perturbadora carta para el pretendiente de tu hija.

Brenda no esperó su respuesta. La duquesa echó la cabeza hacia atrás, llevó su mano izquierda para agarrar uno de sus senos y jugueteó con su pezón, mientras su otra mano trabajaba con fuerza ese punto que la estaba haciendo gemir. Hasta ahora no había tomado en serio su papel de autoseducción.