Epílogo
Una reportera sin igua l
Meses más tarde.
Su esposo estaba aguardando en la puerta.
Era intolerable que la ayudante de Brenda le hubiera hecho esperar.
¡A él!, un duque que encima tenía plenos derechos sobre ella…
Nicky resopló. Debió haber pensado mejor la elección de su regalo de bodas.
Cualquier mujer se contentaría con un bonito juego de diamantes con alguna piedra preciosa vistosa…
No, si la culpa era de él. El duque tenía que hacer las cosas a lo grande porque ella no era una mujer común.
Así pues, una joya no la contentaría. Una nueva casa en Mayfair, tampoco, ni siquiera haber renovado por completo la finca de campo la hubiese hecho tan feliz.
Ciertamente, no veía a Brenda como una mujer que disfrutase redecorando y administrando al servicio. Desde luego que no. Su esposa se había hecho con la mejor ama de llaves que el buen dinero pudo haber encontrado, y decidió dedicarse a otras cuestiones que le eran más apetecibles.
Incluso el deporte de cama se estaba resintiendo con las nuevas obligaciones que ella se había impuesto.
Nicky miró la puerta del despacho. El nombre B. Brown aparecía impreso en letras de color blanco sobre el cristal biselado. Ya no había ni huella del antiguo nombre que allí figuró una vez.
Se sonrió. Fue otro escándalo más que añadir en la lista, pero él nunca podría olvidar la cara de felicidad de ella cuando le cedió la administración de The Daily aquella mañana después de volver a hacerle el amor.
Tampoco olvidaría cómo ella, tan concienzudamente, lo premió con su hermosa boca.
Le encantaba tenerla ahí. Tanto como a él le gustaba estar entre la humedad de sus pliegues.
Nicky se obligó a dejar de pensar en cosas tan perversas.
Su amiguito se había movido y él temía que si entraba en el despacho exhibiendo una hermosa erección, su esposa le señalase que no tenía tiempo…
y, lógicamente, él se molestaría. Ella pediría perdón y prometería compensarlo en cuanto llegase a casa…
Bien pensado, el duque podría deleitarse un ratito más en pensamientos obscenos y hacer justo lo que acababa de pensar.
Tal vez ella podría llegar a comer con él en casa y ambos comerían, sí, pero el uno del otro.
Eso acabó de calentarle la sangre y ofrecerle la erección que él quería mostrarle a ella nada más acceder al despacho.
La ayudante de su esposa, una tal señora Flowell, salió y él se ladeó con gracia para evitar herir la sensibilidad de esa mujer que bien podría ser su madre. Como buenamente pudo, Nicky accedió al despacho y ahí ya sí se mostró en su gloria.
―Buenos días, esposa ―la saludó mientras la veía enterrada en montones de papeles. Ella llevaba un precioso vestido de mañana en color verde, y sus gafas reposaban graciosas sobre la punta de la nariz.
―Nicky, querido, ¿qué te trae por aquí? ―le preguntó su esposa sin dedicarle una mirada. Tal vez era hora de decirle que se sentía celoso de la dedicación a su trabajo.
Cuando el duque se presentó ante Dacre mostrando la documentación que atestiguaba que el cincuenta y uno por ciento de la cabecera estaba en manos de él y sus tres amigos, la cara del conde tampoco tuvo desperdicio.
Lo invitó a marcharse a los Estados Unidos de América para comenzar con el proyecto de la cabecera americana.
Ni que decir tiene que lord Dacre lo vio todo como una venganza sanguinaria y lo acusó de haberse hecho con el control de su propiedad más preciada.
Pero todo eso era secundario. Sí, sí, también sintió una satisfacción enorme cuando le restregó una victoria…
Pero más allá de hinchar su orgullo masculino contra el que fuera su mayor competidor en las atenciones de su duquesa, Nicky deseaba que ella tuviera lo que siempre quiso: la potestad de escribir y poder dirigir el periódico a su santa voluntad.
Estaba orgulloso porque sabía que ella iba a causar grandes estragos. A fin de cuentas, nunca fueron una pareja muy común. La sociedad prácticamente estaba disfrutando de sus grandes escándalos. Pero, puesto que ambos estaban en la cúspide de la cadena alimenticia social…
Tenía todo lo que había deseado: posición, dinero y amor. Y no necesariamente por ese orden de importancia. Amor. Brenda. La tenía a ella y su esposa parecía no darse cuenta de lo desatendido que lo tenía en pro de The Daily .
―¿Esposa?
―¿Sí, querido? ―Brenda seguía leyendo el artículo editorial que iba a ser impreso en la próxima edición.
Ella, la editora de The Daily , había contactado con una de las mayores sufragistas del movimiento en defensa de los derechos de las mujeres.
Realmente, era incendiario y quería estar segura de que no faltaba o sobraba ni una coma.
Su esposo llegaba en el peor momento posible.
―¿Debo convertirme en un artículo impreso para que me eches una ojeada, esposa mía? ―preguntó él mientras balanceaba un pie sobre la tupida alfombra francesa.
―Ajá… ―Ella tachó la palabra propiedad por igualdad en el texto.
―¿Brenda?
