Capítulo 9
Renunciar a la victori a
No lo negaría porque no podía. Oír en alto lo que sabía que él había pensado de ella, dolía. Dolía tanto, que tuvo que marcharse de allí para no mostrar sus lágrimas en público.
No la quería. Estaba claro y lo sabía, porque era un hombre orgulloso y le había dado de pleno en su ego. Aun así, saber que se había referido a ella en esos términos ante su hermano… ¿Qué hacer? ¿Cómo seguir?
¿Valía la pena seguir en su lucha por conquistarlo?
No tenía ni la menor idea de lo que hacer.
Llorando sin consuelo, se durmió esperando que al día siguiente todo pudiera ser visto desde otra luz más esperanzadora, porque el primer día de la batalla había resultado ser un fiasco de proporciones catastróficas.
Y la mañana llegó. El sol salió y los pájaros cantaron para que ella pudiese ver la situación desde otro ángulo. Ante las duras palabras que Nicky le había escrito a su hermano, Gordon había intervenido para darle a ella un salvavidas. Desde la lejanía, su hermano velaba por ella.
La protección de Gordon le dio un respiro a su maltrecho corazón.
Si en un primer momento se había enfadado por el hecho de que él se volviera a inmiscuir en sus asuntos, entendía que, como su hermano mayor, él sentía la responsabilidad de apoyarla y ayudarla.
Hubiera podido ser peor, Latimer podría haberle enviado a un hombre de sesenta años lleno de verrugas…
Al menos, le había otorgado un ejemplar la mar de atractivo…
aunque no fuera ese el que su corazón y cuerpo anhelaban.
Brenda se vistió y bajó a desayunar con sus padres como cada día hacía. Cuando terminaron, el mayordomo entró portando una tarjeta.
Lord Ashwood había vuelto a entrar en escena y solicitaba una reunión con ella y su padre. Brenda se temió lo peor. Si él le contaba a su padre sobre la propuesta de matrimonio, seguramente, el señor Brown la empaquetaría y le pondría un bonito lazo para que él se la llevase.
No era de extrañar que su padre estuviese a punto de perder la razón por su causa. Ella se había portado muy mal y la situación con Nicky no tenía pinta de mejorar, no al menos a corto plazo.
Suya. Dijo que ella era suya. Justo Nicky la estaba castigando por no haberlo sabido valorar cuando él se le declaró, y él había hecho exactamente lo mismo con ella.
¿Debería haberse ido después de oír todo lo que el duque dijo?
Tal vez no, pero las lágrimas fueron difíciles de contener y no quería mostrarse débil ante él, por más que ella se sintiera como un ratoncillo asustado en su presencia.
Llegaron al despacho y los tres tomaron asientos en las respectivas butacas. Ella tenía la sensación de haber pasado la mayor parte del tiempo de su vida en este lugar, y comenzaba a odiar las reuniones que allí tenían lugar porque hasta el momento ninguna había salido bien.
Lord Ashwood se presentó como un amigo de Latimer, y ella se quedó en silencio oyendo la conversación entre ambos.
―He venido a Londres con una finalidad muy específica, señor Brown.
―¿Y cuál es, milord?
―La de ayudar a su hija a casarse con Beauford, si es que ella, aún después de conocer los detalles que le he comentado sobre la ruptura del contrato por parte del duque, aún lo desea.
Brenda lo miró con los ojos como platos.
―¿Mi hijo sabe sobre sus planes?
―Su hijo es quien me ha dicho que la deuda que mantengo con él quedará cubierta en caso de que la dama se case con Beauford o conmigo.
―¿Está diciendo, lord Ashwood, que mi hermano le ha encomendado la misión de que yo me case con Nicky o con usted?
―¿Nicky? ―preguntó el conde.
―Nicholas, el duque de Beauford. ―Ella sintió sus mejillas arder. Por lo visto, el «Nicky» le había calado tan hondo que incluso ella se olvidada de darle el trato que el duque merecía en público.
―Lord Latimer sigue las noticias de usted de cerca, señorita Brown.
Los escándalos llegan al campo, y me temo que él cree que son ustedes dos, y cito sus palabras: «los seres más tercos del planeta».
Por lo que, puesto que yo estoy buscando una esposa y usted no me desagrada, si Beauford ha dejado de ser su prioridad me gustaría probar suerte.
―¿Aceptará a mi hija sin concesiones?
―Si lo que le preocupa es la falta de… en fin, que la dama haya dado su virtud a otro hombre y que…
pueda haber consecuencias, es un tema menor para mí.
Tener que cuidar a un hijo que no es mío supone un mayor beneficio, pues su hijo, milord , me tiene bien agarrado por…
―Él se contuvo de emplear una expresión soez―.
En fin, los beneficios son mayores que los inconvenientes, es más, la dama podría no estar embarazada.
―Habla usted de cuestiones íntimas con mucha… ―Julius no encontraba la palabra para definirlo.
―Soy un hombre muy práctico.
―Lord Ashwood ―tomó Brenda la palabra―, ¿cómo se supone que podría usted ayudarme a recuperar a Nic… al duque de Beauford? ―se corrigió a tiempo.
―Su hermano tiene la sospecha de que si en verdad la ama, como él sospecha…
―¿Cómo va a saber eso mi hermano? ―Y más cuando ella no lo había confesado a nadie.
