Capítulo 10
El robo de una novi a
La había dejado en su lecho a regañadientes.
Eso sí, antes de salir le volvió a hacer el amor para llevarse un agradable recuerdo con él.
Quedaba una cuestión que tenía que hacer.
Y, sinceramente, debía admitir que no había estado acertado a la hora de volver a disfrutar de ella antes de ir a ver a su futuro suegro.
Tenía el olor y el sabor de ella grabado a fuego y no era bueno que el padre de su futura esposa pudiera sospecharlo.
Sorprendentemente, había eludido las pistolas del señor Brown e incluso de su mejor amigo, pues Gordon no había dado señales de vida.
Bien comprendía Nicky a qué se debía este hecho, porque lo que el duque estaba tramando implicaba encerrarla bajo llave junto a él.
Ni la comida ni el agua eran imprescindibles en su plan. Solo ella. Brenda.
Se le había hecho un poco tarde, pero bien había valido la pena hacerle lo último que él quiso probar. Ella gritó y él no se quedó atrás para demostrar su placer.
Bajó por las escaleras y, tal y como ella había asegurado el día anterior, dos hermosos ramos de rosas rojas acababan de entrar por la puerta.
―¿Dónde las pongo, excelencia? ―quiso saber el mayordomo.
―Déjelas en el salón principal.
―Como guste.
―Manda a alguna doncella con una bandeja de dulces a la habitación de la duquesa. ―En su corazón y en su cabeza, ella ya había ocupado ese puesto. Era cuestión de horas que legalizase la situación.
Así, con el corazón lleno de emoción y alegría, el duque de Beauford salió a la calle para oler las flores en el ambiente, escuchar los pájaros cantores y sonreír satisfecho por el nuevo futuro que se avecinaba.
Dando un delicioso paseo y saludando con una sonrisa a todos sus congéneres, puso rumbo a casa de los señores Brown para solicitar formalmente permiso para robar a la dama y llevársela a Gretna Green y casarse por el rito escocés.
No habían tenido un comienzo habitual y ella merecía un final fantástico que diese paso a un comienzo prometedor en sus vidas.
La mejor forma que ideó fue pensar en un secuestro romántico donde él la raptaba y se la llevaba a Escocia para casarse a la mayor brevedad posible.
Estaba felizmente rememorando los últimos instantes con Brenda, cuando una señora con acento francés lo paró.
―Excelencia. ―La mujer hizo una elegante reverencia.
―Madame Gruiselle. ―Él inclinó su cabeza en señal de respeto.
―Le preguntaría cómo van sus asuntos… pero debo imaginar que van viento en popa y a toda vela, pues la enorme sonrisa que veo en su rostro así me lo indican.
―En efecto, mi señora. Y debo señalar que en gran parte se deben a sus sabios consejos.
―No debí habérselos dado.
―Creí que después de todos estos años en los que he sido un miembro fiel en su refinado burdel, habíamos cosechado una buena amistad.
―Y por ello mismo no debí haberle ofrecido esa valiosa información. Supe que en cuanto se casase perdería a mi mejor cliente.
―Estoy enamorado.
―He seguido su caso en la prensa.
―Pues no deje de leer hoy The Daily , verá el desenlace ahí publicado.
Había enviado una nota al periódico para que la publicaran tal cual estaba, y le daba en la nariz que no habría problema en ello.
En la misiva apuntaba a que la increíble y romántica historia de amor de Beauford y su futura duquesa había finalizado en una huida a Gretna Green, porque ninguno de los dos fue capaz de esperar a la lectura de las amonestaciones.
Se cantaba en las líneas escritas sobre la apasionante historia de amor, de cómo el duque había caído a los pies de la dama desde primera hora y ella lo había mantenido en vela hasta que él decidió tomar cartas en el asunto y robarla.
Se citaban muchas bonitas palabras para encumbrar un amor épico que daría mucho que hablar.
Pero, como siempre, una cosa era lo que publicaba la prensa y otra muy diferente lo que él había de hacer, y, como hombre que debía un respeto que no había mostrado hasta la fecha a la familia de su esposa, Nicky se había enfundado su mejor traje para ir a entrevistarse con el que iba a ser su suegro en breve.
―Así lo haré. Pero de nuevo me disgusta que no vaya a volverlo a ver por mi humilde establecimiento… ¿o me equivoco?
―Me temo que contra todo pronóstico tengo madera de esposo fiel. ―expuso con orgullo. Nunca imaginó que fuese posible. Brenda había obrado un nuevo milagro.
―Me alegro mucho por usted, excelencia, pese a que mis arcas se verán gravemente afectadas.
