Capítulo 9 #4
―Solo por despecho. Lo confieso.
―Debes saber una cosa de mí.
―¿Qué?
―Si nos casamos, deberás mantenerte fiel. No podré soportar que en tu cama entre otra mujer.
―No habrá espacio para otra mujer en mi casa, en mi alcoba, en mi lecho, en mi corazón y en mi mente. Lo juro, mi tesoro.
―¡Oh, Nicky, siempre sabes cómo hacer que me tiemblen las piernas!
―Te deseo, Brenda.
―Y yo te deseo a ti.
―No lo comprendes, te deseo ahora. Necesito sentirte apretada contra mi miembro al tiempo que gritas de placer.
―¡Nicky! ―Ella se sintió sofocada.
―No me hagas esperar más, te lo suplico. Desde que tu mano me tocó… no he pensado en nada más que en poseerte.
―Pero… es que… ―¿Cómo decirle que ella tenía que enseñarle un par de cosas sobre el cuerpo femenino y que lo quería llevar a cabo en un lugar muy determinado?
―¿Qué sucede? ―Se preocupó el duque―. ¿Quieres esperar hasta después de la boda?
Ella besó sus manos.
―Nicky, quiero que estemos en un lecho… en tu lecho. Quiero que comprendas las ansias que tengo por marcarte, porque comprendas que eres mío. Entraré en tu cama y jamás buscarás otra mujer que te dé placer, porque yo haré que no desees jamás a otra.
La boca de él cayó sobre la de ella en un beso lleno de promesas, de ternura, de lujuria.
No hace falta decir que en un abrir y cerrar de ojos los dos estuvieron en la alcoba de él, desnudos y a punto de hacer el amor. Ella le hizo las veces de ayuda de cámara y él de doncella.
De pie, uno frente al otro, ambos se miraron con hambre y admiración. Examinaron el cuerpo del uno y del otro de forma minuciosa.
―Eres lo más viril que he visto alguna vez. Todo tú eres una obra de arte.
―Tú eres perfecta. Tan sensual, que temo ponerme en evidencia de nuevo, mi tesoro.
―¿De nuevo?
―He descubierto que ser rápido en cuestiones de cama no es un buen indicador para un hombre. No sé si recordarás que la primera vez que te tomé la cosa terminó en un suspiro.
―¿Has estado averiguando cosas? ―inquirió con diversión.
―En efecto.
―Yo también, pero, dime: ¿qué más has averiguado?
―Que un buen amante es generoso con su mujer.
―¿Y cómo es eso?
―Antes de tomar mi placer debo asegurarme de que tú hayas recibido el tuyo con creces.
―¿Cómo piensas hacerlo? ―Cierta parte de ella estaba húmeda, y verlo a él tan dispuesto con ese gran falo ahí erguido…
―¿Quieres que lo diga o lo haga? ―quiso averiguar él, pícaro.
―Me gustaría oírlo primero. Debo confesar que el otro día cuando estuve curándote y te dije aquellas cosas me gustó decirlas en alto.
―Disfruté oyéndote relatar aquellas cosas cuando viniste a mi casa a declarar tus intenciones, Brenda.
―No quiero que tengamos secretos, Nicky.
―Me gustaría que podamos hablar de cualquier cosa. Entre un esposo y una esposa no debería haber secretos.
―Entonces, ¿me dirás lo que quieres hacerme?
―Solo si luego tú haces lo mismo.
―Me gusta la idea. Comienza, Nicky. ―Ella se mordió el labio inferior. La cosa parecía prometedora.
―Me gustaría comenzar a besar tu boca mientras mis manos palpan tus senos dulcemente, sin prisa.
Luego me gustaría que me amamantases como si fuese un hombre hambriento de tu vida.
Cuando me haya cansado de atender esos dos capullos rosados a los que pienso lamer, pellizcar y besar, te cogeré en brazos para depositarte con cuidado en la cama.
Te obligaré a tenderte sobre tu espalda y a mantener tus rodillas dobladas porque yo me arrodillaré en el suelo ante tu suave intimidad para adorarla como se merece, con mi lengua, y sin hincarle un diente, lo prometo.
―Él le sonrió―. Te haré estremecer con mi boca entre tus piernas hasta que tu cuerpo tiemble de pasión, hasta que grites tu liberación.
Una liberación que será derramada sobre mi lengua y que yo recogeré gustoso como premio por mi esfuerzo, porque tu ambrosía debe ser engullida con avaricia.