―Como le he dicho, las noticias llegan al campo y Latimer está al tanto de todo lo que a ustedes dos acontece.
―Comprendo. ―Está bien, tal vez su hermano la conociera mejor que ella misma e incluso sospechase de sus sentimientos antes de que Brenda misma se diera cuenta de que estaban ahí dentro.
―Como le decía, señorita, su hermano sostiene que el orgullo de Beauford es su talón de Aquiles.
―En efecto, lo es ―coincidió ella.
―Por ese motivo, sugiere que yo la corteje durante un periodo de tiempo adecuado, para darle la opción a luchar por usted en caso de que él desee tenerla. Cosa que sospecha que hará…
―Solo por orgullo… ―terminó ella la frase por el conde.
―Así es, señorita Brown.
―¿Es eso lo que sucedió anoche? ―le preguntó ella directamente a Ashwood. El padre de la dama se tensó en su asiento.
―¿Qué pasó anoche, Brenda? Porque creo recordar que cuando te vi con la nariz roja te pregunté por ello y me dijiste que habías tosido debido al polvo que había en la casa.
―No era mentira, la mansión de los anfitriones de ayer estaba realmente sucia.
La excusa podía haber sido creíble, pero ella se había delatado hacía unos pocos segundos.
―Anoche, señor Brown, tuve un encuentro desafortunado con el duque de Beauford.
―¿Y cómo sucedió eso? ―inquirió Julius.
―Porque centré mi atención en su hija y él no estuvo de acuerdo.
―Entiendo. ―Él era un hombre. Antes de casarse con su esposa Marian, él mismo tuvo que deshacerse de un par de mequetrefes que le rondaban a ella. El papel de los celos era fundamental en ciertas ocasiones.
―Debo confesar ―continuó lord Ashwood― que sería más fácil conocer las preferencias de la señorita Brown respecto al asunto que nos ocupa.
―¿Cómo ha dicho? ―Brenda sabía que habían hablado algo acerca de ella, pero estaba tan concentrada en sus pensamientos que no había prestado atención.
―Me gustaría saber si una oferta mía de matrimonio sería bien recibida, lo cual nos ahorraría a ambos unos cuantos problemas con Beauford…
―¿Insinúa que él se mostrará contrario a que yo me case con otro hombre? ―quiso averiguar, más ilusionada de lo que pretendía mostrarse.
―Y ahí obtengo mi contestación. ―El conde suspiró. Necesitaba una esposa y, sinceramente, ella le agradaba. Tener que buscar a otra mujer le daba jaqueca.
―Lo siento. ―Ella hizo un puchero―. ¿Hará eso que mi hermano no le perdone su deuda?
―Latimer es un hombre muy peculiar. Me dijo que lo que le importa es que usted se case y que lo haga a la mayor brevedad posible, por lo que no es importante quién sea el hombre, mientras sea de su elección.
Brenda casi iba a gritar, pero el conde arregló la frase con el final. Al menos, Gordon le daba a ella la última palabra… esta vez.
―¿Está segura de que no le agradaría ser la condesa de Ashwood?
Brenda se mordió el labio inferior al tiempo que movía la cabeza negativamente.
―¿Seguro, hija mía? ―preguntó Julius con desespero. Una boda rápida con ese hombre que tenía delante acabaría con sus quebraderos de cabeza. No sabía por cuánto tiempo más podría contener a las malas lenguas que se morían por desquitarse con su hija.
―Lo siento padre. Creo que estoy irremediablemente enamorada de Nicky. ―Ahora sí, ella se permitió emplear su apelativo cariñoso. No había nada más íntimo y personal que lo que acababa de confesar.
―Supongo que las lecciones que me ha dado lord Latimer, al final sí van a tener que ser empleadas. Confieso que tenía la esperanza de que acabásemos con todo este asunto en el momento en el que le hiciera una proposición de matrimonio…
―Lo lamento.
―No importa, señorita.
―¿Pero de qué tipo de lección estamos hablando? ―Si él decía algo sobre pistolas ella se desmayaría.
―Boxeo. Latimer dijo que Beauford suele arreglar sus riñas con una buena pelea.
―¡Oh! ¿Y usted cree que él…?
―Después de la reacción del duque anoche estoy convencido de que en algún momento tendré que pelear con él.
―No creo que haya motivos…
―Los habrá, señorita Brown, porque aunque no quiera aceptar mi mano, voy a tener que cortejarla para que él… ya sabe.
―Su orgullo.
―Eso me temo, lo que se traducirá en que, en algún punto, su excelencia acabe retándome en una pelea como hizo con lord Dacre.
―¡Vaya! ―exclamó ella al ver que el hombre estaba al tanto de todo.
―No debería sorprenderse, señorita, le he dicho que las noticias llegan al campo con la misma rapidez con la que se esparcen en la ciudad.
―Lo puedo ver, sí…
―¿Entonces, señor Brown?
―¿Qué? ―Julius estaba pensando en que tendría que mudarse de ciudad si todo esto acabase mal, porque nadie en su sano juicio querría hacer negocios con él.
―¿Le parece bien que corteje falsamente a su hija?
Julius la miró con detenimiento. Era su ojito derecho. Así como con su hijo se solía mostrar intransigente e inflexible de buenas a primeras, ella con sus ojitos tiernos lograba manejarlo con el dedo meñique.