―Lamento tener que dar de baja mi membresía.
―Tengo entendido que era lord Latimer quien pagaba su cuota.
―En efecto, y siento decirle que esta misma mañana le he pedido la anulación del pago.
―Bien, lo único que lamento es no haberle cobrado más por darle esa información que estoy segura de que le propiciará un matrimonio exitoso.
―Hubiese pagado miles por lo que me indicó.
―Brenda le confesó que estaba plenamente satisfecha con lo que él le había hecho, dicho y mostrado―.
De verdad, no se puede usted hacer idea de lo sumamente agradecido que estoy.
Aunque debo señalar que me enfadé mucho cuando descubrí que sus mujeres me habían engañado.
―Toda buena mujer que se dedique a lo que yo hago, sabe que lo primero que debe enseñar a sus pupilas es a hacer creer a un hombre que es el mejor en la cama. Es una regla básica.
―Lo respeto, pero su máxima me ha tenido engañado todos estos años. Patán es la palabra con la que intuyo que me catalogan sus… trabajadoras.
―Ellas estaban agradecidas por su… brevedad, excelencia.
―Pues deberían agradecerme no haber sido instruido con anterioridad porque mi brevedad, como usted la ha llamado, es ahora de unas dos horas y media.
―¡Dios santo! Siempre supe que cuando descubriese el funcionamiento sería usted un portento de la naturaleza.
―Supongo que haber encontrado a la mujer adecuada ha hecho el resto.
―Con sinceridad le deseo las mejores de las dichas.
―Se lo agradezco. Tenga usted muy buenos días.
―Lo mismo digo. ―Ella se quedó mirando para ver si él, en verdad, iba dando saltos de alegría―. Nunca lo había visto de tan buen humor ―susurró la mujer cuando él ya no pudo oírla.
Nicky siguió andando hasta que estuvo frente a la casa de la que sería su nueva familia por derecho propio. Estaba muy nervioso. No sabía cuál sería la reacción del padre de ella, sin embargo, comprendía que contento, el hombre, no iba a estar.
Como era de esperar, el señor Brown lo recibió a regañadientes y con cara de pocos amigos en un despacho donde el hombre estaba sentado, y en cuya gran mesa, digna de un rey, reposaban dos preciosas pistolas que muy probablemente estaba cargadas.
Él tomó nota mental de no disgustar bajo ningún concepto a ese hombre que se presentaba tan disgustado ante él…
―Usted dirá, excelencia. ―Lo invitó a hablar el padre de Brenda mientras acariciaba ociosamente una de las pistolas.
―Lo lamento ―dijo en un primer impulso mientras tragaba saliva. Él no podía morir precisamente ahora que había descubierto las mieles de la felicidad.
―¿El qué de todo?
―Todo. He sido un necio en lo que respecta a su hija y a su familia. Lo siento profundamente. Le presento mis más sinceras disculpas ante mi comportamiento.
Hubo un silencio incómodo en la habitación. Brown se separó de las pistolas y vio cómo el duque se relajaba mínimamente.
―Supe que me traerías problemas en cuanto llegaste a mi casa con mi hijo.
―¿Y aun así me permitió quedarme?
―Uno no le dice que no a un futuro duque, por más que supiera que ibas a ser una molestia en cuanto vieras a mi princesa.
―¿Ya lo sabía entonces, pues?
―Soy un orgulloso padre que no se avergüenza de decir que su hija es bonita, inteligente, brillante, terca y muy persuasiva. Lo cual ha sido una suerte para ti, de lo contrario, ya te habría retado a duelo hace meses.
―Lo siento. ―Era su segunda disculpa, e intuía que a lo largo de la entrevista debería pronunciarlas a cada rato si quería salir de ahí con vida.
―Como decía, un tarambana como tú, un entendido en mujeres, por así decirlo, no pasaría por alto un diamante en bruto por más que la dama escondiese su verdadero ser bajo unos insulsos vestidos y unas lentes.
―Me temo que tiene usted toda la razón.
―Me alegré cuando vi que ambos no congeniabais, porque en caso de haber cosechado una amistad me hubiera visto teniendo que velar por la virtud de mi hija a cada instante.
―Supongo que ambos somos muy testarudos.
―Pero en algún momento todo se torció. Se fue al diablo.
―Así ocurrió, sí.
―Debió de ser algo muy gordo porque un día yo tuve ante mí una propuesta de matrimonio para mi hija, y al siguiente vi cómo tú ―lo acusó con el dedo saltándose la formalidad― socavabas su reputación sin piedad.
―Lo siento. ―¿Qué más podía decir?