―Uhm. ―Estaba tan satisfecha de haber escrito sobre los derechos que debían tener las mujeres como seres iguales a los hombres… Eso levantaría muchas ampollas y correría por todo Londres como la pólvora, así que tenía que estar perfecto, impoluto, soberbio.
―¡Esposa! ―gritó él, cansado ya de que su mujer lo relegase a la última pila de sus atenciones.
Fue ese momento en el que Brenda dejó el papel sobre la mesa y prestó atención. Nicky balanceó sus caderas para que ella prestase especial atención ahí…
―¿Comprendes lo que quiero?
Brenda lo veía ahí moverse hacia adelante y hacia atrás como si algo le estuviese picando o molestando…
―¿Tienes una araña dentro de los pantalones?
―¿Qué diablos? ―Él agachó la mirada y vio que el bulto de sus pantalones se había deshinchado de forma miserable. Maldijo por lo bajo. Si es que ella había tardado mucho en hacerle caso y su enfado había alejado la lujuria. Él suspiró. Su plan se había ido al traste.
―¿Cómo te encuentras hoy?
―Estupendamente. ―Ella se llevó la mano al vientre.
El embarazo todavía no era prominente. Tanto, tanto se habían entregado ellos a la pasión, que al final sí hubo embarazo, pero el futuro duque de Beauford o su hermana habían sido concebidos al mes siguiente del enlace, porque ella bien había estado muy atenta a sus días de mujer.
―No quiero que te agotes.
―No lo haré. Te prometí que trabajaría lo justo.
Mi ayudante es la mujer más capacitada para ayudarme en la dirección del periódico, y debo reconocer que Dacre hizo un buen trabajo al contratar al resto de la plantilla.
Son en exceso competentes. ―Estaba satisfecha con su equipo de trabajo.
El periódico, prácticamente, andaba solo.
Dacre sería muchas cosas, pero era un hombre muy inteligente…
Bueno, salvo por haber permitido que su esposo, su hermano y otros dos hombres se hicieran con el control absoluto de la cabecera…
Nicky le había dado el mejor regalo de boda que una reportera soñase y, no contento con haber hecho un imposible, había sembrado vida en su interior.
Nada podría ser comparado con la felicidad que sentía ella en estos momentos.
Su vida era plena, feliz, satisfactoria.
Lo tenía todo: su periódico, su esposo y un hijo en camino.
Y, desde luego, no en ese orden de prioridades.
―Me siento olvidado.
―¿Qué? ―Él había hecho un puchero y ella se vio enternecida.
―Todo parece más importante que yo, y cuando nazca el bebé ya no tendrás tiempo para mí.
―¡Oh, mi amor! ―Ella se levantó de la silla y fue corriendo a abrazarlo. Nicky era una persona que había tenido muchas carencias en su vida. Necesitaba afecto y muestras de amor, y ella estaba encantada de ofrecerlas.
―Sé que suena egoísta, pero te quiero para mí solo.
―Querido mío, él bebé y yo seremos todo para ti. Lo prometo.
―¿Y si no soy un buen padre? ¿Y si no me quiere?
―Eres una persona magnífica y excepcional, esposo mío. Estoy completamente segura de que nuestro hijo o hija te adorará. Recuerda que conquistaste a una mujer de lo más terca que te adora. ¿Qué más pruebas de tus sublimes dotes quieres, mi tesoro?
―Me gustaría… ―Él no sabía cómo hacer su petición correctamente sin sonar inseguro…
―¿Sí, Nicky? ¿Qué quieres? Acordamos siempre decirnos lo que pensábamos.
―Siento celos de tu atención al periódico.
―¡Nicky!
―Me gustaría poseerte en esa mesa de ahí para que recuerdes que yo puedo tocarte y darte placer, y que The Daily nunca te hará sentir tan especial como yo lo hago.
―Ciertamente, nada ni nadie me proporciona lo que tú haces.
―Quiero desnudarte. Tenderte sobre la mesa sin nada que me estorbe, sentarme en tu silla y leerte a mi conveniencia.
Jugar contigo a mi placer. Luego te obligaré a ponerte de rodillas para que veneres eso que tanto te gusta, y terminaré contigo enterrado hasta la empuñadura.
Pero antes tú te habrás puesto sobre la mesa dándome la espalda y yo entraré salvaje y nada gentil en ti.
Brenda corrió a echar el cerrojo de la puerta de su gran despacho. Ese al que le había quitado todo rastro de Dacre y había acondicionado para que no fuera demasiado femenino, pero tampoco varonil, algo neutro.
Nicky comenzó a arrancarse la ropa, y verla a ella tan dispuesta le hizo dar gracias al cielo porque su plan inicial se hubiese visto alterado. Sin lugar a duda, esto que iba a perpetrar era mucho mejor que lo que él habría previsto…
Oh, sí. Ellos dos iban a hacer cada cosa que él había descrito a su lasciva, apetecible e insaciable esposa… Brenda. Su Brenda, su Calpurnia, su Cleopatra… Su esposa.
Intentaron hacer el menor sonido, pero, aun así, algún jadeo se escapó de allí. Su ayudante sonrió. Esa era la clase de mujer que se necesitaba en estos días: poderosa, capaz de saltarse las reglas y dispuesta a reclamar lo que era suyo en cualquier lugar sin importar las consecuencias.