Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

―Si no hay más remedio… ―expuso el patriarca con resignación.

***

Nicky se paseaba desesperado por su habitación.

Eran más de las doce de la mañana. Ella dijo que le enviaría flores todos los días.

¡Un día! Solo lo había cortejado y seducido durante un miserable día que le sabía a poco.

Era un hombre y no deberían gustarle tanto estas atenciones, pero lo cierto es que podía comprender por qué a las damas les ilusionaba recibir regalos de sus admiradores.

¡Un día! Eso era lo que ella había tardado en tirar la toalla. Bien. Que la maldita B. Brown se quedase con ese tunante que ayer mismo le propuso matrimonio.

Estaba arreglándose para acudir a una cita con una joven dama casadera muy bonita, cuando su mayordomo le entregó una misiva.

Otra anulación. ¿Qué sucedía con las mujeres?

¿Lo habrían puesto a él en alguna lista negra de la que no tenía constancia?

Primero, anoche se quedó esperando a esas tres viudas que iban a ayudarlo a olvidarse del mayor dolor de cabeza que un hombre podría tener.

No es que no hubiese aparecido una o dos…

es que ninguna de las tres se presentó en la biblioteca.

Después de esperarlas durante un rato, comprendió que no se iban a presentar.

¿Qué? Él estaba enfadado y necesitaba olvidarla, ¿qué mejor que tres mujeres para sacar su doloroso recuerdo de su cuerpo y su alma?

Fue así cuando se dio cuenta de que Brenda no estaba en el salón de baile.

La buscó, pero no aparecía. Tuvo una corazonada.

Bien conocía él ese maldito jardín donde había robado más de un beso a jóvenes confiadas.

Y allí la encontró con ese maldito. ¿Qué tenía Brenda que había conseguido una proposición con solo chasquear los dedos?

Sí, sí, de acuerdo, él sabía el atractivo, la mente y la frescura que ella emanaba, sobre todo, desde que no usaba a menudo esos lentes que cubrían esas dos joyas tan bonitas que él no quería que nadie más viese…

¿De qué le sonaba a él ese hombre que estaba con ella en la oscuridad del jardín? ¿Se habrían besado? ¿Habría ella permitido que él la tocase?

Su entrepierna saltó con el recuerdo de esa mano juguetona… ¡Dios del infierno! ¡Cómo la deseaba!

Una vez en su interior y ya no quería estar en ningún otro lugar. El destino incluso se lo negaba. Tres bonitas viudas le habían dado plantón, y no solo ellas.

Anoche mismo sintió como si fuese un apestado.

Las mujeres lo rehuían. ¿Cuándo había perdido él su atractivo?

Consiguió que una jovencita casadera le prestase atención y le propuso dar un paseo por Hyde Park.

Sin embargo, la muchacha horas después se excusó diciendo que tenía un compromiso importante que atender.

Captó la atención de otra dama un poco más madura.

De nuevo la invitó a un paseo y, ella, después de aceptar, le había dicho minutos más tarde que le era imposible.

Cansado ya de tanta negativa, decidió probar suerte con una mujer que era un poco…

difícil de mirar para ver si, en verdad, él había perdido su atractivo con las féminas más bonitas, y ella aceptó y no se negó a acompañarlo por Hyde Park.

Sin embargo, la nota que le había entregado su mayordomo era una nueva negativa.

¿Qué demonios le estaba pasando?

Malhumorado, decidió salir a dar ese paseo, aunque fuese solo. Necesitaba ver el mundo desde otra perspectiva. Un poco de aire puro le sentaría bien.

Llegó al parque. Era una mañana soleada con un poco de humedad en el ambiente. Realmente deliciosa.

Se topó con una de las viudas que le había dado plantón allí. La señora Lawson, que era una bonita y madura rubia. Se encaminó hacia ella sin pensarlo dos veces. Ella pareció querer rehuirlo, pero él no iba a consentirlo. Se posicionó cortándole el paso. Ella iba a contestar un par de preguntas.

―Mi señora Lawson… es un placer verla hoy.

―Excelencia. ―Ella estaba muy incómoda.

―Me sentí decepcionado al no poder… verla ayer.

―Lo lamento. Me surgieron otros asuntos.

―¿Los mismos que a sus dos amigas?

―Me temo que sí. ―Ella se quería marchar y él se lo impedía. Era embarazoso verlo y saber que él no era un hombre completo… «Parecía tan viril, una pena», pensó ella.

―¿Hay algún problema? ―Él no era tonto. Ahí pasaba algo importante. Ella le rehuía la mirada.

―¿Con honestidad?

―Desde luego.

―Sabemos su secreto, excelencia. Y lo lamentamos mucho… ―«Un montón, de hecho».

―¿Qué secreto? ―A él le daba en la nariz que lo que ella iba a decirle no le sentaría nada bien.

―Sabemos que… bueno… que su… que su… en fin… que…

―Señora, escúpalo sin tapujos.

―No es un hombre completo.

―¿Disculpe? ―Seguro que él la había oído mal.

―Sabemos de buena fuente que su virilidad no responde… por eso decidimos ahorrarle la vergüenza, excelencia.

―No sé de dónde ha sacado semejante majadería, pero le aseguro que, si las cité a las tres, no fue para jugar a las cartas, soy muy capaz de dejarlas satisfechas y plenamente felices.

―Él había estado formándose y quería tener la oportunidad de ver si, finalmente, podría satisfacer a una dama.