―¡Nicky, no puedo más!
―No he terminado todavía, mi Brenda… solo ha sido el principio.
―¿Qué más me harás?
―Luego me tenderé sobre la cama para estar a tus órdenes. Me tendrás sumiso para hacer conmigo lo que quieras. Dime qué me harás, mi tesoro.
―Quiero tomarte en mi boca. Lo quise desde la primera vez que vi a aquella mujer. Ella se veía poderosa mientras él parecía un corderito. Quiero tener el control de tu cuerpo.
―Sigue, por favor, te lo suplico. ―Era una tortura deliciosa.
―Querré probar tu esencia. ¿Sabes que cuando te derramaste sobre tu vientre tuve ganas de llevarme los dedos a la boca para saber a qué sabrías?
―¡Dios del infierno, Brenda! Si sigues hablando así no podré contenerme y me temo que acabaré vertiendo mi semilla en el suelo.
―¿No quieres que siga?
―Eres perversa.
―¿Te gusta?
―Lo adoro. Más, por favor, dime qué más harás.
―En mis investigaciones he averiguado que cuando una mujer se pone sobre el hombre y lo cabalga, ella disfruta mucho más que cuando está recostada sobre su espalda.
―Me encantará verte en esa tesitura, serás una amazona envidiable, lo puedo adivinar. También quiero ponerte sobre tus rodillas y brazos, y hundirme en tu cavidad desde atrás. ¡Hay tantas cosas que quiero hacerte!
―¿Puedo preguntarte una cosa sin que te ofendas, Nicky?
―Siempre.
―Con tantas amantes como has tenido, ¿por qué no eras un buen… un buen…?
―Era un patán, lo sé. Mi error fue pensar en que, como hombre, me debían a mí todo el placer.
He estado ciego muchos años. ―Él no le contaría que fue al burdel de madame Gruiselle para preguntar por qué aquellas mujeres siempre lo habían alabado cuando, ciertamente, él no sabía cómo complacer a una mujer.
La amable señora dijo que a sus chicas les gustaba que él acabase rápido y que el dinero tan generoso que él les daba nunca les hizo hablar sobre su falta de generosidad.
Madame Gruiselle le dio unas clases teóricas sobre lo que debía hacer para complacer a una mujer.
Y sí, le explicó que debía buscar una perla en la zona íntima de la mujer.
Esperaba que eso no fuera muy difícil de hallar, porque la buena señora del burdel le aseguró que cuando diese con esa zona, ninguna mujer se iría de su cama, y él estaba decidido a conservar a Brenda para toda la eternidad.
Si una perla era la clave, él la besaría, la rozaría y la lamería hasta que ella gritase.
Esos fueron los consejos de la sabia mujer que lo instruyó…
por un módico precio. Él iba a poner en práctica todo lo aprendido y esperaba ser un buen amante al fin.
―Entonces, aprendemos juntos, ¿sí?
―Sí.
―¿Comenzamos?
―Me encantaría.
―¿Podremos hacer todo lo que hemos dicho, Nicky?
―Tenemos toda la noche para saciarnos y te aseguro que te quedarás más que satisfecha esta vez.
―Te amo tanto, Nicky.
―Por eso voy a hacer que comprendas que mi cuerpo te ama tanto como dicen mis palabras, porque con mis gestos te haré sentir una mujer deseada y amada.
Y, entonces, dos amantes pudieron disfrutar el uno del otro sin restricciones.
Pusieron en práctica todo lo señalado con anterioridad y alguna otra cosa que a Nicky se le ocurrió probar.
Por suerte, la dama era una persona muy flexible y su cuerpo se amoldaba a posturas que a priori habrían podido parecer imposibles de llevar a cabo.
Y desde luego que sí. Brenda rozó el cielo, vio las estrellas y saboreó el placer hasta en siete ocasiones…
Siete era un buen número, el considerado como de la fortuna y, ciertamente, ella había conseguido eso y mucho más.
Nicky era todo cuando había deseado. Ningún otro hombre hubiese conseguido hacerla tan feliz como se sentía en ese momento.
No todo en su vida sería de color de rosa. Habría peleas porque ambos eran muy testarudos, pero con amor todo sería superado. Al fin se habían visto el uno el otro. Al fin se habían descubierto y perdonado. Todo lo que ahora tocaba hacer era quererse como si no hubiese un mañana.