Capítulo 8 #3
Como no le quitaba el ojo de encima, Brenda lo vio dejar a otra muchacha junto a su madre después de haber bailado con ella.
Era la señorita Nicola Brain, hija de un comerciante de telas que se había hecho muy rico.
Sus padres eran amigos y ellas no es que tuvieran una relación de amistad, pero se habían llevado bien en ciertas ocasiones.
Decidió acercase a la joven, quien era de su misma edad y no era ninguna cabecita hueca.
―Buenas noches, Nicola.
―¡Cielos! Brenda, hace una eternidad que no te veía.
―¿Te has enterado de las noticias?
―Lamento decirlo, pero poca gente hay que no sepa lo que te sucedió.
―Las amistades de mi padre me permiten estar aún en determinados círculos, pero si no me caso de inmediato seré un impedimento para los negocios de mi padre.
―¿Puedo preguntar qué sucedió, Brenda?
―¿Versión larga o resumida?
―Resumida, sabes que no me gustan ni los chismes, ni las historias demasiado íntimas.
―Es cierto. Verás, amiga mía, creí estar enamorada de un hombre cuando, en realidad, me he dado cuenta de que amo a otro.
―Disculpa por preguntar, pero no lo tengo del todo claro ¿Beauford o Dacre?
―Beauford.
―¡Cielos!
―En efecto, todo un descubrimiento tardío.
―Pero si arruinó tu fiesta de presentación.
―Lo hizo.
―Cuando nos enteramos de que tú eras B. Brown, muchas entendimos que lo convirtieras en el blanco de la ira de tu pluma.
―Creo que aquello fue más por el hecho de que él no me hiciera caso que por haber estropeado mi fiesta. Sabes que no quería casarme.
―Bien lo recuerdo, porque decías estar enamorada de un hombre al que no te atrevías a mirar más que unos pocos segundos.
―Dacre.
―Imagino que Beauford te persuadió de alguna forma… digamos, más placentera ―su amiga le sonrió― para que tú descubrieras ese amor.
―Podría decirse que sí. Un beso y ya no necesité más.
―¡Cielos! Has sido perversa.
―¿Recuerdas cuando fantaseábamos sobre qué caballero queríamos que nos diese nuestro primer beso?
―Desde luego, yo siempre confesaba y tú nunca me decías el nombre de tu misterioso hombre.
―Digamos que conseguí mi deseo.
―Entonces, ¿Beauford?
―¿Qué otra explicación puede haber?
―No lo sé. Explícamelo.
―He estado los últimos años tan pendiente de él, que lo sé todo sobre su rutina.
Un mujeriego empedernido. Le gusta montar a caballo y pelear.
Su arrogancia y orgullo son sus mayores defectos en mi opinión.
Le gustan las novelas góticas, aunque nunca lo confesará.
Cuando se pone nervioso se toca en exceso la punta de la nariz con un dedo.
Y su soledad…, eso es lo que más me preocupa desde que Gordon se marchó al campo.
Lo he visto tan solo sin nadie con quien hablar… Estoy preocupada por él.
―Estás enamorada hasta las cejas.
―Lo estoy. Siempre viéndolo a la lejos sin descubrir al hombre que, por lo visto, también me observaba desde la lejanía.
―¿Te ama?
―Eso me confesó.
―No entiendo entonces por qué lo has rechazado, y más cuando todo el mundo comenta que los dos… que te comprometió.
―Digamos que cuando tuve que demostrar ser inteligente no lo hice.
―¿Qué harás?
―Él está furioso conmigo
―¿Tiene motivos?
―Sí, y más que va a tener.
―¿Por qué? ―Su amiga la miró y vio una sonrisa torcida en su rostro―. ¿Qué tramas, Brenda?
―Quiero ser su esposa.
―Ahora sí que no entiendo nada.
―Te he dicho que lo he ofendido y él, pese a que me ama, quiere castigarme. Orgullo, ¿recuerdas?
―Comprendo. ¿Entonces?
―Me avergüenza confesarlo, pero no se me ocurre otra cosa que hacerlo poco elegible.
―¿Otra vez vas a esparcir rumores sobre él?
―¡Es culpa suya por ser tan terco! ―Trató de defenderse―. No quiero que me lo roben.
―¿Necesitas mi ayuda?
―La señorita sombreritos ya está contando algunas cosas sobre él la mar de curiosas.
―¿Qué debo decir sobre él? ―Se resignó su amiga a cooperar en la misión.
―Que está arruinado.
―¡Cielos! ¿Eso es verdad?
―Creo que no del todo… ―Se sentía culpable, pero en la guerra y el amor todo vale, ¿o no?
―¿Qué más?
―Tiene una enfermedad y emite ventosidades por sus dos cavidades…
―¿Eso es cierto?
―¡Desde luego que no! Pero he tenido que improvisar y se me ha ocurrido lo más asqueroso.
―¿Hay más?
―He dicho que su olor corporal se relaciona con sus pies sudorosos…
―Si ese hombre se entera de todo lo que has dicho… ¡Yo estaría furiosa contigo!
―Lo sé, lo sé… pero la culpa es suya, si no hago esto él podría cortejar a una dama y yo me quedaría sin él…
―Estás yendo demasiado lejos.
―Me ama y lo amo, él necesita una ayudita para comprender dónde tiene que poner sus atenciones.
―Pues me temo que eso no va a funcionar. ―Su amiga le señaló con la cabeza hacia donde había de mirar. Brenda maldijo por lo bajo.
―¿Me comprendes ahora?