Esas tres eran como su prueba de fuego. ¿Por qué no Brenda?

Porque lo mejor era sacar a la serpiente del jardín del Edén de su cabeza, de su corazón y su cuerpo.

―No es eso lo que tenemos entendido.

―Y yo estoy más que dispuesto a probarlo. ―Él alzó una ceja ducal.

La mujer lo vio tan seguro de sí mismo, que….

―¿Ahora?

―Ahora no estoy ocupado, si usted no lo está.

―Será un placer.

―Le aseguro que lo será. ―Efectivamente, sonó a promesa.

Sabía cada terminación nerviosa de una mujer.

Dónde debía besar, tocar y lamer para volverlas locas.

La serpiente, al menos, había conseguido que él se interesase por el tema y al fin supiera que un hombre no debía buscar únicamente su satisfacción, sino la de su amante.

Creyó que estaba haciendo bien las cosas, pero no fue así.

Brenda se lo hizo comprender y él, al fin, iba a demostrar que podía ser un buen amante.

***

Brenda no tenía ganas de salir de su casa y menos del brazo de Ashwood. Jugar la baza de los celos era del todo arriesgado. Nicky explotaría, estaba segura de que cuando la viera él ardería de furia… ¡Se equivocó!

―Señorita Brown, me temo que no somos los únicos que hemos optado por un agradable paseo por Hyde Park ―habló su falso pretendiente.

Ella siguió con la mirada el punto donde el conde estaba mirando y el suelo tembló a sus pies.

Él iba del brazo de una bonita mujer sonriendo y susurrando confidencias.

Pronto Brenda se dio cuenta de que era una de las mujeres de anoche.

Ella se tambaleó. Si él se acostaba con otra mujer, Brenda no se lo perdonaría jamás.

Una cosa era bailar o acompañar a una dama, y otra muy diferente lo que sabía que él pretendía con una de las mujeres que él quiso haber tenido anoche.

―Se acabó, lord Ashwood. No puedo más. Por favor, regresemos a casa.

―¿Se rinde? ―preguntó extrañado el conde. Hacía pocas horas ella estaba muy segura de sus decisiones.

―No puedo obligarlo a casarse conmigo y no podré perdonarlo sabiendo que él… ya sabe. No tolero las traiciones y lo conozco mejor de lo que él mismo lo hace. Soy plenamente consciente de lo que él pretende con esa mujer que va alegremente colgada de su brazo. Él me ha olvidado. Desisto.

―¿Está segura de ello? ―inquirió él al ver a Beauford mirar en su dirección con ira.

―No puedo más. Debo dejarlo libre. He jugado mis cartas y he perdido. Será mejor que cada uno vaya por su camino. ―Era muy doloroso admitir esto, pero la cosa estaba llegando demasiado lejos―. Él no me ama.

―Le vuelvo a preguntar, ¿está segura de ello?

―¿Qué otra razón habría para que él esté con esa mujer? Lo nuestro no ha podido ser y lo mejor para ambos es que dejemos esto en el pasado y cada cual siga su camino.

―Si tan convencida está de que él no la ama, no le importará poner a prueba ese punto, ¿cierto?

―¿Qué insinúa? ―Ella no comprendía.

―Confíe en mí. ―Él le apretó la mano en un claro punto de apoyo y ánimo.

―¿Cómo?

―Necesito que finja un desvanecimiento y se deje caer. Le prometo que yo la agarraré y no sufrirá daño.

―¿Qué pretende?

―Saber si usted le importa. No me diga que no se muere por hacer la prueba, ¿qué puede perder? ―la retó él.

―No estoy segura…

―Ahora, señorita Brown ―le ordenó cuando vio que los dos estaban a punto de perder a la pareja de vista.

Brenda comenzó a moverse y cerró los ojos para dejarse caer. Efectivamente, lord Ashwood la sujetó en sus poderosos brazos.

Tres segundos. Bueno, tres segundos y medio fue lo que tardó Nicky en llegar hasta ellos a toda carrera.

Nunca sabría cómo se desembarazó de la rubia que lo tenía bien agarrado del brazo, pero cuando vio que Brenda se desplomaba, él salió a toda prisa con el corazón galopando a toda velocidad para ver qué le había sucedido a su mujer.

¿A su mujer? Él se puso lívido. Su mujer.

Ella era suya y estaba inconsciente en brazos de otro hombre.

―¡Démela de inmediato! ―exigió sin miramientos Nicky.

El duque extendió sus brazos dispuesto a arrebatársela.

Ashwood no se negó a entregarla. A fin de cuentas, el drama había salido mejor de lo que creyó en un primer momento.

Estaba seguro de que el duque se afligiría al verla desmayada, pero debía admitir que la preocupación de su excelencia se veía genuina.

Casi, por un momento, se sintió culpable.

La que sí se sintió como una bruja mentirosa fue Brenda. Aunque eso no le impidió disfrutar del contacto del hombre al que amaba. Se acomodó en su cuello intentando no salirse del papel. Él olía a bergamota, ya no había rastro de whisky ahí. Lo amaba. Lo quería tanto que dolía.

―¿Qué sucede? ―quiso saber la rubia que llegó tras Nicky. La viuda inspeccionó a la mujer que él estaba sosteniendo―. ¡Cielo santo! Es ella… ―la señaló―, es ella la que nos dijo que tú no…