―Mi esposa y yo vimos reducidas nuestras apariciones sociales porque, al parecer, lord Dacre y usted decidieron ir a la guerra, llevándose por delante en su lucha la reputación de mi hija.
―Lo siento. ―La corbata, como aquel día que vino a pedir la mano de Brenda, le volvía a apretar.
―Me llegó una carta explicando que vendrías a pedir la mano de mi hija justo cuando todo saltó por los aires, pero no apareciste.
―Lo siento también por esto.
―Luego llegó mi hija llorando, alegando que se había negado a casarse contigo. Algo le harías a mi princesa para que ella no te valorase.
―Eso no es… ―comenzó él a explicar, ofendido, pero cuando vio a su suegro volver a acariciar la pistola se lo pensó mejor―. Lo siento ―entonó de nuevo el mea culpa .
―Luego, regresaste a Londres donde te vimos mi esposa y yo muy animado conversando con todas las jóvenes casaderas, y con otras de dudosa reputación… viudas, creo recordar.
―Lo lamento profundamente.
―Cuando ya estaba a punto de pegarte un tiro por la espalda, porque bien me has visto a lo largo de estos años y sabes que no soy un hombre paciente…
―Salvo con su hija ―lo corrigió sin ser consciente el duque.
―Salvo con mi princesa…, y no te presentaste en mi casa a dar ninguna explicación, tu vida se vio a salvo porque apareció ante mí el conde de Ashwood para solicitar formalmente la mano de mi hija.
Por orden de Gordon, supongo que ese hombre vino aquí a tratar de ayudar a mi princesa, porque tú ―lo volvió a señalar con el dedo de la mano derecha, mientras que su mano izquierda volvía a tocar las pistolas― seguías sin consentir en ser su esposo.
Al parecer, tu orgullo de necio te impedía ver tu gran suerte.
―Lo lamento con toda mi alma.
―Bien, creo que ha sido un buen resumen.
―En efecto, lo ha sido.
―¿Qué debo hacer ahora, Beauford?
―Felicitarme, y espero que darme su bendición.
―¿Os habéis casado ya?
―Vengo a pedir su consentimiento para fugarnos a Gretna Green.
―Creo que no hacen falta ya más peticiones, y sí más acción.
―Aun siendo un canalla, quería hacer algo bien.
―Tendrás mi bendición en el momento en que mi hija regrese a la ciudad convertida en la duquesa de Beauford, ni un segundo antes.
―¿No le importa que nos fuguemos?
―Después de meses en los que mi buena esposa ha tenido que aguantar mi malhumor y en donde Morfeo me ha echado de su lado, coincidirás conmigo en que merezco un poco de paz.
―Nuevamente, lo siento.
―Esa paz llegará cuando mi princesa, al final, sea una mujer decente. Porque si me paro a pensar en todo lo que le has hecho, empuñaré un arma y te pegaré un tiro a bocajarro.
―Lo siento. ―Él no sabía ya qué más decir.
―Creo que es momento de que te largues de mi casa y te presentes dentro de… ¿un par de semanas?
―Tres, quiero hacer un viaje con ella por Escocia.
―Que sean tres, pues. Como decía, en tres semanas te presentarás en la ciudad y organizarás una de las mejores y más ostentosas fiestas que la alta sociedad haya visto para presentar a tu duquesa.
Y pobre de ti, Beauford, como mi princesa no aparezca embelesada y con una gran y sincera sonrisa en su rostro.
―Así lo haré.
―Bien, bien. Del mismo modo debo avisarte de que tanto yo como mi hijo, te daremos caza como a una rata si le rompes el corazón… ¿Comprendes?
―Es más probable que ella rompa el mío, porque le juro por mi honor que la haré la mujer más feliz de este planeta.
El señor Brown lo miró analizando la promesa que contenía esa sencilla frase. Se vio satisfecho.
―En tal caso, mi querido hijo, no tendrás nada de qué preocuparte. ―Y ahora ya sí, Julius Brown dejó de mirar sus pistolas, se levantó y le tendió la mano a su futuro hijo político, al tiempo que le palmeaba la espalda…
Nicky juraría que le había dado las palmadas con más violencia de lo que marcaba la ocasión, aun así, decidió no quejarse y salir lo antes posible para cumplir los mandados del señor Brown.
Días después de esa entrevista, la adorable pareja se casó ante un herrero recitando unos votos propios. Ambos sintieron la magia ancestral en una ceremonia preciosa que quedó sellada con la consumación de la unión.
Días de felicidad llegaban para una pareja que había dado muchas vueltas para, finalmente, llegar hasta su destino .