―Añadiré a la lista que sufre del oído y que su vista lo tiene a un paso de dejarlo ciego.
―Bueno… lo último no es del todo mentira ―señaló Brenda.
―¿Por qué dices eso?
―Porque es totalmente ciego si no se da cuenta de que nunca encontrará a una mujer que lo ame tanto como yo.
Su amiga explotó entre risas.
―Brenda, tu sentido del humor siempre me divierte.
―¿Y ahora por qué tú dices eso? ―No entendía la reacción de su amiga.
―Porque para estar enamorada de un hombre y hacerle todo lo que esta noche vamos a hacerle… Tres años llevas poniéndolo en el centro de la esfera social, y en una noche vas a dejar tan maltrecha su reputación frente a la población femenina, que muchos considerarían que sería mejor que no lo amases.
―¡La culpa es solo suya! ―Brenda bien sabía que su pobre excusa no serviría para exonerarla de las culpas que algún día Nicky le achacase sobre lo que ella iba a hacerle en esta velada, pero el riesgo era tan alto que la joven estaba obligada a tomar toda clase de medidas.
Evitar las posibles mujeres que él pudiese tomar en consideración a la hora de suplantarla en sus atribuciones como su futura esposa, exigía medidas desesperadas…
Bien, ella era una mujer muy, pero que muy, muy, desesperada.
Brenda sonrió satisfecha de sí misma. Él le había declarado la guerra y ella no estaba dispuesta a perder.
Todo esto se lo compensaría de alguna manera que fuese satisfactoria para él porque, ciertamente, no estaba dispuesta a abandonar un plan tan brillante en el que había puesto todas sus esperanzas. ¡Dios, cómo lo amaba!
―De acuerdo, de acuerdo. Y ahora ve a obrar tu magia allí. Esas mujeres parece que vayan a darse un atracón con él.
Vio a Nicky dejar tras de sí a esas tres viudas que lo miraban embelesadas.
Tres había ahí. A buen seguro él las había citado para algo indecente, porque la rubia, la morena y la pelirroja se estaban relamiendo los labios.
Viudas viejas ávidas por un joven a su servicio…
¡Ah, no! De ninguna manera su hombre se metería entre las piernas de otra que no fuese ella.
Con discreción se acercó hacia donde las tres estaban charlando entre ellas a un volumen más bajo de lo normal.
Se apoyó en la columna más cercana y arrimó la oreja cuanto pudo para tratar de no perderse ninguna palabra de las allí dichas.
Tres… habían de ser tres, y a cada cual más madura y bella que la anterior.
¡Dios, cómo lo odiaba en estos precisos momentos!
―¿Lo hacemos? ―preguntó la rubia a sus dos compañeras de fechorías.
―Él insiste en que no hay nada más excitante que tener a un hombre para tres mujeres. ―La pelirroja estaba animada.
Al oírlas, Brenda hubo de sujetarse en la columna para no desfallecer.
Añadiría a la lista que él tenía un aliento fétido…
o algo mucho peor que ya pensaría. Definitivamente, él se merecía todo lo que ella iba a esparcir sobre su persona…
¿No se daba cuenta de que no sería feliz más que con la persona que él amaba?
¡Hombre terco! Es que Nicky era mucho más terco que ella misma… y eso ya era mucho decir…
La muchacha agudizó más su oído para seguir la conversación.
―¿Lo creéis capaz de aguantarnos a las tres? ―La morena tenía sus dudas.
―Ciertamente, me gustaría comprobarlo. Es un espécimen la mar de seductor y se ve vigoroso…
Ella bufó alto y claro para que la oyesen. Las tres se dieron la vuelta para verla.
―Oh, lo siento, disculpen, no era mi intención interrumpir la conversación.
―Niña, creo que será mejor que se vaya hacia otro lado, esto es una conversación no apta para oídos delicados.
―¿Delicados?
―Vamos, muchachita ―habló la pelirroja―, ve a otra parte antes de que te desmayes. ―Las tres se rieron sin pudor.
―No sabes quién soy, ¿verdad? ―preguntó Brenda altiva.
―¿Deberíamos saberlo? ―La morena tomó la palabra.
―Soy la mujer que besó a Dacre… La mujer que estaba prometida a Beauford, ese hombre del que se preguntaban si sería capaz de… soportarlas a las tres juntas….
―¡No! ¿Eres ella? ¿B. Brown? ―La rubia la miraba con admiración.
―En efecto, y si conocen mi historia sabrán que tuve que pedir auxilio a lord Dacre para que me besase públicamente, a fin de evitar mi matrimonio con el duque.
―¿Por qué haría una joven casadera como tú semejante cosa? ―Quiso saber con gran interés la pelirroja.
―Bueno… yo… es algo delicado.
―Estamos entre amigas, querida.
―¿Lo que yo diga será confidencial, señoras? ―Brenda usó un tono cómplice.
―Por supuesto que sí.
―Me temo que el duque no puede… ―Ella usó el dedo índice y lo subió. A Dios estaba dando gracias por las investigaciones que había realizado sobre el acto íntimo entre hombres y mujeres―. ¿Comprenden?
―¿Estás diciendo que no funciona como hombre? ―La morena tenía la boca abierta. Eso sí que no se lo esperaba.
―Yo ―tomó la palabra Brenda―, había oído rumores y, como mi hermano tenía el contrato firmado para nuestras nupcias, quise averiguar la verdad sobre el estado de… ya saben…
―Oh, sí, sí, ¿y qué pasó? ―La pelirroja estaba ansiosa por saber más del chisme.