Capítulo 9 #3
El duque frunció el ceño. Miró a Brenda y regresó la mirada a la viuda.
―¿Ella dijo eso sobre mí?
―Sí, fue ella ―contestó la viuda sin ninguna duda.
―Comprendo. Buenas tardes.
El duque se despidió de los dos que allí estaban y emprendió la marcha hacia su carruaje, ella necesitaba llegar a su casa y él debía llamar a un doctor. Giró la cabeza y vio que el dichoso hombre lo estaba siguiendo.
―Yo me ocupo. ―Intentó despacharlo Nicky.
―Si espera que yo me desentienda de una dama que está a mi cuidado…
―¿Dónde está su carabina?
―¿De verdad hace usted esa pregunta, excelencia? ―Una ceja condal se levantó interrogativa.
―¿Quiere que lo mate?
―Por supuesto que no.
―Pues no vuelva a levantar ese tipo de sospechas sobre la señorita Brown. ―Las cosas que se decían eran verdad, pero Beauford no toleraría que nadie mancillase a Brenda en su presencia, por más que lo dicho fuese verdad.
―De acuerdo.
Lord Ashwood le abrió la portezuela del carruaje. Nicky subió con ella en brazos. Se sentó en el asiento acolchado de terciopelo rojo y con el pie impidió acceder al conde.
―Usted no viene. ¡Largo! ―ladró Nicky.
Lord Ashwood no intentó acceder. Ella estaba sola y sospechaba que Brenda no era una damisela que en caso de apuro no sabría defenderse…
Estaba en el cielo. Brenda se acurrucó como un bebé en su regazo. Él olía tan bien… y eran sus brazos.
―Abre los ojos, que sé que estás despierta. ―La había pillado cuando ella lo agarró fuerte con sus brazos. Una dama que estaba inconsciente no hubiera podido abrazarlo como lo había hecho ella.
Poco a poco, Brenda hizo lo que él le ordenó.
―¿Qué ha sucedido? ―preguntó con falsa inocencia.
Nicky la examinó con profundidad.
―¿De verdad te has desmayado?
―¿De verdad me preguntas si he mentido sobre el estado de mi salud? ―Ella estaba ofendida. Sí, era una hipócrita, pero a estas alturas le daba igual.
―¿Lo has hecho? ―le preguntó muy severo.
―Lo siento. ―Ella apartó la vista.
―¿Por qué?
―¿Aún lo preguntas, Nicky?
―Te dije que no quería saber nada de ti.
―Y anoche mismo dijiste que yo era tuya.
―Y poco después desapareciste, y hoy vas del brazo de otro hombre.
―Y tú estabas a punto de hacer Dios sabe qué con esa mujer.
―Una mujer de la que tú te ocupaste que pensase que no era un hombre viril.
―¡Lo hice, sí, lo confieso! Te odio, Nicky, porque intentaste acostarte con tres mujeres pese a que eras consciente de que te amaba. ¿Y sabes qué?
―Ahí va una pregunta retórica, como se nota que es su hermana ―dijo por lo bajo.
―¿Quieres saberlo o no? ―Él había dicho algo enfurruñado, pero ella no consiguió entenderlo.
―Sí, sí. Escúpelo.
―Y me odio a mí misma también. Porque no puedo vivir si no eres mío.
No puedo vivir sabiendo que estás besando o tocando a otra mujer que no sea yo.
No puedo imaginar una vida sin que no estés a mi lado.
Nicky, no puedo ni quiero vivir sin ti, y estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para tenerte.
Los dos se miraron a los ojos. A Brenda le faltaba el aliento.
―Bonitas palabras, pero vacías de contenido si lo que has hecho hasta el momento es mentir, fingir un desmayo y celarme. ¿Olvido algo? Ah, sí... ¡Me abandonaste cuando estaba dispuesto a casarme contigo!
Brenda se separó de él en este punto. Saltó al asiento de enfrente. Lo miró. En sus ojos había furia. Ellos dos habían pasado por demasiadas cosas ya. Era momento de poner un punto final al tema. Nunca dejarían de recordarse el pasado y herirse.
―Detén el carruaje, por favor. ―Ella habló con humildad.
Nicky dio un par de golpes en el techo y el cochero se detuvo. Ella se levantó. Le ofreció una sonrisa triste.
―Lo siento, Nicky, De verdad que lamento todo lo que ha sucedido entre nosotros desde el momento en que llegaste a casa.
―¿Te arrepientes de haberme conocido? ¿Es eso lo que estás tratando de decirme?
―No. Siento que todo se haya torcido tanto. Que ambos nos viésemos y nos descubriésemos en momentos tan diferentes.
Ella abrió la portezuela. Él la cogió de la mano.
―¿A dónde vas?
―A casa, Nicky. Es momento de pensar en el futuro.
―¿Te rindes?
―¿Rendirme? No. Te dejo libre de mí.
―¿Regresas con el hombre que te llevaba del brazo?
―Ese hombre quiere casarse conmigo.
―¡Pues ve corriendo!
―No pienso casarme con él. Mi hermano lo instó a venir para echarme una mano. Estoy acabada. No solo por mi reputación, sino porque me arruinaste para el resto, Nicky. ¿De verdad has roto el contrato con Gordon?
―Rompí mi copia.
―¿Me consideras mercancía dañada?
―Brenda… ―Él se avergonzaría cada día por haber pronunciado esa sarta de majaderías… y por haberlas escrito.
―Dilo, Nicky, dilo, porque necesito saber tu verdadera opinión sobre mí. Sé sincero, te lo ruego. Por una vez, di lo que yo te merezco.
Él regresó la mirada del paisaje de fuera a la suya. Suspiró. Ella tenía razón. Era momento de aclarar la situación.
―Un día, Brenda. Un día es todo el empeño que yo merezco, ¿verdad? ―le recriminó.
Ella lo miró sin comprender.
―¿Qué quieres de mí, Nicky?
―¡Quiero que luches, que luches por mí! ―gritó―, porque yo valgo la pena, porque yo soy digno de ser amado…
Por una vez en la vida quiero que alguien se preocupe por mis sentimientos, por mi bienestar, por mis necesidades, porque lo merezco, lo necesito.
¡Dios del infierno! Te creí esa persona por tu sensatez, por tu sinceridad.
Luego me enteré de que eras esa columnista, luego lo de Dacre…
Yo te vi y tú no quisiste verme, regresaste a Londres para verle a él, a él.
¿Y yo qué, Brenda? ¿Qué hay de mí? Te necesitaba y me abandonaste.
¡Solo, me dejaste solo! ―A él le brillaban los ojos.
La última vez que estuvo con él en un carruaje él se mostró vulnerable, pero nunca como ahora mismo.
Brenda cerró de nuevo la puerta y se sentó a su lado.
―Dile al cochero que siga, por favor.
Él tocó en el techo y el carruaje volvió a retomar la marcha. Ella le agarró las dos manos. Él se dejó hacer. Lo veía tan desconsolado que su corazón se partió en dos.
―He hecho las cosas muy mal en lo que a ti se refiere.
Nunca pensé que alguien tan perfecto como tú pudiera haberme visto.
Nicky, no solo no vales la pena, eres una persona maravillosa, único.
Incluso hay dulzura en ti. Estabas furioso conmigo y en cuanto me has visto en peligro has venido corriendo para socorrerme.
No solo vales la pena, sino que estaba dispuesta a tenerte a toda costa.
Había trazado un brillante plan para impedir que me dejases.
Mi mente no veía nada más que a ti siendo mío.
―¿Cómo? ¿Cómo ibas a hacerlo? ―El corazón de él estaba un poco más ligero. Veía una sinceridad en ella conmovedora.
―Cortejo, seducción y extorsión, ¿lo recuerdas? ―Brenda le sonrió.
―Hoy no he recibido flores ―dijo enfurruñado como un niño pequeño al que le acababan de quitar un dulce.
―Eso ha sido porque me molestaron mucho las palabras que le dijiste a mi hermano… Bueno, que le escribiste.
―Estaba muy enfadado contigo. Fueron escritas en un momento muy bajo.
―Lo he comprendido nada más levantarme, y por eso mañana te iban a llegar las flores que no habían sido entregadas hoy, y las que tocasen. Entrega doble.
―Te pedí que vinieras a curarme. ¿Recuerdas? Tampoco has venido. ―Él hizo un puchero que ella encontró encantador. Era tan dulce cuando él quería. Y ella deseaba consolarlo, amarlo y protegerlo. Pero, sobre todo, quería darle el amor que le había sido negado a lo largo de toda su vida.
―No quería volver a darte la leche sin que comprases la vaca. ¿Me entiendes?
―Creo que sí. ―Él la miraba con otros ojos. Estaban en el mismo lugar al mismo tiempo. Brenda sentía también la conexión.
―Cuando me tocas o te toco, algo arde entre nosotros.
―Lo sé.
―Anoche me pasé toda la velada esparciendo tontos rumores sobre tu persona para que no fueses elegible para ninguna dama.
Luego tuve que ir en busca de tres viudas a las que tú pensabas ofrecer unos favores que solo deberían estar destinados a mí, y decirles que no eras un hombre completo.
Esta mañana he usado a un buen hombre, al conde de Ashwood para celarte y he tenido que fingir un desmayo para evitar que te marchases con esa mujer rubia. ¿Lo ves, Nicky?
―¿El qué?
―Que no estoy dispuesta a dejar de luchar por ti.
Pero siento que esto se nos está yendo de las manos.
Temo que si sigo caeremos en una espiral donde intentaremos herirnos más y más.
Y aunque mis acciones son del todo egoístas, porque únicamente te quiero para mí, las volvería a hacer, pero he comprendido que en algún punto debo parar.
Te amo tanto que ante todo deseo tu felicidad, aunque ello implique que yo sea infeliz por no tenerte a mi lado.
―Brenda, yo…
―No, Nicky, no quiero que te sientas culpable.
―Te amo, Brenda ―le confesó de inmediato, sin dudarlo un solo segundo.
―Lo sé ―ella le dedicó su sonrisa más sincera―, me lo dijiste una vez y fue la declaración más sincera y maravillosa que una mujer podría soñar con escuchar, aunque fuese dicha en medio del delirio del láudano.
―Quiero que seas mi duquesa.
―Y no hay nada que yo desee más que ser tu esposa.
No tu duquesa, Nicky, tu esposa, porque creo que fui tuya desde el mismo momento en el que te conocí.
Me obligué a olvidarme de ti porque eras un libertino que nunca se fijaría dos veces en una mujer con tan poco atractivo como yo. Te veías tan inalcanzable…
―¿Estás de broma? Yo me obligué a olvidarme de ti porque eres una mujer tan inteligente y apetecible que me consideré muy por debajo de ti.
―¡Cielo santo, Nicky!
―¿De verdad lucharías por mí?
―Hasta mi último aliento.
―Tenía un regalo de bodas para ti.
―¿Eso significa que ya no quieres casarte conmigo?
―No, claro que no. Te deseo a cada momento del día.
―¿Incluso cuando esa mujer iba de tu brazo susurrándote cosas que a buen seguro eran del todo indecentes?
―Siempre, Brenda. Eres la única mujer que enciende mi sangre.
―Nicky, ibas a irte con ella.